La historia del incendio de la Biblioteca Central de Los Ángeles

La historia del incendio de la Biblioteca Central de Los Ángeles

Fragmento de 'La biblioteca en llamas', nuevo libro de la periodista estadounidense Susan Orlean. 

Biblioteca Central de los Angeles

La Biblioteca Central de Los Angeles fue incendiada en 1986 por un hombre que prendió una cerilla. 

Foto:

Getty Images

Por: Por Susan Orlean
11 de mayo 2019 , 08:39 a.m.

CUANDO LA INVESTIGACIÓN sobre el incendio de la biblioteca se centró en su persona, Harry empezó a reescribir su historia una y otra vez, y cada nueva versión era un poco más retorcida que la anterior. Era como leer uno de esos libros de Escoge tu propia aventura, en los que puedes elegir una opción diferente en cada disyuntiva. Cuando el agente Thomas Makar de la ATF lo entrevistó, Harry le dijo que el día del incendio se encontraba en el centro de la ciudad y que quería ir a la biblioteca, pero que un guardia de seguridad lo detuvo en la entrada y le dijo que la biblioteca estaba cerrada. Dijo también que no supo que había un incendio en el edificio hasta que lo oyó en las noticias más tarde ese mismo día. Pocas horas después de la entrevista, Harry telefoneó a Makar y le dijo que se había confundido y que, de hecho, nunca había estado en la Biblioteca Central, jamás. Cuatro días después, Makar y otro agente de la ATF llamado Mike Matassa hablaron de nuevo con Harry. En esta ocasión le tomaron declaración bajo juramento, con la esperanza de que dejase de ir de un lado para otro con esa historia. Pero, de nuevo, la varió. Harry les contó que había ido al centro de la ciudad en plan turista. En un determinado momento recordó que debía llamar a Leonard Martinet y que tenía que encontrar un teléfono. Mientras conducía de un lado para otro, se fijó en un hermoso edificio y pensó que allí podrían tener teléfonos, así que aparcó cerca. Cuando echó a andar en dirección al edificio, un guardia de seguridad negro –recalcó la raza del hombre– le dijo que el edificio estaba cerrado; Harry había logrado entrar antes de que el guardia lo detuviera. Cuando se dio la vuelta para marcharse, chocó contra una mujer mayor. La ayudó a levantarse y después la acompañó hasta la puerta. Por lo que recordaba, la mujer le había dado las gracias.

Cuando acabó de explicar cómo había pasado aquella mañana, Harry le dijo a Makar que lamentaba mucho lo del incendio y que esperaba que pudiesen encontrar al culpable. Dijo que valoraba el trabajo de Makar y que no hacía mucho que había solicitado un puesto en el departamento de bomberos de Santa Mónica, pero que no había aprobado el examen escrito. Makar le tomó una Polaroid y se la enseñó a los testigos. Harry era encantador, amable y cooperaba. Después de que Makar le tomase la fotografía, Harry dijo que no le importaría pasar la prueba del polígrafo. Parecía ansioso por confirmar su historia.

Pocos días después, Harry llamó a Makar y le dijo que quería posponer la prueba del polígrafo. Hablaron durante un rato y Harry le contó que se había inventado todo lo que le había dicho. No aclaró por qué había mentido. La verdad –al menos, lo que estaba diciendo era la verdad en ese momento– era que ni siquiera había estado cerca de la biblioteca aquel día y que nunca había entrado en ella. La mañana del incendio estaba a muchos kilómetros de distancia, de camino a Santa Fe Springs por la autopista 101. Mientras conducía, iba escuchando las noticias y supo que la biblioteca estaba ardiendo. Pudo ver la columna de humo cuando pasó por el centro de la ciudad. Makar le escuchó con atención y en sus notas dejó constancia de que, por lo que él había llegado a entender, Harry era un «aspirante a actor [...] y se inventó lo de haber estado en la biblioteca durante el incendio para darle interés y emoción a su vida».

