Beatriz González, el camino de la maestra

Beatriz González, el camino de la maestra

El Pérez Art Museum de Miami presenta una completa retrospectiva de la gran artista colombiana.

Decoración de interiores, obra de la maestra Beatriz González.

'Decoración de interiores', obra de la maestra Beatriz González.

Foto:

Cortesía de la artista

Por: Por Fernando Gómez Echeverri
07 de junio 2019 , 09:56 p.m.

“Ya vamos a cerrar”. No tenía tiempo para sutilezas; miré el reloj, pagué la entrada, dije “no importa” y empecé mi carrera de veinte minutos por más de cinco décadas de obras maestras del arte colombiano. La exposición retrospectiva de la artista Beatriz González en el Pérez Art Museum de Miami es probablemente el acontecimiento plástico más importante de todo el año para Colombia. Vale la pena ir. Vale la pena sacar la visa, endeudarse, recorrer Miami, ir al museo y regresar con una de las visiones más completas de Colombia de todos los tiempos. Todavía falta mucho tiempo, en el 2021, dos largos años, para poder verla cuando llegue al Museo del Banco de la República.

“Será post mortem”, me dice la maestra con su mejor carcajada, en su estudio en Bogotá. “Esa exposición en el Pérez es la mejor de todas las que han hecho”, me dice, “en los museos europeos (el Reina Sofía de Madrid, el KW Institute for Contemporary Art de Berlín y el APC-Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos) no había tanto espacio ni tantas obras”. La muestra –que posteriormente irá a la ciudad de Houston– abarca su trabajo desde los años 60 hasta ahora; presenta piezas que son hitos del arte colombiano y que pocas veces –o nunca– se han visto juntas en un museo.

La primera obra maestra de Beatriz González es Los suicidas del Sisga. Este cuadro tiene tres versiones pictóricas y un grabado que, en Colombia, tal vez es la versión más conocida. En la exposición del Pérez Museum están dos de esas pinturas y verlas en vivo es un privilegio. En la primera versión el ramo que sostiene la pareja es de flores amarillas; en la otra, el ramo es de rosas blancas; en la primera imagen el hombre es una versión colombiana de Carlos Gardel y tiene una sonrisa de galán; en la otra hay algo del campesino trágico real y los colores lavados de su ropa son más humildes. La primera tiene un aura romántica que contrasta con la estampa humilde de la segunda versión. La historia de la obra es bastante conocida:

En 1965, una pareja de campesinos fue a la plaza de su pueblo y se tomó una foto antes de suicidarse; entre los dos –con las manos entrelazadas– sostienen un ramo de flores y le sonríen a la cámara. Luego fueron a su encuentro con la muerte. Antes de saltar a la represa del Sisga, en Cundinamarca, dejaron varias cartas y confesaron que se mataban porque se amaban en exceso y por convicciones religiosas no querían tener relaciones sexuales. La noticia causó un terrible impacto nacional. El Espectador publicó la foto original y EL TIEMPO reprodujo la foto publicada por la competencia. La maestra quedó impresionada con la historia y con la imagen, y se quedó con la de EL TIEMPO, porque la imagen plana y con poca tinta de la reproducción iban en la misma línea pictórica que ella estaba buscando; fue un quiebre violento en su discurso visual y vital.

Hasta ese momento, Beatriz González había pintado las grandes obras de arte europeo en sus versiones del tercer mundo (en la muestra también están su fantástico telón de Monet, sus versiones de Velázquez y su Guernica), pero todavía no había entrado de lleno en la realidad nacional. “Primero estaba inspirada en Velázquez, luego en Vermeer; más adelante empecé a entender cómo trascendían esas imágenes en Colombia y eso me llevó a las imágenes populares. Y qué más popular que Bolívar, que la reina Isabel, que John F. Kennedy. Así llegué a estas imágenes, pero en esa búsqueda ya no me servía el óleo fino que utilizaba, sino que tenía que buscar algo que fuera más burdo; y entonces comencé a pintar con esmalte; tampoco me servía el lienzo, y empecé a pintar sobre metal. Todo se fue encarrilando”.

