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¿Hay un 'boom' de escritoras en América Latina?
Escritoras en boom

Cuatro plumas protagonistas: Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón, Fernanda Trías, Margarita García. 

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Alejandra López, Fernando, Fernando Montoro, Cortesía Random House

¿Hay un 'boom' de escritoras en América Latina?

Cuatro plumas protagonistas: Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón, Fernanda Trías, Margarita García. 

Son las más leídas, las más traducidas, las más premiadas. Un fenómeno con raíces en el siglo XX.

La primera entrega del Premio Nobel de Literatura se hizo en 1901. Así empezamos el siglo XX, con el premio literario más importante otorgado por la Svenska Akademien (Academia Sueca). Se les ha entregado a 117 personas, 101 hombres y 16 mujeres. El autor más joven en recibirlo fue el británico Rudyard Kipling en 1907, cuando tenía 41 años, y la escritora más longeva fue Doris Lessing, que tenía 88 al obtenerlo en 2007.

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Cien años de diferencia entre estos dos premios y a Lessing le tocó duplicar la edad de Kipling para recibir el premio. En estas latitudes, la única autora latinoamericana elegida por la Academia Sueca ha sido Gabriela Mistral en 1945, pues los otros son de Asturias, Neruda, García Márquez, Paz y Vargas Llosa. Estas diferencias pueden verse de forma crítica o radical, pero, como sea, son importantes, sobre todo porque no son un accidente o una casualidad; hacen parte de una fuerza que ha corrido a contracorriente en lo que se esperaba que fuera por siempre un agua mansa.

No puede seguir siendo un tabú hablar de los privilegios masculinos en la sociedad. En América Latina, los roles de género y los estereotipos, incluso intelectuales, han marcado nuestra forma de concebir el mundo. Por eso, y si solo hablamos de la literatura de este lado del planeta, el gran boom latinoamericano tiene nombres propios: García Márquez, Cortázar, Fuentes y Vargas Llosa, pero también Asturias, Rulfo, Onetti, Borges, Donoso. Sí, todos hombres. Y no fue casualidad lo que dejó a las autoras del siglo XX por fuera, fue una elección deliberada que hace parte de una de las paradojas de la vida: detrás de la genialidad de esos escritores hubo una editora, sí, una mujer. Carmen Balcells tenía clarísimo que dentro de las lógicas de la intelectualidad y la inteligencia racional, una historia, la que fuera, contada en voz masculina podía ser un best seller, mientras que las mujeres debían seguir siendo el ángel del hogar, como ese poema de Coventry Patmore que tanto criticó Virginia Woolf.

La escritora argentina Mariana Enríquez.

Foto:

Getty Images

Pero claro que, al mismo tiempo, las mujeres también estaban escribiendo, publicando y circulando en cafés literarios, revistas y librerías. En Colombia, Albalucía Ángel ganó en 1975 el Premio Vivencias en Cali por su novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, un paradigma de la literatura colombiana.

También estaban en Brasil Clarice Lispector y Nélida Piñón, en Argentina Silvina Ocampo, considerada una de las mejores cuentistas del cono sur, y su hermana Victoria Ocampo, una mujer clave para el pensamiento crítico y fundadora de la revista Sur; Elena Poniatowska, la mexicana nacida en Francia que a hoy tiene más de 126 títulos publicados, y Elena Garro, que con Los recuerdos del porvenir reinventó la gran novela social y política de Centroamérica; María Luisa Bombal en Chile, Carmen Ollé en Perú, Hilda Mundy en Bolivia. Ahí estaban, siendo la otra frontera, la otra orilla.

Entonces, ¿por qué apenas ahora las leemos? O, si las mujeres hemos escrito desde siempre, ¿por qué ha resultado llamativa la hipótesis de un nuevo boom literario ‘femenino’?

Nona Fernández, escritora chilena.

Foto:

Gonzalo Donoso

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En el río de la literatura, al que se puede entrar por muchos lados, las mujeres también nadaban; porque lo hemos estado haciendo siempre, solo que en otro sentido. Por eso no es nueva nuestra voz. Pero sí debemos reconocer que son nuevos los caminos; unos que nos han permito incluso cambiar la forma en la que fluye el agua.

