Lupe Rumazo, escritora secreta

Lupe Rumazo, escritora secreta

Poco a poco comienza a redescubrirse a esta escritora ecuatoriana, autora de Carta larga sin final.

Lupe Rumazo

Lupe Rumazo, en su casa de Caracas, donde hoy reside. También vivió varios años en Cali con su familia.

Foto:

Archivo familiar

Por: Juan David Correa
 
09 de agosto 2020 , 12:07 p. m.

Las palabras de Lupe Rumazo son consustanciales a la música. Esta mujer ecuatoriana de 86 años que vive en Caracas y cuyo libro Carta larga sin final recuperó este año la editorial Seix Barral, tras casi cuarenta años de haber permanecido en el ostracismo, nació en Quito, en 1933. Su madre, Inés Cobo, fue una connotada y aplaudida pianista clásica. Su padre, Alfonso Rumazo González, un afamado historiador e intelectual. En el año 37, la familia tuvo que exiliarse en Cali, Colombia, por la persecución política en contra del padre. Ecuador desde entonces contaba su propia y misteriosa historia de tener quince presidentes en dicha década. La inestabilidad hizo que la pareja se estableciera en la capital del Valle del Cauca, aunque recalaron unos meses en Popayán, ciudad que a los ojos de Alfonso e Inés era muy conservadora y donde además no encontraron trabajo. La pareja y la pequeña niña venían con el duelo a cuestas: habían perdido a Dinorah, la hermana de Lupe, antes de que cumpliera el año: “Aunque no la recuerdo, sus ojos azules, iguales a los de mi madre, iluminaron cada aniversario de su muerte durante la vida de nuestros padres. Mi padre sufría mucho oyendo a Chopin, pero jamás dejó de instigar las conciencias de la época”, me dice desde Caracas, en una conversación por Zoom.

Me dijo que si quería publicar algo que hiciera un acto de justicia con las mujeres de su país, debía conocer a Lupe Rumazo

(Le recomendamos: ‘Hoy mi padre vive en este libro’)

La infancia de Lupe transcurrió entre ires y venires de Cali a Quito: “Recuerdo los precipicios de esa carretera entre las dos ciudades. Yo crecí con el destierro a cuestas. Mi padre encontró trabajo en Cali escribiendo en periódicos y haciendo activismo. Yo me eduqué en el colegio de María Perlaza, de pedagogía Montessori. Llegué leyendo y escribiendo porque desde muy pequeñita aprendí a leer y me nutría de lecturas. Tuve a Platero y yo, a Monteiro Lobato, literatura con consonancia musical. Mamá era una pianista maravillosa, puedo escuchar su resonancia en mí. Hizo audiciones en Quito, en Europa, de manera que era una concertista de primer nivel. Cuando pienso en ella pienso en Ibsen, cuando pienso en él me vienen los conciertos tristes de piano. Ella y papá me hicieron sentir siempre que había que esforzarse para educarse: ‘Escriba usted lo suyo’, me decían. Papá era muy seguidor de Olaya Herrera y de su concepción de la libertad”. Enrique Olaya Herrera había ganado las elecciones del año 29, y lo había sucedido, en el 34, Alfonso López Pumarejo, después del crac, y el inminente inicio de la Segunda Guerra Mundial. Con ellos terminaban cuatro décadas y media de hegemonía conservadora que habían incluido una gran guerra, la de los Mil Días. El talante liberal era admirado por los Rumazo, quienes vivieron algunos años más en la ciudad en donde Alfonso publicó el libro Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador, un clásico de la historiografía biográfica que le costó, de nuevo, la antipatía de los sucesivos gobernantes ecuatorianos que consideraban a Sáenz un personaje espurio. “Mi padre era un hombre beligerante y convencido de la importancia de la erudición, pero también de la importancia de hacer una síntesis propia, de reconocernos en nuestro pasado”.

Hay una violencia intelectual contra la mujer. Hay muchos tipos de violencia, pero esa es significativa. Y fue determinante en ese momento

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Hace un año largo, paseando por los corredores de la Feria del Libro de Bogotá, adonde el escritor Leonardo Valencia vino a lanzar su ambiciosa y notable novela La escalera de Bramante, le preguntaba por escritoras ecuatorianas. Cierto desprecio local por los países vecinos me pareció siempre muy diciente de nuestro parroquialismo. Emocionado, Leonardo me dijo que si quería publicar algo que realmente tuviera una resonancia e hiciera un acto de justicia con las mujeres de su país, debía conocer a Lupe Rumazo. Unas semanas después le escribí un correo. Ella, generosa, me envió su novela más conocida y me dijo que tenía una tetralogía escrita. El título de Carta larga sin final ya era elocuente de una ambición distinta. Lupe partió con su madre a principios de los años cincuenta a estudiar en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans. Sus recuerdos se detienen en la afición de su madre, Inés, por el boxeo: “Le encantaba –me dice–. Se acordaba de haber asistido muy niña a un combate de box y fue definitivo ver a un hombre caer sangrando”.