Su obsesión con las grandes obras maestras tenía que ver con la forma en que el gran arte llegaba al público en Colombia. Cuando caminaba por la calle 19 en Bogotá, cerca del edificio donde vivía, y recorría sus mercados populares, empezó a cuestionarse sobre el papel del gran arte europeo. “Una vez iba por la 19 y vi que en el andén vendían unas revistas de enseñanzas para tener sexo, no recuerdo cómo se llamaban, pero en la portada habían escogido un cuadro de Vermeer, quizá el más lindo de él, que es una mujer leyendo una carta con un vestido azul, una cosa exquisita. Adentro incluían otras obras, como El baño turco, de Ingres. ¡Ahí estaban esas obras, ilustrando un boletín sexual! Eso me llevó a la reflexión de cómo nos llega el arte a nosotros. No a los que lo estudian en una universidad, sino al pueblo, a la gente. Así empecé a descubrir un filón que me produjo mucha satisfacción”.

Los suicidas del Sisga, obra de 1965.

Los suicidas del Sisga, obra de 1965.

Foto:

Cortesía de la artista

Diez metros de Renoir, obra de la artista Beatriz González

Diez metros de Renoir, obra de la artista Beatriz González

Foto:

Cortesía de la artista

Televisor en color, 1981. Obra de la maestra Beatriz González.

Televisor en color, 1981. Obra de la maestra Beatriz González.

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Cortesía de la artista

El arte llegaba de maneras inesperadas. Y ella lo reinventaba, lo pintaba de nuevo, lo hacía colombiano, pero con Los Suicidas la realidad del país se incrustó en sus óleos y en sus ojos; entró como un torrente en su obra y en su discurso. “Ni las noticias ni el periódico me han abandonado desde entonces: es una constante en mi obra”. Y ahí está, en el Pérez Museum y en la historia y en nuestra historia, su impresionante obra de Julio César Turbay, esa cortina gigantesca en la que se reproduce un coctel –donde todos ríen con una copa en la mano– en el que se celebra el Estatuto de seguridad, la espantosa política de Estado que –en palabras de la maestra– “mató a Feliza Burzstyn y puso en el exilio a Gabriel García Márquez”. Esa realidad oscura del país nunca se fue de su obra y se afianzó con la toma del Palacio de Justicia, en 1985. “Eso fue un quiebre muy grande para mí”, me dice la maestra, “a partir de ahí ya no me podía reír más, porque todas esas elucubraciones anteriores que hacía siempre conducían a una crítica muy fuerte, pero de cierta forma con un elemento cómico. Lo de Turbay, por ejemplo, la gente decía qué chistoso, pero estaban celebrando que llegaba Camacho Leyva de Roma, el autor del Estatuto de seguridad. A partir del incendio del Palacio ya no podía ser así. Empecé a descubrir el mundo mafioso, el de los paramilitares, el mundo de las víctimas”.

Y pronto se centró en ellas, en las víctimas: en las mujeres que lloran por sus muertos, por hijos y maridos que no aparecen, en los cadáveres que cruzan el río Cauca, que cruzan el Magdalena, que cruzan el país por todos sus puntos cardinales. En los desplazados que cargan sus bultos de pobreza y de tristeza. Pero ese es el final de la exposición. Y todavía hay que hablar de otras obras.

***
La exposición tiene uno de los puntos más altos de toda su producción: sus muebles; esos armatostes fantásticos en los que brillan sus personajes. Su aparición, dice, “fue epifanía. Yo estaba con mi esposo, [el arquitecto Urbano Ripoll], en busca de un almacén de cemento en el barrio Los Mártires, y afuera de la casa a la que llegamos había una cama, en plena calle. Hubo algo que me llamó la atención y le pregunté a la señora que si la vendía. Ella me dijo que sí, y la compramos. Ni siquiera sabía por qué la había comprado ni qué iba a hacer con ella. Cuando llegamos al apartamento en el que vivíamos, vi recostado en la pared al Señor de Monserrate que había pintado. Y de pronto –como si estuviera hipnotizada– lo cogí y lo puse encima de esa cama. Y encajó perfecto. ¡Eran del mismo tamaño: un metro con veinte centímetros! Fue el azar. Yo digo que fue como un objet trouvé intervenido. Ahí inventé los muebles, de ahí en adelante salí a buscar cunas, camas, mesas de noche...”.

