Vivian Maier: fotógrafa movida

Vivian Maier: fotógrafa movida

El escritor Rodrigo Fresán analiza el fenómeno mediático en que se convirtió esta niñera y fotógrafa

Vivian Maier

Su trabajo como fotógrafa no se descubrió hasta casi su muerte. Y cuando su vida casi de novela llegó a la luz pública, Vivian Maier ingresó al circuito pop.

Foto:

Cortesía Fototeca Latinoamericana.

Por: Rodrigo Fresán
09 de septiembre 2018 , 08:50 a.m.




Desde que Marcel Duchamp en 1917 patentó aquella idea tan genial como tóxica de que algo que se encontraba en lo más bajo de la pila de la basura –el object trouvé, el found art, el arte encontrado– podía ser Alta Cultura, el fenómeno no ha hecho más que crecer. Bastó entonces con un orinal al que adosarle la firma de un tal R. Mutt.

Las razones para el boom del trash son obvias: cada vez hay más gente viviendo en este planeta cada vez más desperdiciado. Y esa gente cada vez arroja más cosas a la basura. O se desprende de objetos que considera prescindibles (incluyendo en ocasiones, sin darse cuenta, cuadros valiosísimos de pintores valiosísimos) para que, a continuación, alguien revolviendo y hallando los convierta en imprescindibles para la historia de la Humanidad. Aunque el concepto/motivación ya era anterior a todo eso del surrealismo & co. Ya en el siglo XIX, el escritor franco-uruguayo Isidore Lucien “Conde Lautrémont” Ducasse había apuntado eso de “Bello como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección”.

Pero es a finales del siglo XX –luego de que Andy Warhol abriese la puerta para que todos salieran a jugar– cuando el asunto alcanza proporciones epidémicas. Y entonces Damien Hirst y Tracey Emin y –con mayor o menor talento– la idea de que todo (un tiburón o una cama, da igual) es arte porque todos somos artistas. El talento no pasa todo por creérselo sino por conseguir que lo crean. Y hay muchos crédulos, claro. Así, los comprensibles pero absurdos malentendidos como el reciente hecho de que los visitantes al Guggenheim de Bilbao se detuviesen a apreciar con “ooohs” y “aaahs” un carrito de la limpieza que una de las empleadas de mantenimiento había olvidado en una de las alas del museo. Cuentan que uno de los que por allí pasaron –seguro de que trataba de masterwork conceptual– llegó a ofrecer 400.000 euros por la “pieza” al considerarla “de lo más auténtico que he visto en mi vida. Representa la cruda realidad, sin matices…”.

Bastó entonces con un orinal al que adosarle la firma de un tal R. Mutt.

Semejante tipo de fenómeno –la idea del azar de tanto en tanto comulgando con la del talento y muchas veces con la tontería– alcanza proporciones epidémicas (y, con la ayuda de las redes sociales) virales cuando a la receta de la obra inesperada y el talento imprevisible se le añade el ingrediente casi secreto y aún más difícil de conseguir de una vida a la altura de la mítica y la mística. El caso de Vivian Maier.

                                                                     ***

Sí, así: Vivian Maier (New York, 1926 - Chicago, 2009) como fotógrafa movida y desenfocada de fotografías quietas y perfectamente en foco. Maier como paradigma de eso irresistible: el descubrimiento de un genio que andaba por ahí, al alcance de todos, pero que nadie supo ver o intuir en su momento. La idea de pronto realizada de un artista formidable surgiendo de la nada en la que habitamos todos. Y, claro, hay algo de apenas inconfesable para que las masas sientan inmediata admiración por estos contados especímenes: el pensar en voz muy baja un “si a ella le pasó, tal vez a mí...” Algo que conecta directamente con los cuentos de hadas y de brujas que nos contaron en nuestra infancia donde alguien como nosotros acababa ascendiendo a la categoría de realeza inmortal calzándose un apatito de cristal o arrancándole una espada a una piedra.