De repente, aparece el país donde ha vivido casi toda su vida, que es Venezuela, donde se estableció la familia a partir de 1973, pues Inés, por su corazón, no podía vivir en Quito debido a la altura. Ya había publicado su primer libro, En el lagar: “Siempre pensé que había que hundir las manos en el lodo. Ahí hay ensayos sobre el impacto del tiempo y del espacio en nuestra existencia desde la filosofía”. Y en el 64, Sílabas de la tierra, su primer libro de relatos. Le pregunto por su opinión sobre la generación de sus contemporáneos, los hombres del boom, y qué siente al ver que su obra fue mirada de soslayo por muchos. “Ya lo he dicho –me dice sonriente–, pero lo repito: hay una violencia intelectual contra la mujer. Hay muchos tipos de violencia, pero esa es significativa. Y fue determinante en ese momento”.

(Además: Anne Carson, entre la tradición y la modernidad)

Conoció en Cali a Gerardo Alzamora Vela y se casó con él. Con él tuvo tres hijos, Diego, Constanza y Solange, que son hoy sus contertulios a las cinco y media de la tarde en Caracas o desde Francia para intercambiar ideas y lecturas. “Siga escribiendo, me decía siempre Gerardo, con quien hubo una diferencia de edad grande. A él le dediqué Peste blanca, peste negra (1988; que será la próxima novela que se publicará en Seix Barral). La peste más dura es la de la ignorancia”.

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Inés Cobo murió en 1974. Lupe se sentó a escribir bajo el influjo de la música, de la resonancia de sus dedos sobre el teclado, pensando en Liszt, pero también en Ibsen, como suele repetir. El libro, que desconcierta a muchos por no ser obediente con una idea narrativa decimonónica tan arraigada en América Latina, es una especie de conversación con un legado inmenso: una conversación barroca que se nutre por igual de los artesanos que tallaron las catedrales coloniales en Quito, del nouveau roman, de Kierkegaard o de la poesía de Vibración azul, el libro de poemas de su padre. Un legado sensible, de afecto y amor por el conocimiento. “Vendimos algunas de las casas, vendimos los muebles, invertimos el fuerte dinero, empacamos el resto en sesenta bultos –para qué hoy marcados uno a uno– y lo trajimos todo para acá. Y tú preguntabas, ¿por qué hemos hecho esto? Entre otras razones, para salvarte la vida, mamá. Y nosotros hablábamos de ti –¡qué monstruosidad!– hasta ubicarte aquí, como se deposita en nido al ave que cálidamente hay que cercar. Y tú –¡qué lamentable error!– ibas enrollando, haciendo ovillo de esa cuerda que nosotros habíamos extendido, para tú tornarla a su centro, hacia tu país, de donde ella, la fibra –esa sí de acero– había partido. Eran dos formas contrarias de halar; de allá para acá, de acá para allá. –¿Pero qué tiene la tierra propia?, te pregunté. –Nada, pero algo tiene”, se lee en una de sus páginas a las que se puede acudir con la libertad que ella defiende como un credo. Su antirretórica.

Su mirada se esconde detrás de una montura de acrílico marrón: dos pequeños ojos miel. “La vida no termina de partir. La vida vibra. Mamá me legó la discusión, la picaresca; papá, la beligerancia. Carta larga… no es una elegía, sino una celebración. Venezuela nos recibió con una gran fiesta, de salsa, Caribe, esa Venezuela la sigo sintiendo a pesar de todo lo que se habla. Este es un país alegre”.

Su vida hoy es escribir, hacer expediciones a librerías y, sobre todo, leer. Tiene una rutina clara para ello: siempre hay horas fijas para leer, escribir y caminar. Hoy Lupe abraza otra revolución: la de la senectud. “Para mí no existe la cronología. La vida es una totalidad”, me dice. Además de su tetralogía, en la que se encuentra Escalera de piedra y Temporal La última llave del Destino, que también serán publicadas en Seix Barral, su proyecto hoy es Defensa de Lupe Rumazo por Lupe Rumazo. “Mi destino editorial fue equívoco porque jamás encontré un editor que me diera la libertad para construir un camino. Por eso hablo de la revolución de la senectud: muchos publicaron tarde. Ante mí hubo un muro contencioso, mi beligerancia, mi discusión con el estructuralismo literario, con ciertos autores en el pasado, me costaron el silencio. Ha habido cierta animadversión: ‘su obra no es comercial’, escuché una y otra vez”.

¿Y por qué la defensa de Lupe Rumazo?, le pregunto antes de despedirnos. “Porque hay una memoria increíble sumergida que, como las plomadas que caen en el alma, debo rescatar”. Y entonces uno recuerda que su idea de la vida es circular, que todo lo que es fin también es principio. “Ya que para comenzar a aprender a vivir debemos perder lo que más queremos, yo pregunto si es tan ingente, desmesurado, oneroso el entrenamiento. Y ya graduados ¿por y para quién lo hacemos? ¿Y cómo, con qué voz, con qué garganta podemos pregonar el suceso si ante quien quisiéramos merecer y calificarnos podía, ya no está? Si quien ausente se despide sin despedirse de ese si estoy pudiendo, mío, si estoy luchando, si voy comprendiendo, no te estoy defraudando”, se lee en Carta larga sin final.

(Otras lecturas: Homenaje a Saramago)

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