Martine Franck, el arte de lo inesperado

Martine Franck, el arte de lo inesperado

Se exhibe por primera vez la obra completa de la belga que abrió el camino del fotorreportaje.

Foto tomada por Martine Franck

Una de las fotografías tomadas por Martine Frank, que se caracterizó por la paciencia y el buen ojo para el detalle.

Foto:

 Martine Franck, Swimming pool designed by Alain Capeillères, Le Brusc, summer 1976 © Martine Franck / Magnum Photos

Por: Por MELISSA SERRATO - París -
14 de marzo 2019 , 04:40 p.m.

 

“Hay tres tipos de fotógrafos. Los verticales, que cortan el tiempo en una fracción de segundo y se lo juegan todo en ese instante. Los horizontales, que describen y detallan todo en un mismo plano. Y los que condensan el mundo entero en una sola imagen, aunque para ello, necesitan de una paciencia extrema que les permita mirar y analizar una situación. Así era Martine Franck. Esperaba a que todo se instalara frente a ella, hasta que llegaba el momento adecuado de hacer la foto, sin precipitarse nunca a disparar la cámara. Era como una cazadora de mariposas, no las atrapaba en pleno vuelo, sino que esperaba a que se posaran sobre una hoja para sorprenderlas en su contexto y su esplendor”.

Con esa metáfora, Marc Donnadieu, curador jefe del Museo del Elíseo, de Lausana (Suiza), abre la puerta al universo de Martine Franck, a quien la Fundación Henri Cartier-Bresson de París y este museo le rinden un homenaje con una retrospectiva conjunta de su trabajo. Por primera vez se puede ver completa la obra de esta fotorreportera belga, recordada por haber sido una de las primeras mujeres en practicar este oficio y una de las más reconocidas del siglo XX, en una época en la que la fotografía era un mundo reservado casi exclusivamente para los hombres.
“Desde su infancia todo se conjugó para que su ojo se entrenara y su personalidad se afinara para el ejercicio de la reportería gráfica”, dice Donnadieu. Franck venía de una familia paterna de origen flamenco y de una madre de ascendencia suiza y escocesa. Ambos eran ateos y se dedicaban a coleccionar arte, lo que despertó en ella una particular sensibilidad por la imagen. Estudió historia del arte en Madrid, en el Colegio del Museo del Louvre, y en un instituto en Suiza. Allí sufrió una decepción amorosa que la llevó a emprender un viaje por varios países de Asia. Antes de partir, un primo le dio una cámara Leica y le pidió que hiciera un diario del viaje, escrito e ilustrado con fotos. “Durante ese viaje a Oriente, ignoraba que me convertiría en fotógrafa. (…) Tengo el recuerdo de la belleza en todo lo que vi, las caras, los paisajes, los gestos, los objetos habituales que tanto gusto me daba fotografiar: nunca había sido tan feliz ni tan libre”, decía Franck.

Desde entonces, usó esa Leica como una manera de dejar un testimonio de las culturas que conoció. “Y fue ahí cuando comprendió que su misión era convertirse en fotorreportera, no solo para testimoniar lo que veía, sino para darles visibilidad a quienes no la tenían. Trabajaba por el otro y para el otro”. 

foto de Martine Franck

Martine Franck, fotografíada por Cartier-Bresson, el gran maestro de la fotografía, quien fue su esposo.

Foto:

Martine Franck, fotografiada por Henri Cartier-Bresson, Venecia, Italia, 1972. © Henri Cartier-Bresson / Magnum Photos

Foto tomada por Martine Franck

Martine Franck, Basel Carnival, Switzerland, 1977

Foto:

© Martine Franck / Magnum Photos


A su regreso, en 1964, se instaló en París, y fue a la sede francesa de Time Life a mostrar algunas de las imágenes que había capturado. Los encargados no dudaron en contratarla como practicante en el laboratorio de fotografía para que ayudara a los fotógrafos profesionales que estaban de paso por París. Así se convirtió en asistente de los americanos Gjon Mili y Eliot Elisofon, y empezó a publicar sus primeros retratos de artistas y escritores, entre ellos Pierre Alechinsky, Balthus, Pierre Boulez, Marc Chagall, Michel Foucault, Michel Leiris, Sam Szafran y Paul Strand.

