Andrea Wulf: viaje al corazón de la ciencia

Andrea Wulf: viaje al corazón de la ciencia

La gran historiadora y escritora británica habla de su nuevo libro: En busca de Venus.

Andrea Wulf

Andrea Wulf es reconocida por su libro 'La invención de la naturaleza: El mundo nuevo de Alexander von Humboldt'.

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Cortesía de la autora

Por: Diego Felipe González Gómez
15 de septiembre 2020 , 04:12 p. m.

Venus ha sido una obsesión y un misterio. A lo largo de la historia le hemos temido, lo hemos venerado y, por supuesto, lo hemos observado. También ha sido fuente de inspiración para muchos artistas, basta recordar que Botticelli le dio cuerpo de mujer. Ha servido como metáfora para hablar sobre el amor, la fertilidad y la belleza. Y fue la razón para que, en el siglo XVIII, cientos de científicos salieran de sus cómodos despachos europeos y viajaran a lugares remotos del planeta para verlo. Su aparición y tránsito sobre una de las caras del Sol les daría la respuesta a una de las preguntas que más se hacían: ¿cuánto medía el sistema solar? Este planeta les revelaría el arte de medir el cielo.

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En busca de Venus, de la historiadora y escritora británica Andrea Wulf, es la historia de los protagonistas del proyecto científico que se creó en torno al tránsito de Venus que ocurriría en 1761 y 1769. “El problema era que el llamado tránsito de Venus era uno de los eventos astronómicos predecibles más raros. Los tránsitos siempre se producen dos veces –separadas por un lapso de ocho años– en un intervalo de más de un siglo, al cabo del cual vuelven a presentarse”, dice Wulf.

Ver el paso de este planeta por el Sol era de vital importancia. Tanto que en 1716 Edmond Halley (el mismo del cometa) advirtió que esta era una oportunidad única que cambiaría la ciencia para siempre. De ahí que todos los grandes imperios europeos, los comerciantes más importantes de la época y las comunidades científicas hicieran de este evento su prioridad.

Y, sin embargo, este libro es algo más que una historia sobre astronomía. La propia Wulf afirma que: “El tránsito de Venus solo fue una excusa. Mi verdadero interés era mostrar la relevancia de la historia para nosotros hoy. Por eso el tema, realmente, es la colaboración científica a nivel internacional. Algo que de repente se volvió muy importante en estos momentos”. Con el mismo poder narrativo de La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt o de The Brother Gardeners, la autora nos cuenta las desgracias, las dudas, las angustias y las ideas de los astrónomos y de todas las personas que permitieron que esta idea tan descabellada de ver a Venus desde muchos lugares de la Tierra fuera posible, hasta el punto de que muchos de ellos dieron su vida por buscarlo.

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¿Qué la llevó a escribir esta historia o qué fue eso tan interesante que descubrió y la hizo escribir En busca de Venus?
Primero tengo que decir que yo no soy astrónoma. De hecho, tengo muchos problemas para identificar cualquier constelación o cualquier estrella en el firmamento. Llegué a este tema por mi interés en la historia de la ciencia y porque escribí un libro, que aún no está publicado en español, The Brother Gardeners, que trata de las expediciones botánicas del siglo XVIII. En ese libro conté cómo las plantas dieron forma a los imperios, y uno de sus protagonistas fue el capitán James Cook y el viaje del Endeavour.

Yo sabía que el objetivo principal de esa expedición, que llegó hasta Tahití, era ver el tránsito de Venus, así que esa fue la primera vez que me crucé con esta historia. Y a medida que escribía mis otros libros me iba encontrando con más científicos que estuvieron involucrados con la observación de Venus en esos años. Era un tema que salía una y otra vez. Pero lo que me interesó no fue tanto el evento astronómico, que es muy poco frecuente y por supuesto muy interesante para los astrónomos, sino el hecho de que por primera vez –según mi investigación– hubo una especie de colaboración científica internacional o, en otras palabras, fue en ese momento cuando se fundó la aldea global en la que hoy vivimos.

Sus libros, podría decirse, son casi dos en uno. Por un lado, está la historia narrada y, por otro, la bibliografía que sustenta el relato. ¿Cómo fue el proceso de investigación para En busca de Venus?

De todos los libros que he escrito, probablemente este ha sido el más sencillo de investigar. No deja de ser extraño, por la misma dimensión de la historia. Pero la razón es que esta abarca un periodo corto: diez años, y básicamente solo tuve que investigar los dos tránsitos, el de 1761 y el de 1769. Otra cosa que me facilitó el trabajo fue que todos los astrónomos que participaron en el proyecto tenían que escribirse cartas entre ellos. Compartir la información sobre sus observaciones, sus mediciones, incluso tenían que comentar los resultados de otros científicos, por lo cual la abundancia de material era considerable y las fuentes para escribir fueron bastantes.

