Dan Flavin, la calidez del neón

Dan Flavin, la calidez del neón

Uno de los padres tutelares del minimalismo, en el Museo de Arte Moderno de Medellín.

Obra de Dan Flavin

'Sin título (a Christina y Bruno)', 1966-1971 Luz fluorescente amarilla.

Foto:

Cortesía Museo de Arte Moderno de Medellín

Por: Fernando Gómez Echeverri
13 de agosto 2019 , 11:33 a.m.

La luz es uno de los grandes misterios del arte; los ejemplos sobran: la pálida luz que entra por las ventanas en las obras de Vermeer e ilumina las mujeres más encantadoras de la pintura holandesa como su joven del arete de perla; la luz amarilla que enmarca la cabeza decapitada de Goliat o la herida de Cristo en Caravaggio. La luz blanca del Guernica de Picasso. Dan Flavin es pura luz. Su obra es historia. Su irrupción en el mundo del arte fue tan contundente que su primera obra de neón lleva la fecha en que la concibió y la creó: La diagonal del 25 de mayo de 1963 (a Constantin Brancusi). 

Flavin –decía– es pura luz; nace de los tubos de luces de neón que se pueden comprar en cualquier ferretería de barrio. Su obra marca el nacimiento del minimalismo, esa palabra que usamos para todo y que, en el Museo de Arte Moderno de Medellín, en la primera exposición individual de Flavin en América Latina, adquiere un nuevo significado. Porque enfrentarse a la obra de Flavin (Estados Unidos, 1933-1996) tiene algo de experiencia religiosa y filosófica; sus obras hablan de una sociedad industrial, pero no tienen el tono del pop escandaloso de Warhol, Rauschenberg y Lichtenstein; todo lo contrario: su obra invita al silencio.

La primera obra con la que se topa el espectador es un muro de luz de 39 metros de largo que atraviesa el pabellón central del museo; son módulos de más de un centenar de cubos verdes fluorescentes que en un primer momento funcionan, literalmente, como una barrera. Me pasó: frené en seco por la emoción y el asombro; no sabía si mirar en silencio o sacar el celular para tomar fotos; dar el primer paso cuesta trabajo. El guion museográfico de la exposición traza una diagonal que lleva al espectador a la sala donde están las primeras obras de Flavin, entre ellas, su famosa Diagonal del 25 de mayo de 1963. Es un tubo de neón amarillo con una inclinación de 45 grados que, según explica el catálogo, es un homenaje a la Columna sin fin, de Brancusi, pero que despertó tantas lecturas como la de una crítica de arte que vio una fantástica erección luminosa. La exposición continúa con otras obras con referencias arquitectónicas de edificios imposibles, rascacielos y monumentos; todo bajo la implacable luz blanca azulosa del neón que todavía ilumina la cabeza de millones de oficinistas en todo el mundo. Y la muestra llega a sus icónicas esquinas, donde Flavin logra no solo un milagro luminoso y atmosférico, sino que mezcla y fija los colores con la maestría de Fra Angélico; rosa-azul, amarillo-rosa, verde-rojo. 

Es imposible –en el caso particular de las esquinas– no trasladar mentalmente sus neones a nuestras casas. La magia del minimalismo también estaba (está) en ese juego: son obras que puede hacer cualquiera; el gran inconveniente es imaginarlas. Y eso fue lo que hizo Flavin: imaginó un universo de luz que estaba en nuestras narices, y logró que fuera arte; él encendió la luz. Las esquinas ofrecen una calidez humana impensable para el neón; tienen el calor de una chimenea.

En la siguiente ala del museo está la parte más ‘fotogénica’ de la muestra; no es posible resistirse a la tentación de pararse en medio de sus cuadrados de luz. Todos llevan un sin título y un paréntesis que es una dedicatoria a unos nombres desconocidos para nosotros; la serie se llama Parejas europeas y los nombres de los personajes, Heidi y Uwe, Karin y Walther, Pia y Franz, Sabine y Holger, Barbara y Joost, Thordis y Heiner, Janet y Allen, Christina y Bruno, eran sus amigos personales. Tal vez por eso es imposible no fotografiarse en el medio: el neón de Flavin también tiene la calidez de la amistad.

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