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‘Solo el conocimiento resuelve las situaciones graves’
Miguel Pita

Miguel Pita también es autor del libro El ADN dictador, sobre las claves de la influencia de la genética.

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Cortesía Editorial Periférica

‘Solo el conocimiento resuelve las situaciones graves’

El genetista y biólogo celular español Miguel Pita escribió el libro Un día en la vida de un virus. 

Miguel Pita es doctor en Genética y Biología Celular, pero tiene alma de contador de historias. Su trabajo diario se mueve entre laboratorios y documentos científicos –también en salones de clase: es profesor de la Universidad Autónoma de Madrid–. Sin embargo, ha logrado sacarle tiempo a su gran pasión: el cine. El thriller es su género preferido. Ha hecho algunos cortometrajes y documentales; incluso ha dirigido videoclips de grupos de rock de su país. También ha escrito libros en los que su gusto por el suspenso se mezcla de forma perfecta con los datos científicos. Logra sumar ambos mundos.

En su libro más reciente, Un día en la vida de un virus, Pita describe en qué consisten “estos fragmentos dispersos de material genético” y para hacer el cuento más entretenido da vida a dos personajes: dos virus literarios que le sirven para llevar de la mano al lector por su mundo, sus orígenes y sus efectos. Y lo hace de una forma que captura la atención e impide que el libro se suelte antes de llegar a la página final. Pita decidió escribirlo a mediados del año pasado, cuando la pandemia empezaba a mostrar sus efectos y se percibía entre la gente la falta de información acerca del nuevo coronavirus. “Me di cuenta de que había muchas dudas en la población sobre este virus en particular y los virus en general. Había mucho desconcierto. Entonces intenté dar una explicación que fuera sencilla –dice, desde Madrid–. En ese sentido elegí crear dos personajes –son virus, sí, pero desde el punto de vista narrativo son personajes– y hacer más fácil la lectura”.

Del momento en que escribió el libro a hoy, ¿qué lo ha sorprendido del comportamiento de este virus?
Es verdad que al hacer el libro estaba pensando en los virus en general, pero tenía muy presente este coronavirus y expuse lo que era lo lógico que ocurriese con él. Cosas como que aparecieran mutaciones, que fueran surgiendo las vacunas. Es decir, había hechos que no habían ocurrido todavía pero que se podían anticipar. En ese sentido se ha comportado como se esperaba: es un virus que desafortunadamente tiene la capacidad de generar una pandemia, pero que no es nada que los científicos desconocieran. Sin embargo, sí hay un rasgo que me sorprende mucho, y es lo diversas que son las afecciones que provoca. Lo variado que es en sus efectos. Hay gente a la que no le causa ningún problema y hay otra a la que le produce problemas gravísimos. Eso a veces ocurre con otros virus, pero con este resulta ser muy extremo. Porque no solo es que haya casos leves –que pasan desapercibidos– y graves –que causan la muerte–, sino que no se limita a generar problemas de carácter respiratorio, que es lo que se esperaría, sino también en otros órganos. Y a veces, incluso, en la propia respuesta inmune. En ocasiones, el mayor efecto es que desconcierta a nuestras defensas. Las vuelve locas. Eso por definición es un virus grave.

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En el libro plantea que mientras más contagioso es un virus, menos agresivo. ¿La agresividad de este y sus variantes le llaman la atención?
No tanto. La dinámica que estamos observando no me parece inesperada. Aunque acabo de comentar que hay casos que son graves, cuando lo veamos en perspectiva vamos a definir este virus como poco agresivo. Su letalidad está muy por debajo del cinco por ciento. No se parece en nada a otros virus que suben del diez. Pensemos en el ébola, por ejemplo. Viéndolo dentro de veinte años –porque ahora resulta feo decirlo, tenemos gente que está sufriendo mucho por su causa–, será un virus poco agresivo. Claro, hay millones de muertos porque hay muchos más millones de contagiados. Las variantes también están comportándose dentro de lo esperado. Lo cierto es que sí son más contagiosas, no sabemos si son más agresivas. Pero no estamos todavía en un momento como para pensar en su evolución a largo plazo. Esa idea de que vaya a evolucionar hacia un virus que conviva con nosotros de una forma menos agresiva llegará, pero puede que todavía esté lejos. Quizá nos falten cinco añitos. Quizá.