En este sentido, la historia de Maier es paradigmática (como lo fueron recientemente las del músico Sixto “Sugarman” Rodríguez o de la escritora Lucia Berlin, otra pareja de beautiful losers merecida y finalmente triunfales) y podría encuadrarse y revelarse como uno de los tanto mitos básicos y universales recopilados en El héroe de las mil caras. Con una atendible diferencia: al contrario de épicos titanes y semidioses, Maier jamás aspiró a la gloria o al reconocimiento. Maier se conformó con mostrarse en la superficie de espejos o en el reflejo de esos escaparates o que fotografiaba mientras iba de un trabajo a otro por las calles de Manhattan y de Chicago y de Los Ángeles (y de buena parte del mundo cuando estaba de vacaciones; hay fotos suyas de Italia, Manila, Bangkok, Shanghai, Pekín, India, Siria y Egipto). Maier –en realidad– funcionando mucho más y mejor como difusa y azarosa protagonista de novela de Paul Auster o de Patricia Highsmith. Maier como alguien que nació para encandilar desde un cuarto oscuro.

Vivian Maier

El azar quiso que el trabajo de Vivian Maier se descubriera después de su muerte.

Foto:

Cortesía Fototeca Latinoamericana.

Y su leyenda verdadera ya es conocida. Maier trabaja como nanny casi siempre muy bien considerada por padres empleadores y niños a su cuidado. Pero, también, Maier es una especie de voyeurística Mary Poppins con cámara Rolleiflex siempre colgada del cuello y a la altura de la cintura: la posición desde la que es más fácil disparar y dar en el blanco de tus presas y objetivos sin que estos se den cuenta.

Así, Maier fotografiando mucho y revelando poco (más de 150.000 negativos; la mayoría de ellos jamás copiados por ella) y exponiendo nunca. Maier a quien le gustaba tanto tomar fotos que –ocupada y apasionada por ello como estaba– tal vez nunca se detuvo a pensar que era gran fotógrafa.

Y de pronto, en 2007, un agente inmobiliario/coleccionista de nombre John Maloof “encuentra” parte del tesoro cuando compra material diverso para un libro que planea sobre la historia del barrio de Portage Park. Paga 400 dólares por un amplio lote en una subasta. Al mismo tiempo que otros dos, Ron Slattery y Randy Prown, hacen lo propio con la otra parte. Los tres se reparten el botín cuando –dos años antes de su muerte– Maier deja de pagar el alquiler de dos depósitos en el North Side de Chicago donde guarda toda una vida.

Maier a quien le gustaba tanto tomar fotos que –ocupada y apasionada por ello como estaba– tal vez nunca se detuvo a pensar que era gran fotógrafa.

Slattery es el primero en subirlas a internet en 2008, con poco impacto. Maloof (quien primero googlea el nombre Vera Maier que encuentra manuscrito en uno de los rollos de película y no encuentra nada y meses después vuelve a hacerlo y lee un obituario en el Chicago Tribune publicado allí por tres hombres que alguna vez fueron niños al cuidado de una mujer a la que jamás pensaron artista) hace lo propio con lo suyo en 2009.

Y, de pronto, Maiermanía.

Fenómeno viral.

Y al poco tiempo Maier llega a exponer simultáneamente en cuatro salas diferentes en Chicago, se editan coffee-table books que trepan a las listas de best-sellers, se imprimen postales y camisetas, en China se estudia y aprecia a Maier como un fenómeno sociológico incomprensible (¿una simple niñera que además es gran fotógrafa?) y, en 2013, hasta se le dedican un par de documentales: el nominado al Oscar y co-escrito y co-dirigido por el propio Maloof Finding Vivian Maier y Vivian Maier: Who Took Nanny's Pictures / The Vivian Maier Mystery.