Esa obra se llama Naturaleza casi muerta y, por supuesto, está en la exposición del Pérez Museum. Y está la mesa de noche con el rostro de Kennedy, y la cama con la muerte de Bolívar, y el mueble de la Mona Lisa, y un televisor con la cara de Turbay. “A partir de un momento empecé a diseñar los muebles y a mandarlos a hacer para cada obra. Por ejemplo, la mesa para La última cena de Leonardo (La última mesa), que ya fue un objeto único, y que ahora está en la Tate Gallery”. Los muebles son obras hechas en los años 70 y, sin duda, han superado la prueba del tiempo: son rabiosamente contemporáneas. Hay una mezcla indestructible entre el objeto y la pintura que las hace totalmente originales; la muerte de Bolívar (Mutis por el foro), por ejemplo, provoca una risa maliciosa y al mismo tiempo logra transmitir el dramatismo de la imagen y del momento. No es un objeto humorístico: es un pedazo de historia en un formato que, para los críticos de la época, tuvo que haber sido una bofetada. Y, de hecho, lo fue: “Cuando pinté a los próceres, Arturo Abella, el historiador, me acusó de plagio en El Espectador; gané el Salón Nacional con dos retratos de Bolívar que saqué de una mala reproducción de una pintura de Figueroa en la prensa”.

Había varias obras de la exposición que estaban fuera de su orbita cercana; otras no han dejado de convivir con ella: “La Mona Lisa está generalmente en la sala de mi casa. Era un mueble de mi casa paterna en Bucaramanga, se lo pedí prestado a mi papá y claramente no se lo devolví; otras obras como La reina Isabel se pasea por el puente de Boyacá llevaba años sin verla; se la vendí a un cuerpo de paz y luego la compró uno de los mejores coleccionistas de Estados Unidos, que la prestó para la exposición. Me emocionó mucho volver a ver ese cuadro”.

Naturaleza casi muerta, obra de 1970.

Naturaleza casi muerta, obra de 1970.

Foto:

Cortesía de la artista

'Jackeline Oasis', obra de 1985.

'Jackeline Oasis', obra de 1985.

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Cortesía de la artista

Beatriz González, en su taller de Bogotá.

Beatriz González, en su taller de Bogotá.

Foto:

Pablo Salgado


La obra más ‘pop’ de Beatriz González –por usar un término obvio– tiene como protagonistas a personajes de la realidad nacional y, sin duda, su gran figura es Julio César Turbay Ayala. La muestra tiene un quiebre con él; el último mueble de la sala es un televisor con su cara que desemboca en la gran cortina; luego hay un cuadro más en el que aparece Belisario Betancur, y luego viene la oscuridad.

Hasta 1986, Beatriz González había pintado próceres, había reinterpretado obras maestras de la pintura, había pintado a Antonia Santos, a Bolívar, a Kennedy, a Jackie Onassis (personalmente una de mis obras favoritas) y a la reina Isabel, con un fantástico sentido del humor, pero sus palabras son claras: “La toma del Palacio de Justicia lo cambió todo”. Sus pinturas comenzaron a ser más directas. Nunca abandonó el humor ni su paleta de color, pero hoy su obra logra conmover hasta las huesos solo con un golpe de ojo: no se necesita conocer la historia real para ver la realidad que narran sus pinturas. No se necesita conocer la historia política para saber que en esos lienzos está pasando algo cruel. En los últimos años ha logrado que las viudas de la guerra, las madres con sus hijos muertos, las mujeres que lloran con un celular en la mano a la espera de una noticia que no llega, tengan una iconografía artística propia y poderosa; son un símbolo: una iconografía que cobija a todos nuestros muertos, la tragedia de los desplazados y de los inmigrantes venezolanos que tienen que cruzar todo el país con sus pertenencias en la espalda. Su obra es una historia de la violencia de Colombia a todo color.