La opinión está bien para discutir sobre fútbol, pero cuando estamos hablando de pandemias no vale absolutamente nada.
La de nadie.

Cinco añitos, dice...
Pueden ser dos o tres. Y eso no quiere decir vayamos a tener una pandemia por esos años más. Pensemos en un modelo que conocemos, el de la gripe: saltó a nuestra especie hace poco más de cien años y generó una pandemia gravísima que duró algo más de un año. Después se mantuvo con picos, pero no ha desaparecido. Demoró un año largo en empezar a dar bandazos y establecerse en la población de forma recurrente y con menos agresividad. No sabemos si con el coronavirus ya estamos viviendo esa etapa, o va a tardar.

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En la historia que narra, con sus virus protagonistas, llega primero el desarrollo de tratamientos que las vacunas. Aquí resultó al revés...
Sí, y creo que es consecuencia de las decisiones que se han tomado. El tratamiento se buscó con una estrategia que no ha resultado ser tan rápida. Se ha invertido más en conseguir la vacuna. Es lógico, y también afortunado, que hayan tenido éxito tan pronto. Por otro lado, si nos fijamos en los tratamientos, en general la estrategia que se ha utilizado no ha sido buscar nuevos medicamentos, sino intentar que algunos de los que ya conocíamos funcionaran. Tenía lógica hacerlo de esta manera porque hay tratamientos que son eficaces contra virus similares a este. Se esperaba que reutilizando moléculas que ya estaban diseñadas hubiera alguna que funcionase. Han aparecido unos que trabajan más o menos bien, pero no ha habido la suerte de encontrar el que solucione el problema. Siempre pensé que se iba a conseguir antes el medicamento porque venimos de un mundo en el que las vacunas tardaban mucho más tiempo. Afortunadamente había trabajo previo para otros coronavirus y, utilizando herramientas como el ARN mensajero, todo ha funcionado bien. Esta enfermedad ha hecho que se tomen decisiones nuevas: si no hubiera aparecido el coronavirus, no habríamos tenido tratamientos de ARN mensajero en los próximos cinco años.

Todo lo que estamos viviendo nos lo está causando algo que es una molécula química. Es fascinante... En este caso,  desafortunadamente fascinante.

¿Qué opina de que todavía haya dudas sobre el origen del virus?
No hay razón para pensar que su origen sea distinto de una zoonosis. Tiene un montón de rasgos que invitan a que esa sea la hipótesis más probable. Por supuesto, será mucho más satisfactorio cuando realmente se haya podido rastrear el origen. Pero la información que tenemos nos hace pensar que ese es, aunque claramente no está demostrado aún. Nos falta lo importante: el último animal que sirvió de reservorio. ¿Por qué todavía no se ha resuelto? Porque es muy difícil saber en qué momento apareció. Hay dudas de que fuese exactamente en el mercado de Wuhan. Nos ha faltado estar más cerca del paciente cero. Si se pudiera llegar a él, todo se facilitaría mucho: rastreando sus hábitos nos acercaríamos al reservorio. Falta viajar más al pasado. Es como si tuviésemos que reconstruir la historia de la humanidad, pero solo tuviéramos información hasta la Edad Media. Cuando se pueda destinar toda la atención y todos los recursos, se sabrá.

