Una historia improbable

Una historia improbable

Las poetas Piedad Bonnett y Chantal Maillard sumaron sus voces en un homenaje a sus hijos. 

Inventario de ausencias

La poeta Piedad Bonnett tuvo el primer contacto con la poeta belga Chantal Maillard por medio de un email, en junio de 2017.

Foto:

Revista BOCAS

Por: Piedad Bonnett
13 de febrero 2021 , 11:00 p. m.

PRIMER ACTO
El 25 de junio del 2017, domingo, abrí mi correo temprano en la mañana. Allí estaba el mensaje:

“Buenos días Piedad. Me llamo Chantal Maillard. Permíteme contarte algo que nos atañe a ambas. El Centro de la Generación del 27 me envió tu libro premiado, Los habitados. No conocía tu obra. Me topé con aquella dedicatoria interior: Para Daniel. In memoriam. Así que, como lo entenderás por lo que te voy a decir, me bebí ansiosamente las páginas que seguían, con los ojos cada vez más desorbitados y un ahogo en la tráquea.

Mi hijo se llamaba Daniel. Se suicidó tirándose de una altura de 12 pisos. Era primavera: últimos días de abril. Tenía 32 años. En la página 33 escribes:Quién vio lo que no vi,
lo que tan solo
a mí me pertenece:
tú como un ave inversa que se entrega,
oscura y sin plumaje,
derrotada.

En mi libro La herida en la lengua, escribí:
Los ojos en las estrellas...
¿Había nubes?
Pájaro de alas rotas
Mi hijo


Sirvan estos versos tan sólo como carta de presentación. Comprenderás, Piedad, que no podía evitar desear ponerme en contacto contigo. Ojalá no estuvieses tan lejos y pudiésemos encontrarnos. De repente me pregunté si es que tenía (y/o tenías) un alter ego doliente en el otro lado del mundo”.

(Además: Entrevista BOCAS con Alejandro Gaviria).

Recibí este mensaje con una mezcla de estupor y emoción profunda. Aunque no la hubiera visto nunca, conocía muy bien a Chantal Maillard –filósofa y poeta– por algunos de sus libros, uno de los cuales, La creación por la metáfora, había analizado muchas veces con los estudiantes que pasaban por el taller de creación que tuve por casi veinte años en la Universidad de los Andes. Admiraba la complejidad de su pensamiento, su poder revelador y la belleza de su prosa, que la han convertido en una de las escritoras más versátiles y respetadas de la lengua española. Pero que además hubiéramos tenido dos experiencias tan semejantes resultaba asombroso, casi increíble: mi hijo Daniel –como sabrán los que me han leído– se suicidó a los 28 años mientras estudiaba en Nueva York, también en primavera, y arrojándose de la terraza de su edificio. Con el tiempo iba a enterarme de que Chantal tiene exactamente mi misma edad, que las dos tuvimos a nuestros hijos mayores siendo muy jóvenes, en el mismo año, y que Daniel, su hijo, también estudió Bellas Artes, como el mío, si bien el suyo no terminó sus estudios.

A raíz de su mensaje tuvimos un breve intercambio de correos, yo le envié Lo que no tiene nombre, el libro donde narro las circunstancias que llevaron a Daniel al suicidio, y una foto para que lo conociera. Su respuesta, como en su primer mensaje, fue cálida y sincera: “La foto... gracias por esa muestra de confianza. Un chico hermoso, sí. También el mío lo era. Pero te confieso que me llevo bastante mal con las fotos. De hecho no puedo mirar las suyas. Las tengo encerradas en un armario, escondidas incluso. Demasiado intensa la oleada cuando alguna me cae en las manos. Imposible. (…) Así que perdona si no te envío foto. Por ahora al menos. Si alguna vez tengo el valor de sacarlas, te la enviaré”.

Agradecí esa sinceridad, que me hizo saber hasta qué punto su herida seguía abierta. Lo que no imaginé, en ese entonces, sin embargo, fue que ese impactante primer encuentro fuera a tener otros capítulos.