Viviane Maier

En 1952, Maier se compra su primera cámara Rolleiflex (su marca favorita en diferentes modelos; aunque también utilizará una Leica IIIc, una Ihagee Exakta, una Zeiss Contarex).

Foto:

Cortesía Fototeca Latinoamericana

Y enseguida, claro, los problemas legales y éticos y las luchas entre los que se dicen sus “guardianes” (Maloof pronto controla todo lo de Maier y, según sus cada vez más detractores, lo comercializa y expone sin ningún rigor crítico y con modales parecidos a los de aquel Coronel Parker que esclavizó a Elvis Presley) y los supuestos familiares (¿un primo en Francia?, ¿un hermano perdido que puede aparecer en cualquier momento?) presentándose como verdaderos herederos del legado de Maier.

Y –a veces pasa, suele ocurrir– una segunda vida de ultratumba resulta mucho más vivaz que la que se tuvo cuando se caminaba por este lado de la calle pensando en si esto o aquello era digno de ser fotografiado.

                                                                 ***

Antes que nada, la de Vivian Maier es una gran historia y una vida de novela. Y no es casual que Berta Vias Mahou –a pedido y por idea de la editora Silvia Querini– haya escrito y publicado este año, en la editorial Lumen y con éxito de crítica y ventas, Una vida prestada. Novela en la que –en segunda persona del singular– Maier se encuadra y revela a sí misma con un tono casi elegíaco. El escritor Juan Bonilla –en la presentación del libro– definió a Maier como “la Kafka de la fotografía porque, como Kafka, fue una especie de bestia dedicada por entero a su vocación, vivía en soledad, sin casarse y sin tener hijos, su vocación se la comió”. Y, sí, enseguida Maier como un/otro perfecto estandarte para el feminismo por haber vivido oprimida y no haber conseguido desarrollar su vocación y su arte en un mundo de hombres. Pero no. La cosa no es tan así. Y no olvidar nunca que para apreciar los extremos del blanco y del negro es más que necesaria la presencia del gris. Lo cierto es que Maier –también mitad personaje de J. D. Salinger, mitad personaje de David Lynch– nunca mostró a nadie su trabajo y solía repetir, como un mantra sobreexpuesto, “Soy una especie de espía... Soy la mujer misteriosa”.

Una segunda vida de ultratumba resulta mucho más vivaz que la que se tuvo cuando se caminaba por este lado de la calle pensando en si esto o aquello era digno de ser fotografiado.

Nacida en New York, hija de francesa y de austríaco, infancia europea-norteamericana, yendo y viniendo entre el nuevo y el viejo mundo, y ya mirando todo sin pestañear. Cerca de sus treinta años, en 1951, Maier se muda a Chicago donde comienza a trabajar –lo hará a lo largo de las siguientes cuatro décadas– como niñera. En 1952 se compra su primera cámara Rolleiflex (su marca favorita en diferentes modelos; aunque también utilizará una Lica IIIc, una Ihagee Exakta, una Zeiss Contarex) y en sus días de asueto y fines de semana comienza a caminar por calles y a cruzar puentes en busca de presas. A veces se lleva con ella a los niños a su cuidado quienes, de adultos, la recordarán, indistintamente, como graciosa y desinhibida, alta y baja, tímida y extrovertida, amable y muy estricta, hermosa o fea, poco inteligente y avergonzada por su ignorancia o soberbia exhibicionista dueña de un saber enciclopédico. Conocidos de entonces la definirán como ardiente socialista o apolítica absoluta. Pero todos coincidirán en que era casi imposible entrar en su habitación por la cantidad de periódicos acumulados; que cambiaba de acento (en ocasiones se expresaba en un casi caricaturesco francés) como cambiaba de ropa; y que le gustaba escribir su nombre de maneras diferentes: Meyer, Mayer, Meier, Maier, o incluso Viv Smith. Y evocan que –al ser contratada– ella siempre advertía a sus posibles empleadores: “Debo decirles que yo vengo con mi vida, y que mi vida está en cajas. En muchas cajas”.

