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Los nómadas del siglo XXI
Jessica Bruder

ara escribir País nómada, Jessica Bruder compró esta camioneta. Recorrió más de venticuatro mil kilómetros.

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Julia Moburg

Los nómadas del siglo XXI

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Julia Moburg

La historia que escribió la periodista estadounidense Jessica Bruder y que inspiró Nomadland.

Esta es una historia sobre la importancia de hacerse preguntas.

Y empieza en 2013, cuando Jessica Bruder, una periodista estadounidense de 42 años, licenciada en inglés y francés, leyó un artículo que hablaba sobre las duras condiciones laborales que se viven en la empresa Amazon.

“Aparecía un hombre mayor que contaba que ni él ni su mujer habían podido jubilarse cuando alcanzaron la edad para hacerlo. Así que iban de un estado a otro, viviendo en una carro-caravana, en busca de trabajos temporales”, dice Jessica en esta entrevista vía Zoom, mientras terminaba de lavar y secar su ropa. Andaba de reportaje por Reno (Nevada) y aún le faltaban varios días para regresar a Brooklyn, donde vive con su perro Max.

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Pasó el tiempo. Pero el hombre que protagonizaba aquel artículo, el que no había logrado tener una vejez tranquila, no se le salía de la cabeza a Jessica, quien suele escribir sobre subculturas para diferentes medios como The New York Times, The Guardian o Harper’s Magazine.

“Nunca había oído hablar de un tipo de trabajo itinerante, nómada –sigue Jessica, mirando muy fijo a la cámara–. Me pareció distópico que estadounidenses en edad de jubilación y sin residencia fija fueran contratados para trabajos como ese de Amazon, que consiste en etiquetar, empacar, clasificar millones de productos que se consumen en el mundo entero”.

¿De dónde venía ese interés por acercarse a los invisibles, a los que nadie oye? En su hoja de vida, Jessica Bruder destaca con orgullo trabajos que otros ‘ningunearían’: fue camarera en Starbucks, vendedora en una tienda de música, consejera en un campamento para adolescentes. “Puede que eso se deba a los viajes que de pequeña hacía con mi madre”, dice respecto a su interés, y la afirmación la sorprende. “Me llevaba a lugares extraños. Cantábamos temas de los Beatles. Para mí era muy emocionante porque nunca sabía dónde íbamos a terminar. Eso hizo que me fascinaran las subculturas”.

Y también la poesía, una pasión que se le nota: sus libros están soberbiamente escritos. Así que empezó a investigar el tema de los jubilados nómadas en internet. Aparecieron miles de ofertas de trabajo, todas dirigidas a un mismo grupo de edad. Es decir: personas que habían trabajado muy duro toda su vida, que algún día tuvieron casa, hijos, jardín, vacaciones de tanto en vez, pero que, a sus 70 u 80 años, vivían en casas-remolques, en carros, errantes, batallando por un salario por horas para pagar gasolina, comida, la vida diaria, a fin de cuentas.

“Quise saber más”, dice.

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Primero escribió un artículo para la revista Harper’s. “Me pagaron dos noches de hotel, pero sabía que no era suficiente tiempo para investigar. Entonces compré una carpa. Le mandaba a la revista mis gastos de las duchas que tomaba en los lugares donde acampaba”, cuenta Jessica, que está vestida con un cómodo overol negro y una camiseta de manga corta. A medida que sumaba kilómetros, se fue encontrando con todo tipo de personajes. Vicepresidentes de multinacionales que no pudieron pensionarse, por ejemplo. Pero sobre todo mujeres: profesoras, amas de casa, empresarias, empleadas de tiendas.

Jessica supo que un artículo no era suficiente. Se trataba de entender, ni más ni menos, una nueva clase social.

¿Estamos ante una evolución de la antigua clase media?, se preguntó. ¿Estamos asistiendo a la aparición de una moderna clase de cazadores-recolectores?
La pregunta se volvió un libro –País nómada, supervivientes del siglo XXI, traducido hasta el momento a veintitrés idiomas– y luego una película: Nomadland, ganadora de tres premios Óscar a mejor dirección, mejor película y mejor actriz protagonista, para Frances McDormand.

“Mientras escribo estas líneas –dice Bruder en el prefacio de su libro– en Drayron (Dakota del Norte), un extaxista de San Francisco de sesenta y siete años trabaja en la recolección manual de remolacha azucarera. Su jornada comienza al amanecer y acaba tras la caída del sol. Con temperaturas que descienden bajo cero, participa en las tareas de descarga de los camiones que transportan toneladas de remolacha desde los campos de cultivo. Por las noches duerme en la furgoneta que ha sido su hogar desde que Uber lo desalojó del sector del taxi y pagar alquiler se convirtió en un empeño imposible”.

