‘La poesía es una invitación al silencio’

‘La poesía es una invitación al silencio’

La gran poeta rumana Ana Blandiana habla de su oficio y de dónde piensa que vienen sus versos. 

Ana Blandiana

Ana Blandiana fue censurada y perseguida durante muchos años por el régimen comunista de su país: Es una voz fundamental de la poesía actual.

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Carlos Ortega

Por: Redacción LECTURAS
10 de septiembre 2019 , 11:45 a.m.

Sus libros eran prohibidos. Los que ya había escrito (los recogían de las bibliotecas, de las librerías) y los que estaban por escribir. Aun así la gente los buscaba por donde fuera. Porque en sus poemas encontraban la verdad sobre lo que vivían. Aunque estuvieran hechos de metáforas (o tal vez por ello). Tenía 16 años cuando publicó su primer poema y desde ese momento tuvo que dejar de usar su nombre propio –Otilia Valeria Coman; nacida en Timisoara, Rumanía, en 1942–, primero por heredar la persecución de la que era víctima su padre, opositor del régimen comunista que dominaba su país; y luego porque sus propios versos la volvieron objetivo del acoso de una dictadura que veía en su arte una amenaza. En 1964 publicó su primer libro, Primera persona del plural, y a él le han seguido otros dieciséis más de poesía. También ha escrito narrativa –Las cuatro estaciones, Proyectos de pasado– y ensayos. En 1982 recibió el prestigioso Premio Herder, y ha sido traducida a veinticinco idiomas. Sentada en un café de Bogotá, Ana Blandiana habla sobre su oficio. Y habla con voz suave, casi frágil, como si siempre estuviera leyendo un poema.

Tenía 16 años cuando empezó a utilizar el seudónimo de Ana Blandiana. ¿Cómo lo eligió?
Lo usé por primera vez al publicar en una revista que se llamaba Tribuna, fundada en Cluj. Estaba en la escuela y con un grupo de amigos decidimos enviar unos poemas a esa revista. Tenía que buscar un seudónimo porque mi padre estaba preso y no podía publicar con mi propio nombre. Elegí Blandiana porque así se llama un castro romano y es el pueblo en el que nació mi madre, en Transilvania. Ella está enterrada allá, así que lo visito con frecuencia. Es un pueblo muy bello. Normalmente en el centro de los pueblos hay una calle, pero el centro de Blandiana está atravesado por un río. Las casas están de un lado y otro del río y hay puentes que unen los dos lados. En la ribera hay nogales muy grandes y sobre el agua pasan gansos. Es muy especial. Ana lo escogí solo porque rimaba con Blandiana. Y Ana he llegado a ser yo. En el pasaporte mi nombre es Otilia Valeria, pero nadie me llama así. Reconozco que quise asombrar a mis amigos al buscar ese seudónimo. Cuando llegué a ser adulta me pregunté si no debería cambiarlo, porque era bastante infantil. Pero hubiera sido algo poco serio.

En una ocasión dijo que escribe poesía desde siempre. Pero debió haber un primer momento, un contacto inicial con los versos. ¿Cuál fue?
Creo que ningún poeta puede decir cuál es su llamado para la poesía y por qué razón se da. Pero sí puedo hablar del primer momento en que sentí la poesía: cuando estaba en segundo año de escuela, tendría unos ocho años de edad, durante las vacaciones de verano me regalaron un libro. Era un texto para niños, con poemas de autores clásicos rumanos y tenía muchas ilustraciones. Al regresar a clases, la profesora nos pidió que escribiéramos un relato sobre cómo habíamos pasado las vacaciones. Nos dijo que teníamos que escribir dos páginas y que al acabarlas podíamos salir al recreo. Recordé el libro que me habían regalado y le pregunté a la profesora cuántas páginas tenía que escribir si lo hacía en verso. Pensaba que iba a decirme que serían más. Pero ella me dijo: una página, si eres capaz. Así que escribí una página y fui la primera que salí al recreo. De ahí saqué la conclusión de que es muy ventajoso ser poeta. En relación con el libro que me habían regalado, un día le pregunté a mi padre por qué los libros de poesía tenían tan pocas palabras y los de prosa, como los que él leía, tenían tantas. Él me dijo: porque así es la poesía. Más tarde escribí un texto para una conferencia en Italia –que luego se considera como mi poética– en el que desarrollé la teoría de que la poesía no es una forma de utilizar las palabras, sino una forma de renunciar a ellas. Sobre todo en un mundo donde todos hablan y nadie escucha. La poesía llega a ser la invitación al silencio.

¿Cómo era la relación con su padre, que fue perseguido y encarcelado por el régimen comunista en su país?
Él era sacerdote ortodoxo y una persona muy especial. No era capaz de tener una relación con los demás que no fuera de igualdad, incluso conmigo. Cuando él me hablaba siempre lo hacía como a un adulto. Me respondía todas las preguntas con seriedad y me enseñaba cómo formularlas. Murió cuando yo tenía 22 años, en un accidente, a muy pocos días de haber salido de la cárcel. Llevaba seis años preso, así que nuestra relación se interrumpió desde mis 16. Es decir, al final de la adolescencia, que es la época de las grandes preguntas sobre la existencia. Acumulé muchas preguntas que no le pude hacer. Me quedé con ellas. De alguna manera, mi destino literario empezó porque tuve que contestar sola esas preguntas.