***
“Nada era real, salvo el azar”, escribió Paul Auster, un escritor que se ha ocupado en muchas de sus novelas y ensayos de eso que llamamos coincidencias. No es el único, por supuesto. El tema del azar ha sido objeto de curiosidad y estudio desde la antigüedad, y entre los filósofos que se han ocupado de él están Aristóteles, Peirce, Cournot, Bergson y en el siglo XX Jacques Monod, que escribió Azar y necesidad, un ensayo que examina el fenómeno desde la biología moderna. En literatura, sobra decirlo, las nociones de azar y destino –una de las contraposiciones posibles– es eje vertebral de numerosas obras, desde el teatro de los griegos hasta Borges. Este último juega en muchos de sus relatos más conocidos –El jardín de senderos que se bifurcan, La lotería en Babilonia– con dos hipótesis: que eso que llamamos realidad obedece a un orden secreto de causas y efectos que no alcanzamos a percibir en su conjunto y cuyas claves nos están vedadas, o que, por el contrario, “Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares”. En poesía también lo azaroso ha sido un tema fundamental. Yo misma he escrito poemas al respecto, pero recuerdo especialmente uno bellísimo de la premio Nobel polaca Wislawa Szymborska titulado Amor a primera vista, que habla de cómo los amantes que recién se han conocido “se sorprenderían / de saber que ya hace mucho tiempo / que la casualidad juega con ellos”. Tal vez sus manos, conjetura en el poema, tocaron el mismo timbre, o pusieron sus maletas una junto a la otra en el mismo tren, o alguna vez tuvieron, por qué no, el mismo sueño.

Como he contado ya muchas veces, Lo que no tiene nombre nació precisamente de mis reflexiones sobre cómo una cadena de circunstancias aleatorias se fueron juntando hasta formar un cerco opresivo alrededor de Daniel, quien, sintiéndose atrapado, eligió la muerte como salida. Qué tanto hubo de azar o de destino en todo ello fue lo que quise preguntarme en esas páginas. Chantal Maillard, que habla de la realidad como una trama “en cuyas confluencias nos vamos creando”, y que tiene dos libros con nombres que aluden al tejido, Hilos y Husos, escribió a propósito de las semejanzas de nuestra historia: “las resonancias a veces se disfrazan de coincidencias”. Resonancias, casualidades, coincidencias: el hecho es que esa semejanza excepcional que nos asombra y despierta nuestra incredulidad, sólo existe –y esto quizá suene un poco a perogrullada– cuando alguien la percibe. Quiero decir que quién sabe cuántas veces no las habremos pasado por alto. El hecho es que Chantal pudo verlas, juntó las piezas y me comunicó su hallazgo. Y ese acto selló la revelación y también propició un hermanamiento.

(Lea también: Autora de 'El tiempo entre costuras' convierte en serie otro libro).

Chantal Maillard

La poeta belga Chantal Maillard, con quien Piedad Bonnett hizo una performance y luego el libro titulado Daniel, voces en duelo.

Foto:

Cortesía de la autora

SEGUNDO ACTO
A principios del año siguiente, 2018, recibí una invitación para el festival Irreconciliables, que coordinan Ángelo Nestore y Violeta Niebla en Málaga, la ciudad donde le dieron el premio Generación del 27 a mi libro Los habitados, y donde vive Chantal Maillard. No dudé en decir que sí, no solo porque el festival sonaba muy atractivo, sino porque era la oportunidad que tendría de conocerla. Se lo comuniqué, y surgió entonces la posibilidad de que leyéramos juntas, y tal vez, por qué no, los poemas que habíamos escrito sobre nuestros hijos. Pero una vez Chantal esbozó la idea, ella misma vaciló. Sus razones eran de peso: “El caso es que veo que no temes pronunciar su nombre, mientras que yo tiemblo sólo de oírlo. Y también está, por mi parte, cierta incomodidad en hacer de lo ocurrido literatura. He tratado el tema en muchos de mis libros, pero he procurado siempre universalizarlo, trascender la anécdota”. Acepté, con respeto, sus legítimas dudas. Como faltaban todavía algunos meses para nuestro evento, Chantal me dijo, sin embargo, que quería tomarse un tiempo para pensarlo. El 27 de agosto recibí un correo suyo, donde se decidía: “Lo he pensado detenidamente, y me parece que esto lo tenemos que hacer, y hacer bien”. Y me proponía hacer ¡una performance! “No te asustes”, añadía, previendo mi reacción. ¡Y cómo no! Claro que estaba asustada, a pesar de que ese año, invitada por la artista plástica María José Arjona, habíamos hecho juntas una performance poética en el useo de Arte Moderno. Temía, debo confesar, hacer el ridículo.

