Olga Tokarczuk, una voz camaleónica

Olga Tokarczuk, una voz camaleónica

Recorrido por la obra de la Nobel polaca, una autora obsesionada por mirarlo y pensarlo todo. 

Olga Tokarczuk

Olga Tokarczuk ha aprovechado su voz como escritora para defender causas como el feminismo y el cambio climático.

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EFE

Por: Tamara Tenenbaum
17 de octubre 2019 , 01:38 p.m.

El Nobel de Literatura que ganó la escritora polaca Olga Tokarczuk tiene muchas chances de ser recordado como un acontecimiento histórico por varias circunstancias. La más saliente, tal vez, sea la menos interesante: debido a los escándalos que el año pasado ocuparon a la Fundación Nobel, el premio 2018 fue entregado a Tokarczuk esta semana, junto con el premio 2019 del austríaco Peter Handke. Por otra parte, Tokarczuk es solo la mujer número 15 en llevarse el galardón de literatura —aunque, curiosamente, la segunda polaca, dado que la poeta Wislawa Szymborska se lo quedó en 1996—; y por último, esta autora de 57 años es la primera persona en ganar, el mismo año, el Nobel de Literatura y el International Booker Prize, premio que recibieron autores como Alice Munro, Philip Roth y Lydia Davis y que, en los últimos años, parece representar una seria competencia para el Nobel en cuanto a su relevancia para la comunidad literaria. En el fondo, la literatura no tiene nada que ver con las medallas y las fundaciones pomposas: pero si hacían falta todos estos reconocimientos para que Tokarczuk llegara masivamente a los lectores hispanoparlantes, bienvenidos sean.

Tokarczuk publicó su primer libro en 1989, hace ya treinta años, y su reputación en su tierra natal viene construyéndose lentamente desde entonces. Hoy es quizás la escritora viva más famosa de Polonia, aunque probablemente no la más querida allí, al menos no por toda la población y decididamente no por los nacionalistas de tendencia conservadora que están en el poder. En el año 2015, Tokarczuk recibió el premio Nike —el galardón más prestigioso de su país— por su última novela, Ksiegi Jakubowe (que actualmente está siendo traducida al inglés como The Books of Jacob, (Los libros de Jacob), que sigue la historia de Jacob Frank, una figura controvertida en la historia del judaísmo en Europa del Este. En una entrevista posterior al premio, Tokarczuk invitó a sus compatriotas a revisar la narrativa oficial sobre la historia polaca y reconocer sus partes más oscuras, entre las que se encuentra su trato a los judíos. Estas declaraciones le valieron una lluvia de respuestas violentas y amenazas de muerte: durante un tiempo, incluso, sus editores polacos decidieron que lo más conveniente era que anduviera siempre rodeada por guardaespaldas. A Tokarczuk, sin embargo, la controversia no la asusta ni le molesta; por el contrario, en los últimos años viene aprovechando su éxito crecientemente global para conversar sobre las causas que le importan: el cambio climático, el feminismo y los peligros del nacionalismo conservador que recorre Europa.


Se puede afirmar que Olga Tokarczuk es, además de una intelectual pública, una escritora política: pero si lo es, lo es en un sentido muy sutil y muy diferente de lo que en general entendemos por esa etiqueta. Ninguna de sus novelas traducidas al inglés que la catapultaron a la fama internacional es, ni remotamente, una novela de tesis. Sin embargo, es difícil leer Los errantes en esta época —la novela que les valió el International Booker Prize a ella y a su excelente traductora al inglés Jennifer Croft— sin pensarla como una investigación sobre la ciudadanía del siglo XXI, como una pregunta sobre qué significa habitar el tiempo y el espacio en esta época. Y no habitarlo desde cualquier lado: Tokarczuk tiene el oficio, la inteligencia y la sensibilidad para escribir una novela que es sobre viajar, sobre no quedarse en ninguna parte, pero que se va clavando con firmeza en la subjetividad de su narradora. Con pequeñas gemas de lucidez, profundidad y ocasionalmente humor —como cuando se pregunta por qué los hostels discriminan a las personas mayores, o cuando habla de la ventaja de la invisibilidad que una mujer se gana cuando deja de ser joven—, Tokarczuk va pintando una experiencia de la vida en tránsito permanente que es, sin embargo, corpórea y material.

