Margo Glantz: el salto del tigre

Margo Glantz: el salto del tigre

El autor Juan Cárdenas escribe sobre la obra de la mexicana, invitada a la Feria del Libro.

Margo Glantz

La escritora mexicana Margo Glantz hablará en la Feria del Libro el miércoles primero de mayo, a las tres de la tarde.

Foto:

Lisbeth Salas

Por: Por Juan Cárdenas
23 de abril 2019 , 12:27 p.m.

 

Hace unos meses Margo Glantz se definía a sí misma en sus redes sociales como una “paleomillennial”, chiste agudísimo que no solo alude con sabia ironía a su condición de tuitera de 88 años, sino, por encima de todo, a la mirada peculiar de quien escribe desde la simultaneidad de muchos tiempos, como el Ángel de la Historia de su adorado Walter Benjamin, siempre vuelto hacia las ruinas del pasado, empujado por el viento huracanado que viene del paraíso. Sin embargo, la contemplación de aquella catástrofe que es el mundo, que son todas las cosas humanas cuando se las mira a contrapelo, no cede jamás a una nota de fanfarria solemne. Por el contrario, la mirada omnívora, antropofágica de Glantz se resuelve en la elección de un tono donde la inteligencia y la melancolía son instancias de una rara forma de ternura cruel. De ahí que su escritura se incline hacia la colección de detalles, de indicios, de ready-mades que Glantz va zurciendo en sus libros como quien confecciona un tapiz. La metáfora textil describe bien el procedimiento, pues lo que va apareciendo con el avance de la lectura de sus libros es una trama, no una simple antología de fragmentos eruditos y observaciones más o menos caprichosas. Y cuando digo trama, me refiero al doble sentido de tejido y de intriga. Los libros de Glantz parecieran inscribirse –quizá de manera involuntaria– en una tradición cabalística donde el sentido brota a partir de la combinación mágica de los fragmentos, ya no a través de los rudimentarios métodos deductivos o inductivos de los detectives clásicos. Su tratamiento de los indicios apunta más a la postulación y a la conjetura sobre la naturaleza del crimen que a su resolución mecánica. Es como si Glantz estuviera todo el tiempo diciéndonos: hay un misterio, se ha cometido un crimen, un crimen cuya forma no alcanzamos a atisbar, un crimen que es la fuente de nuestro mayor gozo y nuestra más horrible tragedia, vivimos cotidianamente sobre las huellas de ese crimen y, por alguna extraña razón, no las percibimos como tales, así que es nuestra labor detectar y leer esas huellas en una determinada clave de sospecha, de dulce y serena paranoia, si tal cosa es posible. Glantz demuestra así una sutil vocación forense en su obsesivo retorno a determinados lugares del crimen: la conquista de América, los campos de exterminio nazi, la misoginia en todas sus variantes, los zapatos, el pelo, la poesía de Sor Juana, los perros, las revistas de moda, los dientes, los museos, los viajes, las prótesis. En pocas figuras intelectuales se cumple con tanta sencillez y elegancia el mandato de Rimbaud de ser absolutamente modernos, pero algo así solo es posible gracias a la íntima relación de Glantz con el ya mencionado Walter Benjamin, para quien la moda es “un salto del tigre hacia el pasado”. Margo Glantz es, digámoslo de una vez, nuestra maestra, nuestra aliada y amiga que vino del futuro. 

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