Con el ideario feminista diverso y potente, que ha tomado cada vez más fuerza desde los años 90, y que se inició en los movimientos sociales –Ni una menos, los pañuelos verdes, Me too, por mencionar solo algunos recientes–, se generó una grieta en las puertas del mundo letrado: la academia, el escenario intelectual, los intereses lectores.

De cara a esto, dice la escritora Fernanda Trías, “las editoriales tomaron ese interés y lo volvieron un fenómeno; pero esto no estaría ocurriendo sin la movida feminista”. De ahí que el camino ensanchado no sea solo literario, sino social. Así que, tras las luchas de equidad, las escritoras invisibilizadas de otras generaciones y las autoras más recientes hoy ocupan las primeras filas.

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En la última década, las reediciones, las nuevas publicaciones, el surgimiento de editoriales independientes se han enfocado en responder a un nuevo interés literario y lector, pero también político: las mujeres escribimos, y venimos haciéndolo desde hace siglos. Así que lo más importante no es comparar la proliferación actual de escritoras con lo que fue el estallido comercial del boom del siglo XX, ese no es el punto real; pues el interés de hoy no es crear una nueva competencia entre el género que está detrás de la buena literatura. Eso sería reducir el fenómeno literario actual a un carácter de ‘revancha’, en el que las mujeres no estamos interesadas. El foco está donde debe estar: en la calidad, una que hoy en día no se asocia con los ya casi obsoletos géneros literarios tradicionales o las búsquedas del siglo pasado.

“¿A qué se debe entonces este fenómeno actual?
Debo decir que escribir durante siglos en las sombras produjo su
propia luz”.

¿A qué se debe entonces este fenómeno actual? Debo decir que escribir durante siglos en las sombras produjo su propia luz. Mientras el foco había estado en la hiperproductividad literaria, en la búsqueda de narrativas vendibles, en reforzar el imaginario de los escritores como seres iluminados, en esa fantasmagoría de una comunidad letrada, en que la industria y el mundo del libro siguiera engordando el canon; las mujeres reinventamos, en la tras escena, no solo las formas, sino las voces, los intereses literarios, los temas.
Y, cuando se hizo pública, esa renovación se convirtió en el ojo del huracán que venía para cambiarlo todo. Esto lo nombró de manera magistral Tamara Kamenszain, que un mes después de haber sido reeditada este año en Argentina falleció.“(…) porque las mujeres no escribimos
para convencer a nadie.
Por eso la poetisa que todas llevamos adentro
busca salir del clóset ahora mismo
hacia un destino nuevo que ya estaba escrito
y que al borde de su propia historia revisitada
nunca se cansó de esperarnos”.

Pilar Quintana, escritora colombiana.

Foto:

Claudia Rubio/EL TIEMPO

Esa “historia revisitada” de la que habla Kamenszain a algunas les llegó muy tarde; y a muchas ya no las podremos escuchar en charlas ni clases de escritura o Ferias del Libro, porque cuando eso hubiera sido posible no las publicaban, y murieron casi en el anonimato. Pero, por otro lado, está la obra y el contundente surgimiento de espacios que no solo les están dando voz a las mujeres escritoras, sino que permiten, como dice la investigadora mexicana Azuvia Licón, “la legitimidad de una exploración, desde lo literario, de lo que significa ser mujer como sujeto no hegemónico”. El siglo XXI hizo evidente ese deseo que existió por borrar a las mujeres del mundo letrado, y también hizo explícito el control sobre los medios de expresión y el espacio público.

Por ello, aparece una realidad cultural: el debate y la revisión del género en el género, para romper esos prejuicios de la escritura y ayudarnos a desmitificar la rigidez de la literatura y también del mundo. No es cierto que la novela (la intelectualidad, el mundo público, los grandes discursos) es un terreno que les pertenece a los hombres, y la poesía (lo íntimo, lo emocional, lo privado), a las mujeres. Vemos entonces que, y en esto se detiene enfáticamente la escritora Alejandra Jaramillo, “ya estamos más dispuestos y dispuestas a ver qué hacen las mujeres; hay una curiosidad por saber qué es el mundo de las mujeres”. Todo como parte de un espíritu de época reivindicatorio, justo y necesario.

