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Mario Mendoza y la pandemia que anticipó
Mario Mendoza

El escritor Mario Mendoza en la biblioteca de su casa, en Bogotá, donde ha pasado estos periodos de cuarentena y escritura.

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Milton Dìaz

Mario Mendoza y la pandemia que anticipó

En varios libros narró una realidad calcada de la actual. Ahora publica Bitácora del naufragio. 

Empezó a tomar notas desde los primeros días de cuarentena. Los hechos que le llamaban la atención, los informes científicos, las señales que comenzaba a percibir en la gente cercana, en sus familiares, en él mismo. Mario Mendoza observaba, leía, relacionaba, escribía. Es lo que ha hecho durante años y que lo ha convertido en un autor con cientos de miles de lectores en el país y fuera de él. Con la misma agudeza –y por momentos también con la misma crudeza– que lo llevó a anticipar en varios de sus libros la pandemia que estamos viviendo, escribió Bitácora del naufragio, relatos que se pasean entre la ficción y la no ficción. Porque todo es posible. Como él mismo dice: “Antes teníamos clara la línea de lo que es realidad. Pero hoy no hay principio de realidad. Eso ya no existe”.

¿Venía esperando lo que estamos viviendo?
Venía esperándolo de mil maneras y los libros así lo constatan. En Diario del fin del mundo hay un apartado final que habla de la llegada de la pandemia. La carátula de El libro de las revelaciones, que es del 2017, es una imagen que hoy le da la vuelta al mundo en todos los periódicos. En la página 103 de una novela pequeña que tengo para jóvenes, Crononautas, hay una pandemia. Habla de cómo se cierran los restaurantes, los colegios, las universidades. Es una descripción paso a paso de lo que nos ha sucedido. Con Proyecto Frankenstein veníamos trabajando en novela gráfica y cómics y ya teníamos una pandemia. Por fortuna esos guiones están registrados en derechos de autor en 2018 y 2019, por si alguien quiere verificar. No están escritos durante, sino antes.

¿Y por qué lo esperaba con tanta seguridad?
Yo seguía los informes de la Organización Mundial de la Salud que hablaban de un patógeno X. Estaban seguros de que tarde o temprano, con los ritmos vertiginosos contemporáneos, un virus se iba a salir de control. Si uno mira con juicio, es claro: aparece el SARS, el H1N1, el H1N3, la gripe porcina, la gripe aviar, el Ébola se les sale de control de forma momentánea –por suerte lo lograron frenar–, sigue el Zika, el Chikunguña.Hay un lapso de dos a tres años entre virus y virus. Al leer los informes, pensaba como ellos: esto se va a descontrolar. Y sucedió. Cuando aparecieron las primeras cuarentenas, en Proyecto Frankenstein dijimos: no puede ser, nos parecemos a los dibujos que estamos haciendo. Pero además yo sigo El reloj del fin mundo, el informe del grupo de expertos con quince premios Nobel que da un reporte anual sobre cómo está el planeta. Ellos también se referían a patógenos. Filósofos y pensadores, como Byung-Chul Han o Michel Serres, venían diciendo lo mal que estamos haciendo las cosas. Los teóricos de los años 60 y 70 ya hablaban de bomba demográfica. Decían: hay una bomba que les va a estallar a las generaciones futuras y es más peligrosa que la atómica, que es la manera vertiginosa como nos reproducimos. 7.700 millones de personas es escandaloso. No puede ser que seamos tan brutos y no nos demos cuenta de que en un sistema aislado las leyes físicas son fáciles: sobresaturas el sistema, produces una línea entrópica y esa línea tiende a cero. Es decir, empieza la autodestrucción del propio sistema. Hemos abusado de nuestra estupidez. Estaba a la espera de ese turning point, del punto de giro.

Sería chévere que dejaran a un ciudadano del común pararse en Naciones Unidas y preguntarles a esos idiotas cuál es el proyecto para rescatar la humanidad.