Finalmente, Harry accedió a pasar la prueba del polígrafo el 27 de octubre de 1986. El examinador le hizo las preguntas de rigor: si había estado en la biblioteca el día del incendio, si había participado de algún modo en el incendio, si sabía quién era el responsable del fuego. Harry respondió a todas las preguntas. Mike Matassa lo llevó a su casa después de la prueba y fueron charlando todo el camino. Harry se quejó a Matassa de que había ganado mucho peso últimamente y que no le gustaba su aspecto. El problema, según le contó, era que hacía poco que había dejado de tomar cocaína, que tenía hambre todo el rato y comía como un caballo. Matassa tomó nota mentalmente de ese apunte, pues recordó que, cuando le había enseñado la Polaroid de Harry al guardia de seguridad, este le había dicho que parecía una versión engordada del hombre que le pidió usar el teléfono. Las bibliotecarias a quienes enseñó la fotografía hicieron comentarios similares: les sonaba la cara de aquel hombre, pero recordaban que el intruso de la biblioteca tenía el pelo más largo y parecía más delgado que el tipo de la Polaroid.

Poco tiempo después, los del equipo de investigación recibieron los resultados de la prueba del polígrafo de Harry. Haciendo uso de los criterios psicológicos de la prueba, el examinador había concluido que Peak «intentaba engañar en las respuestas a las preguntas relevantes». Con esos resultados, los investigadores se pusieron de nuevo manos a la obra y entrevistaron a los amigos y a los compañeros de piso de Harry, a sus empleadores y a sus familiares en busca de algo concluyente; deseaban establecer un único hilo de acontecimientos o motivaciones que hiciera avanzar el caso de lo tibio a lo caliente. Pero ninguno de los relatos de los conocidos de Harry sobre aquel día coincidían. Se solapaban en algunos detalles –la búsqueda de un teléfono, el guapo bombero–, en cambio en otros muchos diferían por completo. Había estado allí; no había estado allí. Conocía la biblioteca; no había estado nunca. Olía a humo aquel día; no olía a nada. Era como mirar en una especie de caleidoscopio y ver cómo las piezas rotas se reordenaban. La única constante en esas entrevistas era que Harry era un cuentista. «Le cuesta horrores dar una respuesta directa –manifestó uno de sus amigos a los investigadores–. No conoce la diferencia entre lo inventado y lo verdadero». Un antiguo compañero de piso dijo que había echado a Harry de casa porque era un mentiroso compulsivo. «Resultaba muy molesto –dijo–. No puede evitar mentir. Nosotros no pudimos resistirlo mucho tiempo. Pero es buena persona».

El problema con Harry era que no escogía una mentira y la desarrollaba. Presentaba tantas versiones de la historia que creer una implicaba no creer las demás; generaba una continua espiral de falsedades, y cada una contradecía a la precedente, no como en las típicas mentiras en las que un solo rastro hace que la historia sea más consistente, ya sea cierta o no. Resultaba prácticamente imposible creer en él. Como mucho, era posible creer lo que decía asociado a un momento concreto en el tiempo, pero cuando te acostumbrabas a su interpretación de la verdad, se inventaba una nueva historia que desacreditaba la que habías escogido creer. Por alguna razón, empecé a sentir algo parecido al afecto por Harry Peak, por sus torpes maneras y su ansia de fama, pero no llegué a encontrar un momento en el que sus historias siguieran una única línea para poder sentir que realmente sabía quién había sido o en qué creía.

Los investigadores fueron a ver al padre de Harry a su lugar de trabajo en Lockheed. Les dijo que creía que Harry habría sido capaz de prenderle fuego a un edificio vacío, pero que jamás habría provocado un incendio en una biblioteca porque le encantaban el arte y las antigüedades. Les dijo que Harry era un buen chico que estaba intentando descubrir qué quería hacer con su vida. De hecho, Harry le había contado que había aprobado el examen de acceso al departamento de bomberos de Santa Mónica y que estaba en la lista de espera para uno de los puestos.

Susan Orlean

Susan Orlean, periodista estadounidense, autora entre otros libros de 'El ladrón de orquídeas'-

Foto:

AFP


***
El incendio empezó a convertirse en agua pasada, en una noticia sin resolución. Los artículos en los periódicos de Los Ángeles adquirieron un tono cansino, redactados con frases del estilo «prosigue la investigación» o «las pesquisas en marcha». El único sospechoso a ojos de los investigadores era Harry, pero las pruebas en su contra eran como el mercurio: resbaladizas, cambiantes, volubles. En el mes de marzo los investigadores cambiaron de enfoque. Tenían muy presentes las reacciones a las Polaroids, así como lo que Harry había dicho sobre haber ganado peso. Lograron hacerse con la foto de Harry de su carnet de conducir, de dos años atrás, cuando estaba más delgado, su pelo era más largo y llevaba bigote. Sin duda, se parecía más al aspecto que debía de tener el día del incendio, antes de cortarse el pelo y de afeitarse el bigote y de ganar peso tras dejar la cocaína.