La respuesta de Chantal, sin embargo, fue tranquilizadora. “Me da la impresión de que somos las dos caras de una misma moneda –escribió– en lo que nos concierne a ambas. Es decir, que ante una misma experiencia traumática como la que nos trae aquí reaccionamos, tú hacia la claridad, yo hacia el lado oscuro, tú para la vida, yo en contra de ella. Así que he pensado que sería hermoso que estuviésemos en el escenario, sentadas frente a frente, tú a un lado, yo del otro, tú de blanco y yo de negro, iluminadas por un foco cada una, con la oscuridad de por medio. Una puesta en escena, como ves, mínima, pero mucho más efectiva y contundente que una lectura al uso (de las que estoy cansada, la verdad)”.

(Lea también: Chick Corea, un gigante del jazz).

Y así fue. También yo estaba –y sigo estando– cansada del viejo formato de los festivales, y me entusiasmó saber que teníamos entre manos un proyecto tan significativo, y tan exigente como poderoso. Durante dos meses largos trabajamos a distancia, leyéndonos, eligiendo, editando, estableciendo un diálogo muy particular, que emanaba de los textos mismos, de sus luces y sus sombras, de sus ambigüedades y sus simbolismos, buscando, precisamente, nuestras resonancias. Todo el material que escogimos había sido escrito con anterioridad, y pertenecía a distintos libros. Así que lo que establecimos, después de muchos ajustes, fue una conversación que, dándose en el presente, se alimentaba del largo trayecto de nuestra vida de escritoras. Yo hablé de usar, con mucha mesura, algo de música, y quiso la suerte que Álvaro Escalona, un músico español con el que Chantal había trabajado en otras ocasiones, llegara a Málaga por esos días y nos cediera una pieza muy sugerente, hecha a partir de sonidos de la naturaleza. A mediados de octubre, acompañada de una frase mínima pero que agradecí infinitamente como una muestra de cariño y confianza, Chantal me envió una hermosa foto de su Daniel.

Un día antes de nuestra presentación ella y yo nos re-conocimos en una Málaga lluviosa, y dedicamos muchas horas a ensayar nuestra presentación. Chantal es una mujer pequeña y menuda, cuya belleza y temple no se han dejado abatir por las secuelas dolorosas de un cáncer que sufrió hace veinte años. Serena y parca, fue siempre la que llevó las riendas de nuestro proyecto, y yo acepté gustosamente sus sabias decisiones.

Nuestra voz no se quebró en ningún momento, a pesar de
que cada palabra dicha contenía
a la vez la presencia y la
ausencia de nuestros hijos

Nuestra lectura tuvo lugar el 20 de octubre en el Centro Cultural MVA, como acto de clausura del festival. Fue anunciado como un Oficio poético y llevó por título Daniel, voces en duelo. Chantal se encargó de escribir el breve texto que presentaba al público nuestra performance: “Dos hijos. Un mismo nombre. Una misma decisión. Un mismo gesto. Dos madres frente a un mismo abismo”. Y allí, frente al nutrido público malagueño que llenó el teatro y nos acogió con su respetuoso silencio, Chantal Maillard y yo, sentadas una frente a la otra en el escenario desnudo y en penumbra, iluminadas con una luz tenue que pendía del techo sobre nuestras cabezas, apelamos, como ella escribió más tarde, al “antiguo poder de invocación y convocación del poema”. Yo, finalmente, también vestí de negro, de modo que podíamos vernos como reflejadas en un espejo. En ciertos momentos nuestra lectura recurrió a ciertos efectos, siempre buscando que sobriedad y emoción fueran de la mano: al canto de una especie de nana, de arrullo; o al gesto, cuando Chantal se adelantó, y recitó de pie, en el escenario; o al ritmo de nuestras voces. No hubo grabación profesional, pues quisimos hacer de este un acto único, irrepetible. Una ceremonia.

Nuestra voz no se quebró en ningún momento, a pesar de que cada palabra dicha contenía a la vez la presencia y la ausencia de nuestros hijos. Tal vez la fuerza nos la dio el hecho de la escucha en común; de la conciencia de que nuestro ritual estaba permitiendo crear comunidad, y engendrar un orden circular que fusionaba, como en el mito, muerte y nacimiento.

