Secciones
Síguenos en:
'Los que sobran': la generación que no encuentra un lugar
Juan Carlos Flórez

El historiador Juan Carlos Flórez relaciona en el libro la problemática actual con lo descrito por la literatura rusa del siglo XIX.

Foto:

Cortesía editorial Planeta

'Los que sobran': la generación que no encuentra un lugar

El libro de Juan Carlos Flórez sobre la generación global que no encuentra caminos para realizarse. 

El tema empezó a rondarle hace unos cinco años. Juan Carlos Flórez percibía una frustración entre los jóvenes y los adultos jóvenes de clase media que veían cómo se cerraban las puertas de las oportunidades que supuestamente debía abrirles una buena educación. Como si de nada valieran merecimientos y preparación. “En definitiva, observaba que el ascensor social no estaba trabajando para esa tierra prometida que les habían anunciado –dice el historiador bogotano–. Y que se dieron cuenta de que historias como ‘usted llega a un lugar de la sociedad a través del mérito y el talento’ habían resultado una estafa”. Lo sorprendió, además, que no fuera un fenómeno local, sino que estuviera presente en diferentes lugares del mundo. Podría hablarse de una generación global.

(También puede interesarle: Emmanuel Carrère, premio Princesa de Asturias de las Letras).

“Algo está pasando aquí, y es muy serio”, pensó Flórez. Comenzó a preguntarse cuáles eran los mecanismos que lo estaban produciendo y cómo podría definirse esa generación. Durante un viaje a Moscú, en medio de una charla con amigos, llegó el tema de una generación rusa del siglo XIX: los lishnie liudi, los que sobran. “Entonces dije: es por ahí”. Flórez se encontró con un escritor que, como pocos, logró diseccionar los cambios de las generaciones rusas y europeas: Iván Turguénev, que dedicó más de diez años de su vida a pensar su propia generación; una generación que, pese a ser de las más educadas en la historia de Rusia, no tuvo forma de actuar sobre la realidad de su país. No encontró un lugar. Flórez se concentró en ampliar su investigación. En ese momento era concejal de Bogotá, pero para el año siguiente –que era el 2018– decidió no aspirar de nuevo al cargo y darle todo su tiempo al estudio de la idea que no se le salía de la cabeza. Al año siguiente se vivió el estallido social del pueblo chileno, protagonizado por millones de ciudadanos que salieron a protestar contra sus élites. Hubo una canción que se volvió himno para ellos: El baile de los que sobran, el clásico de Los Prisioneros. Se unieron así, en la cabeza de Flórez, los que sobraron en el pasado, los lishnie liudi, y los del presente. “Ahí surgió la idea de escribir este libro”.

(Puede leer: El libro que alguna vez unió a Vargas Llosa y a García Márquez).

Lo que hizo interesante al mundo occidental en el siglo XX fue que construyó ese ascenso social de forma masiva y virtuosa. Eso ya no existe.

Empezó a buscar el mecanismo que había llevado a la existencia de estas generaciones. ¿Qué encontró?
Primero lo comprendí en casos específicos. En Rusia, lo que le impidió actuar a esa generación fue un régimen autocrático, el de Nicolás I, que les cerró todos los espacios. En Chile, claramente es la imposición a sangre y fuego, bajo Pinochet, de un sistema extremista privatizador que le dijo a la gente: “No se preocupe, aquí vamos a producir riqueza; usted consuma y edúquese, que le abrimos puertas”. En 2019, la gente explotó y dijo: “Todo resultó mentira, estamos endeudados hasta el cogote, las pensiones son miserables, nuestra educación no es la misma que la de ustedes, los acomodados”. Después me di cuenta de que algo así estaba pasando en Estados Unidos: la deuda fundamental de sus familias se deriva de la educación de sus hijos. La gente vio que la educación ya no les abría puertas. En resumen, el mecanismo no es de un país, es global. Y no es por los ricos, ni por los muy ricos, que siempre han existido: es una élite de billonarios, menos del 1 por ciento de la población del mundo, que en las últimas décadas ha logrado moldear el poder a su antojo. En los años 60 y 70, por ejemplo, las casas y los yates de los ricos de Estados Unidos eran de un tamaño moderado. ¿Por qué? Porque había impuestos al lujo que restringían la acumulación de riqueza excesiva. En los países democráticos los impuestos se usaron para crear la clase media. Había instrumentos por medio de los cuales se patrocinaba, entre otras cosas, una educación de calidad similar para la gran mayoría de la gente. Pero estos se han ido destruyendo en los últimos cuarenta años. La educación volvió a elitizarse. Si no se tiene una educación extremadamente elitista, el mundo de las oportunidades se cierra. Claro, alguien que ha triunfado puede salir y decir: yo lo logré. Pero es un ascenso social a cuentagotas. Lo que hizo interesante al mundo occidental en el siglo XX fue que construyó ese ascenso social de forma masiva y virtuosa. Eso ya no existe.

