Amor y crudeza

Reseña de 'El verano en que mi madre tuvo ojos verdes', novela de la moldava Tamara Tîbuleac.

Tamara Tibuleac

La escritora moldava Tatiana Tîbuleac, de 42 años, estudió periodismo y trabaja en este campo en París. Ya tiene lista la publicación de su segunda novela, 'Jardín de vidrio'.

Foto:

Cortesía Impedimenta

Por: Christopher Tibble
11 de octubre 2020 , 03:01 a. m.

Aleksey está roto por dentro. La sola idea de su madre basta para que le cruja el cuerpo, para que su mente hierva con la furia de un caldo ardiente. Ella le suscita rabia, irritación, vergüenza, amargura, desesperación. El tiempo se ha encargado de acumular en su cabeza un sinfín de recuerdos agrios, de pérdidas y desencantos, al punto de quebrar cualquier vínculo con la mujer que lo trajo al mundo. Y, además, a sus 16 años, solo piensa en el viaje que hará junto a sus dos mejores amigos a Ámsterdam para hundirse en un muladar de drogas y prostitutas.

Pero su madre, siempre caprichosa, siempre desquiciadora, lo convence de que pase el verano con ella en una casa de campo en Francia. Aleksey accede a regañadientes, ante la promesa de una licencia de conducir falsa, sin saber que el viaje traerá la posibilidad de un nuevo comienzo para los dos. Un día, ya instalados en la campiña francesa, entre tractores y girasoles y extensas praderas pepeadas de flores apestosas, la madre le revelará un secreto que empezará a reblandecer el odio que Aleksey pensaba calcificado en sus adentros.

En El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, la primera novela de la escritora moldava Tatiana Tîbuleac, reluce por encima de todas las cosas la crudeza. Su narrador, el irascible Aleksey, no es complaciente con nadie: su rabia infla y recorre las 247 páginas del libro y cada tanto se transforma en un gancho al hígado que le propina con gusto al desprevenido lector. Pero si su crueldad recuerda a la de los narradores de Houellebecq, en la novela de Tîbuleac esa cualidad da paso, y cada vez más en la medida en que avanzan los capítulos, a un afecto cargado de poesía y de humor. “Mi madre parecía una mata de interior sacada al balcón –dice Aleksey hacia la mitad del libro–. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, por fin, una familia”.

En la novela de Tîbuleac, el cariño brota en un yermo, y por eso mismo conmueve como no conmueven las obras edulcoradas con forzada alegría. “Me habría gustado arrancarle en aquel segundo –arremete Aleksey después–, con unas tenazas al rojo vivo, todos los cuentos no contados, todas las nanas no cantadas, todas las caricias en el pelo que me correspondían, pero que ella me había escamoteado como una roñosa”.

El germen de la novela surgió, según su autora les ha contado a diversos medios, durante unas vacaciones en el sur de Francia. Allí, entre las historias de juventud que le contaba su padre y mientras se dedicaba al cuidado de su hija, Tîbuleac entró en diálogo con los temores que le suscitaba su propia maternidad. De regreso en París, donde trabaja como periodista de televisión, se encerró a escribir la novela y, sin cambiarle una palabra, se la mandó a un editor. Desde que salió en 2016, la respuesta del público y de la crítica ha sido abrumadora: el libro dejó tras de sí una estela de premios y ya ha sido traducido a varios idiomas (Impedimenta publicará Jardín de vidrio, la segunda novela de Tatiana Tîbuleac, el próximo año). Y, al leerla, no es difícil entender por qué.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una joya. Pero no es una joya prístina, un diamante que le compra un novio a su futura esposa en una joyería. No. Es una esmeralda pisoteada, una piedra preciosa que tiene dentro de sí tantas fracturas que emana una insólita luz: una luz que atraviesa la piel y alumbra los huesos. 

CHRISTOPHER TIBBLEEl verano en que mi madre tuvo los ojos verdes
Tatiana Tîbuleac
Impedimenta
247 páginas
$ 52.000

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