TERCER ACTO
Alguna vez, con Chantal, consideramos la posibilidad de que nuestros textos se convirtieran en libro. Pero aquella idea no acababa de tomar fuerza. En 2020, sin embargo, y paradójicamente en medio de la esterilidad de la pandemia, esa opción empezó a concretarse con la editorial Vaso Roto que dirige Jeannette Clariond. Vaso Roto, una editorial que nació en el 2005 en Barcelona, España, explica en su página que “toma su nombre de dos fuentes: un poema de James Merrill, The Broken Bowl (Vaso Roto), y también de Hölderlin: “Dejad que la divina naturaleza quiebre el vaso, y lo divino se convierta en cosa humana”. En sus cuidadas ediciones ha publicado un grupo enorme de autores, entre los que se cuentan nombres tan diversos y reconocidos como Octavio Paz, Robert Lowell, Charles Simic, Vasco Popa, Elizabeth Bishop, Ocean Vuong o Anne Carson.

(Además: 'La última cena', obra emblemática de Da Vinci, reabre al público).

Nuestro libro, titulado Daniel, Voces en duelo, reproduce exactamente el orden de lo que leímos aquella noche entrañable; los textos de Chantal Maillard pueden leerse sobre un gris oscuro, los míos sobre un gris más claro, en un contrapunto formal que orienta al lector. Por supuesto, la experiencia que se ofrece es ahora totalmente distinta: lo efímero, lo teatral, lo espectacular, han desaparecido, para dar paso a lo definitivamente fijado en el papel, que invita a la relectura o a ser leído al ritmo que el lector escoja.

La diferencia de nuestros lenguajes, que ya debía ser notoria en nuestras voces, puede resultar aquí más palpable. No es fácil para mí describirla. Tal vez –pero es solo un intento de aproximación– mi poesía trabaje más con la experiencia de lo concreto, aunque intente eludir lo anecdótico; y la de Chantal, que tiene un fuerte entronque filosófico, se incline más a la reflexión, aunque casi nunca afincándose en la certeza. Por el contrario, la acompaña muchas veces la estupefacción, convertida en balbuceo, o en interrogación sobre el sentir, la memoria, el lenguaje. En su escritura la voz poética se desdobla, se acerca al hecho –para llamarlo de alguna manera– y se separa no sólo de él sino del mismo yo que enuncia:

“Abrázame le digo dice
ella
pero no hay otro
movimiento
que el de la caída
y me pregunto cómo
si ella más abajo o si yo
más arriba
(…)


Las resonancias van apareciendo de una manera estremecedora: “Qué extraño todo esto / realmente qué extraño”, escribe Chantal. Y yo: “Esta incredulidad / un pez que salta y ya no encuentra el agua”. Y ella: “No quiero que te vayas, no del todo. Pero lo cierto es que estás en-mí-desapareciendo y eso es lo que duele…”. Y yo: “Para que no te mueras doblemente / pido al dolor que sea mi alimento…”. Y así, muchas veces, en un juego de espejos que solo la poesía puede propiciar con su lenguaje simbólico. El conjunto no tiene, claro que no, un orden lógico, ni una secuencialidad evidente. Más bien es como un caleidoscopio que nos entrega fragmentos de una experiencia a la que resulta difícil ponerle adjetivos, pero que nos lleva a un mismo lugar: lo irremediable.

TELÓN
La historia que acabo de contar empezó y terminó donde todo sucede, en el lenguaje. Muy probablemeLas poetas Piedad Bonnett y Chantal Maillard sumaron sus voces en una performance y un libro en homenaje a sus hijos. Los dos se llamaban Daniente –pero eso no podemos verlo– sea tan solo un fragmento de un orden más amplio, ese del que habla Borges, un orden causal cuyo mecanismo se nos escapa. Que haya trazado una curva tan clara frente a nuestros ojos es un bello privilegio. Uno de esos pequeños milagros que nos hacen pensar, cada tanto, que detrás del caos puede haber un sentido. Pensándolo bien, tal vez no haya nunca un final, porque, como dice el poema de Szymborska, “Todo principio / no es más que una continuación, y el libro de los acontecimientos / se encuentra siempre abierto por la mitad”. 

PIEDAD BONNETT

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