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'El dinero y la información son nuestros nuevos dioses'
Rumaan Alam

Rumaan Alam, de 44 años, es autor de dos novelas más y es creador de un pódcast para Slate.

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David A. Land

'El dinero y la información son nuestros nuevos dioses'

Rumaan Alam, de 44 años, es autor de dos novelas más y es creador de un pódcast para Slate.

El autor estadounidense Rumaan Alam puso de pie a la crítica con su novela Dejar el mundo atrás. 

En medio de nuestra conversación, la señal de internet falla. Puede ser la mía. Puede ser la de Rumaan Alam, escritor estadounidense y autor de Dejar el mundo atrás: una novela sobre el inicio del fin, del derrumbe de la civilización, de la fragilidad de las comunicaciones en estos tiempos líquidos en que dependemos de nuestros computadores y de nuestros celulares para casi todo.

Su imagen se congela, su voz desaparece: el frágil vínculo digital que nos une se transforma en un abismo que, por varios segundos, nos separa. Al regresar la conexión, nos buscamos como dos hombres perdidos en un bosque: ¿estás ahí?, ¿no te veo?, ¿me escuchas?, ¿dónde estás? Y al volver a vernos y a escucharnos, nos reímos: es irónico que esto suceda justo cuando hablábamos de lo frágiles que somos a merced de internet.

(Puede consultar: Tormenta solar: esto es lo que pasaría con el internet en la Tierra).

A diferencia de nuestra situación transitoria, los personajes de Dejar el mundo atrás no regresarán jamás de ese abismo. No lo saben, pero es así. Una pareja (Clay y Amanda) viajan con sus dos hijos a una lujosa casa de campo para pasar unos días de vacaciones. Sin embargo, en medio de la noche, llega una pareja afroestadounidense que dice ser la dueña de la casa. Desconfían: ¿cómo dos negros pueden ser los dueños de una casa tan linda, tan de buen gusto? Además, su razón para aparecer allí es absurda: un apagón en Nueva York. Sin embargo, ese es el inicio del fin: internet cae, las noticias enmudecen, los animales huyen, el silencio se asienta con la viscosidad de la baba y un ruido aterrador desgarra fugazmente todo. Nadie sabe nada, y no saber es el ataque directo contra una civilización que cree saberlo todo al mirar su celular.

El libro de Rumaan Alam es editado en español por el sello Salamandra.

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Archivo particular

Esta distopía, que su propio autor no llama así, catapultó a Rumaan Alam a las listas de los libros más vendidos de su país, le granjeó el beneplácito de la crítica e hizo que los derechos de la obra fueran vendidos a veintitrés idiomas para su traducción. Además, Netflix está planeando una adaptación con Julia Roberts y Denzel Washington como protagonistas. Alam se siente afortunado por este éxito repentino y, a diferencia de muchos escritores, no mira esto como algo por lo cual intimidarse, al contrario: lo motiva a seguir escribiendo.

(Consulte: Documentales sobre el 11 de septiembre en Netflix y otras plataformas).

En muchas historias distópicas el foco suele ponerse en lo que pasa tras la catástrofe: el mundo de los sobrevivientes. En Dejar el mundo atrás, usted narra los momentos iniciales del desastre, ¿por qué este cambio de perspectiva?

Esto sucede porque, en muchos sentidos, para mí no es una novela distópica. Es un libro sobre la vida contemporánea y la manera en que dependemos de la información, sobre todo aquella que tenemos al alcance de la mano en nuestros teléfonos. Nuestros teléfonos están diciéndonos constantemente qué pasa en Haití, en Europa del Este, en Afganistán. Esto es mucho para pensar y procesar, porque las noticias nos dicen que todo está colapsando, que estamos cerca del final. Así que quería explorar eso: la constante sensación de que estamos a un paso del desastre, de que no tenemos poder ni esperanza. Que no es más que ese sentimiento que día a día experimentamos. Y aunque el libro ha sido considerado una distopía o un thriller o una historia de terror, para mí es sobre la realidad.