Liliana Colanzi

Foto:

Cortesía Laguna Libros

***
Por otro lado, quitándole el prejuicio al marketing, también se vale decir que si bien la proliferación de autoras no surge como marca editorial en lo que llevamos de este siglo, no se puede negar que las oportunidades de edición, reedición, traducción, venta y lectura se dan gracias a la demanda que ahora sí es viable. “No se puede dejar de lado lo mediático y lo comercial, el espacio de consumo; hay una exigencia de lectura y las editoriales estamos respondiendo a ello”, rescata Salomé Cohen, editora de ficción de la Editorial Planeta. No está mal admitir que las editoriales están interesadas en publicar mujeres y los lectores, en leerlas; la lógica del capital que se mueve en la industria editorial también es una realidad y, en vez de criticarla –y caer en un anacrónico romanticismo literario–, debemos celebrar que las mujeres hoy podemos escribir y vivir, al menos en parte, de eso.

Con esta nueva exigencia, todo el movimiento del libro –su proceso de creación, edición, publicación y circulación– develó que si bien hay mayores apuestas editoriales con enfoque de género, tanto en el sector independiente como en el más comercial, también el fenómeno ‘femenino’ se ha acentuado por varios factores. Uno de ellos es la descentralización de las voces literarias hegemónicas (lo masculino, hetero, cis, blanco), que ha permitido la visibilización de otros bordes literarios. Ahí aparece la exploración de géneros nuevos e híbridos; por ejemplo, Verónica Gerber, que oscila entre lo narrativo, lo poético y lo gráfico; Margarita García Robayo con la autoficción y la primera persona como herramienta narrativa, o Eliana Hernández con una poesía narrativa y visual. Hay una latente exigencia al mundo editorial para que abra todos sus sentidos a nuevas búsquedas escriturales.

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En ese camino, apareció un tema complejo de circulación y representación de la poesía, el género de las entrelíneas dejado de lado; “en ese sentido, las editoriales independientes les están apostando a cosas diferentes, y las cosas diferentes las están escribiendo las mujeres, pero la poesía sigue siendo poco comercial”, afirma Tania Ganitsky, poeta y editora de La Trenza, fanzine dedicado exclusivamente a la poesía escrita por mujeres.

Otro factor que reforzó este interés literario es la actual apertura a voces y escrituras que pertenecen a sectores de disidencia. Los movimientos sociales que permean el mundo y están marcando la pauta lectora y editorial han sido lo suficientemente fuertes como para desdibujar cada vez más los mecanismos que han sido excluyentes.

La mexicana Fernanda Melchor.

Foto:

Pola Hurtado

Por eso es posible –y loable– que en las primeras filas literarias también estén presentes mujeres trans, lesbianas y otras disidencias del sistema sexogenérico tradicional; autoras y escrituras que están ampliando el abanico de lo que entendemos como literatura, pero también del ser mujer. Ensanchando esa vertiente están, por ejemplo, Claudia Rodríguez en Chile, Raquel Salas Rivera en Puerto Rico, Esdras Parra en Venezuela, Lía García en México, Rita Indiana en la República Dominicana y Camila Sosa Villada, la argentina que se convirtió en la primera mujer trans en ganar el premio Sor Juana Inés de la Cruz en 2020, y en recibir este año el premio catalán Finestres de Narrativa.

***
A propósito de los premios, ese ha sido otro de los factores determinantes en los últimos años. Desde que Samanta Schweblin fue finalista del Booker Prize internacional en 2017 por su novela Distancia de rescate, la literatura latinoamericana escrita por mujeres se puso en el foco del mundo letrado anglosajón.

Se presenta aquí la confluencia de varios intereses: mujeres haciendo literatura de calidad, novedosa, profunda, innovadora y, además, en muchos casos explorando géneros literarios que habían sido dominantemente masculinos; como la ciencia ficción, la fantasía o la narrativa histórica. Todo esto en conjunto ha producido una resonancia internacional y un interés potente por que las escritoras latinoamericanas que escriben originalmente en español sean conocidas en otras partes y en distintos idiomas.

