Ese interrogante que llamamos Librería

Ese interrogante que llamamos Librería

Fragmento de 'Contra Amazon', el nuevo libro de Jorge Carrión, con mejores crónicas y ensayos. 

Jorge Carrión

El nuevo libro de Carrión es una antología con sus mejores crónicas y ensayos sobre librerías, bibliotecas, escritores y literatura.

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AFP

Por: Jorge Carrión
10 de septiembre 2019 , 12:37 p.m.

En un vuelo entre Ciudad de Guatemala y San Francisco conocí a un camionero –pocas palabras, rasgos duros– que me dijo: “A la tumba sólo nos llevamos los viajes”. Yo estuve totalmente de acuerdo con él, porque tenía veintidós años y un sinfín de leguas por delante. Ahora añadiría a los viajes otros tópicos: los amores, los amigos y las lecturas. Todo ello confluye en las librerías, espacios por excelencia de lo que hemos entendido por modernidad, albergue de nómadas y extranjeros, patria de los amantes de los libros, cueva o santuario donde se reúnen amigos y cómplices, hospital de flâneurs y pobres, archivo de cortesías y en historia e importancia: únicas.

Las buenas librerías son preguntas sin respuesta. Son lugares que te provocan intelectualmente, que cifran enigmas, que te sorprenden y te plantean retos, que te hipnotizan con esa melodía –o cacofonía–  que crean la luz y sus sombras, los anaqueles, las escaleras, las portadas, la puerta al abrirse, un paraguas que se cierra, movimientos de cabeza que dicen hola o adiós, la gente en movimiento. En una crónica sobre Strand, Juan Bonilla cuenta que cuando Augusto Monterroso visitaba Nueva York un amigo lo dejaba a las nueve de la mañana en la librería y lo recogía a las nueve de la noche. Sólo una pregunta nerviosa y estimulante que no puede ser contestada te mantiene en vilo once horas (dejemos una para la ensalada Waldorf y el cheesecake) en el laberinto que es toda librería. Un laberinto amable, sin extravío: ya te perderás después en casa, cuando te sumerjas en los libros que has comprado. En nuevas preguntas que sí puedas responder.

En el mejor relato sin ficción sobre librerías que conozco, 84, Charing Cross Road de Helene Hanff, el gran interrogante coincide con los rasgos de un librero. Todos hemos leídos anatomías y poéticas de escritor, de bibliómano y de bibliotecario: ¿pero qué diablos significa ser librero? Las cartas que la escritora norteamericana intercambia con el personal de la librería Marks & Co. durante las dos décadas que siguen a la Segunda Guerra Mundial languidecen cuando fallece su principal interlocutor, Frank Doel. Sólo entonces la viuda le escribe a Hanff: “Ahora me doy cuenta también de que era una persona sumamente modesta, porque he recibido cartas de mucha gente que le rinde homenaje y de profesionales del libro que dicen que era una autoridad”. ¿Qué significa eso? Que la modestia es el principal atributo del librero. ¿Seguro? En el mejor relato de ficción sobre librerías que conozco, Mendel el de los libros de Stefan Zweig, lo que define al protagonista no es tanto su condición de personaje secundario en una Viena llena de estrellas intelectuales como su memoria. Eso tal vez quiera decir que durante dos siglos los libreros y las libreras fueron funes memoriosos y modestias personificadas. Pero desde que los negocios se informatizaron y (casi) todo fue asequible a golpe de click, la memoria perdió importancia: quedó, superviviente, la modestia.

