Los días de la fiebre

Los días de la fiebre

Fragmento del nuevo libro de Andrés Felipe Solano sobre la cotidianidad del virus en Corea del Sur.

Andrés Felipe Solano

Solano publicó 'Los días de la fiebre' con la editorial Planeta. El libro estará disponible en librerías a finales de julio.

Foto:

Taeyoung Park

Por: Andrés Felipe Solano
14 de julio 2020 , 04:58 p.m.

Nos han dicho que uno de los hombres infectados hizo lo que no hay que hacer, siguió con su vida normal a pesar de presentar síntomas y haber estado en Wuhan. Me pregunto qué es una vida normal, si alguien tiene acaso una vida normal, si se puede dejar de tener una vida normal. Todos tienen una vida que es solo la suya, a eso se refieren, supongo.

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Nos han dicho que el miércoles de la semana pasada aquel hombre visitó la clínica de cirugía plástica Glovi en Gangnam, al sur de Seúl. Lo hizo en un auto alquilado. Después cenó en un restaurante cerca de la clínica y pasó la noche en el NewV Hotel, también en Gangnam. El jueves paseó por el río a la hora del almuerzo y compró algo en la tienda de conveniencia GS de Jamwon, sucursal # 1. Cenó en Yeoksam. El viernes volvió a la clínica acompañado de una persona y luego pasó por un café y un restaurante, antes de ir a dormir a casa de su madre, en Ilsan, una ciudad satélite a media hora de Seúl. Setenta y cuatro personas estuvieron en contacto con él. Solo uno de ellos ha desarrollado síntomas. Se le hizo la prueba y dio negativo, aun así está aislado. A los demás se les ha sugerido permanecer en casa dos semanas. Todos los lugares que visitó el hombre fueron desinfectados. En los foros de internet la gente ya se está preguntando por qué y con quién fue a una clínica de cirugía plástica. ¿Recibió tratamiento o solo una consulta? Reviso los procedimientos que ofrece la clínica. Parece una página de una tienda de ropa. Un corrientazo me recorre al ver las opciones de cirugías de la quijada. Caras de modelos se mezclan con gráficos y rayos X de cráneos.

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Ni siquiera una agencia de detectives privados tendría datos tan precisos, pero entonces recuerdo que este es un país donde aún hay espías, desertores norcoreanos, leyes de emergencia en caso de violación de la seguridad nacional. En todo caso, averiguo cómo puede saberse tanto de una persona que no es sospechosa de haber cometido un crimen. Primero que todo al recién diagnosticado lo entrevistan las autoridades sanitarias. No es un interrogatorio bajo una lámpara en un sótano, pero puede ser igual de intimidante verlos con sus trajes de protección de pies a cabeza. ¿Dónde estuvo los últimos días y con quién? La Ley de Control de Enfermedades Contagiosas obliga a los oficiales a hacer público el itinerario de los últimos días del paciente, las rutas de bus, taxi o metro que tomó y las dependencias médicas que visitó. Es vital que los médicos o las enfermeras no se contagien. La información se contrasta con videos tomados de las cámaras de circuito cerrado, pagos con tarjetas de crédito y sistemas para rastrear teléfonos móviles, gracias a las facultades que les otorga la misma ley. Si hay lagunas, se le pregunta de nuevo. ¿Dónde estuvo y con quién? ¿Por qué tengo que responder? ¿No es acaso una violación a mi privacidad? Quizás, pero en este momento no importa porque el procedimiento está autorizado bajo un artículo de la ley aprobada por la Asamblea Nacional. ¿Y desde cuándo existe ese artículo? Se le recuerda que cinco años atrás se enmendó en vista del pánico que desencadenó el otro virus. ¿O es que acaso no se acuerda de que el país fue el segundo en número de infectados y la tasa de mortalidad era del 30 %?

Ni siquiera una agencia de detectives privados tendría datos tan precisos, pero entonces recuerdo que este es un país donde aún hay espías


¿Y si me niego? No tiene otra opción que responder: o sus secretos o la posibilidad de que el virus se multiplique en silencio entre la gente; la eventualidad de que muera alguien. Así, se establecen los contactos, personas que estuvieron a dos metros del paciente, por lo menos quince minutos después de que se presentaran los primeros síntomas. Un encuentro cara a cara o el intercambio de fluidos es considerado como un contacto seguro.

Una vez armada la lista de contactos, detectives y oficiales del KCDC (siglas del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Corea) salen a buscar a cada uno de ellos para hacerles la prueba. Llaman por teléfono, mandan mensajes de texto, recorren callejones, golpean puertas. Por otro lado, el itinerario completo, más el sexo y la edad del contagiado (sin que se incluya su nombre) se publican en una página de internet oficial para que el público sepa si estuvo cerca y, de presentar síntomas, llame a la línea de emergencia. Siempre hay alguien que nos está observando. Aunque también ansiamos ver sin que nos vean, saber de otras vidas sin revelar nada de la nuestra. ¿Y el hotel a donde fue aquel hombre antes de presentar síntomas? ¿Es en realidad un hotel o será un love hotel donde se encuentran las parejas de amantes?