En el libro habla de “nuestra soberbia”, “nuestra enfermiza vanidad”. ¿La prepotencia del ser humano nos llevó a ese punto, al parecer sin retorno?
Si revisas los autores del siglo XIX, ves que son un aullido, un grito desesperado por algo que está sucediendo. Todos los autores después del romanticismo anuncian una crisis de gran envergadura. Llega la Primera Guerra Mundial, pasas a la Guerra Civil Española, estalla la Segunda Guerra Mundial, lanzamos bombas atómicas –que ya es un completo disparate– y descubrimos que uno de los pueblos más inteligentes del mundo –donde están las mejores universidades, los filósofos más destacados y unos de los escritores más reconocidos del planeta– construyeron campos de exterminio. Creo que ese era el momento de frenar. Finalizando la Segunda Guerra debimos haber hecho un examen de conciencia, haber visto lo que decía Freud sobre el inconsciente –tú puedes ser muy inteligente en el plano racional, pero tener un inconsciente muy macabro–, lo que decía Jung, los testimonios que nos estaban anunciando que había una bestia oculta. Ahí teníamos que frenar y revisarnos a fondo. No lo hicimos y mira la línea de desastre que vino después. Cómo es posible que no paremos y nos preguntemos qué estamos haciendo. En el libro digo que sería chévere que dejaran a un ciudadano del común pararse en Naciones Unidas y preguntarles a todos esos idiotas hacia dónde vamos, cuál es el proyecto para salvarnos y rescatar la humanidad.

Plantea que es mejor afrontar este desastre sin esperanza…
Hay una conferencia de Mutis que se llama La desesperanza, en la que muestra las ventajas de no estar esperando siempre algo, que al final es lo que nos produce sufrimiento. Piensa en una relación sentimental que termina: cuando uno cree que todavía hay una llama, que quizás ella o él me van a llamar, es la peor situación. Pero cuando dices “esto se acabó”, hay un alivio. En medio del dolor y del duelo, estás mejor parado. Cuando no hay esperanza, uno tiene las cosas más claras para poder actuar. Por eso yo llamo a una desesperanza lúcida, no la de estar en un rincón lloriqueando. Una desesperanza para llamar a la acción, que nos permita despertarnos y decir no más, paremos de estar diciendo que vamos a mejorar y actuemos. Al ver cómo está todo, no puede ser que salgas a hablar de esperanza y a decir “lo vamos a lograr”. Eso es inmoral. Si uno cruza la línea de no retorno –y creo que ya lo hicimos– tiene que enfrentarlo. Esa es la hipótesis del libro: no digamos más mentiras, no sigamos con eso de “somos una especie inteligente” y “siempre salimos de las crisis”. Ahora, también creo que ninguno de nosotros va a poder cambiar lo que va a pasar. Seguimos yendo hacia el desastre. ¿Por qué? Porque nosotros no tomamos las decisiones.

Mario Mendoza

El punto de giro

"Hemos venido abusando de nuestra estupidez"

Los que toman las decisiones han dado muestras, en su mayoría, de no estar a la altura de las circunstancias.
Es que hay una ruptura grave entre los políticos, la ciencia y las humanidades. Deberíamos tener los tres unidos: líderes, científicos y pensadores tomando las mejores decisiones. Pero eso no pasa. La gran mayoría de los políticos son analfabetas funcionales. Tipos como Trump, Bolsonaro, Maduro. La lista es larguísima, sean de derecha o de izquierda, da igual. ¿Cómo los subimos al poder? Ese ha sido nuestro gran error. Fíjate en el informe de la FAO de finales del año pasado. Dicen que “viene una hambruna de proporciones bíblicas” por el cambio climático, por los migrantes de guerra, por la crisis económica de la pandemia. Entre los países que subrayan, hay cinco en los que advierten que es posible que se genere una catástrofe humanitaria de gran envergadura. Uno de esos países es Venezuela, lo que nos puede dejar a los colombianos devastados. Si con un millón de inmigrantes ya lo estamos, cómo será cuando cuatro millones pasen la frontera en busca de un mendrugo de pan o un plato de sopa. El colapso sería gravísimo. Esto ya debería encender las alarmas de los que toman decisiones. Estar preparándonos mejor, tener acción social. No estamos haciendo nada.

Portada del nuevo libro de Mario Mendoza, editado por Planeta.