“Las y los labocampistas –continúa– recorren un circuito nacional de empleos temporales que se extiende de costa a costa hasta Canadá, una economía en la sombra creada por centenares de empleadores que se anuncian en sitios de internet con nombres como Workers on Wheels (‘trabajadores sobre ruedas’) o Workamper News (‘avisos para labocampistas’). Según la época del año se buscan trabajadores nómadas para la recolección de frambuesas en Vermont, de manzanas en Washington o de arándanos en Kentucky”.

Angela y Kenny Harper, en el parque de caravanas Big Chief (Kansas). Muchos nómadas se reùnen allí.

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Cortesía Capitán Swing

“Les encantan los trabajadores jubilados porque somos fiables. No faltamos al trabajo, nos esforzamos y somos básicamente mano de obra esclava”, le explicó a Jessica David Roderick, un trabajador itinerante de 77 años.

No se sindicalizan porque no permanecen mucho tiempo en los trabajos. Tampoco implican grandes exigencias en materia de seguridad social. Y hay otras ventajas: las empresas reciben jugosos descuentos tributarios por contratar a personas desfavorecidas como ellos.

“¡Hemos tenido gente de más de ochenta años que ha hecho un trabajo magnífico!”, le contó a Jessica una directiva. “Como han dedicado toda una vida al trabajo, saben lo que significa trabajar. Algunos de nuestros jóvenes hacen el trabajo a la carrera”.
Por eso, para mayores de edad lo que hay es trabajo. ¿En qué?

En cocinar hamburguesas durante los encuentros de béisbol.
En limpiar baños en los parques nacionales.

En vigilar el acceso a los campos de petróleo en Texas (“Fue espantoso”, le contó a
Jessica una campista. A cinco dólares la hora, debían trabajar 24 horas seguidas. Estaba prohibido que se durmieran en el puesto. “Mi marido y yo acabamos convertidos en auténticos zombis”).

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También venden calabazas para Halloween en noviembre, árboles de Navidad en diciembre y atienden los juegos infantiles en parques de diversiones.

“Como contrapartida –cuenta Bruder en su libro– algunos empleadores pagan un salario por horas. Una granja de Georgia buscaba campistas para trabajar como ‘adiestradores de llamas’ y ofrecía un aparcamiento para caravanas con acceso a las redes de suministro de agua a cambio de entre 20 y 24 horas de trabajo gratuito a la semana”.

Lo que impacta es que mientras más ganan, peor tratan al empleado. Bruder deja muy mal paradas a gigantes como Amazon, que durante la pandemia triplicó sus ganancias.
Hizo varias entrevistas.

“Mi trabajo en Amazon consistía en escanear productos. Me monitoreaban hora por hora según progreso. Una vez me retrasé cinco minutos y me regañaron”, le contó a Bruder Laura Grahan. Además de la presión mental, Laura debía recorrer entre 15 y 30 kilómetros diarios en un espacio del tamaño de trece campos de fútbol. Le dio fascitis plantar. “Para aguantar me tomaba dos ibuprofenos a mitad de turno y otros a las 3:30 a. m. cuando terminaba (…). Uno de los aspectos más deprimentes es que sabías que todo esto que escaneabas, empacabas, iba a terminar en la basura. Es muy desmoralizante. Piensas en la cantidad de recursos utilizados para traer todo eso hasta aquí y luego todo es usar y tirar”.

Un dato elocuente: el 2 de diciembre de 2013, pocas semanas antes de Navidad, Amazon vendió 36,8 millones de productos –unos 426 por segundo– que elevaron la cifra de ventas en 74,450 millones de dólares.

¿Por qué no cuestionó directamente a Jeff Bezos, dueño de Amazon?, le pregunto a Jessica.

“Amazon no es muy amable con la prensa –dice–. Ni pensé en contactarlos. Me gusta reportear cuando estoy con la gente, viviendo con ellos. No solo escuchar sus declaraciones. Supongo que Bezos está completamente enfocado en el juego de la economía. La misión de Amazon es la obsesión con sus clientes. Pero las personas no solo son clientes. Son obreros, son familias. Es una visión de muy corto plazo”.
Jessica decidió que para entender estas familias debía vivirlas. Y le apostó al periodismo de largo aliento, de mucha investigación, de tiempo. “Este tipo de periodismo profundo es como una especie en peligro –agrega–. El hecho de que todo esté disponible en línea, que el ciclo noticioso sea de 24 horas... Durante la administración de Donald Trump vimos las desventajas porque terminamos con un periodismo reactivo, que es exactamente lo que yo quería evitar. Al hacer periodismo profundo no estás llegando a un lugar en un paracaídas. Estás conociendo gente, tienes tiempo de pensar y de masticar temas. Esto es muy importante y espero que no desaparezca”.

