El escritor condenado a cadena perpetua

El escritor condenado a cadena perpetua

Curtis Dawkins está preso y en la cárcel escribió Hotel Graybar. Entrevista al ahora aclamado autor 

Curtis Dawkins

Dawkins se graduó en Humanidades y adelantó un posgrado en escritura creativa. Lleva preso catorce años.

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© Kimberly Knutsen

14 de octubre 2018 , 12:17 a.m.



Curtis Dawkins terminó de ver el partido de béisbol y se despidió de sus hijos. Llevaba un largo tiempo sin compartir con ellos, desde que estaba separado de su mujer por cuenta de su adicción a las drogas. Pero esa noche todo parecía ir bien. Habían cenado juntos y visto el juego completo. Además sumaba varias semanas sin consumir nada ni beber alcohol. Cuando salió les dijo que iba directo a su casa, a ver una película, y les prometió volver pronto. En el camino todo cambió. Era la noche del 30 de octubre, vísperas de Halloween, y no hay muchos detalles de cómo Dawkins acabó recorriendo las calles de Kalamazoo, en Míchigan, disfrazado de gánster de los años 20, armado con una Smith & Wesson calibre 357 y con su cuerpo lleno de crack. Era la primera vez que usaba esa droga, contó después. Ya en la madrugada del 31, con las calles convertidas en carnaval, se cruzó con un muchacho que le preguntó algo sobre su disfraz. En vez de contestarle le puso el arma en la cabeza. El chico soltó la risa porque pensó que era un juguete, pero el gánster se fue dando tiros al aire. Unas calles más adelante se acercó a un hombre que estaba sentado frente a su casa fumándose un cigarrillo. Le pidió dinero y el hombre le dijo que no. Dawkins le apuntó al pecho y le disparó. Entró a la casa, pasó por varias habitaciones y tomó como rehén a la primera persona que vio. La policía llegó a los pocos minutos y trató de controlarlo, pero él solo gritaba, amenazaba con matar al rehén y suicidarse. Después de casi tres horas, un equipo de SWAT logró que se rindiera. Dawkins se declaró culpable y fue acusado de nueve delitos, incluido asesinato.

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Esto pasó en el 2004. Desde entonces Curtis Dawkins está preso en la cárcel estatal de Míchigan, Estados Unidos, condenado a cadena perpetua. En los últimos meses su nombre ha aparecido en los diarios de muchos países y no por alguna noticia relacionada con el delito que cometió: Dawkins se ha convertido en un escritor exitoso, publicado por una de las editoriales más importantes de su país. A mediados del año pasado salió a las librerías The Graybar Hotel, con catorce relatos que muy pronto fueron celebrados por la crítica. “Un libro notable por su modestia, su realismo y su humanidad”, opinó The Guardian. “Dawkins es un verdadero escritor”, dijo el New York Journal of Books. Ha sido tal el impacto del libro, que en poco tiempo ya está traducido a otros idiomas, entre ellos el español. “Todo esto es algo muy inesperado. Esto sirve para demostrar el poder de las palabras y de la literatura”, dice Dawkins, un poco asombrado de que un diario colombiano lo busque para una entrevista.

Que él haya escrito un libro no es sorpresivo: tiene un título en Humanidades con especialidad en Lengua Inglesa, de la Southern Illinois University, y avanzó en un posgrado de escritura creativa en Western Michigan University. Su gusto por escribir surgió después de que un compañero de sesiones de Alcohólicos Anónimos le prestó unos libros de William Faulkner y J. D. Salinger. Dawkins tenía entonces unos 22 años y ya llevaba por lo menos una década de adicción. Creció en Louisville, Illinois, en medio de una familia que sobrevivía gracias a una tienda de abarrotes, y desde adolescente estuvo cerca de las drogas y el alcohol. Su primer intento en la universidad no había resultado bien, pero el entusiasmo que le provocó la lectura de esos libros lo llevó a querer probar de nuevo. Dawkins obtuvo el título y, a mediados de los años noventa, inició el posgrado en escritura creativa. Fue en ese tiempo cuando conoció a Kimberly Knutsen, compañera de clases, con quien comenzó una relación. Se fueron a vivir juntos y, con poco dinero en las cuentas, Dawkins empezó a trabajar como vendedor de carros. La escritura, por el momento, debía quedar detenida. “Yo había publicado algunos cuentos en pequeñas revistas literarias –recuerda–. La primera historia que publiqué (titulada Madre) tuvo la suerte de ganar un premio del Consejo de las Artes de Illinois. Fue gratificante. Pero después no hubo nada durante mucho tiempo”.

Todo esto es algo muy inesperado. Esto sirve para demostrar el poder de las palabras y de la literatura

En 2003, después de un periodo largo de abstinencia, Dawkins volvió a consumir. Sus drogas habituales eran la ketamina y la heroína. Y el alcohol. Perdió su trabajo y su relación con Kimberly comenzó a tambalear hasta que terminó. Ella le pidió que se fuera de casa y así lo hizo, aunque trató de no perder el contacto con sus tres hijos, que tenían 10, 6 y 4 años cuando sucedió el asesinato. Entregado de nuevo a las drogas, Dawkins sufría episodios de paranoia. Creía que los traficantes –a quienes visitaba con mucha frecuencia– lo iban a matar. Sintió que debía comprar un arma para estar protegido de un posible ataque. Por eso consiguió la Smith & Wesson con la que mató a Thomas Bowman, su víctima, un pintor de casas que tenía 48 años cuando recibió el disparo la madrugada de Halloween. Hoy cuestiona la facilidad con la que obtuvo un arma sin que nadie considerara su historia personal de depresión, paranoia y adicción: “Ojalá no me la hubieran vendido”.

