El debut literario de Mateo García Elizondo

El debut literario de Mateo García Elizondo

El escritor mexicano, nieto de García Márquez y Salvador Elizondo, lanza 'Una cita con la Lady'.

Mateo Garcia

La primera novela de Mateo García está editada por Anagrama y llegó esta semana a las librerías del país.

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Jaime Navarro

Por: Redacción LECTURAS
10 de noviembre 2019 , 07:15 a.m.

 

En esta novela el protagonista llega a un pueblo para encontrarse con la muerte. Ha dejado atrás todo lo que era, todas sus señales de identidad. En sus bolsillos lleva solamente un kit de droga con la que espera hacer más rápido su viaje al otro lado. Pero antes de que eso suceda –o durante, o después; los lectores estamos todo el tiempo divagando con el personaje entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte– muchas cosas le van a pasar. Una cita con la Lady es la primera novela de Mateo García Elizondo, mexicano de 32 años, guionista de cine, autor de cómics, periodista y también nieto de Gabriel García Márquez (aunque él quisiera que ese fuera un dato aislado, que los lectores se acercaran a su novela sin tener en cuenta sus lazos familiares). Pero es difícil obviarlo, y él lo sabe. Mateo es hijo de Gonzalo García Barcha y de Pía Elizondo. Su abuelo materno fue el escritor mexicano Salvador Elizondo, así que la herencia le viene bien fuerte por ambos caminos. Pasó su adolescencia en Francia, donde terminó el colegio, y luego viajó a Londres a estudiar Letras Inglesas y Escritura Creativa. Su obsesión desde niño ha sido contar historias. Empezó por el periodismo, llegó al cine, también al cómic. Pero todo este tiempo estuvo a la espera de lo que más quería: escribir una novela.

¿Cómo nació la idea de 'Una cita con la Lady'?
Llevaba cierto tiempo formándose en mi cabeza. Quería hablar de un pueblo fantasma y sabía que alguien iba a llegar a ese lugar, pero todavía no sabía quién ni cómo. Y un día, saliendo de cine, se me ocurrió la historia de golpe. La entrada y algunos puntos de la trama aparecieron muy claros. De ahí fue fluyendo todo. La escribí el año pasado.

La editorial la presenta como una obra influenciada por Juan Rulfo. ¿Cómo se siente con eso?
Lo entiendo. Cuando la estaba escribiendo no pensé en esa relación, pero en algún momento me di cuenta de que la novela tiene mucho que agradecerle a Rulfo. Y a muchos más, como Burroughs, Camus o Welsh. Incluso, cuando yo platicaba la historia con otros escritores y con directores amigos, todos me decían ‘ay, estás escribiendo Trainspotting en Comala’. Creo que va más allá de eso. Pero no me molesta la manera en que la están presentando: sencillamente como la historia de un drogadicto que va a un pueblo a morir. Para mí es importante que no revelen detalles de la trama.

El personaje llega al pueblo y allá todos comienzan a llamarlo ‘El Muertito’...
Ese personaje se me apareció muy claramente. Desde el momento en que se me ocurrió el concepto de lo que iba a hacer, tuve una relación muy orgánica con él. Lo escuchaba hablar, entendía cómo se sentía, qué quería. Por lo general, para escribir guiones, soy de los que planean muy bien todos sus plot points y saben a dónde van a llegar, cuándo, en qué página. Para esta novela solo tuve una vaga idea de cuatro momentos repartidos en la historia y sabía que tenía que llegar a ellos, pero sin planear nada. Me fue llevando la voz del personaje, y quisiera que les sucediera lo mismo a los lectores.

¿Siente que la novela tiene que ver con su trabajo en cine o en periodismo?
Mi interés siempre ha sido contar historias. Pasé por el periodista freelance durante un tiempo, luego el cine me fue atrapando. En especial escribo guiones de ciencia ficción, de terror, que es lo que más me gusta. Y en ese sentido la novela sí tiene alguna relación, de alguna manera es una historia medio terrorífica.

¿Quiénes fueron los primeros lectores de la novela?
Cuando tuve una versión más o menos lista se la mostré a mi papá, Gonzalo, a mi primo Jonás –con el que escribí el guion del largometraje Desierto, y que ha sido mi rebote de historias–. Se la mandé, o más bien la interceptaron, mi mamá y mi ex, mi chica del momento, pero no la pudieron leer. El hecho de que mi mamá no pudiera leerla era un punto de orgullo para mí, de cierta manera. Un amigo escritor dice que por más malo que sea lo que escribes siempre lo va a leer tu mamá. Yo podía decir que esta novela ni mi mamá… pero hace poco la leyó. Así que ya no.