En su libro habla de hábitos y comportamientos que nos llevaron a lo que vivimos hoy.
Sí, pero hay que ser honestos y reconocer que el origen de una situación como esta es el azar. No tenemos por qué culparnos como especie. Pero sí reconocer que hay una serie de hábitos que fomentan este tipo de consecuencias. Nuestra forma de vida sí va a promover –salvo que la cambiemos– que puedan hacerse recurrentes. Si seguimos con las mismas características de la humanidad actual –esta humanidad tan depredadora–, a lo mejor la próxima gran pandemia no es dentro de cien años, sino muchísimo antes. Muy pronto. Quizá los que estamos vivos volvamos a ver otra. Estamos acercándonos mucho más de lo recomendable a especies salvajes que deberían continuar aisladas. Estamos degradando sus ecosistemas. Tenemos un mundo tremendamente globalizado, muy interconectado. Esto tiene ventajas, pero también grandes desventajas: permite que una enfermedad viaje en cuestión de horas de un extremo a otro del planeta. Y sobre todo tenemos un grado de superpoblación desatado. Como especie podemos generar una cadena de contagio en cualquier rincón de la tierra. Si entra algún patógeno, lo vamos a propagar a nuestros congéneres rápidamente. Esta situación invita a la reflexión sobre cómo debemos relacionarnos con los otros pobladores del planeta. Tenemos una amenaza ahora que es la pandemia y que podemos resolver. Pero hay otra que nos está esperando a la vuelta de la esquina: el cambio climático. Necesitamos hacer cambios y tomar determinaciones hoy para que en veinte o treinta años no tengamos un planeta inhabitable.

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¿Cómo ha visto el trabajo de la OMS respecto a las indicaciones que ha dado sobre el virus? Por momentos se han visto como dando bandazos...
Lo que pasa es que es un virus nuevo. O mejor: era un virus nuevo. Ha costado tiempo describir cómo es exactamente su capacidad de contagio. Es verdad que ha habido mucha polémica porque al principio se pensaba que el contagio era de determinada manera y después se rectificó. Eso es normal cuando se está partiendo de cero en el conocimiento de algo. Bastante suerte hemos tenido de haber secuenciado todo su ARN en pocos días. Estamos en un momento en que generamos conocimiento a una velocidad tremenda. En la gran pandemia de gripe de hace un siglo tardaron más de quince años en saber qué les había pasado. No sabían ni siquiera que había sido un virus. Nosotros, en un poco más de una semana, teníamos secuenciado el material genético de este virus. No nos podemos quejar. En perspectiva nos vamos a dar cuenta de que no ha sido un proceso lento.

Uno de los virus de su libro causa más estragos que el otro. En el caso del coronavirus, ¿qué hace que en algunas personas pase casi sin tocarlas?
En la mayoría de los casos este tipo de desenlace se explica porque el sistema inmunológico es capaz de crear una defensa, incluso para algo desconocido. Para esto hace falta tener un sistema sano y, además, que se dé la casualidad de que acierte con la tecla. El sistema inmunológico genera respuestas al azar, lanzando disparos al aire. Entonces necesitas que sea capaz de lanzar muchos disparos y que uno de ellos atine. Eso es lo más probable que suceda con los asintomáticos.

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Usted hace la analogía de que un virus es como alguien que entra a saquear una empresa. Además de un sistema inmunológico débil, ¿qué otras condiciones favorecen ese saqueo?
En general se podrían resumir en un sistema inmunitario debilitado. Es verdad que hay factores indirectamente relacionados que pueden favorecer una peor respuesta frente al virus. Por ejemplo, el estrés. Hay otros no relacionados que conducen a una mejor o una peor respuesta, y ahí entrarían los factores genéticos. Por ejemplo, que tengas determinadas proteínas que en otra situación no generarían ningún efecto pero que cuenten con una estructura que permita que el virus se una más fácilmente a tus células. En este tipo de situaciones se trabaja ahora: ¿hay algo en la genética de determinados individuos que construya algo que confunda más al virus o, lo que es lo mismo, que facilite su entrada? Bueno, pues parece que sí se ven algunos rasgos genéticos de ese tipo. Moléculas que hacen que el virus ‘saquee mejor la empresa’. Todo eso está en estudio.

El libro es publicado por la editorial Periférica y está en las librerías del país.