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Así algunas de estas cartas se hubieran perdido en el transcurso de estos 250 años, era muy probable que existiera alguna copia guardada por alguien, en Ciudad de México o en Estados Unidos. Por una vez fue muy sencillo encontrar las fuentes, lo complicado fue que estos documentos estaban en muchos idiomas. Teníamos a los italianos escribiendo, a los españoles escribiendo, a los franceses, a los suecos, a los alemanes, a los ingleses y, al mismo tiempo, muchas revistas científicas estaban informando sobre esos acontecimientos. Y es que el tránsito de Venus, al ser un evento tan corto –dura seis horas, por mucho–,permitía que en algunos casos pudiese encontrar hasta el registro minuto a minuto de lo que los astrónomos estaban viendo.

Esta fue la primera colaboración científica internacional o, en otras palabras, en ese momento fue cuando se fundó la aldea global en la que hoy vivimos

De toda esa información tan detallada, ¿qué historias la sorprendieron?

Hay una que me gusta por lo reveladora que es sobre la personalidad de estos astrónomos. Logré averiguar, por ejemplo, que el astrónomo norteamericano David Rittenhouse se desmayó apenas vio el inicio del tránsito. Creo que es una historia maravillosa porque es muy humana. Para mí, la historia de la ciencia no es sobre números o leyes naturales, es sobre la gente que tuvo esas ideas. Y aquí había más de doscientos astrónomos en cada uno de los tránsitos y con historias muy diferentes.

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Además, si se les compara con Humboldt –que era un hombre atlético y con buen estado físico– no tenían nada que ver: la mayoría eran hombres ya viejos, bastante gordos; en muchos casos su aventura más grande había sido estar sentados en las oficinas de algún observatorio, pero de un momento a otro tuvieron que embarcarse para ir a los lugares más remotos e inhóspitos del mundo.

También hay otros datos que usted recoge, como que la mayoría de ellos eran grandes bebedores de alcohol.

Sí, eso fue muy divertido. Mientras investigaba sobre ellos me encontraba con eso y decía: “Vaya, esto es raro”. Muchos, aparte de ser grandes científicos, fueron grandes quejetas. Siempre se estaban quejando de que no había suficiente comida, no había suficiente alcohol, no había suficiente gente para cargar instrumentos o sus galones de ron. Pero tengo que decir que, al haber vivido estas recientes cuarentenas, entiendo por qué bebían tanto. Con el encierro, una de las primeras cosas que hice fue comprar muchas botellas de vino, y seguro ellos lo hacían por una razón parecida.

Los astrónomos tenían una vida muy noctámbula. El trabajo en los observatorios, por lo general, los obligaba a pasar muchas noches en vela. Escribían y computaban todo el tiempo. Si uno ve las observaciones astronómicas, son números, sobre números, sobre números. Uno puede pensar que eran personas aburridas, pero no. Para ver el tránsito de Venus, por ejemplo, arriesgaron sus vidas, hicieron viajes muy peligrosos y difíciles. Tanto así que no sabríamos nada de ellos si no hubiese sido por ese acontecimiento astronómico.

Uno de los astrónomos con más historias, buenas y malas, sobre todo malas, fue el francés Guillaume Le Gentil.

Le Gentil fue tal vez el astrónomo con más mala suerte en la historia de la humanidad. Cuando leía su diario decía: “Por dios, cómo este hombre hizo todo esto durante once años”. Hay un momento en el segundo tránsito, después de que todo le sale mal en el primero, que me llevó a pensar: “¿Cómo se le ocurre a este hombre, con su mala suerte, armar su observatorio sobre una bóveda en la que había más de dieciséis mil libras de pólvora?”. Para más rabia, el día en que iba a ver ese segundo tránsito, el cielo se nubla. Yo no lo podía creer. Pero es solo en ese momento cuando él escribe en su diario: “Me siento cansado”. Yo habría tirado la toalla por lo menos ocho años antes.

Andrea Wulf

Andrea Wulf, en el Observatorio Nacional de Kitt Peak, Arizona. En 2012, ella vio en ese lugar el tránsito de Venus, lo que la llevó a entender mejor las aventuras científicas de siglos atrás.

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Cortesía de la autora

Usted ha dicho que este no es un libro sobre astronomía, sino que es más de aventuras, de las expediciones científicas que en el siglo XVIII estaban muy ligadas a los viajes de exploración. Para muchos, estos años fueron considerados la segunda gran época de los descubrimientos europeos.