Linda May, 64 años, una de las protagonistas del libro. ‘Posada hazte sitio’, así llamó a su casa-remolque.

Foto:

Cortesía Capitán Swing

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En 2013 Jessica Bruder compró una vieja furgoneta blanca modelo 1995 con una vistosa franja verde azulada en el medio. Decidió llamarla Halen, en honor al grupo de rock Van Halen. Allí, justamente, fue hecha esta entrevista. “No puedo decirte sobre qué estoy escribiendo”, confiesa. Jessica es símbolo de periodismo independiente: ella misma se maneja, va a las fuentes, investiga, no depende de nadie, ella misma cocina su comida, lava su ropa. Halen está decorada con un viejo retrato de Ernest Hemingway, y un collar de cristales azules contra el mal de ojo. Fue en este “mastodonte de seis metros de largo por dos de ancho”, como ella lo define, que en 2013 recorrió más de 24.000 kilómetros junto a decenas de trabajadores nómadas.

Tres años viajó de costa a costa de Estados Unidos y desde México a la frontera con Canadá. ¿Qué se encontró?

Se encontró con Linda May, una de las protagonistas del libro, quien también aparece en la película. “Fue un milagro que hubieran publicado País nómada –cuenta Jessica–. Pero con la película –que se concretó cuando, en uno de esos eventos promocionales del libro, el esposo de una editora y amigo de Frances McDormand pensó que era un tema que seguro a ella le iba a interesar interpretar– la editorial recuperó el adelanto de dinero que me habían dado para reportear”.

(Lea: Sudáfrica celebra con 'My Octopus Teacher' primer Óscar a documental).

La historia de Linda es, de alguna manera, la historia de la mayoría. Terminó colegio, universidad y no se varó en la vida: conductora de camión, camarera de bar, propietaria de un negocio de instalación de suelos, ejecutiva de una empresa de seguros, cuidadora en un centro de tratamiento de lesiones cerebrales traumáticas. Crió dos hijas, la mayor parte del tiempo sola.

“Yo la escuchaba atentamente –escribe Jessica–. Esperaba que su relato me ayudara a encontrar respuesta para algunos interrogantes que me aguijoneaban: ¿cómo se explica que una mujer de 64 años que ha trabajado duro acabe sin casa u otro lugar de residencia permanente y tenga que recurrir a empleos precarios con salarios bajos para sobrevivir?”.

Así que la acompañó un buen tramo de kilometraje. De 64 años, Linda conducía un todoterreno Grand Cherokee Laredo adquirido en un desguace. El todoterreno arrastraba su vivienda: un pequeñísimo remolque de color amarillo pálido que Linda bautizó ‘Posada hazte sitio’. Buen nombre: medía, de un extremo a otro, tres metros. Linda –y Jessica tras ella– se dirigía a su próximo trabajo: el bosque Nacional de San Bernardino (California), donde trabajaría en servicios varios. El folleto de la empresa contratista decía: “¡Ve de camping y cobra sueldo!”. “Nuestros empleados dicen: ¡Nunca me había divertido tanto desde que me jubilé! Hemos hecho amistades para toda la vida”, y en la foto promocional aparecía un grupo de mujeres de pelo canoso, cogidas del brazo, como si se conocieran de toda la vida.

El libro de Jessica Bruder se ha traducdo a veintitrés idiomas. En español, lo publica la editorial Capitán Swing.

Foto:

Archivo particular

Vestida con pantalones marrones, camisa color caqui con el logo de una cumbre sobre la parte izquierda, todo el equipo de trabajo de Linda cabía en un carrito de golf: dos rastrillos, dos escobas, una pala, un cubo metálico para las cenizas de las fogatas, productos de limpieza y cientos de folletos con ofertas de actividades: parapentes, vuelo en helicóptero, tirolinas. “La mayor parte de la jornada estaba dedicada a limpiar los 18 retretes y 88 campamentos. Cuarenta horas semanales, sin ningún contrato. Al cabo de quince días el supervisor le comunicó que la empresa tenía que reducir costos. Linda recibió 290 dólares y con eso tendría que vivir el resto del mes”, relata Jessica en su libro.

Lo que viene después duele. Linda sale del campamento, va a hacer mercado para la siguiente semana mientras le llega el exiguo cheque de la pensión que solo le alcanza para gasolina y reparaciones, y luego se concentra en buscar un sitio escondido donde pasar la noche. Los nómadas son mal vistos: los llaman desarraigados, vagabundos, zánganos, parásitos, gandules.