Foto:

Archivo particular

Hay un tema interesante que plantea en el libro y que hemos vivido de forma evidente: el daño que pueden hacer los ‘opinadores’ que se creen dueños de la verdad...
En una situación como esta se destapa la poca trascendencia que tiene la opinión y la mucha que tiene el conocimiento. Por medio de la opinión no hubiéramos llegado nunca a las vacunas. Solo el conocimiento resuelve las situaciones graves. El problema es que a veces la opinión es más atractiva. Somos seres humanos y nos resulta más entretenido escuchar lo que queremos oír o lo que es más fantasioso. Contra eso no vamos a poder hacer nada. Siempre vamos a tener la tentación de seguir la explicación conspiratoria, que va a ser más llamativa. Como somos consumidores natos de historias, buscamos que los razonamientos serios se parezcan a las narraciones que nos gustan. En el libro pongo el ejemplo del trueno. Ahora hay mucho conocimiento y nos han explicado que el trueno es una compresión del aire. Nadie piensa que es un señor enfadado que está en el cielo. Pero, como humanos, nos resulta más fácil creer eso. Me gustaría que de esta situación recordásemos que es cierto que hubo mucha opinión, que se dijo de todo sobre el virus, cosas descabelladas, pero que al final quien ha venido al rescate es el conocimiento. La opinión está bien para discutir sobre fútbol, pero cuando estamos hablando de pandemias no vale absolutamente nada. La de nadie.

¿Cree que vamos a llegar al ‘equilibrio bélico’, como usted dice, con este coronavirus?
Sin duda. Lo más probable es que a largo plazo el virus gane la capacidad de convivir con nosotros a través de la pérdida de agresividad. Cada vez hay más indicios que apuntan en esa dirección. No sabemos si ya estamos o no en esa transición que nos llevaría a generar un equilibrio de relación con la especie. La alternativa sería que desapareciese. Pero es muy difícil conseguir eso. Para ello necesitaríamos que no hubiese nadie infectado en el mundo. Eso es una dificultad añadida cuando somos más de siete mil millones de habitantes. Necesitaríamos a todo el planeta vacunado, lo cual es inviable, y garantizar que en ningún individuo esté presente la enfermedad. Eso solo se ha conseguido una vez, que fue con la viruela, en el año 80, después de una campaña muy grande. Además en ese momento había menos población, creo que rondaba los cuatro mil millones de habitantes. Hoy en día pensar en que no haya ni un solo individuo infectado –para que el virus, en el último que lo tenga, muera y no pueda propagarse– parece muy difícil. Creo que siempre va a estar en algún lado, camuflado, y para eso le va a venir muy bien ser menos agresivo. Así que probablemente sí logremos ese equilibrio de guerra fría con este coronavirus y lleguemos a una relación parecida a la que tenemos con la influenza.

Hablemos al final de uno de los primeros temas que usted toca en el libro: ni siquiera hay consenso en que un virus esté o no vivo…
No hay consenso. No lo va a haber nunca. Hay gente que opina que el tipo de actividad genética que tiene un virus es suficiente para considerarlo vida, y otros que dicen que no es tan complejo como para serlo. En realidad los virus son algo que está entre la química y la biología, entendiendo que la química sea la parte molecular. Su comportamiento es tan autónomo que es casi biológico. Si decidimos que aquello que se reproduce está vivo, tendríamos que decir que están vivos. Porque lo hacen. Pero depende de otros. Una piedra no está viva, se queda como piedra todo el tiempo hasta que se va meteorizando. No es capaz de generar otras piedras, que es lo que sabe hacer la vida: generar copias. Los virus sí, pero como no son autónomos se les trata de inertes. Pero esto, al final, no es más que una arbitrariedad. Todo lo que estamos viviendo nos lo está causando algo que prácticamente es una molécula química. Es fascinante. En este caso desafortunadamente fascinante. Pero no deja de ser sorprendente. 

María Paulina Ortiz
Editora de LECTURAS

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