Foto:

Archivo particular

¿En qué momento decidió llevar todas estas reflexiones al papel y crear los relatos que conforman Bitácora del naufragio?
Voy a reconocer públicamente una influencia muy fuerte que recibí de otro escritor colombiano. Yo había tomado unas noticas porque era lo único que podía hacer en cuarentena. No quería escribir ficción, hace rato que no me siento capaz de hacer una novela. Pensé que sería bueno empezar a tomar un registro de lo que estaba pasando. Todos nos estábamos viendo afectados con los encierros. Yo iba tomándole la temperatura a lo que sucedía. Entonces salió Los días de la fiebre, de Andrés Felipe Solano. Me pareció un libro maravilloso, de una ternura rara que no había visto en ninguno de los informes que leía. Ese fue el disparador. Dije: voy a empezar a llevar un libro lentamente. Claro, yo no tengo la dulzura que tiene él. Como narrador soy más brutal, más despiadado, más directo, pero ese tono de Andrés Felipe iba detrás resonándome de manera inconsciente. Cuando terminé de escribir, cerrando el año, no sabía si publicarlo o no. Pensé que iba a haber una avalancha de libros literarios y dije si esto pasa lo dejo guardado como testimonio. Pero me di cuenta de que no había tantos libros como creía, y lo publiqué.

Los relatos, por supuesto, están atravesado por la pandemia y por sus consecuencias en todos los aspectos. ¿Cómo los fue armando?
Fui recogiendo historias de personas cercanas y lejanas. Quiero que la gente entre al libro y diga: esto suele pasarme a mí, esto lo vivió un familiar, una amiga, que vayan sintiendo este año que hemos vivido. También suelo estar muy atento a la prensa. Recuerdo, por ejemplo, que el 30 de marzo de este año EL TIEMPO publicó el informe de la OMS con las cuatro hipótesis del origen del virus. La cuarta dejaba abierta una posibilidad inquietante: la fuga del laboratorio. No la descartaron. Y no estamos leyendo teorías de conspiración ni cosas delirantes o descabelladas, son informes serios. Esa cuarta hipótesis deja abierto algo temible: sí parece existir una fuga de un laboratorio en Wuhan. Para mí, eso cambia todo. Porque si Colombia tiene más de setenta mil muertos por una pandemia uno dice, bueno, es una pandemia. Nos puede pasar a todos. Pero si eso se fugó de un laboratorio, no son setenta mil muertos. Son setenta mil asesinatos. Eso es algo muy distinto.

Hay un relato que me llamó la atención y es el que habla de cómo puede estar surgiendo esa idea del que está “limpio de virus” y “el contagiado”...
Sí, el relato que se llama Cucaracha. Yo intenté irme de Bogotá durante meses. Cada vez que abrían las cuarentenas me iba a buscar mil opciones. El hecho de haber vivido en un kibutz, de joven, me hace soñar en salir de las lógicas capitalistas. En la medida en que vamos envejeciendo, el capitalismo te condena a dos cosas: una, casarte y tener hijos. Los que no nos sentimos cómodos en esa opción, nos queda la otra: envejecer solos. Yo estaba intentando una tercera vía, la de hacer comunidad con otros. No estás casado, pero tampoco solo. Una opción maravillosa. Venía leyendo textos de filósofos en esa línea, como el de Giorgio Agamben, Altísima pobreza. Empecé a investigar por todos lados y me tropecé con esa locura que era lo que estaba sucediendo por fuera de la ciudad, en lugares de Boyacá o de Silvania, donde había esa cantidad de fanáticos. No sabía que era de ese modo, pero resulta que sí: unas sociedades establecidas viviendo como en The Walking Dead, como si nosotros en la ciudad fuéramos vampiros que van a contagiar. Me pareció entre cómico e indignante. Y ese es el texto que escribí, uno de mis preferidos.

Mario Mendoza

El mundo que ya no existe

"Yo solo tengo el día de hoy"

En la mayoría de textos aparecen personajes jóvenes. ¿Tenía en la mira esa edad, entre los veinte o treinta años?
Le seguí la pista a las nuevas generaciones porque creo que ellos son los más afectados por la pandemia. Los que de verdad han recibido el golpe. Si uno lo piensa en frío, las generaciones mayores pudimos hacer una vida, pudimos viajar, tener un apartamento. Los informes indican que va a haber dos generaciones sacrificadas, por lo menos, que son esas. Para qué estudio si ya sé que no voy a conseguir empleo, cómo voy a endeudarme en la mitad de la crisis. Tener esa edad en este momento es muy duro. Hay una deserción escolar y universitaria terrible. Terminas metido en tu casa levantándote a las doce del día porque te acuestas a las dos o tres de la mañana, viendo todo el tiempo una pantalla, bien sea la del celular, el computador o la tele. Es inevitable caer en una depresión, en unos estados de ánimo que pueden conducir a decisiones terribles. Las clínicas psiquiátricas –lo digo porque tengo muchas noticias cercanas– están llenas. Hay un momento en que entregas las llaves de tu casa y dices ‘tengo que ir a recluirme porque no puedo más conmigo mismo’. Eso es triste. Y que te pase a los veinte es todavía peor.