Algunos de estos niños, de mayores, se preocuparon por ella al enterarse de que pronto sería desahuciada y le consiguieron un sitio donde vivir y donde meter todas sus cosas. Y todo parece indicar que a principios de los 80 dejó de tomar fotos (hubo un tiempo en que tomar fotos no era barato; o tal vez todo ese material espera ser descubierto en alguna otra parte).

Vivian Maier

Con su lente, Maier congeló las calles de Manhattan, de Chicago y de Los Ángeles, así como varios lugares del mundo.

Foto:

AFP

En noviembre de 2008, Maier se resbaló en una acera cubierta de hielo y fue llevada a un hospital pero nunca se recuperó del todo (su mente y memoria de pronto desenfocadas) y murió en un hospicio en la primavera del 2009. Sus pocos conocidos –los empleados de la tienda Central Camera y quienes la veían sentada casi todos los días en ese banco del paseo del barrio de Rogers Park junto al Lago Michigan– se preguntaron entonces a dónde se habría ido esa mujer o, quizás, si en verdad alguna vez había estado allí. Seis meses después de su muerte, Maier ya era una celebridad y sus fans caminaban a fotografiarse contra el escaparate de esa tienda o sentarse en ese banco para, allí, tomarse selfis. 

evocan que –al ser contratada– ella siempre advertía a sus posibles empleadores: “Debo decirles que yo vengo con mi vida, y que mi vida está en cajas. En muchas cajas”.

                                                                 ***

Y ocupémonos y dejemos claro lo inevitable antes de adentrarnos en lo que de verdad interesa en el caso Vivian Maier.

Primero lo primero: ¿fue Maier una buena fotógrafa o, apenas, uno de esos inconstantes y espasmódicos genios savant?

Los especialistas y críticos y colegas no han dudado en equiparar lo suyo a lo de los también callejeros Garry Winograd, Diane Arbus, Weegee, Helen Levitt, Robert Frank, Lisette Model, Harry Callahan y los tempranos Richard Avedon y Stanley Kubrick. Pero, también, apuntan que Maier se mueve y camina con otro paso y en otra dirección. Porque lo que hace diferente a lo de la Maier –a menudo entrevista fugazmente en superficies reflejantes y refractarias– es que ella está allí más por el placer de espiar que por el de exponer. A Maier le gusta más ver a los demás que el que vean lo suyo.

Vivian Maier

Después del descubrimiento de su obra, la figura de Vivian Maier se catapultó a la estratosfera de lo viral, de las selfis y de los 'best-sellers'.

Foto:

AFP

Así, también, lo más interesante de su historia es la omnipresencia de su sólida existencia fantasmal, su segundo acto de vida norteamericano en los que Francis Scott Fitzgerald no creía pero…

Y es allí cuando –una vez apreciados los casi hagiográficos volúmenes recopiladores de la obra de Maier– se hace imprescindible la investigación/biografía/crítica Vivian Maier: A Photographer’s Life and Afterlife, de Pamela Bannos (The University of Chicago Press). Aquí, en sus páginas, el “descubridor” John Maloof –quien se muestra tan amorosamente apenado y hasta un poco culposamente contrito en su documental– es el claro y evidente villano de la historia. Alguien que hoy vende indiscriminadamente negativos de Maier con su firma en el sobre (detalle pertinente: la autorización para utilizar un autorretrato de Maier en la cubierta de Una vida prestada se consiguió previo pago de 2.000 dólares) y explota la súbitamente enriquecedora memoria de la fotógrafa con pasión de médium desatado en una era en la que los curators quieren ser las estrellas del cielo como alguna vez lo fueron los productores de cine o de discos. Y, sí, provoca escalofríos el pensar en que Maier estaba aún viva durante los primeros pasos de su fama. Y el que –todo parece indicarlo, porque se refería todo el tiempo a sus fotos como a “mis bebés... Y una no anda mostrando a sus bebés por todas partes” – no le causase la menor gracia todo esto de haberse enterado. En los bordes de la paranoia pero, también, con un fino sentido de la predicción, Maier repetía que, de no mantener a sus imágenes en secreto, la gente se las “robaría y haría mal uso de ellas”.

