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Joe Sacco: los trazos de un reportero de guerra
Joe Sacco

Joe Sacco es autor de libros que ya son míticos en el cómic periodístico, como 'Palestina' o 'Gorazde'.

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Daniel Mordzinski - Cortesía Hay Festival

Joe Sacco: los trazos de un reportero de guerra

Entrevista con el autor maltés, considerado el gran maestro del periodismo llevado al cómic. 

Joe Sacco no se inventó poner el periodismo en tiras cómicas, pero es difícil pensar en alguien que lo haga mejor que él. Es la clase de periodista que puede explicar, entre dibujos y palabras, las complejidades de un conflicto de más de medio siglo; que puede mostrar con tacto los momentos más dolorosos de la vida de las personas, y que tiene la capacidad de capturar esos detalles banales –una media sonrisa, el silbido de una melodía, los juegos con los que se mata el tiempo entre bombardeo y bombardeo– que nos hacen ver la humanidad en cada uno de sus personajes. ¡Y todo esto contado con la precisión y rigurosidad del periodista más exigente! Si veo una casa en alguna de sus ilustraciones, puedo apostar mi sueldo sin miramientos a que esa casa está ahí en la vida real.

Sacco nació en Malta en 1960 y se formó como periodista en los Estados Unidos. A falta de empleos como reportero y cansado de trabajos que lo mataban de aburrimiento, terminó dedicándose de lleno a su hobby: las caricaturas. Tomando inspiración de pioneros del ‘comix’, como Art Spiegelman y Robert Crumb, Sacco se lanzó a desarrollar su propio estilo para ilustrar sus viajes por Europa (registrados en su serie Yahoo, publicada entre 1988 y 1992) e, incluso, ficción romántica ambientada en Malta.

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Sin embargo, desde el principio se empezó a notar su especial interés por el periodismo y las guerras, por las historias humanas que hay detrás de cada conflicto: primeros trabajos suyos, como un cómic sobre los crudos recuerdos de su madre, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, y otro en el que muestra su obsesión por seguir minuto a minuto la guerra del Golfo de 1991, daban muestra de ello.

Sin duda sus cómics más famosos –los que lo llevaron a ganar premios y becas, halagos del New York Times, invitaciones a eventos como el pasado Hay Festival de Cartagena y, sobre todo, a gozar del reconocimiento de entusiastas y expertos tanto de la caricatura como del periodismo– son sus despachos detallados desde zonas en conflicto: paneles en los que se ve él, en su versión caricaturesca, recopilando las historias de la gente que vive día a día los enfrentamientos entre Palestina e Israel (Palestina, 1993-1996, recopilado como libro en 2001); testimonios de los supervivientes de la guerra en Bosnia (Gorazde: zona protegida, 2000); recuerdos ilustrados de masacres en la franja de Gaza (Notas al pie de Gaza, 2009). Piezas que, a la vez que muestran el lado más humano de la guerra, retratan actos que quizás ninguno de nosotros se atrevería a ver en una fotografía. Sería demasiado real. Pero estamos más dispuestos a enfrentar una matanza o una tortura cuando las heridas son solo trazos un tanto grotescos, cuando la sangre es representada con tinta negra.

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“Yo no me llamaría a mí mismo periodista de guerra”, dice Joe Sacco, un tanto indignado ante la idea, listando una cantidad de temas que ha explorado con su pluma, desde la pobreza en la India hasta la explotación minera en tierras de indígenas canadienses que retrata en su más reciente libro, Un tributo a la tierra, (Paying the Land, título original, 2020); desde sus eclécticas crónicas de viajes hasta La gran guerra (The Great War, 2014), su ilustración de más de siete metros de largo de la batalla de Somme, una de las más sangrientas de la Primera Guerra Mundial. “Hay una percepción de que solo hago periodismo de guerra porque puede tomarme hasta seis años hacer un libro. Entonces hago dos libros sobre este tema en varios años… ¡y todos creen que ese es quien eres!”. Pero sin duda ha sido su gran asunto.