Exacto. Algunas veces pienso que si un astrónomo escribiera sobre este mismo evento se enfocaría solo en la astronomía, pero como yo escribo sobre las exploraciones y sobre la historia de la ciencia, me interesa todo lo que hacen, no solo su trabajo formal. La tarea de estos astrónomos, en muchos momentos, era esperar a que pasara algo, pero mientras esperaban hacían otras actividades. Por ejemplo Le Gentil, mientras estuvo en Mauricio, recolectó una cantidad considerable de objetos para el estudio de la ciencia natural, como plantas, rocas, insectos, y mejoró los mapas que se tenían. O el caso de Chappe d’Auteroche, que aprovechó su viaje a Siberia para escribir sobre las tradiciones y las personas que se fue encontrando.

Básicamente lo que ellos hacen es antropología, botánica, zoología y geología: ¡de todo! La idea de la exploración científica nace realmente con ellos. Y diría que desde ese momento todas las grandes exploraciones tuvieron un científico a bordo. Los gobiernos y las comunidades científicas, luego de que estos astrónomos regresaran de sus misiones, se dieron cuenta de que, si bien las observaciones astronómicas eran importantes, lo más valioso era que volvían con mapas mejorados y con reportes sobre recursos naturales.

Cuando el capitán Cook vuelve a Inglaterra después de ver el tránsito de Venus, lo que realmente trae son noticias sobre Australia, que desde ese momento se convierte en una colonia británica. Esas fueron las verdaderas consecuencias de todas estas exploraciones y, por supuesto, una nueva y fortalecida comunidad científica que desde ese momento tiene un intercambio de conocimiento más grande. Esto es algo en lo que Humboldt construirá, luego, todo su conocimiento y reconocimiento.

Uno puede pensar que eran personas aburridas, pero no. Para ver el tránsito de Venus arriesgaron sus vidas, hicieron viajes muy peligrosos y difíciles

Todos estos avances tienen una dimensión política. ¿Qué tan importante fue esa relación entre ciencia, conocimiento y la construcción de los grandes imperios europeos?

Es increíblemente importante, por supuesto. La forma en que todos estos astrónomos convencieron a sus gobernantes y a sus monarcas para que financiaran sus proyectos fue decirles: “Estas observaciones astronómicas van a mejorar la navegación”, algo que era muy importante para cualquier imperio con vocación comercial. En especial porque todos estaban tratando de encontrar la mejor forma de calcular las longitudes. La latitud, que es la otra guía para navegar, fue calculada muy fácil. Pero en ese tiempo los barcos solían perderse o desviarse de sus rutas con mucha frecuencia, lo que facilitaba la tarea de los piratas. Por eso fue de gran interés para las marinas, los gobiernos y los imperios mejorar la navegación. Esa fue una de las principales razones para convencer al rey Jorge de Inglaterra de que diera dinero. El motor detrás de todo esto, al final, era el poder y la búsqueda de recursos naturales.

No deja de ser una contradicción que todo este poder imperial solo fuese útil si se compartía y se comparaban con las investigaciones de otros científicos, que en algunos casos trabajaban para imperios enemigos.

Ellos sabían que no podían emprender una tarea de esa magnitud por su propia cuenta y, en parte, es lo extraordinario de todo esto. Así ellos fueran los mejores observadores en todo el planeta, no servía de nada. Tenían que trabajar juntos. Lo interesante es que todos compartieron sus resultados muy generosamente. Pero cuando llegó el momento de calcular la distancia entre la Tierra y el Sol, todos volvieron a sus trincheras nacionales y apareció el ego. Cada uno quería demostrar que era el más inteligentes. Los franceses querían probar que eran los más precisos en sus cálculos y los ingleses, demostrar que eran mejores.

Por más colaboración que existiera nunca dejaron de lado su ambición de reconocimiento, que fue otro motor del desarrollo científico. Pienso que es algo muy parecido a cómo funcionan proyectos hoy, como el colisionador de hadrones en Suiza o la búsqueda de la vacuna contra el covid-19. Todos estos planes solo funcionan si hay cientos o miles de científicos trabajando juntos. Incluso el cambio climático es un problema que solo se puede entender bajo estos esquemas de trabajo en equipo, con datos y personas estudiando estos fenómenos a lo largo de todo el planeta. Si lo miramos en relación con lo que vivimos hoy, es muy relevante para entender cómo podemos enfrentar esta pandemia.

Es algo parecido a la forma como hoy funcionan proyectos como el colisionador de hadrones en Suiza o la búsqueda de la vacuna contra el covid-19

Varias páginas del libro están dedicadas a Catalina la Grande, una de las pocas mujeres de esta historia, pero una de las protagonistas más importantes en todo el relato.