Esa crudeza fue la que mostró en Nomadland la directora china-estadounidense Chloé Zhao, en la que McDormand interpreta a Fern, una viuda que deja su pueblo en Nevada y convierte su caravana en su nuevo hogar, vagando sin rumbo fijo donde conoce a otras personas en su misma situación. “No soy muy política, pero hay una cosa con la que me siento muy pero muy cómoda diciendo y es el trato a los ancianos en este país. Creo que es una vergüenza que, en el país más poderoso del mundo, cuando la gente llega a sus 70, 80 años, después de haber trabajado toda su vida, muchas veces sirviendo al país, termine con 500 dólares al mes para vivir, eso si tiene suerte”, dijo Zhao en una reciente entrevista para la revista Bocas.

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¿Cómo es que se llega a esta situación en un país tan rico?

Aunque no hay datos exactos de cuántos llevan una vida nómada, el número de estadounidenses itinerantes aumentó vertiginosamente tras la crisis de la vivienda en 2008. Y aquí es importante contextualizar. Durante años, los precios de las acciones y de la propiedad inmobiliaria habían subido considerablemente. Bancos e instituciones financieras de Wall Street ganaron entonces millones de dólares gracias a complejas inversiones respaldadas por hipotecas. Pero la burbuja inmobiliaria se reventó. El mercado bursátil se hundió y arrastró consigo no solo a los grandes inversores, sino a la gente común y corriente, como Linda, cuyos planes de pensiones perdieron buena parte de su valor.

“Si se comparan los ingresos medios –le explicó a Jessica un analista económico–, actualmente el 1 por ciento mejor situado gana 83 veces más que el 50 por ciento peor remunerado. Los ingresos de los estadounidenses adultos situados en la mitad inferior de la escala de ingresos –unos 117 millones de personas– no han variado desde la década de los setenta (…). La sociedad estadounidense es la más desigual de todos los países desarrollados”.

“La realidad –me dice Jessica, de forma enfática– es que el sueño americano nunca existió porque nunca fue para todos. Y en una democracia, eso es un problema”.
Enfrentada a tamaño problema –mayor de sesenta años, sin dinero, sin casa–, Linda buscó en internet. Encontró una página: CheapRVLiving.com (‘Vivir barato en una autocaravana), creada por Bob Wells, predicador de una doctrina anticonsumista con un principio básico: “La clave es suprimir el gasto más importante para la mayoría: los costos de la vivienda”.

“Hubo tiempo –les decía Bob Wells a sus lectores– en que teníamos un contrato social que establecía que si una persona cumplía con las normas –estudiaba, conseguía un empleo y trabajaba duro–, todo iría bien. Ya no es así. Cuando me instalé en el camión, comprendí que todo lo que me había dicho la sociedad era mentira. En mi camión fui feliz por primera vez en mi vida y me daba vértigo pensar en algunas cosas que ya no tenía, sobre todo los recibos de alquiler y facturas de electricidad y agua”.

Y en efecto. La producción en serie de casas rodantes se inició a mediados de los años treinta del siglo pasado, cuando la gran depresión asoló los Estados Unidos. Millones de estadounidenses lo perdieron todo y comprendieron que instalarse en un carro les permitía escapar a la condena de un pago del alquiler. “Personas que decidieron no esperar a que el gobierno o las grandes empresas los rescataran, sino que optaron por coger en sus propias manos las riendas de su destino. Personas que eligieron zafarse del nudo corredizo de la clase media y forjarse una subcultura completamente nueva”, decía Bob.

Linda supo que ese era su camino. Allí estaba el ejemplo de Charlene Swankie, que se instaló en una furgoneta a los 64 años cuando no pudo seguir pagando alquiler porque gastaba mucho en remedios para el asma. Inició un viaje para explorar a remo los cincuenta estados en un kayak amarillo. Bajó treinta kilos.

Jessica Bruder es joven, no piensa en vejez ni en pensión. Pero sí tiene clara una ley: “Pienso más en calidad de tiempo y no tanto en cantidad”, dice antes de terminar la entrevista y despedirse. En su libro la conclusión va por el mismo lado: lo importante es no perder la ilusión a ninguna edad. “Estos supervivientes no se conforman con sobrevivir tan solo –concluye Jessica en su libro–. Por eso, lo que comenzó como un último intento desesperado se ha convertido en la reivindicación de algo más significativo. Ser humano, ser humana, significa anhelar algo más que la mera subsistencia. Además de alimento y cobijo, necesitamos esperanza. Y la vida en carretera ofrece esperanzas”. Nada mal.Alejandra de Vengoechea

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