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Fernando Vallejo en tinta roja
Fernando Vallejo

En este libro, el escritor habla de sus años en México y su presente en Medellín.

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Randy Ayazo

Fernando Vallejo en tinta roja

En este libro, el escritor habla de sus años en México y su presente en Medellín.

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Randy Ayazo

Escombros es el título de su nuevo libro, en el que el narrador se dedica a observar su fin. Reseña.

Dos libros ha escrito Fernando Vallejo a lo largo de su trayectoria: el de su vida y el de sus muertos. El primero lo conocemos sus lectores: está compuesto por las autobiografías que empiezan con Los días azules (1985) y siguen con las demás novelas de la pentalogía El río del tiempo (1985-1993), y que se extienden en cada una de sus obras, anteriores o posteriores: biografías, ensayos, discursos y principalmente novelas.

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El segundo libro, desconocido por el público –y con características de cuaderno de apuntes o de artista–, es una libreta en la que el escritor, en orden alfabético, apunta el nombre de personas muertas con el único requisito de haberlas visto vivas, así sea de lejos. En esta libreta figuran, igualados por la muerte, papas, poetas, actrices famosas, personas del común o de su círculo personal.

En su más reciente libro, Escombros (Alfaguara), Vallejo se pregunta si esa libreta terminará con el nombre del autor “un poco antes de que se pegue un tiro en el corazón”. “En ese caso –sigue– segundos antes me escribo después de los de la zeta, pero con tinta roja para distinguirme del resto, que va en negro, cerrando con broche de oro mi obra magna”.

El narrador de esta novela, Fernando, se dedica con insistencia a observar su fin. No escribe como si el final –su muerte– estuviera cerca, más bien declarando que el fin ya es: su escritura recoge los pedazos –los escombros– de esa vida acabada.

Lo que podría ser un libro sobre la muerte de David, su pareja durante su exilio en
México antes de regresar a Medellín después de 50 años de vida juntos, o sobre el terremoto en México que antecedió a la muerte de David y su regreso a Colombia, es un texto sobre todo lo anterior y todo lo que ya ha escrito en otros; sumado a su presente en Medellín, a la pandemia a la que solo llama “peste”, a sus “desfallecidas fuerzas de anciano semidecrépito” que lo llevan a preguntarse “¿cómo puedo estar escribiendo este libro?” y responderse “Milagros del Señor”.

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Leerlo es acercarse a un nuevo testimonio de una literatura que en cada publicación es rabiosamente testimonial. Pero quienes quieran volver a la potencia poética de El desbarrancadero (2001) –novela sobre la destrucción de una casa, de un país y el dolor de acompañar a morir a un hermano–, o repetir la cadencia de Los días azules –plegaria tan tierna como desenfadada sobre la infancia–, no lo encontrarán.

Vallejo se repite (como dice Thomas Bernhard que hace el genio), pero cambia. Y al cambiar se contradice, dice su yo inestable, encarna al río del tiempo. No complace al lector, al que ama odiándolo u odia amándolo, pero lo invita a observar su final: desde El desbarrancadero, o quizás antes, Vallejo está escribiendo su último libro. Como se ha dado a sí mismo por muerto, su escritura es una suerte de escritura anacrónicamente póstuma, entregada con furia a la vida (“si no me aferro a mi yo me desintegro”). Y su sustrato no es otro que la vida, que va para donde va, en la que la felicidad existe pero desaparece “sin decir agua va”.

Escombros. Fernando Vallejo. Alfaguara.200 páginas. $ 49.000

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Archivo particular

El narrador recoge los pedazos del desastre del terremoto y los trocea para que quepan en bolsas y así botarlos. Con la misma sapiencia escribe, se dispersa (es “yo”, “nada”, “nadie” y “otro”). Acaso se da el trato de una virgen de yeso tumbada por las sacudidas, con un cuidado y una lucidez que se avivan en pleno acabose: “Con la máxima sabiduría enfrento el máximo desastre”.

En Entre fantasmas (1993), última entrega de su pentalogía, también empieza anunciando la hora y el instante de un terremoto ocurrido el siglo pasado en México. Ahora, tras el nuevo derrumbe, se mira a sí mismo en el desastre de siempre: el “¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!” de los objetos cayendo es evocativo del “¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!” del niño Fernando dándose golpes contra el suelo en el íncipit de Los días azules.

En Escombros, el lector se entera de que Fernando, el escritor y la persona que son más que nunca el mismo, no estuvo nunca en México, sino en David (“el día en que llegué lo conocí y el día en que murió me fui”). Hoy, bajo el techo de su Casablanca, a la que también le hizo un libro, está viviendo en Brusca, su perra, sin la cual, dice, se va a matar. Justamente, el Vallejo más “tierno” pervive en los episodios con su perra, a quien encontró extraviada en México en un barrio amable para los perros, pero sin placa que permitiera identificarla o rastrear a su dueño.

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También el narrador del libro está extraviado y desatado: lee los pensamientos de los otros, asiste a consultas con el “Dr. Alzheimer”, dice que todo lo olvidó y todo lo recuerda, trastoca deliberadamente el título de sus libros anteriores, se aumenta la edad, y habla desde Colombia de México, así como desde México habla de Colombia. Errático, está acá y allá. Como su perra, se sabe perdido: “Mucho cuento es que medio sepa dónde estoy”. Y como los sobrevivientes salvados por los perros rescatistas del terremoto, a quienes enlista en un dulce homenaje, Vallejo se saca a sí mismo, ayudado por Brusca, de entre las ruinas.

Uno lee a Vallejo por la frase siguiente, y por la que sigue y la que
sigue, porque nadie en nuestra lengua lo hace como él, nadie te arrastra así de fuerte

Pero no se salva. En cambio nos arroja a la soledad de su invectiva: “¡Qué suerte la mía, qué final más siniestro, huele a podrido! De entrada, dos terremotos en México; de plato fuerte, la muerte de David; y ahora este ruido incesante y estas miasmas pestilentes que se me meten por la nariz y me envenenan el alma”.

Después se va a caminar con Brusca en una ciudad que todo lo atropella, contamina y arrasa; en un “mundo físico” que no cree explicable ni por la divinidad de Dios, ni la gravedad de Newton, ni el espaciotiempo de Einstein, ni el espectro electromagnético de Maxwell. No hay, entonces, nada que entender, tampoco cosa de la que aferrarse salvo el yo, que también nos deja. “Me les tuve que morir pues para que por fin sospecharan (pues para entender la cabeza no les daba) la magnitud del muerto”, dice, conocedor de su fama y del cadáver que va a dejar.

Aunque algunos dicen que Vallejo debió dejar de publicar libros hace rato –con ese desprecio esnob por las trayectorias largas que quizás nos hace sentir más jóvenes o vigentes–, un nuevo libro suyo en librerías es una noticia que agradezco. Porque Fernando, entre la ductilidad del caos y la prodigalidad del insulto, se ha vuelto tal vez el mejor lector de su vida: “A mí el correr del Tiempo me sacó de la categoría estúpida de persona y me convirtió en un libro”. Y porque uno también lee a Fernando Vallejo por la frase siguiente, y por la que sigue y la que sigue, porque nadie en nuestra lengua lo hace como él, nadie te arrastra así de fuerte: “La vida insiste en seguir y seguir y se aferra hasta las piedras. Todo lo coloniza. De una roca brota una hierbita. Quiere apoderarse de todo el Universo". 

KIRVIN LARIOS

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