Lo que quería hacer con el libro era hablar de muchas personas de las que, tal vez, jamás hemos escuchado en la vida. Al mismo tiempo no quería dejar de lado a los personajes famosos, sobre los que es muy interesante y hasta gracioso escribir. Por eso están el capitán Cook, Benjamin Franklin y Catalina la Grande. Ellos son personajes de los que hemos oído, pero que no asociamos, por lo general, con la ciencia o la astronomía. Y en el caso de Catalina la Grande me interesó contar su historia porque es otra muestra de que este libro no es solo sobre astronomía. Ese capítulo del libro habla de la voluntad y el deseo que Catalina tenía de alinear a Rusia con Europa. Hasta ese entonces su país era visto como un país atrasado. Mientras se decía que Europa era sofisticada, muchos veían a Rusia como campesina y rural. Una de las primeras cosas que ella hizo como gobernante fue empezar una correspondencia con personajes como Voltaire y Diderot. Su ambición era llevar toda la Ilustración al imperio y por eso usó las exploraciones del tránsito de Venus como un medio para demostrarles a los europeos que los rusos eran igual de sofisticados.

Dijo: “Voy a enviar ocho exploraciones por todo el imperio ruso” y siendo un territorio tan grande tenía más puntos de observación y más expediciones que cualquier imperio europeo. El problema fue que le costó encontrar científicos rusos y le tocó contratar a muchos alemanes. Al final, con todos los contratiempos y aciertos, fue su manera de mostrarle al mundo que Rusia estaba a la vanguardia del conocimiento científico.

Y hablando de excluidos, ¿por qué cree que este tipo de historias, del conocimiento o de la ciencia, no son las más conocidas? ¿Por qué sabemos más de las guerras que de revoluciones científicas?

Diré algo que puede ser un poco controversial, pero creo que tiene que ver con que por mucho tiempo hemos tenido más historiadores hombres. Ellos tienden a escribir sobre los militares y la guerra. Es más frecuente que las mujeres historiadoras estén interesadas en la historia de los desconocidos. La otra razón es que a muchas personas les interesa leer sobre la guerra, algo que por mi parte encuentro terrible en todos los aspectos. Si yo llegara a escribir sobre alguna guerra solo lo encontraría interesante si se hablara de los soldados rasos y no de los generales.

Me interesaría saber qué sentían los soldados al arrastrarse por una trinchera y no saber cómo era el ambiente en la carpa de los comandantes. Y, si lo pienso bien, yo llegué a la historia de la ciencia por sus personajes. Nunca fui buena para las ciencias en el colegio; me acerqué a ellas a través de la historia. Y, no sé, tal vez la historia de la ciencia puede ser un campo muy fascinante y rico para darle sentido a todo lo que está ocurriendo ahora en nuestro mundo.

Andrea Wulf

El tránsito de Venus por la superficie del Sol. Imagen de Andrea Wulf, en el desierto de Arizona.

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Cortesía de la autora

Usted pudo ver en Arizona el tránsito de Venus en el 2012. ¿Qué sintió al observar lo mismo que todos esos astrónomos sobre los que escribió? Más, teniendo en cuenta que esto solo volverá a ocurrir en el 2117.

Fue un momento muy emotivo. Además, creo que era la única persona en el observatorio que no había visto el tránsito anterior de este ciclo, en el 2004. Y sentí también mucha vergüenza, porque estaba en medio de muchos astrónomos talentosísimos y yo jamás había tenido ni un telescopio. Pero por un pequeño instante, cuando vi a Venus, dije: “Cielos, es muy pequeño”. Realmente tenías que buscarlo y vi ese efecto de gota que tanto perturbó a los astrónomos en el siglo XVIII para hacer sus observaciones. Fue un momento único y de inmediato pensé: “Soy muy afortunada. Llegué a Arizona en avión, alquilé un carro para atravesar el desierto, había unos telescopios de última tecnología e hizo un día increíble”. Recordé a Le Gentil y su mala suerte.

Él, que entregó su vida para ver los tránsitos, no pudo observarlos por cuenta de las nubes, por ejemplo. Me sentí mal y pensé que era muy injusto. Pero así como subí al Chimborazo para entender lo que sintió Humboldt, tenía que ver el tránsito para conectarme emocionalmente con todos estos astrónomos. Ya los había conocido a través de sus cartas y de su forma de escribir, pero estas experiencias con la naturaleza tienen algo muy importante: son inmediatas, no están definidas por el cerebro sino por los sentidos, por el cuerpo.

¿Qué es lo que la ciencia, o las investigaciones sobre la historia de la ciencia, nos pueden enseñar?

Lo importante de esta historia que cuento, en este libro en particular, es que nos llama la atención sobre algo clave: entender que el conocimiento siempre trasciende las fronteras nacionales, que no conoce de límites políticos ni personales. En el momento actual esto es muy importante, más que nunca, por los retos que tenemos al frente. El conocimiento lo debemos entender como algo colectivo. De alguna manera hoy estamos parados sobre los hombros de estos astrónomos que arriesgaron sus vidas para ver cómo Venus cruzaba el círculo ardiente del Sol. 

DIEGO FELIPE GONZÁLEZ GÓMEZ

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