Hoy es quizás la escritora
viva más famosa de Polonia, aunque probablemente no la más querida allí


Aunque se concentra ante todo en esta narradora —que, como la autora, estudió psicología y funda sus intereses literarios en esa pequeña obsesión por entender por qué la gente hace lo que hace y dice lo que dice—, Tokarczuk no se queda solo en la experiencia de esta señora polaca que quiere pasar desapercibida. En una experimentación formal que recuerda a su contemporánea canadiense Rachel Cusk, la voz narrativa y ensayística de la protagonista va siendo interrumpida sin aviso ni explicación por pequeñas ficciones: un hombre que, de viaje en una isla diminuta, se encuentra con que su mujer y su hijo han desaparecido; un profesor de lenguas clásicas cae de un crucero; una madre rusa abandona al hijo enfermo a cuyo cuidado estaba entregada; y muchas más historias similares, en mundos que aparecen y desaparecen del libro sin dejar huellas narrativas en el discurso de la narrando, pero acumulando un peso emocional en la sensibilidad del lector y construyendo una especie de trama subterránea de motivos e indagaciones. “Cuando mandé el manuscrito a mi editorial, me llamaron y preguntaron si tal vez se me habían mezclado los archivos en la computadora, porque esto no es una novela”, le contó Tokarczuk al New York Times. Es verdad que algunos lectores, al principio, pueden encontrarse desconcertados por esta estructura que Tokarczuk ha llamado “novela de constelación”: sin embargo, la voz y la maestría de la autora nos llevan de un mundo a otro con suavidad, y vamos entendiendo sus motivos como en una cena romántica con un seductor sigiloso y paciente. Y en realidad, además, la narradora nos avisa muy temprano en el texto de su fascinación por todo lo roto, lo deforme, que creció demás o de menos, lo que se salió de su curso. Como una clave que llega antes de que entendamos para qué la necesitamos, la narradora de Los errantes nos va contando las obsesiones que luego guiarán la estructura de la novela. 

Tokarczuk es como esos actores de carácter que nos maravillan con sus capacidades camaleónicas

Si bien esta es su novela más globalmente famosa, sería errado decir que es “representativa” de su carrera: Olga Tokarczuk no es de esas escritoras que uno puede reconocer en dos líneas, en un capítulo, o siquiera en un libro entero. Es más bien como esos actores de carácter que nos maravillan con sus capacidades camaleónicas, sus bajadas y subidas de peso, su talento para ser siempre otros: así, en Primeval and Other Times (Un lugar llamado Antaño), por ejemplo, traducida por Antonia Lloyd-Jones, nos encontramos con una serie de coloridos personajes de una Polonia rural —que tienen un parecido de familia con los arquetipos pintados recientemente por el escritor ruso Maxim Osipov—, que son vigilados por cuatro ángeles en una especie sutil de realismo mágico. En la celebrada Drive Your Plow Over the Bones of the Dead (Sobre los huesos de los muertos, su título en español), Tokarczuk juega con el género policial para darle vuelta sobre su eje, al elegir como narradora, protagonista y “detective” a una excéntrica anciana vegetariana que traduce a William Blake y elabora curiosas teorías sobre las relaciones entre animales y personas para explicar los crímenes que están en el centro de la novela. Aunque sus obsesiones se repiten —Polonia, los paisajes periféricos y ante todo las personas que por las razones que sea miran el mundo como desde afuera o de costado—, quizás lo que distinga a Tokarczuk sea esta capacidad de atravesar mundos y géneros sin que parezca que lo que explora son caprichos formales. Por el contrario: también en Los errantes, la narradora nos cuenta que le gustan los libros como Moby Dick, que no vienen de las ganas de producir literatura atractiva sino de “un deseo genuino de retratar el mundo”. Si las búsquedas de Tokarczuk parecen dispersas, en realidad es porque vienen de esa única hambre, el hambre de mirarlo y pensarlo y coleccionarlo todo. 

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