Mandala

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Reseña de 'Las noches todas', la última novela de Tomás González.

Tomás González

'Las noches todas', Tomás González. Seix Barral. 214 páginas. $45.000.

Foto:
Por: Fernando Gómez Garzón
17 de noviembre 2018 , 08:27 a.m.




La vida es esa manía de creer que se estará mejor en otro lugar; o mejor, de creer que se estará mejor haciendo otra cosa. Y entonces se descubre uno andando de aquí para allá, siempre inquieto, siempre diligente, en un emprendimiento que no se sacia sino con la muerte, o con el cansancio, que viene a ser lo mismo.

Retirado ya de la enseñanza, un profesor universitario lleva ya dos años recluido en el piso alto de un edificio capitalino con vista a los cerros orientales, con la sola compañía de sus libros, para disminuir al máximo las relaciones humanas, hasta que el silencio prolongado termina también por aburrirlo. De manera que decide vender el apartamento para comprar una casa al final del casco urbano de la ciudad colonial en la que pasó su niñez, a tres horas de la capital, y dedicarse por entero a la jardinería. Vaya uno a saber por qué al final de los días, cuando se advierte acaso la resignación de eso que ahora llaman la tercera edad, le haya dado por entregarse a una empresa tan descomunal, pues no hay tarea que demande menos afán que diseñar un jardín. Quizás lo haga porque, después de todo, la vejez sea justamente no tener prisa. O quizás porque le da la gana. O porque, como él mismo lo narra, “el impulso de hacer es muy profundo, muy fuerte la compulsión por trabajar, bregar, sudar, afianzar, crear”.

Las novelas de Tomás González, como los cuentos de Rulfo, son parsimoniosas. La brevedad de la extensión no implica la rapidez en la lectura. Simplemente el tiempo transcurre en ellas sin premura y uno debe atenerse a leer la trama como quien ve crecer un jardín. Así sucede en Las noches todas, cuyo título alude al tránsito hacia la oscuridad de la que surgimos y a la que inevitablemente el destino nos ha de devolver. En contraste con La luz difícil, en la que un pintor intenta durante toda la novela reproducir los destellos de la espuma que forman las hélices de un ferry sobre el río Hudson, en Las noches todas el propósito es domar la oscuridad, la noche que durante el día se esconde entre las hendijas o debajo de las hojas y que, tras el ocaso, se adueña del mundo una vez el sol desaparece. ¿Qué otra cosa es un jardín sino ese juego de sombras que se defiende de la luz?

Crear un jardín es también fundar un mundo. Y el del profesor busca en principio ser bello sin más. Solo que la creatividad humana nunca atina del todo. Al cabo de un tiempo, los defectos se hacen evidentes. El jardín se ve demasiado organizado, rígido como las piedras que lo adornan. Luego se torna demasiado suelto y sin control, como abandonado a su suerte. La idea es diseñarlo de tal manera que parezca natural, es decir, sin la intervención del hombre. O mejor será hacerlo crecer de forma que parezca haber devorado naturalmente los vestigios humanos. ¿Será mejor luchar contra la maleza o dejarla brotar a su capricho? Pero, entonces, ¿cuál sería la gracia? Crear un jardín es una lucha constante entre la autenticidad y el artificio. Solo Aurora, la joven jardinera e instructora de yoga que lo ha ayudado en su quimera, logra tranquilizarlo frente a sus repentinos desasosiegos: un jardín es como un mandala, le dice, los monjes tibetanos suelen dibujar hermosísimos mandalas con arena que deshacen con la mano cuando los terminan.

“La vida sin emprender nada es la muerte”, reflexiona el profesor. Y quizás sea esa inquietud, que se alcanzó a transformar en evidente ansiedad al constatar que no terminar el jardín sería peor que la muerte, la que lo haya motivado a contárnoslo en primera persona, como si se lo narrara a sí mismo en sus largas horas de silencio; contarnos cómo fue aquello de levantar un jardín imposible, un improbable edén en el que supo jugar un poco al dios del Génesis y al hombre que teme regresar al paraíso.


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