Mostraron la nueva foto a ocho miembros de la biblioteca que afirmaron haber visto a un hombre sospechoso el día del incendio. Seis de ellos escogieron la foto del carnet de conducir de Harry. Los otros dos no fueron capaces de identificar a nadie entre las fotos que les enseñaron. Seis de ocho suponía una identificación lo bastante segura como para garantizar otro encuentro con Harry.

Su historia daba ahora un nuevo giro. Les dijo a los investigadores que no había estado en la Biblioteca Central en su vida. Dijo que durante la mañana en que ocurrieron los hechos había estado con dos amigos, dio sus nombres y aseguró que responderían por él. A las diez de la mañana salió de Los Ángeles y fue conduciendo solo hasta Santa Fe Springs. Fue a casa de sus padres. No había nadie allí, pero él entró. En un momento dado, telefoneó a Leonard Martinet desde el teléfono de sus padres. Se mostró tan seguro al respecto que le dijo a Matassa que podía comprobar la llamada a Martinet en la compañía telefónica.

Pocos días después, General Telephone les facilitó un registro de llamadas realizadas y recibidas desde la casa de los Peak en Santa Fe la mañana del 29 de abril. No se había realizado llamada alguna desde la casa de los Peak al bufete de Martinet, ni a la inversa. Días más tarde, los investigadores interrogaron a Harry y, en esta ocasión, su historia dio un giro de ciento ochenta grados. [...] Les dijo a los investigadores que todo lo anterior había sido una broma.

***
No resultaba sencillo llevar la cuenta precisa de todas las coartadas de Harry Peak. Algunas de ellas eran totalmente nuevas e independientes, en tanto que otras eran variaciones y versiones editadas de coartadas anteriores. Los investigadores hicieron cuentas y vieron que Harry les había proporcionado siete relatos diferentes de lo ocurrido aquella mañana. Había estado en el edificio de la biblioteca, donde había escapado de manera dramática del incendio, y también había estado fuera, observando el fuego, y había estado conduciendo, y había estado en Santa Fe Springs y, finalmente, se encontraba en el French Market Place, junto al reverendo Nicholas Stephen Wilkie y el reverendo Basil Clark, fundadores de la Iglesia Ortodoxa Americana, cuando se enteró casualmente del asunto. Era un mentiroso igualitario que había contado variaciones contradictorias de su historia a los investigadores y a sus propios amigos. Se inventó todo aquello no para evitar las consecuencias legales: le mentía a todo el mundo, era lo que hacía siempre. Y nunca dejaba de cambiar las versiones de su historia. Meses después del arresto, le dijo a su exnovio, Demitri Hioteles, que aquel día se encontraba en el lavabo de la biblioteca manteniendo un encuentro sexual con un desconocido, y que había dejado caer un cigarrillo en la papelera sin darse cuenta y que eso era lo que había provocado el incendio. Esa versión le implicaba directamente, e incluso tenía su lógica: el incendio había sido un accidente y le sirvió para enmascarar una infidelidad. Pero la historia era totalmente falsa. El incendio nunca llegó a los lavabos de la biblioteca. Sigue siendo un misterio por qué Harry afirmó que había cometido un delito, habida cuenta de que no podría haber sucedido tal como él lo describió. A veces me pregunto si Harry habría sabido distinguir entre lo que era cierto y lo que no lo era si lo hubiese oído contar.

El equipo de investigación de incendios, tras las respuestas positivas a la foto del carnet de conducir de Harry, tenía claro que era él quien había provocado el incendio. En un informe de quince puntos, detallaron sus conclusiones. Citaron la inconsistencia de sus múltiples coartadas, sus cambios físicos, que los miembros del equipo de la biblioteca lo habían reconocido por la fotografía y el hecho de que no había pasado la prueba del polígrafo. Por otra parte, conocía de primera mano ciertos detalles de ese día que no podría haber sabido de no haber estado allí. Por ejemplo, había comentado en varias ocasiones que había chocado con una mujer. No había informe alguno que mencionase ese incidente, pero ocurrió: la mujer y el guardia que estaba de servicio lo confirmaron. Harry no podría haber tenido noticia de ese incidente si no hubiese estado presente cuando la mujer cayó al suelo.