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Voy por un pan relleno de fríjol dulce para el desayuno de mañana. Cuento las cámaras de circuito cerrado que hay hasta el minimercado de la esquina. En doscientos metros identifico un dispositivo oficial de la policía –además, si paso muy cerca, una voz me recuerda que no debo botar la basura en ese sector– y cuatro cámaras a la entrada de restaurantes y locales comerciales. En Corea los asaltos son tan pocos que se podrían contar con el ábaco de un niño. En el minimercado, con mi pan de fríjol dulce en la mano, le paso mi tarjeta de débito a la señora de la caja. El precio a pagar son apenas 3.000 wones (menos de tres euros). En eso soy un coreano más, casi nunca uso dinero en efectivo para pagar. Paso semanas enteras sin ver un solo billete. En realidad es muy fácil para un investigador del KCDC. Vamos dejando migajas por el camino sin darnos cuenta.

Preferimos cocinar a pedir comida a domicilio. Gastamos más tiempo, porque de eso se trata. Las horas se encogen, las horas se alargan

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No declararon la cuarentena obligatoria, no cerraron las ciudades, no hay policía afuera patrullando las calles y aun así llevamos casi una semana sin atravesar la puerta. Vivimos en El ángel exterminador, esa película en la que un grupo de gente rica se ha reunido para una cena después de ir a la ópera y luego de unas horas, por algún motivo desconocido, no puede salir de su sala. Pasan varios días allí, encerrados, el alimento escasea y la basura se acumula. Pero no hay ninguna fiesta, no somos ricos, conocemos el invisible motivo por el cual no debemos salir y solo estamos los dos, a merced de nuestro humor, protegidos por la casa que hemos armado. Preferimos cocinar a pedir comida a domicilio. Gastamos más tiempo, porque de eso se trata. Las horas se encogen, las horas se alargan, sesenta minutos dejan de ser sesenta minutos y aun así se van sumando, unos tras otros, hasta completar la torre de un día. Y tras un día, otro y otro, como ha sido siempre, como siempre será.

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Cierro los ojos, un misterioso impulso me lleva a recordar los nombres de los jabones de mi infancia. Lux, Sensus, El Dorado, Carey, Protex. Y ahora todos los baños de las casas donde he vivido. Los reproduzco en mi cabeza, los comparo. Y ahora baños de los hoteles donde he estado y que más me han impresionado. Baños de fincas, baños de restaurantes, baños de bares. Lavarse las manos. Más o menos cada dos horas me las lavo. Llevo más de una década casado y solo hasta esta semana he descubierto la forma en que Soojeong se lava las manos. Lo hace exactamente como en esos gráficos que ya empiezan a circular por nuestras redes sociales. Me avergüenzo de mi manera de lavarme las manos, me preocupo. Tantos años descuidando las puntas de los dedos.

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Ha llegado el mercado que hicimos por internet. Desde hace un tiempo los coreanos prefieren hacerlo así, incluso antes del virus. Cangrejos vienen desde la costa, perfectamente empacados, diría que todavía vivos. Yo me he resistido. Me gusta escoger las papas y los tomates por mi cuenta, es un asunto entre ellos y yo. A veces me quedo mirando fijo uno, como esperando que entablemos conversación.

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(…) Circulan listas con libros que algunos creían fósiles y que hoy se han convertido en pan recién hecho. Buscamos respuestas en las palabras de los muer- tos. La literatura –y no el oro– como reserva para lo que viene, sea lo que sea. Algunos de esos libros que he visto nombrar de nuevo son Decameron (Boccaccio), Muerte en Venecia (T. Mann) y Los novios (A. Manzoni), todos situados en Italia. Me viene a la cabeza otro, uno que leí muy joven y que también sucede en aquel país. Perorata del apestado está entre los libros que dejé en Colombia, pero me valgo de internet para encontrar la primera página. Habla, Gesualdo Bufalino, habla, por favor: “Un rey forastero había venido a habitar bajo mis costillas, un innombrable minotauro, al que ofrendaba día tras día el tributo de una libra de mi vida. Era inútil que el corazón, que posee, no menos que la vista, un precioso poder de acomodación, se empeñara en repetirme que era yo quien había elegido aquel mal, para limpiar soberbiamente con mi sangre la sangre que ensuciaba las cosas, y curar, inmolándome en lugar de todos, el desorden del mundo”.

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En su libro de memorias Mi último suspiro, Luis Buñuel dijo que le gustaría levantarse de la tumba cada diez años e ir a un quiosco, leer los titulares de cualquier periódico y volver a la comodidad de la muerte. Hoy el director de cine español se encontraría con dos noticias que bien podrían servir para una de sus películas: un crucero de lujo deambula con cuatro muertos a bordo por los océanos sin que ningún país lo deje atracar por temor al contagio; el Papa ha dado la bendición Urbi et Orbi, la más importante para los católicos, frente a una plaza de San Pedro totalmente vacía.

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(…) Hay un virus que no es tan viejo como otros. Lo describe William Burroughs en uno de sus libros: “La palabra ahora es un virus. El virus de la gripe pudo haber sido alguna vez una saludable célula del pulmón. Ahora es un organismo parasitario que invade y daña el sistema nervioso central. El hombre moderno ha perdido la opción del silencio. Trata de detener el habla subvocal. Trata de conseguir incluso diez segundos de silencio interior. Te encontrarás con un organismo que opone resistencia y te obliga a hablar. Ese organismo es la palabra”. Poder salir a la calle con la desprevención de antes o silencio. Un año de silencio para entender qué ha pasado. No sé qué escogería". 

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