Mientras leía el libro pensaba: “vivimos en una cultura de la noticia de última hora”…

Esto te crea una falsa sensación de protección. Y la verdad es que no te protege para nada, porque tu instinto natural es olvidar. Si pensamos en el inicio de la pandemia, todo lo que queríamos era datos y más datos. Pero finalmente esto se convertía en una carga, porque no había y no hay un filtro de qué información es real y cuál no. Y ambas cosas, lo real y lo falso, conviven en tu memoria. Esto es peligroso, porque, al menos en mi país, hay un discurso amañado sobre que si quieres información, la puedes conseguir. Y no es cierto. Esta cantidad inabarcable de datos ha permitido que existan las teorías de conspiración o los movimientos antivacunas.

(Vea: Las teorías conspirativas que se han divulgado sobre el 11 de septiembre).

Esto se representa en el libro cuando los personajes están ávidos de información, pero al buscarla en sus celulares no la encuentran. El pánico es la falta de datos, ¿no?

Exactamente. Estos personajes quieren saber, buscan la información en sus pantallas, pero no se dan cuenta de que están buscando en el lugar equivocado. La información existe, está allí en el entorno. Pero no saben mirarla. Solo Rose, la hija del matrimonio, se aventura a buscar los indicios que ha logrado identificar. Y esto es verdad sobre nosotros: hemos perdido la habilidad de observar de manera humana. Ahora dependemos sí o sí de la tecnología. Y no sé hasta qué punto la tecnología es completamente confiable. Esta fe en la información no es benéfica.

Los personajes del libro no son creyentes. Sin embargo, sí tienen fe en otras cosas a las que aferrarse: la información, los datos, el dinero, ¿hemos reemplazado el concepto de ‘dios’ por estos nuevos dioses del capitalismo?

Esta perspectiva es bastante interesante, ¿sabes? Probablemente suceda así. En esta cultura tenemos mucha fe en el dinero, sobre todo. Creemos que nos protegerá. Y en algunos casos lo hace: te ayuda si estás enfermo, evita que desgastes tu cuerpo en labores físicas extremas. Pero el dinero no te puede proteger por siempre. Uno de los casos más emblemáticos es el cambio climático. Por más rico que seas, no podrás gambetear los efectos de esta catástrofe. Claro, los más pobres están sufriendo más, como siempre ha sido el caso. Pero sí creo que el planeta nos iguala: estamos acá, no podemos huir. Jeff Bezos puede ir al espacio, pero tiene que regresar. Punto. No había pensado hasta ahora en todo esto. Pero tiene mucho sentido. Sí, el dinero y la información son nuestros nuevos dioses.

(También: Jeff Bezos invierte millones en empresa para buscar la ‘eterna juventud').

Desde mi perspectiva de colombiano, Estados Unidos es un país bastante extraño: está obsesionado con su propio fin, con su propia destrucción. ¿Por qué tantos libros, películas, series tienen por narrativa el fin de los estadounidenses y no su futuro?

Esto es un acto de ego. La idea que Estados Unidos tiene como país sobre su propia importancia en el mundo es demasiado grande. Si uno ve una película como El planeta de los simios o El día después de mañana, el símbolo de la destrucción planetaria es la Estatua de la Libertad. En otras palabras: si el símbolo de los estadounidenses cae, automáticamente se convierte en el símbolo del fin de todas las civilizaciones. Además, creo que la idea de que es el ‘fin’ tiene algo de liberador: si no hay un futuro, no tienes que intentar hacer las cosas diferentes. Y la realidad es que no es el fin, hay un futuro que tenemos la oportunidad de construir todos los días. Pero, en cambio, decidimos no hacer nada por ese futuro.