La escritora chilena Lina Meruane.

Foto:

AFP


Aterrizaron así las autoras latinoamericanas en revistas, periódicos y editoriales de otras latitudes, y están llenado también los catálogos literarios de traducciones al portugués, al inglés, francés, alemán e italiano. En estos aparecen ya escritoras como las argentinas Mariana Enríquez, Gabriela Cabezón Cámara y Dolores Reyes, por Bolivia Liliana Colanzi y Giovanna Rivero, de Uruguay Fernanda Trías y Vera Giaconi, por Colombia Pilar Quintana y Cristina Bendek; Nona Fernández, Lina Meruane y María José Navia por Chile, o Gabriela Alemán, María Fernanda Ampuero y Mónica Ojeda por Ecuador, también Laia Jufresa, Jazmina Barrera y Fernanda Melchor en México.

Han sido distintos países, varias generaciones de mujeres, muchos géneros literarios; todos elementos que se han cruzado gracias a una mayor apropiación social y cultural. Y así lo confirma la periodista y escritora Mónica Parada Llanes, “no es gratuito que hoy día haya más mujeres ocupando cargos de mayor relevancia: jefes de edición, directoras editoriales, traductoras y publicaciones completas a cargo de equipos de mujeres. Además, como un efecto en doble sentido, gracias a eso se ha dado el fenómeno también de mujeres que queremos visibilizar a otras mujeres”.

María Fernanda Ampuero, escritora ecuatoriana.

Foto:

Isabel Wagemann

Todo se ha juntado, y entonces el mundo parece más grande, porque ahora nos podemos ver más y, desde muchos lados, aparecen nuevos faros. Así que, en medio de todo eso, lo que sucede hoy con la literatura escrita por mujeres se ha potenciado también gracias a la generación exponencial de más plataformas y medios de visibilización. El mundo literario no se reduce solo al libro impreso y al mundo editorial tradicional.

La tecnificación del siglo XXI es lo que nos permite saber que hoy en día hay más mujeres escribiendo, siendo publicadas y leídas; los medios electrónicos, la distribución transnacional, también la ampliación en la audiencia literaria gracias al internet, blogs, redes sociales y las nuevas formas de difusión cultural.

“Es verdad que la esquina letrada ‘clásica’ abrió espacios para cambiar la ausencia de representación que existía, pero las dinámicas de la sociedad y del mercado han cambiado porque existe ahora una comunidad más amplia debido al mundo digital y audiovisual; ahora hay mayor acceso para todo tipo de público”, reconoce Carolina Sánchez, librera y cofundadora del pódcast Libreros Eléctricos en Colombia.

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El mundo literario se desbordó. La literatura salió de los anaqueles y las librerías, se volvió menos ceremoniosa, más pública, más democrática, y creó así un camino a la compensación de una deuda histórica. Por ello, la perplejidad de la literatura escrita por mujeres no debería darse por nuestro sexo; pensar eso sería tan reduccionista como pensar que somos un segundo boom; en cualquiera de los dos casos se manifiesta una situación de enorme disparidad con la que nos habíamos acostumbrado a vivir y habíamos normalizado. La visibilización, entonces, no es solo un tema de obsesión, moda o género; es una forma de decir que antes no ser vistas pudo haber sido incluso una forma de ser libres, pero ya no. Ahora tenemos un lugar y lo habitamos.

El río había tenido un solo cauce, pero eso cambió, y si hay una herencia no es la del boom canónico y masculino, es la de las mujeres que en ese momento no salieron a la luz, porque no las dejaron, porque no las comercializaron o porque eran poco leídas. De ellas vienen las aguas del río actual por el que se entra desde muchos lados, riberas para todas las escritoras que son hoy un vehículo para crear; así que no son un estallido –metáfora simple–, sino un tsunami. La literatura escrita por mujeres hoy es casi un fenómeno de la naturaleza que había estado gestándose en las raíces de las selvas y empezó a trepar hasta formar un huracán, una contracorriente; la posibilidad de un mundo literario de más largo aliento. 

En la Feria del Libro de Bogotá habrá una charla sobre el ‘boom en clave femenina’, el 17 de agosto, a las 4 p.m.

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