“Ten en cuenta que los protagonistas tienen que ser los libros”, me comentaron el otro día en Zaragoza Julia y Pepe, que se enamoraron en una librería y fundaron Antígona hace veinticinco años, “por eso los desnudamos de las fajas”. Su proyecto es radical: no tienen página web, no sirven café ni vino, alimentan una comunidad que prefiere –talibán– las primeras ediciones. Él es el penúltimo Mendel, el penúltimo librero del mundo que todavía archiva el fondo entero en su cabeza. En los locales de viejo de la Calle de Donceles de Ciudad de México, donde tampoco han llegado los programas de gestión del catálogo, cuesta dar con alguien que sepa de qué estamos hablando; sólo de vez en cuando encuentras, tras la legión de dependientes, a un librero de verdad. No soy apocalíptico: la historia del mundo es la de una cierta memoria que se difumina, generación tras generación; la de algo que se pierde para ganar lo nuevo. Y miles de librerías de viejo, en México y en el resto del mundo, siguen siendo atendidas por libreros de todas las edades que aman, conocen, memorizan los libros. Pero desde su configuración a principios del siglo XIX, cuando se abre a la calle mediante los escaparates y se multiplican los lectores y las publicaciones periódicas con sus expositores y sus vitrinas, el acontecimiento más importante que ha experimentado la librería ha sido la informatización de los fondos. Y su desdoblamiento en página web. Compartir la memoria propia con las ajenas de todo el mundo.

Finalmente, una pantalla abarca menos que la mirada de alguien que entra o curiosea por una librería. Por eso la librería física sigue siendo superior a la virtual: no es posible –todavía– ganarla en generación de contextos. Sistemas complejos. Planetarios. Una librería literaria abre líneas de relación y de fuga, pone en conversación miles de títulos, diseños, iconos. Funciona como una máquina surrealista de analogías inesperadas. Ahí está precisamente el reto, en las dos dimensiones de todo proyecto libresco: hacer que los libros protagonicen esos mínimos centímetros de píxel y esos metros cuadrados sólidos y tridimensionales; pero que también haya lugar en ellos para otros protagonistas del mundo del libro, como los escritores o los propios libreros. Las librerías deberían presumir, en sus paredes y en sus páginas web, de los autores que las han visitado y de los libreros que las han convertido en lo que son. Es curioso que eso ocurra en los cafés y los restaurantes con más solera y que, en cambio, sea infrecuente en las librerías. George Steiner evoca en Errata los locales que en su infancia fueron tan importantes para su formación como la escuela; y da testimonio de la mítica Gotham Book Mart de la calle 47: “Sus paredes están empapeladas de fotografías, normalmente firmadas, de Joyce, T. S. Eliot, Frost, Auden, Faulkner y autoridades más recientes”. Galerías de contemporáneos, libros de visita, recortes de prensa, biografías: que las librerías y sus libreros maticen su modestia y hagan visible su historia. Una historia que es una declaración de intenciones y una genealogía.

Porque la memoria y la modestia son malos aliados. Sólo si tenemos conciencia de la importancia de los profesionales de libro en la historia cultural preservaremos sus legados. El árbol genealógico de los libreros republicanos todavía puede reseguirse, de Lima a Montevideo, de Buenos Aires a La Habana, de Caracas a Sevilla. Entre ambas orillas del Atlántico, sus rastros son puentes borrosos y en nuestras manos está el redefinir sus contornos. Puentes como el que cruzó Eliseo Torres a causa de la guerra civil o el que llevó a Abelardo Linares a comprarle a su viuda el millón de libros que el gallego dejó en su librería de Manhattan. Ese fue uno de los caudales que confluyeron en la sevillana librería Renacimiento, cuyo nombre no puede ser más esperanzador. Torres era –como tantos otros antes y después que él– editor además de librero. Renacimiento también es editorial. E Iberoamericana de Frankfurt y Madrid. Y Laie y La Central de Barcelona. Y Eterna Cadencia de Buenos Aires. Y Maruzen de Tokyo. Es difícil, de hecho, encontrar grandes librerías del mundo que no hayan estado implicadas en proyectos de edición de libros. Recuerdo el volumen que la berlinesa Autorenbuchhandlung publicó para su trigésimo quinto aniversario. Reunieron a  Enzensberger, Franzen, Esterházy, Jelinek y muchos otros escritores de alto nivel en una antología de textos e imágenes expresamente creados para rendir homenaje a una librería clave para la reunificación alemana –y de la democracia y del capitalismo. Porque todas las librerías son locales y globales, nodos políticos y negocios, embajadas de la democracia y del libre comercio.

