En busca del hombre perdido

En busca del hombre perdido

Reseña de 'Donde nadie me espere', el último libro de la escritora Piedad Bonnett.

Piedad Bonnett

'Donde nadie me espere', Piedad Bonnett. Alfaguara. 208 páginas. $47.000.

Foto:
Por: Catalina Holguín Jaramillo
17 de noviembre 2018 , 08:00 a.m.



Un hombre joven, rondando los treinta años, es rescatado de la indigencia por un amigo de la familia y llevado a una clínica siquiátrica. El relato, contado en primera persona, no logra ver más lejos que unas palmas de distancia. Es un relato que duda, que se abstiene de dar explicaciones, que va avanzando a tientas entre un presente lleno de trampas y un pasado lleno de caídas. El narrador es Gabriel. Sufre de una enfermedad mental que quizá sea esquizofrenia. El efecto de su prosa, cerrada como la niebla, es la de ubicar al lector en el lugar de quien narra, en medio de un pasado contado a saltos y un presente plano, sin profundidad de campo, sin futuro.

Gabriel lleva años desaparecido, errando como un mendigo por pueblos y calles de Colombia. Es el único sobreviviente de una pequeña familia. El padre muere durante este lapso de desaparición; la madre, muerta en la infancia de los niños, y Elena, hermana melliza de Gabriel, también muerta prematuramente en su adolescencia en un evento que se niega a ser explicado hasta las últimas páginas de la novela.

En las partes del relato que dan cuenta del pasado vemos a un joven solitario, que opta por la filosofía, y lucha cotidianamente por mantener una semblanza de normalidad. En su casa solo habitan él y su padre alcohólico, ninguno de los dos posibilitados para sanar con palabras el vacío de la hermana y de la madre muerta, una orfandad que a ambos los tira a un silencio sin significado. Esta es una época de ambivalencia, entre la vida de un posible profesor asistente de filosofía con cierto talento o el abandono de todo prospecto. Aparece entonces la visión más concreta del suave despojo por el que va cayendo Gabriel. La visión es Marco: “Un día vi a un hombre de mi edad en uno de los parque aledaños a la universidad. Estaba sentado en un banco como esperando a alguien. […] A la semana siguiente lo vi de nuevo pasar rumbo al parque, con una mochila en la espalda que no le había visto antes y un café que agarraba entre sus manos como quien se calienta. Comprendí qué era ese algo que me había hecho dudar: aquello que nos permite saber que un hombre está en proceso de disolución. […] Y fue así como lo vi, día tras día durante el semestre, descender al abismo de la indigencia”.

Por momentos, sobre todo cuando Gabriel relata su presente, en la casa donde está tratando de recuperar una vida normal, la novela recuerda a Eclipse de John Banville, donde un hombre encerrado en una casa de campo, ruinosa, busca respuestas acerca de su pasado y de su hija Cass, también afligida por demonios mentales, también muerta por mano propia. Por momentos, la novela de Bonnett también recuerda a Entre brumas, del escritor y poeta holandés Bernlef, una novela contada desde la subjetividad de un hombre mayor que sabe que va cayendo por el abismo del Alzheimer sin poder hacer nada. Pero, Donde nadie me espere sobretodo remite a las memorias Lo que no tiene nombre, de la misma autora, donde relata los pormenores del suicidio de su hijo Daniel Segura. Si en las memorias tenemos la mirada externa de quien ausculta un cuerpo ausente en busca de la falla mortal y de los presagios de la muerte, en la novela la mirada se entorna para mirar desde el interior de quien padece una enfermedad mental y trata de lidiar (o se rinde) a sus mandatos.

Donde nadie me espere sea quizá la respuesta, dada desde la ficción, a las preguntas que Bonnett deja en el aire en sus memorias cuando trata de imaginar la vida de su hijo atormentado por una enfermedad que lo conduce al suicidio. “No sé qué visiones perseguían Daniel”, afirma. Y como no puede saberlo, ella usa la ficción para meterse en el pellejo de un hombre muy similar a su hijo: similar en la edad, similar en la sonoridad del nombre (Gabriel/Daniel), similar en su obsesión con el dibujo, en las visiones y la paranoia, y en la dificultad para sentir y expresar sentimientos. Y desde adentro de ese pellejo Bonnett imagina la disolución, los pensamientos y autoexámenes que se haría un hombre enfermo, culto, de clase media, bogotano, para llegar a la conclusión lógica de que quizá la mejor manera de vivir sea saliendo “por esa puerta”.

Pero Gabriel y Daniel tampoco son iguales. Gabriel tiende al despojo económico, mientras que Daniel le teme; Gabriel vive como un mendigo, sufre sus infortunios, y tiene los roces con la muerte que tendría quien vive en la miseria en un país como Colombia. Daniel trabaja en una universidad de clase alta, cursa una maestría en Estados Unidos, tiene una familia que está viva y que lo ama. Mientras Gabriel tiende a la reflexión escrita, Daniel no deja nada: “En el fondo de mi alma”, afirma Bonnett en sus memorias, “suplico por un diario, una nota de carácter personal, pero solo aparecen trabajos críticos o notas de clase”. El diario de Gabriel es la detallada explicación, el delicado registro del equilibrista de una vida frágil. Sus dibujos (que los hay según él cuenta) no los ve el lector, por supuesto. Daniel, en cambio, sí deja dibujos, y hacen parte del relato de la madre. Y es precisamente a través de esos dibujos, único registro subjetivo, que la madre trata de interpretar el alma de su hijo y así encontrar aceptación o perdón a una decisión que es íntima, que solo le corresponde a él, pero que ella debe asumir, y que asume como madre, pero también como escritora.


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