Revolucionarios contra la pared

Revolucionarios contra la pared

Reseña de la novela 'Hija de revolucionarios', de la escritora francesa Laurence Debray. 

Laurence Debray

La escritora Laurence Debray es autora también de una biografía del rey Juan Carlos de España.

Foto:

Matsas  /Editorial Anagrama

Por: Por Maru Lombardo
10 de mayo 2019 , 08:11 p.m.

SIEMPRE ES ALENTADOR pensar que hay reclamos de intimidad que buscan derribar paredes. Y alguien como la escritora Laurence Debray (Francia, 1976) quizás recibió un aliento excepcional para soplar, soplar y soplar contra un muro de ladrillos cuando, tras una entrevista sobre la biografía que publicó del rey Juan Carlos de España, el periodista con el que habló le preguntó si pensaba escribir algo sobre su vida. O, mejor dicho, “algo sobre ella misma”.

Ese soplo empezó a inflar la mente de Debray a tal punto que, al reventar, dejó Hija de revolucionarios (Editorial Anagrama), un texto de seis partes en el que, solo por un momento, describe esa escena que nutrió su curiosidad por su propia historia y que la llevó al resultado incisivo de una albañilería biográfica cuyo objetivo, en principio, es tumbar toda una frontera de silencios filiales.

En él, Debray, por medio de una cuidadosa revisión de archivos históricos, testimonios, emociones y escenas de su infancia y juventud, intenta poner contra la pared a los contadores de relatos incompletos que fueron sus padres, el filósofo francés Régis Debray (legendario para la izquierda de América Latina del siglo XX por haber apoyado la revolución del Che Guevara, especialmente en Bolivia), y Elizabeth Burgos, escritora, antropóloga venezolana y otra de las representantes más reconocidas de esa ideología.

Debray intenta ponerlos contra la pared que está teñida de reuniones entre intelectuales, escritores, sociólogos y políticos de la izquierda latinoamericana y europea; que está teñida por una efervescencia idealista, pasada, que impedía tratar la decepción política y existencial de dos personas que, quizás por no enfrentarla, terminan por marcar el filo de las palabras de la escritora. Dice Debray, por ejemplo: “Según mis padres, yo era un monstruo de egoísmo. Soñaba con vestidos de princesa, con juguetes de vivos colores (...) ¿Qué habían hecho, pues, para tener una hija a la que le gustaba pasearse por la Bon Marché y que prefería los milhojas de Mulot a los de la panadería de la esquina?”.

Así, la precisión de un sarcasmo sin rodeos es la herramienta principal con la que arremete contra aquellos que le negaron lo que le pertenecía por derecho.

El problema que se plantea del libro, y quizás lo que motiva la reflexión constante de la hija de los revolucionarios, es que ni siquiera una aproximación documental a la intimidad familiar puede lograr que Laurence Debray salte al otro lado del muro: se queda sin respuestas, sin información, incapaz (o incapacitada) de obtener un testimonio de aquello que había ocurrido en una cárcel de Bolivia en la que su padre había sido condenado a más de treinta años de encierro, o de tratar de entender cuál era la utilidad de que fuera enviada a campamentos en Cuba y Estados Unidos para elegir, posteriormente, cuál sería su “camino político” en la vida, o de tratar de entender por qué, quizás, a ojos de su padre, preferir unos zapatos nuevos y de color rosa la volvían, automáticamente, una niña ‘de derecha’.

En Hija de revolucionarios, lo conmovedor es que Laurence descubre que no tiene derecho a obtener la historia que le hace falta. Ella escribe, al inicio de la parte tres del libro, llamada ‘La bohemia’: “He nombrado a los personajes principales de esta historia subrayando mi filiación con ellos. ‘Mi padre’ y ‘mi madre’. Realmente no ha sido por un afán de claridad de cara al lector, sino para intentar forjar un lazo que me uniese a ellos. Para domesticarlos, para acotarlos. En vano”. Describe, de esta forma, que sí tiene derecho a entender una historia que no le pertenece en la medida de su existencia y, también, en la medida de sus vacíos.

Hija de revolucionarios también sirvió, seguramente, para ponerse a “ella misma” en el muro junto a sus papás.

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