Lo que usted comenzó a escribir resultó ser muy importante para la gente que en ese momento resistía los abusos de la dictadura en su país. ¿En qué cree que radica el poder de la poesía?

La poesía ofrecía las últimas moléculas de libertad para las personas. El poeta es más libre que todos los demás en una dictadura porque se expresa a través de un instrumento: la metáfora. La metáfora es una comparación a la que le falta un término, que precisamente el lector tiene que recrear. El significado de la poesía está a mitad de camino entre el escritor y el lector. Por eso ha sido tan perseguida en todas las dictaduras. Porque ha podido expresar algunas verdades.

Hablando de metáforas, está lo que pasó con sus libros protagonizados por el gato Arpagic, que la gente relacionó con el dictador Nicolae Ceausescu. ¿Cómo fue eso?

Yo he sido prohibida tres veces. La primera, con el debut, en la escuela. Cuatro años después, cuando incluso me quitaron el derecho a seguir estudios universitarios. Luego vino un periodo de relativa libertad en el que entré a la escena literaria rumana y llegué a ser una poeta conocida. En 1984 publiqué cuatro poemas en una revista vanguardista y crearon un escándalo muy grande porque todo el mundo vio en ellos un retrato perfecto de lo que era la sociedad en aquel momento. Esos fueron mis primeros poemas posmodernos, con un lenguaje muy objetivo. Uno de ellos se llama Todo, una enumeración de objetos cotidianos, una radiografía de la vida gris durante la dictadura. El resultado fue que otra vez me prohibieron. Así que empecé a escribir solo libros para niños y creé el personaje del gato Arpagic. Este gato llegó a ser muy conocido y amado por los niños. En el tercer libro sobre Arpagic, comencé a darle al gato características relacionadas con el comportamiento de Ceausescu. El gato empezó a dominar toda la calle, estaba muy lleno de sí mismo. Pensé que nadie lo iba a notar. Pero todo el mundo reconoció en ese gato al dictador. Y se armó un escándalo tremendo. Esa es la prueba de que el contenido político lo dan los lectores.

Cuando cayó la dictadura, ¿cómo cambió su relación con la poesía?
Después de 1989, en Europa todas las cosas cambiaron desde muchos puntos de vista. Descubrí con asombro que en condiciones de libertad, la libertad de la palabra disminuye la importancia de la palabra. Porque la gente se centra en los problemas de la libertad y ya no se interesa tanto por la poesía. También fue una época de grandes desilusiones. Hasta 1989, cuando no podíamos viajar a Occidente, idealizábamos el mundo occidental. Era una especie de tierra prohibida a la que no podíamos llegar. Pero cuando el muro cayó y Occidente se transformó en un lugar accesible, al que puedes llegar en un vuelo de dos horas, descubrimos los grandes problemas de la vida en libertad. Y aquí quisiera recordar a Lech Walesa, el líder de Solidaridad. Cuando le preguntaron qué había descubierto después de 1989, dijo que antes de ese momento todas las cosas eran claras para él y después todo era confuso; y que en condiciones libres, el mal se aprovecha más de la libertad que el bien. En cuanto a mi poesía, tengo que decir que después de esa fecha no fue una poesía feliz.

Cuando habla de poetas que la han influenciado cita a Mihai Eminescu, Lucian Blaga, Emily Dickinson y Rainer María Rilke. ¿Qué ha recogido de ellos?

Los poetas que me han influenciado han sido Mihai Eminescu y Lucian Blaga. Blaga es un poeta de entreguerras, un gran filósofo también, prohibido por los comunistas. De él aprendí que una sola metáfora como arquitectura del poema, como principio estructural y no como ornamento, cuenta más que diez metáforas. Eminescu es el poeta nacional en Rumanía. Él se define como un poeta romántico, pero la verdad es que está por encima de las corrientes literarias. Es un creador de la lengua moderna rumana. Y para mí es un gran deseo, y también orgullo, poder continuar su tradición, que es una tradición en la que la poesía transmite algo, tiene un significado, no es un mero juego. De Rilke y Dickinson me siento muy cerca. Son dos poetas muy distintos entre ellos, con estilos diferentes, que vivieron en épocas diversas, en países distintos, sin conexión el uno con el otro. Pero tienen algo en común, y eso es lo que me acerca a ellos: más allá de las formas, de las metáforas que utilizan, sus palabras tienen una aureola de inquietud. Y no está claro cómo se crea esa aureola, que persiste y es también la marca de la modernidad. Emily Dickinson tiene unos versos casi infantiles, no fue conocida en su época, fue descubierta como una gran poeta solo un siglo más tarde. Pero lo que me conecta con ella es precisamente esa inquietud, que nace de unas palabras que son comunes, al igual que unas plantas silvestres que se extienden. Y Rilke es el poeta más grande la modernidad hasta hoy. Es un poeta intelectual que también está por encima de las corrientes y de las modas. Es capaz de transmitir esa inquietud como una especie de magia casi sobrenatural.