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Curtis Dawkins llevaba un año en prisión cuando empezó a escribir. “Lo hice como un salvavidas, para cambiar mi mente del lugar donde probablemente pasaría el resto de mi vida”, dice. Sus padres le enviaron una máquina de escribir eléctrica y él se dedicó a poner en papel las historias que habían comenzado a aparecer en su mente desde el momento en que entró a ese lugar. Tan pronto como creía que un relato tenía forma, se lo enviaba a su hermana menor y ella se encargaba de ofrecerlo en diferentes revistas. La mayoría de las veces recibió un no como respuesta. Sin embargo, hubo una publicación que aceptó sus cuentos: la revista Bull, fundada por Jarret Haley, que además se propuso ayudar a Dawkins a darle forma a un buen número de relatos con la idea de que se volvieran libro, y buscarle un agente literario. En efecto, la agente Sandra Dijkstra se convenció de la calidad de los textos y logró vendérselos a Scribner. “Sus historias son devastadoras”, comentaron en la editorial y le ofrecieron un anticipo de 150.000 dólares.

Esto, sin duda, fue una gran noticia para Dawkins: iba a ser un escritor publicado. Pero también fue el inicio de muchos problemas. El fiscal general de Míchigan decidió que el preso no tenía derecho a recibir todo el dinero y que debía entregarle al Estado el 90 por ciento de sus ganancias para cubrir su manutención. En Estados Unidos, cerca de cuarenta estados pueden obligar a los prisioneros a pagar parte de lo que corresponde a gastos de encarcelamiento. Dawkins, que pensaba destinar lo ganado a un fondo de educación para sus hijos, apeló esta decisión. Al final terminaron acordando que el cincuenta por ciento de los ingresos debe ir a las arcas del Estado, el resto lo recibe su familia.

Y este no ha sido el único contratiempo. Dawkins también ha recibido la crítica de muchas personas que consideran que él, culpable de asesinato, no merece el éxito que está teniendo. ¿Puede sacar provecho de la tragedia?, se preguntaron comentaristas de varios medios estadounidenses. En una entrevista con The New York Times, familiares de la víctima dijeron que no merecía ser publicado y que todo el dinero recibido tendría que ir dirigido a una organización benéfica. “Él no debería estar haciendo nada en prisión –afirmó un hermano de Bowman–. Solo vivir en el infierno el resto de su vida”.

¿Qué opina Curtis Dawkins de los que piensan así?

Él responde:

Es comprensible, supongo. A la gente le gusta infligir más y más castigos, si es posible. Pero es gracioso: la mayoría de esas personas dicen que son cristianas, aunque el deseo de castigar no es cristiano. De hecho, una gran parte de la Biblia fue escrita por Pablo, un conocido asesino de los primeros cristianos. Él no los asesinó por sus propias manos, pero fue el responsable. David, también: asesino. Moisés, también. No estoy diciendo que yo esté al nivel de estos gigantes bíblicos, simplemente estoy señalando la hipocresía.

Curtis Dawkins

Dawkins con sus tres hijos y su esposa, Kimberly Knutsen. Las ganancias recibidas por la venta de su libro van destinadas a un fondo para su familia.

Foto:

© Kimberly Knutsen

Su día a día en prisión no ha cambiado desde que es un autor leído en varios países. “Aquí todos saben del libro, hasta el director. Pero nadie puede tratarme de forma diferente. Además, varios de ellos pertenecen a la categoría de los que creen que no debería poder publicar. Por lo menos no les estoy causando problemas”. Dawkins, de 49 años, escribe unas cuatro horas al día. A veces lo pospone, si tiene alguna tarea urgente que obedecer, pero casi siempre trata de cumplir ese horario. Ahora está dedicado a la escritura de una novela que tiene el título tentativo de The Hive (La colmena) y habla de una prisión subterránea en la que los cerebros de los presos están conectados a computadores. La ha pensada como una trilogía. “Supongo que el segundo y el tercer libro dependerán de cómo le vaya al primero –dice–. La segunda parte ya estaría situada completamente fuera de la prisión, pero prefiero no entrar en detalles sobre lo que viene en el argumento”.

Aquí todos saben del libro, hasta el director. Pero nadie puede tratarme de forma diferente. Además, varios de ellos pertenecen a la categoría de los que creen que no debería poder publicar.

En los relatos de Hotel Graybar el mundo de la cárcel también es protagonista. Pero no son las historias habituales de presos, llenas de violencia o agresiones. Dawkins se sale de los lugares comunes y relata con sensibilidad, incluso con humor, la cotidianidad del que sabe que no volverá a estar en libertad (un solo cuento, en parte, se desarrolla fuera de prisión). Lo que no aparece en este libro, ni estará en los que vendrán, es el detalle de lo que pasó la noche que cometió el asesinato. De esto ha preferido no escribir: “La verdad es que yo no hago mucha no ficción. Pero sobre todo no creo que tenga derecho a escribir sobre esos momentos. Tomé la vida de un hombre, y sería el colmo del egocentrismo dar mi explicación de las cosas, por más limitada que sea”.

–¿Qué viene a su mente cuando piensa en esa noche?

–Lo que me viene a la mente es oscuridad y tristeza, y un deseo inútil de retroceder el tiempo. Si alguna vez escribo sobre lo que pasó, sería con un giro ficticio. Tal vez inventaría una máquina del tiempo para poder volver al 31 de octubre del 2004, sabiendo lo que sé ahora. Y no mataría a ese hombre. Me quedaría en casa con mis hijos. 


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