Y su versatilidad como artista –como la gran decana del arte colombiano– continúa siendo asombrosa: solo hace unas cuantas semanas varias calles de Bogotá aparecieron empapeladas con carteles suyos. En ellos aparecen dos mujeres, una con las manos en la cara, y la otra con un celular en la mano. Ambas esperan noticias. Hoy –y hasta el 20 de junio– los carteles están expuestos en la Galería Casas Riegner, de Bogotá, con varias pinturas recientes, una de ellas es su obra favorita de los últimos tiempos… “Tierra en Barranca, que son unas sepulturas”.

La muestra en el Pérez Museum sirvió para desempolvar otro de sus íconos: su Guernica, el Mural para fábrica socialista, de 1981. En su momento lo donó al Museo de Arte de la Universidad Nacional y estaba oculto en un sótano; en Miami tiene otra vez todo su brillo y todo su poder. Es la donación de la que se siente más orgullosa, “ahora está guardada y hubo que restaurarla”, pero tarde o temprano –añado yo– va a estar expuesta como se merece de manera permanente. Es su destino; porque Beatriz González es –con Fernando Botero– la artista viva más importante de toda una generación que cambió el arte en Colombia. Y lo hizo en una época en la que la mujer no dominaba en otros ámbitos; solo en el arte: “Creo que Marta Traba fue clave en ese aspecto; hizo que surgieran muchas artistas, fue muy clara en esa búsqueda. Ella no discriminaba entre hombres y mujeres. Yo fui la primera artista que expuso en el Museo de Arte Moderno de Bogotá y en 1965 me invitó a la Bienal de Venecia. Ella no ponía diferencias. Por eso, cuando me preguntan si sufrí por ser mujer, digo que nunca, nunca”.

***
Una de las grandes obras de la maestra no está en la muestra del Pérez. Y no está porque no existe: ella misma la cortó en pedazos en la Galería Garcés Velázquez. Se llama (o se llamaba) Diez metros de Renoir y era un dibujo fantástico sobre papel, pero ella decidió venderla por partes. En 1977 pidió con toda la teatralidad del caso “las tijeras de oro con las que Pastrana inauguró el Edificio Coltejer” y vendió trozos de tres centímetros o, el más grande, de un metro con cincuenta. “Luis Caballero siempre me traía rollos de diez metros. Entonces puse los diez metros en mi estudio, en los sótanos de las Torres del Parque, y empecé a pintar el Moulin de la Galette repetido, repetido, repetido. Los amigos que lo veían me preguntaban: qué va a hacer, cómo lo va a vender. Yo decía: ‘Por metros, como Fabricato’. Y cómo lo va a firmar, preguntaban, ‘pues con un sello arriba y abajo’. La llevamos a la galería y Alonso Garcés anunció: la maestra va a vender esto por centímetros. La gente gritaba: no, no… Fue una performance muy chistosa. Es una obra que me fascina”. Y desapareció: hoy solo vive en los libros y la ficha técnica dice: ‘Colección particular, varias ciudades’.

Otras de las obras preferidas fue las que hizo cuando se conmemoraron los 500 años de descubrimiento. “Nacieron de una foto chiquitica que vi de una inundación, la imagen de un remero. Hice varias obras. Una es un indígena tocando un tambor, otra de un indígena solo. Cuando veo esta obra, me pongo a pensar: cómo pude hacerlo. Cómo pude pintarlo”.

Lo hizo. Y toda su obra es abrumadora, devastadora, impactante, divertida, estremecedora y absolutamente luminosa; cada mueble, cada pintura, cada grabado, cada afiche, tiene el ADN de Colombia y del arte universal. Y eso es algo que solo se puede decir de unos cuantos artistas. Mi visita al Pérez Art Museum finalizó con los guardias de sala a mis espaldas. “Señor, ya vamos a cerrar”. La charla con la maestra también termina así; su asistente entra al estudio y le recuerda que tiene una cita pendiente. Me despido, y de pronto me doy cuenta de que tengo que escribir este texto.

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