Las preguntas que plantea una librería no son intercambiables, sino personales. Cada lector tiene sus propias librerías, su propia colección, sus propios recuerdos. Antes de que los libreros nutrieran la biblioteca de Alejandría, antes de que los vendedores ambulantes vendieran libros en las posadas europeas, antes de que se inventara la filología y la novela y la imprenta, antes de que Diderot escribiera en su Carta sobre el comercio de libros que el “fondo editorial de un librero es la base de su comercio y de su fortuna”, antes de que abriera sus puertas la librería Roca de Manresa (estamos en 1824) o la librería religiosa Calatrava de Madrid (saltamos a 1873), antes de que Adrienne Monnier y Sylvia Beach inauguraran y cerraran sus míticas librerías de la Rue de l’Odéon de París, antes –incluso– de que George Orwell trabajara en la londinense Book’s Lover Corner en las vísperas de la guerra civil española y de que esa librería, cincuenta años más tarde, se convirtiera en un café de jugadores de ajedrez y después en pizzería, mucho antes de que todo eso ocurriera, yo entré de niño en la librería Robafaves de Mataró. Porque sin las primeras librerías no existirían las otras. Si no te convertiste de joven en un amante de las librerías, en un yonqui libresco, es improbable que después te dediques a perseguirlas en tus viajes y a investigar sus historias y sus mitos y –en fin– a leerlas.

Aquel vuelo americano de hace quince años fue en realidad un puente entre la guatemalteca librería El Pensativo y la californiana City Lights. La navidad anterior había hecho escala en la Shakespeare and Co. de París: George Whitman estaba todavía vivo, pero su cuerpo era cada vez más ectoplasmático, vagaba por los rincones de su reino como el fantasma del Rey Lear. Compré libros y postales en las tres librerías; pedí tarjetas de visita, folletos conmemorativos; tomé apuntes, hice fotos. Con los años fui descubriendo que Ferlinghetti había construido la librería beat de San Francisco imitando el modelo de Whitman. Y que en un tablero de ajedrez, en un rincón de El Virrey de Lima, había rastros de exilio que provenían de la Operación Cóndor en Montevideo y de las librerías que la familia Sanseviero había tenido en otras ciudades iberoamericanas. Y que Altaïr de Barcelona se inspiró en la parisina Ulysse, el local de la gran viajera Catherine Domain. Y que había muchísimas librerías que compartían nombre, en la misma o en lenguas diversas: Odisea, Antígona, Central, Ciudad, Laberinto, Rayuela, Bartleby and Co. Así comenzaron mis propias preguntas, mis propias hipótesis, mis propias redes: mi colección de librerías. Pronto fui consciente de que es imposible conocerlas todas, pues entre un viaje y otro ya han desaparecido, ya se han mudado, ya se han adquirido la silueta de otro interrogante. Cada cual construye sus puentes –más o menos difuminados, más o menos olvidadizos–, a menudo con pilares que se sustentan en el capricho. Y en el enamoramiento. Descubrir Pandora la última vez que estuve en Estambul, dividida entre dos aguas, las de los textos en turco y la de los textos en inglés; visitar en Bogotá la monumental y blanca librería del Fondo de Cultura Económica; frecuentar la madera de The Book Lounge y de The Hill of Content durante mis días en Ciudad del Cabo y en Melbourne, fue menos emocionante que regresar a las librerías ya conocidas. A Clásica y Moderna de Buenos Aires, a Stanfords de Londres, a Bertrand de Lisboa. El año que viene regresaré a Green Apple Books de San Francisco, menos célebre pero tan memorable como Luces de la Ciudad. Insistir. Reescribir. Fracasar siempre, pero cada vez un poco mejor. Ser testigo de su congelación o de sus cambios. Mitificar para desmitificar –pues de eso se trata. Acumular estratos de lectura. Añadir unas pocas líneas al libro de arena de una historia no escrita. Dijo José Saramago que ser librero es como estar enamorado de por vida. Entonces ser lector y ser viajero es como ser librero. Ya sé que esto puede sonar tópico y cándido, pero es que el mundo ya es suficientemente pesimista y agorero como para, encima, darle siempre la razón.

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