Bannos viaje e investiga y sigue el rastro de Maier por medio planeta, sí. Y entrevista a quienes la conocieron fugazmente. Pero –proponiéndose separarla del perfil freak o de flâneur beatífica y epifánica y de la, a su juicio, aberración del marketing en la que ha sido convertida– se concentra en el primer plano de una paradoja: el surgimiento de una nueva heroína secreta para consumo de una cultura selfie-instagramática que no para de tomarse fotos a sí misma porque nada desea y necesita más que se la vea y se la comente. A diferencia de Maier –quien solía repetir que “nada debe durar para siempre, hay que hacer sitio para otras otras personas. Es como una rueda. Subes, llegas al final, te bajas, y alguien ocupa tu lugar”– los fotógrafos aficionados de hoy no están preocupados por hacer arte con los demás sino en presentarse a sí mismos como obras de arte, como inmortales auto-objects trouvé.

En los bordes de la paranoia pero, también, con un fino sentido de la predicción, Maier repetía que, de no mantener a sus imágenes en secreto, la gente se las “robaría y haría mal uso de ellas”

El año pasado más de 100 millones de fotos y videos fueron “subidos” cada día a Instagram. En Facebook, el número ascendió hasta los 350 millones y ahí está, también, ese ya demasiado imitado y tan popular como meritorio blog-colectivo y abierto a todos (y también best-seller en formato libro) Humans of New York Project a cargo de Brandon Stanton. Y vaya a saber uno lo que acabará recuperándose, de aquí a un tiempo, de todas esas memory cards en las tripas de smartphones tontos.

Entre tanto ruido blanco y negro, Bannos propone su versión del asunto como “contrapunto, contranarrativa y correctivo” y condena el “Vivian Maier Industrial Complex” promovido por Maloof (quien, por supuesto, no prestó colaboración alguna para la biografía de Maier) para el consumo de fans con voraces pupilas color rojo flash. A Bannos no le interesa el mito cuando está construido por mitómanos de lo que sea. 

Y de acuerdo con ella.

Pero aún así, en las últimas páginas de su libro, Bannos no puede sino sonreír y rendirse ante la evidencia de que, sí, hay algo en la historia de Vivian Maier que no hay en otras historias. Y que, sí, Maier es un gran personaje.

Vivian Maier

Imágenes cotidianas de la ciudad y sus habitantes imperan en su obra.

Foto:

Cortesía Fototeca Latinoamericana.

Allí, Bannos se despide y despide a Maier contando que, en 1973, Maier cuidaba a una niña en el 340 Riverside Drive de New York. En esa misma dirección –sin que ni una ni otra los supiese y más de una vez cruzándose por el edificio– vivía una joven mujer que por entonces escribía un libro donde se leía: “Las fotografías alteran y amplían nuestra noción de lo que merece ser visto y de lo que tenemos derecho a observar… Existe una gramática y, lo que es más importante, una ética del mirar. Finalmente, el resultado más grandioso de toda empresa fotográfica es que nos proporciona la sensación de que podemos contener a todo el mundo dentro de nuestras cabezas”.

El título del libro a editarse cuatro años después será On Photography.

Y el nombre de su autora es Susan Sontag.

Y leemos esto y nosotros también sonreímos.

Y cómo no sentir entonces que alguien a quien no vemos pero sí nos ve hace clic.

Y nos roba un poco de nuestro alma para, tal vez, no revelarlo nunca hasta que alguien lo encuentre por ahí.



LECTURAS

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.