Los investigadores finalmente expusieron de manera comprensible su teoría, que incluía una causa probable. Creían que Harry fue dos veces a la biblioteca aquel día. En un primer momento se presentó a las siete y media de la mañana y el guardia no le dejó entrar porque el edificio estaba cerrado al público. Regresó a eso de las diez de la mañana, cuando la biblioteca ya estaba abierta, y permaneció allí durante una hora aproximadamente, que es cuando los empleados se fijaron en un tipo sospechoso, rubio, que se había colado en lugares de la segunda planta en los que no se podía entrar. Los investigadores creían que provocó el incendio porque estaba enfadado debido a que el guardia le había agarrado del brazo y le había impedido entrar cuando llegó antes de hora. Regresó para quemar el edificio como venganza.

Harry Peak

Harry Peak, autor del incendio, luego de quedar en libertad.

Foto:

Del Libro. Cortesía de la Editorial.


***
Harry Peak fue arrestado en su casa a última hora de la tarde del viernes 27 de febrero de 1987, y lo llevaron a la prisión de Hollywood para interrogarlo. Estaba muy nervioso, enfadado y lloraba. A pesar del escrutinio al que le habían sometido durante los meses previos, por lo visto no se le había pasado por la cabeza que era un sospechoso real y que podían detenerlo en cualquier momento.

Que lo arrestasen un viernes por la tarde fue algo premeditado: habitualmente no suele ser un momento muy propicio para las noticias y el fiscal pretendía llamar la atención lo menos posible para que Harry pudiese confesar antes de que se presentasen cargos formales contra él; con un poco de suerte, antes incluso de que estuviese presente su abogado. Estuvo arrestado durante setenta y dos horas. Tras ese lapso de tiempo, tenían que acusarlo formalmente o soltarlo. Los investigadores esperaban que confesase porque, a decir verdad, su caso se sostenía únicamente en pruebas circunstanciales. No existían pruebas físicas o definitivas que demostrasen siquiera que Harry había estado en la biblioteca, y mucho menos que hubiese provocado el incendio. Se fijó una fianza de doscientos cincuenta mil dólares que los investigadores sabían que difícilmente nadie podría cubrir.

El silencio en torno a su arresto duró poco. En primer lugar, el alcalde Tom Bradley hizo unas declaraciones felicitando al departamento de bomberos; un gesto poco inteligente por prematuro, habida cuenta de que Harry no había sido acusado formalmente y dado que Bradley seguramente sabía que el caso contra Harry Peak estaba cogido con pinzas. Por otra parte, dos integrantes del departamento habían hablado del arresto por un canal abierto de radio que los periódicos locales solían sintonizar en busca de pistas. La historia se hizo pública de inmediato. Los Angeles Times describió a Harry como actor ocasional y «chico de los recados», y publicaron la noticia con el siguiente titular: «LOS AMIGOS AFIRMAN QUE LAS MENTIRAS HAN HECHO CAER AL PIRÓMANO». El reverendo Clark Smith, la última de las coartadas de Harry y una de las personas más cercanas a él, no le defendió con mucho ahínco: declaró en el Times que Harry no se parecía gran cosa al retrato robot que la policía había hecho del sospechoso, en particular porque no habría podido dejarse bigote aunque le hubiese ido la vida en ello. Si Harry se parecía al retrato o no es una cuestión opinable, pero no hay duda de que podía dejarse crecer el bigote. Recientemente, Demitri Hioteles me prestó varias fotografías de Harry y salía en la mayoría de ellas luciendo un poblado bigote.

Lo que el reverendo Smith no dijo fue que Harry no podría haber provocado el incendio porque estaba sentado con él en el French Quarter. Smith solo añadió su granito de arena a la endiablada lógica que había logrado que la interminable espiral de confesiones y negativas de Harry se convirtiese en una locura: dijo que todo el mundo que conocía a Harry se echó a reír cuando los investigadores dijeron que les había contado versiones contradictorias a sus conocidos. Había que conocer a Harry, le había dicho el reverendo Smith al periodista, y añadió: «Harry siempre cuenta versiones contradictorias». ​

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá

Logo Boletin

Estás a un clic de recibir a diario la mejor información en tu correo. ¡Inscríbete!

*Inscripción exitosa.

*Este no es un correo electrónico válido.

*Debe aceptar los Términos y condiciones.

Logo Boletines

¡Felicidades! Tu inscripción ha sido exitosa.

Ya puedes ver los últimos contenidos de EL TIEMPO en tu bandeja de entrada

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.