Usted empezó haciendo las crónicas de su serie Yahoo, que mezclaban el periodismo y la ilustración. Eran historias que iban desde las anécdotas de viaje hasta ir de gira con una banda de rock por Europa. ¿Qué lo sacó de estos temas para atreverse a viajar a zonas de conflicto, primero a Palestina y luego a Bosnia?
Si hablamos del Medio Oriente, creo que tenía que ver con el hecho de que en algún punto me di cuenta de que lo que creía que era el ‘estándar dorado’ del periodismo, ese estilo americano que le apunta a ‘ser objetivos’, me había hecho un flaco favor a mí como lector en lo que respecta a la situación de Palestina. La percepción que me dejaban los medios de comunicación sobre el Medio Oriente podría ser resumida fácilmente en la frase “los palestinos son terroristas”. Pero cuando empecé a leer otras cosas que no estaban en las noticias, que proveían contexto al conflicto y que mostraban un poco de la historia de la región, me sorprendí de que ese periodismo que yo creía que era el ideal me hubiese dado esta noción. Me habían dicho algo sobre todo un grupo de gente a través de un estilo de periodismo “objetivo” que tiende a concentrarse en hechos. Y sí, muchos hechos que escuché de verdad pasaron: hubo un ataque de cohetes contra una ciudad israelí, hubo una redada comando ejecutada por palestinos contra un bus que mató a un montón de civiles, un avión fue secuestrado… Todos esos eran hechos objetivos que estaba recibiendo, pero lo que no recibía era el contexto. Hubo cierta rabia que me obligó a ir, a averiguar por mi cuenta y a hablar directamente con la gente. Lo que resultó de esto fue el libro Palestina, que creo que es un retrato complejo de la gente que habita ese territorio.

¿Y en el caso de la guerra en Bosnia?
Nací en Europa, ¿sabes? Era una de las muchas personas que pensaba que, después de 1945, no podía haber más guerras en territorio europeo. Pero de repente te das cuenta de que, de hecho, las cosas se pueden desmoronar muy rápido. Eso me sorprendió, porque estoy acostumbrado a ver las cosas desmoronarse en otros continentes: en América del Sur, en Asia, en África… Pero descubres que lo mismo puede pasar en Europa, obviamente. Eso fue lo que me llevó a querer ver de cerca ese conflicto en particular.

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Cuando escribió los libros Palestina y Gorazde: zona protegida, en los que habla de estos dos conflictos, usted todavía estaba aprendiendo, mejorando y perfeccionando su estilo de ilustración. ¿En algún momento sintió que no tenía las herramientas o las habilidades en ese momento para retratar las escenas y las emociones presentes en conflictos tan complejos?
Pues… si me pusiera a revisar algunos de mis trabajos previos, seguro pensaría: “¡Oh, esto está muy bien dibujado! Va al punto, está muy bien hecho”. Y luego, solo un par de páginas más adelante, diría: “¡Estoy exagerando con estos dibujos, me estoy forzando mucho, hoy día lo haría diferente!”. Nunca he estado totalmente satisfecho con algo que haya hecho. Mis libros nunca son del todo lo que quiero que sean. Ciertamente son lo mejor que puedo hacer para ese momento, pero soy muy consciente de todas las cosas que todavía no sé muy bien cómo capturar, o con las que no estoy satisfecho. Pero ahora acepto esa situación, y sé que he mejorado con el tiempo. Claro, mejorar conlleva un precio: antes era más libre al dibujar y al escribir mis historias. Ahora soy más medido, más cuidadoso en cómo dibujo. Eso es bueno, pero también le quita algo de aire a la historia, si sabes a lo que me refiero. Siempre me ha costado balancear esos elementos. ¡Digamos que soy una obra en progreso!

Joe Sacco

Imagen de su libro más reciente, Un tributo a la tierra.

Foto:

Cortesía Random House

Hablando de sus caricaturas, una de las razones por las que la gente alaba su trabajo es porque puede ilustrar realidades muy crudas de las cuales no hay registro, o incluso son muy fuertes de ver en una foto o un video. Pero a la vez estos momentos contrastan con el humor, la alegría y muchas otras emociones que usted captura de las personas que le cuentan y sufren estas formas de violencia...
Eso es porque nunca quiero pensar en la gente como ‘víctimas’ con V mayúscula. La gente no es así. Algunas personas pueden estar devastadas por lo que les pasa, sobrecogidas porque les sucedió algo traumático, pero eso es solo parte de sus vidas, no es su vida entera. Puede ser algo que eclipse sus vidas, puede ser una sombra sobre ellas, pero hay muchas otras cosas en su cotidianidad: todavía tienen que ganar un sustento, todavía tienen que ayudar a sus hijos a ir a la escuela. Todas esas cosas son parte de un ser humano. Y para mí, llamar a las personas simplemente víctimas es un error. Tienen una agencia, siguen luchando. Gran parte de mi trabajo periodístico es íntimo. Estoy contando la historia de personas reales que se sientan frente a mí, por eso intento individualizarlas. Puedo tener varias historias que me cuentan lo mismo, pero cada individuo tiene su propia forma de contarla, y yo trato de respetar eso.

La gran guerra, por ejemplo, es una ilustración de metros de largo sobre la Primera Guerra Mundial. Es uno de sus trabajos más recientes, una muestra gigante de esta violencia de la que hablamos. Pero se siente más distante que las otras historias que ha contado...
Tienes razón. Con La gran guerra (The Great War) estaba intentando tomar algo de distancia. En cierto punto empiezas a preguntarte sobre la humanidad como especie y lo que nos hacemos los unos a los otros. Puedes contar una historia íntima sobre violencia y un individuo particular, pero como periodista empiezas a escuchar estas historias una y otra vez y te hace sentir miserable. Al final, te preguntas: “¿por qué?”. Una pregunta muy sencilla. Es lo que los niños seguramente se preguntan: “¿por qué la gente se hace esto la una a la otra?”. La gran guerra fue mi manera de distanciarme y pensar en la gente como una masa, como un gran grupo. A menudo pensamos que una de nuestras grandes ventajas como especie es que cooperamos, y creo que eso es cierto. Pero la otra cara de esa mirada es: ¿cooperar en qué?. Y en el caso de la Primera Guerra Mundial hay mucha cooperación, ves el enorme esfuerzo logístico que hay detrás de una batalla. Pero estamos cooperando para matar a gente que está cooperando para matarnos a nosotros. Es simple, de alguna forma, pero fue algo que me ayudó a reflexionar sobre la gente desde un enfoque más distante.

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Su libro más reciente, Un tributo a la tierra (Paying the Land), está un poco alejado de los campos de batalla y de los conflictos con los que la gente usualmente asocia su trabajo. Tengo entendido que surgió como un artículo en una revista en el que quería explorar el tema del cambio climático. ¿Cómo se convirtió en el libro que es ahora?
En mi cabeza pensaba que el tema de la revista serían tres historias sencillas: iría a Canadá, iría quizá a Latinoamérica y quizá a Australia o India, y hablaría con personas indígenas y cómo se relacionan con la extracción de recursos. Si quieres marcar el ‘pecado original’ del cambio climático, seguro es la extracción de recursos, que afecta a poblaciones indígenas. Cuando fui a Canadá pensaba que sería una historia bastante lineal, pero claramente era mucho más compleja que eso. Me di cuenta de que era una historia sobre colonialismo y cómo, si quieres extraer recursos de una tierra, tienes que controlar gente que está en esa tierra. El libro empieza con una persona indígena contando cómo era crecer en la tierra, cuando vivían en tiendas y viajaban por el territorio de una manera seminómada. Cómo cazaban y ponían trampas; cómo era levantarse en climas de menos de 40 °F, cómo la gente se relacionaba dentro de sus familias, cómo la gente sabía cuál era su rol en la comunidad sin que nadie le dijera qué tenía que hacer. ¡Se puede evidenciar toda una estructura social en lo que cuenta! Y eso contrasta con lo que se ha perdido con el tiempo por la interferencia de un gobierno –un gobierno en el que muchos de nosotros pensamos como benigno, los canadienses– que quiere lo que está en esa tierra. Para eso tiene que romper los lazos de la gente con el territorio, al punto de prácticamente cometer un genocidio cultural.

Joe Sacco

Joe Sacco ha dejado ver desde sus primeros trabajos el interés que le generan las guerras. Pero siempre vistas desde el lado humano de quienes las sufren.