(Lea también: El colombiano Daniel Montoya gana premio de poesía Juan Ramón Jiménez).

Esa falta de oportunidades puede explicar lo que se está viviendo en muchos lugares del mundo…
Si usted no crea un gran amortiguador de las tensiones entre el que mucho tiene y el que nada tiene, se producen insurrecciones como la que vivió Chile y la que hoy está viviendo Colombia. Todo esto está engarzado en la destrucción de los mecanismos de creación de la clase media. Hay un proceso consciente de eso en el mundo y su efecto político es peligrosísimo. Hoy lo vemos: las reducidas clases medias de Colombia descubren su inmensa fragilidad. Una crisis de seis meses pasó a un millón de bogotanos de clase media a la pobreza. O el caso de Chile: el país parecía rico, sí, pero ¿a qué costo? Al costo de que la mayoría descubriera que es un país de setenta apellidos. Si no tengo este o aquel, no hay ningún chance.

El libro de Juan Carlos Flórez es editado por el sello Ariel.

Foto:

Archivo particular

En el libro usted describe a este pequeño grupo que acumula riquezas y privilegios como la “élite María Antonieta”...
En Estados Unidos ese proceso se inició con la era Reagan, ahí arrancó la destrucción paulatina de aquel sistema que había creado la más grande clase media del mundo. El tema clave es que ha muerto el civismo en las clases altas. Porque se puede ser muy rico, tener privilegios, disfrutarlos. Eso está bien. Pero al mismo tiempo se tiene un deber con la sociedad. Ese capitalismo tardío, la que yo llamo la “élite María Antonieta” –igual que la élite del final de la aristocracia, pre Revolución francesa–, ha roto sus nexos de solidaridad con la sociedad. Eso es de un peligro inmenso. Cuando una sociedad se queda sin clase dirigente todo puede pasar. Revoluciones, guerras civiles, demagogos tomándose el poder, como ocurrió con Hitler, que es lo que está de nuevo en auge en el mundo. La democracia occidental está en riesgo porque la clase dirigente renunció a su tarea. Desconoce por completo a la sociedad. Hoy los políticos, que deberían ser mediadores, se han puesto al servicio de esas élites a lo largo y ancho del mundo. Quieren imitar el estilo de vida de los billonarios, pero no lo imitan generando riqueza, sino robándose los recursos públicos. Por eso, la corrupción es el problema global de la política. La desconexión con las sociedades que gobiernan es evidente. La frase clave en Chile, la que más se repetía, es “me siento maltratado y despreciado”. Y fíjese en la clase política colombiana: lo que está pasando hoy los cogió con los pantalones abajo y todavía no lo entienden.

¿Por qué dice que el mundo está en la fase final del capitalismo?
Sus aspectos renovadores se han agotado. El capitalismo hoy es muy rico, produce tecnologías, pero en lugar de ser una fuerza creadora es cada vez más destructiva. De nuestras relaciones sociales, de nuestro estado anímico, de la naturaleza, de la sociedad. Hay elementos para decir que estamos en su fase final. ¿Cuánto puede durar eso? Ah, el fin del Imperio romano duró varios siglos. Pero en algún momento aparecieron hechos que condujeron a su final; uno de los más importantes está presente hoy: la renuncia de las élites al civismo. Hoy existe la filantropía, pero eso no es lo mismo. Ninguna filantropía repara la cohesión social destruida ni reconstruye a la clase media.