Usted ha dicho que prefiere que no le pregunten mucho por su familia…
Supongo que yo, como cualquier escritor primerizo, quisiera que la gente leyera la novela y la juzgara, buena o mala, por lo que es y por lo que está leyendo, por lo que tienen en las manos. Qué padre es tomar el libro de un escritor que uno no conoce, leer la historia y que te guste, sin saber más. Lo que me molesta un poco de todo esto… y no es que me moleste, digo, es mi familia, no lo voy a ir negando, pero lo que no me gusta es que, por ejemplo, las promociones de los libros vayan alrededor de ese eje porque me falsea mi apreciación de qué tanto les gustó o no les gustó la novela a los lectores. Muchos pueden llegar a ella con expectativas, quizás injustas o innecesarias, que la pueden afectar, a veces positivamente y otras veces no de esa forma. Quisiera que la gente pudiera leer y juzgar mi primera novela por lo que es, sin que en ese juicio entren las consideraciones de que soy nieto de tal o de tal otro. Creo que son novelas muy diferentes, escritores muy diferentes.

Qué padre es tomar el libro de un escritor que uno no conoce,
leer la historia y que te guste,
sin saber más.

Pero además usted tiene universos literarios que le vienen por ambos lados de la familia…
Sí, así es. Me parece que lo que termina afectando de todo esto es crecer en una familia que se lee, se platica, se cuentan historias. Y en la que no es descabellado considerar el dedicarse a contar historias, como oficio de vida, que creo que es algo con lo que la mayoría de los escritores sí luchan, que las familias te digan: estás loco. Supongo que mi familia lo pensó cuando les dije que quería ser escritor, pero era algo que estaba como concebido. A mí los libros siempre me han encantado.

¿A qué edad llegaron esas lecturas que fueron centrales para su novela, como las novelas de Rulfo o Camus?
A muchas edades. Pedro Páramo lo había leído en la secundaria. Me pareció una lectura complicada y pesada. Soy gran seguidor de Rulfo, pero más de El llano en llamas. A Camus lo leí hace unos diez años, tampoco lo tengo muy fresco. Muchas cosas que he leído hace tiempo florecieron en esta novela.

¿Y cuándo tuvo claro que iba a dedicarse a contar historias?
Híjole, desde muy chiquito. De niño lo hacía muy informalmente, pero ya en la adolescencia tenía claro que esto era lo que quería. No lo hacía con mucha disciplina ni con mucha habilidad, pero sabía que me interesaba. Todavía no definía si iba a ser periodista o novelista. En ese momento ni siquiera había considerado ser guionista, eso vino más tarde. Aunque me han interesado muchas otras cosas, el eje han sido los libros. Hoy estoy dedicado a la literatura, que es lo que siempre había querido hacer. Tengo novelas encajonadas que no salieron. Esta es la primera que cuajó.
¿Esas novelas que tiene guardadas iban por un camino similar a Una cita con la Lady?
Son diferentes. Aunque, bueno, sí hay temas que se repiten. Pueblos mágicos, fantasmas, enfermedad mental, drogas. Temas como Dios, el diablo, la muerte. Pero esas novelas están encajonadas porque son proyectos fallidos y no creo que vayan a salir a luz.

¿Por qué le interesan esos temas?
Híjole… es complejo. Siempre me ha interesado escribir cosas que exploran estados de conciencia alterados. Sueños, viajes, drogas, locura. En el caso de esta novela, me interesaba particularmente la heroína porque es una droga que permite el acceso a estados alterados de conciencia que no son solo el sueño y la vigilia, o el viaje de drogas, sino que es una puerta a otro estado de conciencia más vasto y misterioso, que es la muerte. La heroína es una droga de fin de vida –los opiáceos, en general–, se la dan a la gente cuando ya no hay mucho más que hacer, solo quitar dolor. Y si decides empezar a tomártela en la mitad de la vida y no la dejas pronto, probablemente el final de tu vida llegue más rápido. Eso era lo que me parecía interesante de esta droga y del estado de conciencia que produce. Esa cosa onírica, de ya no tener contacto real con la existencia. La novela habla mucho de la heroína, pero en realidad es un pretexto para hablar de otras cosas. Lo mismo pasa con la muerte: puede que la historia esté centrada en la muerte, pero es una excusa para pensar en la vida.

