Memorias de una amistad

Memorias de una amistad

El escritor Umberto Valverde recuerda a Roberto Burgos Cantor.

Roberto Burgos Cantor

El escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor murió el pasado 16 de octubre.

Foto:

Carlos Ortega/EL TIEMPO

Por: Umberto Valverde
17 de noviembre 2018 , 08:35 a.m.




Cuando tenía 18 años, en la mitad de los años sesenta, leí el cuento La lechuza dijo Réquiem, de Roberto Burgos Cantor, publicado en Letras Nacionales, revista dirigida por Manuel Zapata Olivella. Meses después se lanzó la antología Cuentistas Colombianos, publicada por Gerardo Rivas Moreno, que nos incluyó a Burgos Cantor y a mí, compartiendo honores con famosos escritores nacionales cuando nosotros estábamos terminando bachillerato. El índice sumaba dieciséis autores, entre los cuales estaban Manuel Zapata Olivella, Gonzalo Arango, Germán Espinosa, Fanny Buitrago y Oscar Collazos. El libro apareció en mayo de 1966 y tuvo un tiraje de cinco mil ejemplares (inusitado para la época).

Le solicité a Rivas Moreno la dirección de Roberto Burgos para escribirle. Iniciamos una larga correspondencia y se convirtió en uno de mis mejores amigos. En ese círculo afectivo estaban también Eligio García Márquez, hermano menor de Gabriel García Márquez y, posteriormente, Heriberto Fiorillo y Santiago Mutis.

Hacíamos parte de la generación de los setenta, que abrió caminos insospechados en la literatura colombiana, sobre todo en lo que más adelante se llamó la literatura urbana. Encontramos el lenguaje de los barrios, las galladas, los olores de las calles. Hicimos amistad con Policarpo Varón, Luis Fayad, Ricardo Cano Gaviria, más o menos contemporáneos. Uno de nuestros puntos de reunión era la librería Buchholz, donde trabajaba Nicolás Suescún, quien también nos abrió las puerta de la revista Eco y nos incluyó en una antología de cuento en una editorial uruguaya, patrocinada por Ángel Rama.

La primera carta de Roberto Burgos, en respuesta a la mía, data del 12 de mayo de 1966. Viajé a Bogotá para conocerlo y también conocí a Eligio, que por esa época estudiaba Física en la Universidad Nacional. Una de mis visitas a la capital coincidió con la llegada de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Se trataba del acto de lanzamiento de la edición de Cien Años de Soledad en la Librería Metropolitana, de Marta Traba. En esa larga espera uno de los primeros en llegar fue el poeta Jorge Zalamea. Con Roberto Burgos le pedimos una cita y aceptó encantado. En la cita que hicimos a casa del poeta se refirió al desconocimiento que tenía el país de su obra. Estaba casado con una rusa y vivían entre pájaros, que volaban sin control. Ciertamente, el país fue y sigue siendo mezquino con su obra, una de las pocas que influyó a García Márquez.

Nuestra generación asumió la literatura desde el amor incondicional a la palabra. Por eso nuestro amor por Marcel Proust, Jorge Zalamea, Saint John Perse, Álvaro Mutis, Lawrence Durrell, André Gide, Marcel Camus, Robert Musil, James Joyce, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato (quien tanto influyó a Burgos y a Eligio García), y Cabrera Infante. Para nosotros también era poesía Luis Buñuel, con Los Olvidados, y el cine soviético. La música era poesía, Richie Ray, Willie Colón, Héctor Lavoe. Deslindamos territorio con los nadaístas, mayores a nosotros, aunque algunos de ellos eran amigos. Apreciábamos la llamada Generación Mito y la amistad con Álvaro Mutis. Nos seducía el encanto de Álvaro Cepeda Samudio y nos atraía la belleza negra de Magola Cogollo.

Nuestros sueños los compartimos en la pastelería Florida hasta dedicarnos a lo único que podíamos hacer: escribir. Éramos escritores de clases medias o populares. Compartimos ese amor por la literatura durante todos estos años. Cuando Eligio se enfermó de cáncer, Burgos me llamó y me dijo: “Ven pronto (a Bogotá), no hay nada que hacer. Esto será rápido”. Me reuní en el apartamento de Yiyo (Eligio), con Miriam, su esposa, y Roberto. Ya se encontraba en silla de ruedas, casi sin poder murmurar palabra, aunque trató de reírse durante las cinco horas en las que recordamos nuestra amistad. Tres meses después murió. Burgos escribió con las notas que Yiyo tenía sobre su escritorio el último capítulo de Las claves de Melquíades, para lograr lanzarlo un poco antes de su muerte.

Cuando Burgos publicó su novela La Ceiba de la memoria, lo llamé a decirle: “Admiro tu libro, en algunos capítulos escuché a África”. Es una novela poderosa que será reconocida con el tiempo. Hace pocos meses, cuando ganó el Premio Nacional de Novela, con Ver lo que veo, lo volví a llamar para felicitarlo y le dije: “Sesenta millones sirven para que salgas con Dorita a tomarte en La Sultana (en la Séptima) un buen café con leche con pandebonos caleños”. Se rió mucho. Fue la última vez que lo escuché.

El 16 de octubre pasado, en el intermedio del partido Colombia-Costa Rica, revisé mi computador y vi en Facebook una foto de Burgos: el poeta Federico Díaz-Granados anunciaba su muerte. Me entró un desaliento inmenso. Dorita, al final de la noche, me dijo que creía que su estadía en Barranquilla y Cartagena lo había descompensado. “No entendí las señales del infarto. Estaba seguro de que en la clínica lo iban a recuperar. Pero cuando llegó el momento, Roberto se echó la señal de la cruz y se quedó mirándome con inmenso amor, y se fue”.


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