(Puede leer también: El pájaro que le picó la lengua a Rodrigo García Barcha, hijo de Gabo).

Las élites occidentales pretendieron que uno podía entender el mundo solo a través de la razón. Yo creo que ese proyecto está haciendo agua.

Otro aspecto del capitalismo tardío, dice, es la exigencia incesante de productividad y la idea de que lo que no genere ganancia no tiene valor. La responsabilidad recae en el individuo, lo que puede llevar a un aumento de males como la depresión...
Porque no basta con que una civilización, una cultura, una sociedad, tengan un ideal de prosperidad material para la gran mayoría. No es suficiente. Si el ideal material se queda solo, se vuelve autodestructivo. El ser humano está diseñado para no aguantar sin ayuda de algo trascendente. Tengo la sospecha, no como un asunto clínico, sino como un fenómeno social, y usando como analogía el Imperio romano tardío, de que las enfermedades del espíritu están asociadas al final de un proceso civilizatorio. Infortunadamente, no hay evidencias sobre qué pasó con las comunidades indígenas al final del proceso azteca o inca, por ejemplo. Pero sí hay evidencias muy sólidas para el final del Imperio romano tardío. La gente descubrió que el mundo en el que vivía era lo que lo estaba enfermando y tomó la decisión radical de irse, de escaparse, se van al desierto. Hoy todo lo reducimos al individuo. “A usted se le bajó el litio, compre esto y tómeselo”, dicen. Pero creo que el punto no es solo ese . El asunto es más de fondo. Sentimos el fardo de este sistema sobre nuestros hombros. Nos gustaría llevar una vida más tranquila y no encontramos la forma.

Habla de personajes de la historia, como Jesucristo o Sócrates, que serían unos “inútiles”, analizados desde la perspectiva actual...
Esto viene de Tolstói, que en su época madura descubrió la sabiduría oriental, a través de Confucio y de Lao-Tse, y se hacía una pregunta maravillosa: “¿Trabajó Cristo?”. El trabajo hoy no es una liberación, no es una transformación, se ha convertido para nosotros en una angustia. Si no tenemos trabajo, caemos socialmente. Creo que necesitamos recuperar el sentido de lo que se llama inútil. Hoy es inútil todo lo que no produzca plata. Pero los seres humanos necesitamos de lo uno y de lo otro. Hay un saber que no proporciona exclusivamente la razón. Las élites occidentales pretendieron que uno podía entender el mundo solo a través de la razón. Yo creo que ese proyecto está haciendo agua. Hay un componente trascendente que, insisto, es necesario. De hecho, la propia escritura de mi libro fue alentada por un sueño: una noche soñé con el nombre de un personaje ruso que no había oído en mi vida. Era de una novela de Dostoievski de la que tampoco había oído, El adolescente. Y el protagonista es uno de los que sobran. Fue un sueño, una cosa no racional, lo que me orientó.

(También lea: La novela póstuma de John Le Carré se publicará en octubre).

Hace una pregunta en el libro y se la planteo a usted aquí: ante lo que estamos viviendo en el mundo, ¿hacia dónde vamos?
Vamos adonde queramos ir. Pero esa decisión implica deberes de todos. Ya hay una golondrina. ¿Cuánto tiempo llevaba la idea de un impuesto global? La reciente propuesta de Biden abre una discusión de si Europa y los Estados Unidos podrían reunirse alrededor de eso. Uno de los problemas de hoy es que no hay recursos para producir un camino virtuoso al mérito masivo. Qué se requiere: constreñir un tanto el consumo conspicuo, exagerado, de las clases altas. Empecemos a pensar un mundo que no sea la angustia de sentirnos oprimidos por el que ya existe. No sabemos todavía si esa idea termine en algo. Es verdad que una golondrina no hace verano, pero sí anuncia su llegada. 

María Paulina Ortiz

Sigue bajando para encontrar más contenido

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.