En una ocasión usted dijo que al escribir sentía que los versos venían como de otra vida.
… O de Dios. No me atrevería a decir esto si no lo hubieran dicho ya muchos otros poetas. Ha llegado a ser un lugar común, una verdad absoluta el hecho de que la poesía sea inspiración que viene y va más allá de la persona del poeta, que lo traspasa. En general, todo lo que no podemos entender lo atribuimos a una fuerza sobrenatural. Los grandes poetas se asemejan a los grandes místicos, incluso cuando los grandes poetas no hablan de Dios. Lo que los acerca es la intensidad de la poesía, que es parecida a la intensidad de la fe de los místicos. Por eso San Juan de la Cruz es un gran místico y también un gran poeta. Las dos intensidades se confunden en su cuerpo.

Al mismo tiempo que la poesía usted ha desarrollado una obra en prosa, con un contenido fantástico. ¿Cómo es su trabajo en este género?
Empecé a escribir prosa cuando ya había publicado cinco libros de poemas. Fue en un momento en el que el horizonte social y político del país se volvía cada vez más oscuro y más difícil de aguantar. Y yo sentía que debía expresar lo que vivía de una manera más concreta de lo que podía hacerlo con la poesía. En realidad tampoco quería hacerlo con los versos. La poesía es como un barco de papel y si lo hubiera cargado con hierro –con esa realidad circundante– se hubiera hundido. Cuando empecé la prosa me di cuenta de que escribir poemas es algo que no depende de ti, lo haces no porque tú quieres. Siempre que escribía un libro de poemas no sabía si iba a poder continuar, si iba a volver a escribir versos. En cambio, cuando escribes prosa, te transformas, por así decirlo, en un escritor profesional. En cuanto a la dimensión fantástica de la prosa fue también una forma de evadir la censura; una manera subversiva, indirecta, de expresar algo que no se podía decir. En uno de mis cuentos tengo una frase: “Lo fantástico no se opone a lo real, es solamente su representación más llena de significado. Al fin y al cabo imaginar significa recordar”.

Otro campo de su trabajo es el de la recuperación de la memoria de las víctimas en su país, con la creación de un museo. ¿Cree que en esto también puede ayudar la ficción?
El comunismo creó una sociedad secreta, oculta. Por ejemplo, si había una rebelión en el país, nadie lo sabía. Nos enterábamos después de que fuera aplastada. De esa manera nadie se podía solidarizar con los que se rebelaban. Era una sociedad en la que nadie sabía nada. Solo las víctimas tenían información. Con la caída del comunismo fue muy importante empezar a decir qué era lo que había pasado. Que la gente dejara testimonio de lo vivido. Y por esto fundamos el Memorial de las Víctimas del Comunismo y de la Resistencia, que es un museo, un centro de investigación y una editorial. Es el tercer museo de la memoria de Europa después de Auschwitz y de Normandía. Su objetivo es descubrir qué sucedió bajo el comunismo. El conocimiento objetivo es muy importante. Ahora, está claro que los escritores que sean capaces de hacerlo pueden transmitir mucho más que los hechos objetivos. Porque el terror es más sutil que los datos. Pero para que esa literatura se cree, hace falta también una perspectiva en el tiempo. Por ejemplo en Rusia, que padecieron el comunismo mucho antes, en 1918, tienen un género específico al respecto.

¿Cómo ve hoy la literatura de su país?
Tengo sobre todo una muy buena opinión acerca de la poesía. Y esto me emociona porque, en una sociedad tan materialista como la de hoy, a nadie le importa la poesía. Lo normal sería que nadie escribiera poemas. A pesar de ello, hay cientos de poetas y muchos libros. Publicar poesía implica hoy un esfuerzo material de parte de los autores, sobre todo los jóvenes, que tienen que autofinanciarse y endeudarse para conseguirlo. Me siento muy orgullosa de que la poesía continúe. Antes se escribía poesía en un mundo en el que no te dejaban expresarte. Me alegra saber que esto continúa. En cuanto a la prosa, aunque no lo he leído todo, tengo la impresión de que no está al nivel de la poesía. Está un escritor como Mircea Cartarescu, pero a él lo incluiría dentro de la poesía porque utiliza sus instrumentos. Sus novelas no son un relato de personajes o de acciones, sino una sucesión de visiones. Espero que, con el paso del tiempo, la prosa llegue a ser capaz de expresar, de una forma más sutil que la historia, la esencia del terror.

Ahora que recorre el mundo para asistir a festivales, a conferencias, da entrevistas, en fin, ¿cómo consigue el tiempo para escribir?
Me queda muy poco tiempo para escribir. Y esto me hace sentir culpable, por una parte, y satisfecha, por otra. Lo único seguro en mi vida es que un mes y medio, en el verano, me voy a una casa que tengo en el campo, al norte de Bucarest, donde empiezan las colinas, y ahí no hago más que escribir. Allí, desde que falleció mi marido, estoy yo sola con el gato. Pero el hecho de que en septiembre todo el ajetreo empiece de nuevo es una tragedia para mí. 

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