Su libro piensa sobre nuestra fragilidad como especie. Lo aterrador acá no es algo tangible, es la zozobra, un ruido atronador, es el no saber…

Así es como la realidad es para mí. Lo aterrador no es un asesino en serie o una nave extraterrestre. Lo aterrador es la vida cotidiana, que está hecha de un montón de cosas que no puedes ver. Los personajes del libro no son testigos de algo, nada con forma o cuerpo sucede. Los recorre un sentimiento de que hay un peligro mayor allí afuera y que no pueden identificar. Todos conocemos a alguien que contrajo una enfermedad, que sufrió un accidente, que tuvo una experiencia cotidiana que le cambió su vida para siempre. A pesar de esto, no dejamos de vivir. Somos conscientes de que todo esto que no podemos controlar hace parte de la carga de la existencia. Y para mí eso es muy aterrador.

Me llamó la atención la manera en que estos personajes interactúan con los objetos. Al inicio, hay muchos productos, marcas, un regocijo en estas comodidades. Pero a medida que la historia progresa, los objetos pierden su valor. ¿Qué dicen los objetos de nosotros?

Creo que en una situación del fin de los tiempos, los objetos perderían todo su valor. En este país, y estoy seguro de que también sucede así en Colombia, lo que compras se convierte en parte de tu historia como persona. Se puede hacer toda una caracterización estereotípica sobre quién eres de acuerdo a si compras la marca barata de pan o la cara, o el pan con gluten o el orgánico. Pero cuando le quitas a alguien todo eso que adquiere por medio de sus compras, lo dejas en una situación de vulnerabilidad extrema. ¿Cómo identificar a alguien entre la masa si no tiene sus ropas, su dinero, sus objetos de clases? ¿De qué otras maneras puede explicar su individualidad si ha perdido su propio marco individual? Este culto por los objetos es un instinto primario que tenemos como habitantes de este sistema capitalista.

(Siga leyendo: Amazon pasó de vender libros en su inicio hasta diamantes en la actualidad).

Amanda es un personaje que podría decirse que es progresista, sin embargo, duda del otro y no puede creer que una pareja afroestadounidense pueda tener una linda casa de campo (o buen gusto). ¿El racismo en Estados Unidos se mueve de maneras solapadas?

Es algo muy cotidiano. Es muy fácil señalar al que dice “odio a los negros, odio a los judíos, odio a los latinos, odio a los gais”. Más difícil es saber que existe una sociedad soterrada que sí odia a los negros, a los judíos, a los latinos, a los gais. Amanda, finalmente, es un producto del ‘sueño americano’ y cree que hay suficientes motivos para desconfiar del otro, del diferente, del negro. Y esto es porque todos los productos culturales en el último siglo han dicho que las personas negras son peligrosas. Ella no solo es un verdugo por todas las cosas feas que dice, sino que también es una víctima de este adoctrinamiento mediático.

¿Qué tanto impone estereotipos el mercado editorial en Estados Unidos? ¿Qué tanto un escritor racializado debe hablar desde estas supuestas experiencias? O un autor gay, o una autora.

¡Demasiado! Lo digo como un escritor gay racializado. En esta sociedad el esencialismo está muy arraigado. Esto es algo que cambiará para las generaciones futuras. Pero en este presente, estas imposiciones editoriales y mediáticas están en todo lugar. Cuando mi hijo mayor tenía dos o tres años, vio a una mujer cargando cajas. Y automáticamente dijo: “las mujeres no pueden hacer eso”. Quedé sorprendido, ¿de dónde sacó esas ideas tan machistas? Y caí en cuenta de que probablemente de los libros que le leía antes de dormir. Puede que allí haya una idea de lo que en Estados Unidos es un hombre o una mujer. Esto es solo un ejemplo, porque con los demás temas (raza, orientación sexual) también sucede lo mismo. 

(Puede interesarle: Freda Sargent y la desafortunada sombra del machismo colombiano).

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