El personaje cita 'El libro tibetano de los muertos'. ¿Qué tanto importó la lectura de ese libro para la novela?
Ese libro lo he leído en varios momentos de mi vida y, al igual que mi personaje, no he entendido gran cosa. Me parece que fue importante su lectura. A pesar de toda la referencia cristiana que tiene la novela, al fin y al cabo yo creo que es una novela muy budista. A lo largo de la historia trato de dejar abiertos varios niveles de interpretación de lo que pasa con el personaje. Y son válidos todos. Dependen del lector y de lo que cada uno crea.

La muerte es vista también desde una óptica muy mexicana, con esa relación tan especial que tienen ustedes con ella.

Sí, una visión como más ligera. Para escribir este libro siempre tuve en mente imágenes de calaquitas, muy mexicanas. El personaje principal siempre me daba la impresión de que era una calaquita, aunque en otros momentos parecía un espectro. El lenguaje que uso también es muy mexicano. Traté de mantenerlo porque así fue como llegó la historia. Me gustó que en la editorial me dejaron guardar mis mexicanismos. Era algo honesto. Así prácticamente hablo yo.

Y uno se encuentra con humor en la novela.

Qué bueno. Porque cuando estaba terminando de escribirla me preocupaba que la gente dijera, oye, esto es una pesadilla desde la página uno hasta la última. Y lo es, de cierta manera. Pero precisamente por lo que te decía de la relación que tenía con el personaje, un tipo como cínico, con cierto desapego, vi que también podía ser divertido. Tener que estar lidiando con todo un pueblo que no te quiere también daba lugar a situaciones que me parecían divertidas. Espero que los demás lo vean así.

Zapotal, donde sucede todo, es un pueblo que puede estar en cualquiera de estos países latinoamericanos…

Sí. El pueblo es ficticio, pero está basado en toda una serie de lugares en los que he pasado un tiempo, en México, en Centroamérica, en Suramérica. He estado en muchos pueblos como Zapotal, pero para la novela no quería centrarme en uno solo, sino hacer que fuera un poco sintético de cómo funcionan las cosas allí.

¿Colombia tiene alguna relación en sus historias?
Sí y no.  Mi familia paterna es colombiana y siempre ha habido una cosmovisión colombiana ahí. He estado en Colombia muchas veces, en lugares muy interesantes que sin duda también han inspirado cosas. Pero, para serte sincero, he vivido la mayor parte de mi vida en México, he viajado mucho más por México, entonces creo que hay una relación inevitable con este país porque  es lo que traigo en la cabeza. Pero al fin y al cabo somos una cultura. Entre México y la Patagonia somos muy parecidos.

¿Ha pensado que la historia de la novela llegue al cine?
Me la puedo imaginar en cine, pero como me la imagino me parece aburrida. Puedo estar equivocado, y algún muy buen guionista me lo puede demostrar y me encantaría. Yo no lo haría. Siento que gran parte de la historia la lleva la voz del personaje y en una película es muy molesto tener un personaje que te habla y te hace comentarios. No estoy en contra de que llegue algún cineasta  me diga “oye, yo quiero hacerlo y te muestro el guion y te dejo opinar”. Y es lo único que yo haría: opinar. Pero la verdad, no veo bien cómo le haría.

Al final, ¿qué sensación le dejó 'Una cita con la Lady'?
Disfruté muchísimo escribirla. Me sucedió algo que casi nunca me pasa, y es que me gustaba lo que estaba haciendo. Generalmente cuando escribo estoy luchando para que me guste así sea un poquito más de lo que me está disgustando. Este oficio requiere terquedad, constancia, resistencia a la frustración, porque las cosas no salen siempre como uno quiere, y si no estás echándole muchas ganas pues no te puedes quejar de que no te vaya bien. Pero con esta novela disfruté. Y uno se vuelve un poco adicto a esa sensación. Ya quisiera estar escribiendo de nuevo, encontrar algo que me prenda mucho, que pueda entender, que sepa por dónde agarrar. En esta novela todo confluyó. 

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