Habla de algo clave, que también se evidencia en el libro: lo que está pasando en la salud mental. ¿Estamos prestándole la atención debida?
Creo que hay una pandemia dentro de la pandemia. Hay una que es la viral, y es gravísima. En este momento las salas de cuidados intensivos en están a reventar. Pero hay otra que a largo plazo va a ser la que puede dejarnos peores secuelas, que es la pandemia de la salud mental. Los colombianos ya veníamos mal en esto. Somos herederos de una guerra, estamos reventados, tenemos traumas, una educación fallida. A todos nos tocó cruzar una sociedad enferma y crecer, construir afectos y emociones en esa sociedad. Eso deja secuelas que son de por vida. Pero si eso es así, imagínate cómo será si a los conflictos de la guerra, el narcotráfico, los paramilitares, la guerrilla, los secuestros, los genocidios, las masacres, tenemos que sumarle lo que nos ha pasado en el último año. Esa pandemia de salud mental va a ser peor que la viral.

Nos tocó cruzar una sociedad enferma. Ahora tenemos que sumarle todo lo que nos ha pasado en el último año. La pandemia de salud mental va a ser peor que la viral.

En esto pesa mucho la forma como se han tenido que asumir los duelos. Usted lo vivió con la muerte de su madre, a comienzos de la pandemia.
En el libro cuento lo que le pasó a uno de los ilustradores del proyecto. Estaba haciendo dibujos de la pandemia –estos cómics van a salir en un par de meses– y su novia se enfermó de covid-19. Entró en coma inducido y murió. Eso fue terrible. Mientras tanto, yo tenía a mi madre en un hogar de abuelos. Las medidas de la Secretaría de Salud inicialmente fueron terribles: no había manera de visitarlos y en esa edad las visitas son todo. El contacto, el beso, el abrazo, los chismes, la risa, un juguito compartid. Esa es la vida cuando tienes 80 años. Tú sigues de pie porque estás cerca de aquellos que te quieren. Al final mi madre entró en una depresión profunda y no pudo salir. En videollamadas le decía que no era que yo no quisiera ir. Pero a veces ellos no entienden razones porque están pensando con el corazón. Aunque intenté todas las explicaciones, no pude impedir la depresión. Esa depresión significó después una bacteria y que no tuviera defensas para levantarse de eso. Murió sola en el hogar. Luego vino la pesadilla que significó tener que enterrar a un pariente durante las cuarentenas. Tuve que pedir un informe médico que aclarara que no había sido por covid-19, para poder reclamar el cuerpo. Cremar en Bogotá era imposible. Tocaba buscar en pueblos cercanos. Fue terrible. Todo eso también fue llenando el libro de amargura, porque sé que el libro tiene detrás una amargura inevitable. Está escrito durante un duelo. A veces logro con gran esfuerzo algunos toques de humor negro, aunque son escasos. Fue una escritura dura, pero catártica. Me permitió pasar al otro lado y llegar al día de hoy relativamente sano.

¿Todo esto ha cambiado su idea de la muerte?
Absolutamente. Esa frase de carpe diem realmente uno no la entiende de joven. La entiende ya viejo, porque está cerca de la muerte o ha vivido algo de proximidad con la muerte. Tengo claro que solo cuento con el día de hoy. Me levanto todas las mañanas y digo: listo, un día más. Ni siquiera hago planes a una semana. Porque puede pasar de todo. Este último año es como si hubiésemos vivido cincuenta años condensados. Uno ve las imágenes de hace año y medio, cuando estábamos en un paseo o al lado del mar, y parece otra vida, otro mundo que ya no existe. Hoy tengo claridad de la impermanencia. Y esa proximidad con la muerte puede ser muy reveladora porque te hace disfrutar profundamente minuto a minuto. No sabes si mañana estás. Deberíamos reflexionar más sobre la muerte para entender las dimensiones de la vida. Y en Colombia, un país tan tanático, todavía mucho más.

MARÍA PAULINA ORTIZ 
Editora de LECTURAS

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