Me deben

Me deben

Reseña del primer tomo de 'Cuentos completos' del escritor brasileño Rubem Fonseca 

Rubem Fonseca

La vejez es algo contagioso en Brasil. Fonseca (Juiz de Fora, Minas Gerais, 1925) parece seguirle los pasos a su compatriota Oscar Niemeyer

Foto:

EFE

12 de agosto 2018 , 08:50 a.m.




Los libros de cuentos son artefactos de alta precisión. Solo los mejores mantienen su
tictac eterno. El resto se desecha, se dejan en la mitad de camino, se olvidan, envejecen, sus trucos que dan en evidencia; pero los clásicos son los clásicos: el Borges de El Aleph; el García Márquez de El rastro de tu sangre en la nieve;  el Monterroso de El dinosaurio; el Cortázar de El perseguidor; El cobrador, de Rubem Fonseca, ¿perdón?, ¿alguien no lo ha leído? El cobrador debería ser un libro obligatorio en todos los colegios. Los niños, los adolescentes, los viejos y las viejas, aman a los tipos duros. Y el de Fonseca es un bárbaro:

“Puf. Creo que murió con el primer tiro. Le di dos más solo para oír puf, puf”.

Antes deque Quentin Tarantino reclamara el monopolio de la sangre y la violencia
extrema, existía Fonseca. Es probable –después de leerlo– pensar que Fonseca inventó a los asesinos y que todos los psicópatas del cine y de la literatura son su culpa, que todos quieren parecerse al suyo.Su cobrador dice que tiene cicatrices en todo el cuerpo, “hasta en el pito tengo cicatrices”; es un resentido y un hombre que odia a los ricos, a los bonitos, a todos los que caminan por ahí; todos le deben algo: “Me deben comida, panochas, cobijas, zapatos, casa, auto, reloj, dientes, me deben”. Y por eso decide cobrar.

Antes deque Quentin Tarantino reclamara el monopolio de la sangre y la violencia
extrema, existía Fonseca.

En una de las escenas más escalofriantes del relato, solo para practicar el dudoso arte de cortar cabezas, el cobrador lleva un machete escondido en el pantalón, camina como un inválido y cuando llega el momento de actuar, se ensaña en el trabajoso cuello de un hombre al que acaba de dejar viudo: “Miré la barriga de la esbelta mujer y decidí ser misericordioso y dije, puf, arriba de donde pensaba que estaba el ombligo de ella, y me cargué el feto. La mujer cayó boca abajo. Le puse el revólver en la sien y le hice un hoyo”. Y luego: “La cabeza no cayó y él trató de  levantarse, debatiéndose como si fuera una gallina atontada en manos de una cocinera incompetente. Le di otro golpe y otro y otro y la cabeza no rodaba”.

En medio de su particular festival de sangre, Fonseca nunca pierde el sentido del humor, tanto El cobrador como todos los personajes que viven en sus cuentos se burlan de ellos mismos, se burlan del mundo,llevan su propia amargura a extremos
inconcebibles solo para seguir vivos. Y en medio de sus desgracias nos hacen reír, hacen que la vida real se vea menos trágica.

La aparición de Cuentos completos 1 (¿cuándo llega el tomo 2?) es una inyección de cinismo en tiempos de cínicos. Además tienen una garantía de calidad única: Fonseca (Minas Gerais, 1925) es un clásico vivo.

En medio de su particular festival de sangre, Fonseca nunca pierde el sentido del humor


Sus personajes nos persiguen y nos hablan al oído, desde el fisicoculturista que recluta a un bailarín callejero, o el desgraciado en silla de ruedas que enamora a
un ama de casa por teléfono, hasta el inigualable Mandrake (que, entre otras cosas,
terminó en una serie de HBO).

No pierdan el tiempo, vayan a comprarlo: sus cuentos tienen el tic tac de un reloj suizo de 200.000 dólares. Se van a quedar en su cabeza, solo que –ojalá, a usted–no le dé demasiadas ‘ideas’. 


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