Todos sus retratos aparecieron en publicaciones de la talla de Life, New York Times, Fortune, Sports Illustrated y Vogue, un privilegio con el que no podían soñar otras fotorreporteras francesas que no hablaban inglés. Franck dominaba ese idioma perfectamente y con acento americano: si bien su primera lengua era el francés, de niña había vivido en Londres y en Estados Unidos, donde su familia se refugió de la Segunda Guerra Mundial.

Para Franck, una sesión de fotos era más que nada la posibilidad de un encuentro; investigaba antes a su personaje para lograr una conversación espontánea y así, cuando la persona olvidaba su presencia, empezaba a retratarlo. Nunca pedía a nadie que posara, prefería que la persona se revelara como quisiera. “Desde sus primeros trabajos marcó los lineamientos de lo que serían sus temas de interés como fotógrafa independiente —dice el curador—. Nunca se dejó tentar por el reportaje de moda, tan en boga y bien remunerado por esos días”.

“Me gusta estar presente con mi cámara cuando ocurren eventos que considero importantes –decía Franck para la revista neoyorquina Camera Arts–. Me gusta la actualidad que revelan, pero por temperamento y por decisión trabajo sobre todo en temas de largo aliento. (…) Me gusta cuando no hay como pie de foto nada más que una fecha y un lugar. Lo que me impacta de la fotografía es que hay un deseo de comprender y comprenderse”.

Todo esto estaba en sintonía con la época en la que Franck desarrollaba su trabajo. Según explica Donnadieu, “se trató de un momento de mutación, de modernidad y apertura, lo cual hizo que sus búsquedas encontraran eco. Tras los eventos de Mayo del 68 y todos los movimientos contraculturales, revistas femeninas como Vogue, Marie Claire y Elle no querían publicar solo reportajes de belleza, sino encargaban retratos de mujeres ligadas al poder, a la política o a grandes instituciones, por ejemplo”.

Por esa época Franck conoció a uno de los genios de la fotografía: Henri Cartier-Bresson, quien se convirtió en su esposo en 1970. La afición por el arte los unió. No había competencia entre ellos. Al contrario: él la animó siempre a que encontrara su propia voz y, al mismo tiempo, ella evitó asociar profesionalmente su nombre al de su esposo. Incluso rechazó participar en una exposición cuando vio que la tarjeta de invitación decía que la inauguración se llevaría a cabo en presencia de él. “Quería ser reconocida por ella y jamás instrumentalizó la fama de su esposo”, dice Donnadieu.

A medida que fue construyendo un nombre en el mundo del fotorreportaje, empezó a ser convocada por importantes agencias. La primera fue Vu, a la que estaban vinculadas figuras de la talla de William Klein y Édouard Boubat. Después quiso unirse a François Hers, Herve Gloaguen, Richard Kalvar, Guy Le Querrec y Claude Raymond-Dityvon para fundar la agencia Viva. Sin embargo, el proyecto no logró existir por mucho tiempo.

Tras su cierre, Franck se dedicó por entero a retratar la vejez, uno de sus más ambiciosos proyectos que más tarde le valdría su entrada a la prestigiosa agencia Magnum. Para desarrollarlo, se concentró en capturar escenas de la vida cotidiana de personas mayores de la comunidad francesa de Saint-Pierre-de-Chaillot. Frecuentó hospicios y asilos citadinos que más tarde contrastó con imágenes que logró en Japón, China y Estados Unidos, lo que le permitió dar cuenta de las diferentes maneras de concebir la vejez en Oriente y Occidente. Son retratos –como todos los suyos– con un tono íntimo, que lograba gracias a que la idea de la vejez la confrontaba de manera directa: estaba casada con un hombre treinta años mayor.

“Me siento consternada por lo que pasa en el mundo e implicada en lo que me rodea –decía–. No quiero solo ‘documentar’, quiero saber por qué tal cosa me molesta o me atrae. No busco crear una situación y no trabajo nunca en estudio; busco comprender, agarrar la realidad”. El amplio conocimiento de la historia del arte y de la pintura que Martine Franck tenía fue uno de los motivos por los que logró imágenes tan elaboradas, audaces y sofisticadas en términos de composición; llenas de gracia, sobriedad y elegancia, aunque con aparente simplicidad. “Hay que estar listo para saludar lo inesperado”, decía. Y ella lo lograba. L

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