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'Lo que fuimos': mirarnos en el otro
Golnaz Hashemzadeh Bonde

Golnaz Hashemzadeh Bonde nació en Irán (1983) y, siendo niña, emigró a Suecia junto a sus padres.

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Helén Karlsson

'Lo que fuimos': mirarnos en el otro

Golnaz Hashemzadeh Bonde nació en Irán (1983) y, siendo niña, emigró a Suecia junto a sus padres.

Reseña de la novela de Golnaz Hashemzadeh Bonde, que dará una charla virtual en la Feria del Libro.

En los libros de ficción todos podemos mirarnos como quien se mira frente a un espejo. La literatura nos permite navegar por el dolor ajeno, el sufrimiento, el deseo, la ira y la frustración de otros como si fuesen propios. Quién no ha llorado un primer amor viendo una película romántica. Quién no ha sentido la punzada de la melancolía o el remordimiento leyendo un clásico literario. Si viviéramos una sola vez, la vida sería demasiado poca. Pero gracias a la literatura podemos vivir muchas. Ser los buenos, los villanos, la bruja redentora. La ficción, al contrario de la política, no entiende de absolutos. Por el contrario, es el terreno de la ambigüedad, o si se prefiere, de la complejidad.

Lo primero que diré sobre esta novela es que abraza la complejidad. Esta autoficción basada en la vida de la autora, Golnaz Hashemzadeh Bonde, una iraní nacionalizada sueca, cuenta su experiencia luego de que sus padres viajaran al país nórdico como refugiados políticos siendo ella una pequeña. Pero eso ocurre como telón de fondo de una novela que empieza contándonos que a Nahid le queda poco tiempo. Es la noticia que le dan los médicos al ver los progresos de un cáncer agresivo. Nahid, sabremos después, es la madre de la protagonista de la novela. A medio camino entre la ficción y el testimonio, Hashemzadeh recrea la rabia de una mujer que ha dedicado su vida al empeño de sobrevivir y ahora se siente derrotada frente a la enfermedad.

La mujer que, en su momento, luchó por la revolución en Irán, es una enferma terminal de cáncer que no se queja, maldice. No se victimiza, culpa a otros. No pide perdón por sus pecados, más bien señala responsables. A Nahid le sobra antipatía para con los demás. La buena noticia es que esta agria heroína tiene también mucho humor, o mejor, lo tiene la autora en su forma de retratarla. Aram, la hija de Nahid, personaje inspirado en la autora, espera a su primer hijo con su pareja sueca mientras intenta reconstruir el pasado de su madre enferma.

Este juego de espejos entre lo que fue un tiempo de luchas utópicas que arrasaron con la vida de muchos y con la paz de sus sobrevivientes, como Nahid, nos interpela frente a las decisiones que tomamos en la vida y sus repercusiones sobre otros, principalmente, sobre los hijos.

En su espléndido libro En la Tierra somos fugazmente grandiosos, Ocean Vuong también transita el camino de esta novela, un laberinto abierto como una herida que no cierra pero que respira: el de la encrucijada entre ser el hijo de un país y el de unos padres, el pasaje secreto que nos lleva a recorrer la vida en un lindero entre el uno y el otro, sin llegar a descifrarlos del todo, pero sabiéndolos parientes, como suele ocurrir con los hermanos mellizos que no se parecen en nada, pero a quienes una tarde les descubrimos el mismo temblor en la mano izquierda o la costumbre de rascarse la cabeza cuando están ansiosos.

Lo que fuimos. Golnaz Hashemzadeh Duomo Ediciones 232 páginas $ 75.000

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Archivo particular

Somos hijos de una nación, tanto como somos hijos de un padre y de una madre. Ambos hechos entrañan ese fenómeno tan etéreo y concreto como es la identidad. Somos eso. Ese río en el tiempo que nos trae a un lugar específico en la tierra y nos dibuja unas señas particulares tanto en los rasgos físicos como en las fobias y creencias. La novela de Vuong dice: “¿Qué es un país sino una sentencia de vida?”. Sentencia de vida es ser colombiano, como sentencia de vida es ser hijo de nuestros padres, de nuestras madres. No elegimos lo uno ni lo otro y ambos marcarán nuestro destino de forma irreversible. La luminosa Golnaz tiene clara esta verdad, como tiene claro que la única forma de liberarnos del pasado de dolor y sufrimiento es perdonando a quienes nos hicieron padecerlo.

Las similitudes con Colombia son muchísimas. Quizá todo país que normaliza la guerra, la injusticia y la violencia tenga más en común con otro de características similares, así hablen en farsi los unos, en castellano los otros. En Lo que fuimos podemos sentir las esquirlas de la batalla sobre la piel de la autora como las han sentido millones de colombianos en carne propia. Este ejercicio de contemplación de cicatrices cercanas a las que llevamos en la piel nos permite observarlas con la serenidad y el desapego con los que rara vez podemos examinar las que nos pertenecen.

Tuve la suerte de conversar durante una hora con esta mujer menuda, de ojos grandes y pelo negro. Nuestra conversación hará parte de las charlas que se celebrarán de manera virtual en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Hablar con ella me resultó no solo agradable, también familiar. Porque después de haber leído su libro sentí que la conocía de hace tiempo y que juntas habíamos hecho un largo camino. Porque hay libros que se instalan en la memoria para volver cada tanto a visitarnos con esas preguntas sin respuesta que son el aceite con el cual lubricamos los piñones de la vida para que sigan rodando.

Sentí pena cuando terminé de leer Lo que fuimos, como cuando nos comemos la última crispeta y todavía queda un tercio de película. Sin embargo, la película se ha seguido rodando en mi cabeza. A veces la conversación se renueva mentalmente con Masood, el padre lastimado y violento, con Nahid, la madre sufrida y déspota, y con Aram, la hija que recoge los pasos de su historia y la de sus padres para contarla como una forma de darle sentido a un dolor innombrable que, de no ser exorcizado, no tendrá fin.

Contar como un mecanismo de sanación. Contar para darle oxígeno a la herida. Contar para sanar, contar para
romper el sortilegio.

Contar como un mecanismo de sanación. Contar para darle oxígeno a la herida. Contar para sanar, contar para romper el sortilegio de tragedias que se siguen a través de los lazos de familia como el rosa sigue a la princesa. Pero al final, la autora nos recuerda que también nosotros tenemos el poder de cambiar la forma como acaba el cuento, de resignificar las penas para hacer un cambio de ruta, sin dejar de mirar el espejo retrovisor, pero sin olvidar que somos nosotros quienes manejamos el volante.

Y, al final, esa pregunta que todos los colombianos llevamos dentro, tanto los idos como los quedados. La pregunta de si deberíamos permanecer en una patria atormentada o si deberíamos irnos. La patria como una sentencia de vida, de la que no conseguimos escapar por más lejos que nos vayamos: “Pienso en los grandes árboles de la isla. Pienso en que mi nieta no será como yo. Será una niña de raíces, no de arena. Vivirá en el lugar donde ha nacido. Sus raíces se hundirán en la tierra. Y yo lo he creado”.

La maternidad como punto de partida, como promesa, como tierra prometida. Ese hilo invisible pero entrañable que nos transporta a través del tiempo y el espacio sin desampararnos, para bien y para mal, ni un solo día de nuestras vidas. L

La charla virtual deGolnaz Hashemzadeh con Melba Escobar en la Feria del Libro de Bogotá se verá el 12 de agosto. 3 p. m.

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