Foto:

Michael Tierney

¿Cómo se rompieron esos lazos?
Con el sistema escolar. En Estados Unidos tuvimos las cargas de caballería, una masacre de nativos americanos. En Canadá pasó algo así cuando Canadá fue fundada, pero entre el siglo XIX y el siglo XX este genocidio cultural fue hecho por las escuelas. Así rompes el lenguaje, la relación de los pueblos indígenas con la tierra. Si rompes el lenguaje de la gente, no pueden comunicarse con sus abuelos; golpeaban a los niños si hablaban sus idiomas en las escuelas a las que los llevaban. Esa es una forma muy eficiente de romper la relación de la gente con su cultura. ¿Cómo transmites cultura sin un idioma? La historia se hizo tan grande y compleja que me di cuenta de que no podía hacer ni siquiera un artículo de sesenta páginas en una revista. ¡Necesitaba volver, necesitaba hacer las mismas preguntas que había hecho de una forma diferente, necesitaba dejar que la gente me conociera mejor para que pudieran contarme esta historia! Y así esa investigación se convirtió en un libro que me tomó varios años.

Es curioso que estuviera estudiando un tema tan alejado de estos otros elementos por los que la gente lo reconoce, como los libros sobre Gaza y Bosnia, pero que al final del día se vuelva a ver metido en estas historias sobre las luchas de comunidades.
¡Claro! Y lo triste fue que una de las razones por las que hice esta historia fue porque quería alejarme de la violencia. Pero no puedes escapar de la violencia, solo la encuentras en otras formas. En este caso en particular, era una violencia dirigida a los niños: golpeados, sexualmente abusados, forzados a comportarse de ciertas maneras. Fue tan difícil dibujar esas escenas como lo fue dibujar escenas de masacres en Gaza.

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¿Y qué proyectos vienen en camino, tanto como periodista como ilustrador?
Como periodista, tengo un proyecto sobre un disturbio que ocurrió en India hace unos años. Ya hice toda la investigación. También quisiera hacer algo en Latinoamérica en algún momento, quizá sobre la teología de la liberación. Pero el libro en el que estoy trabajando ahora está un tanto alejado del periodismo en el sentido estricto de la palabra. Es algo divertido y serio a la vez, un poco filosófico y que me permite hacerme preguntas que no son del todo periodísticas: es mi libro sobre los Rolling Stones, en el que he estado trabajando por muchos, muchos años.

Cuando se sienta a escribir e ilustrar sus libros, ¿para quién lo hace? ¿Tiene en mente a esta audiencia occidental, tan alejada y ajena de los lugares e historias sobre los que va a hablar? ¿O escribe para las personas a las que está retratando, aquellas personas cuyas historias está compartiendo?
Supongo que tengo en cuenta a ambas, en cierto sentido. Hay gente de estos lugares a los que voy que me contactan por mis libros. Ven su situación retratada y responden a eso. Pero a la vez mis libros también son para una audiencia occidental, porque creo que mucho de lo que hacemos en Occidente afecta la forma como vive la gente de estas otras partes…¡o, incluso, si sobrevive! Pero al final del día mi audiencia soy yo mismo. Cuando empecé a hacer esto, amaba el medio de los cómics, pero había tan pocos que me hablaban a mí como alguien que estaba interesado en el mundo. Los cómics que decidí hacer eran los que siempre quise leer. Siempre he sido mi propio juez de ese tipo de cosas: elijo el nivel de complejidad de la historia basado en qué tanta complejidad quisiera yo. Y si algo me interesa, ¡simplemente asumo que va a interesarles a otras personas!

Se ha hablado sobre cómo sus libros tienen ciertas sensibilidades históricas y antropológicas que le permiten entender estos lugares y situaciones de una manera íntima. ¿Cree que en estas disciplinas está el secreto para hacer un periodismo tan impactante como el que usted hace?
La antropología es interesante y con los años empecé a leer su teoría. Estoy leyendo filosofía y siempre, toda mi vida, he leído historia. Pero, para ser honestos, mucho de lo que consigo contar en mis historias viene simplemente de estar ahí, en el lugar, y tratar a la gente de la misma manera que quieres que te traten, con tanto respeto como sea posible. No sé si eso es antropología, pero creo que esa debería ser la primera lección de cualquier persona que hable con gente fuera de su comunidad: reconocer la humanidad en la persona que tienes frente a ti.

RODRIGO RODRÍGUEZ

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