Los mundos de Liliana Colanzi

Los mundos de Liliana Colanzi

La autora boliviana habla de su libro 'Nuestro mundo muerto', que se mueve entre la vida y la muerte

Liliana Colanzi

Colanzi es una de las nuevas voces de la literatura latinoamericana y forma parte de la reciente selección de Bogotá 39.

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Archivo particular.

Por: Sergio Alzate
11 de febrero 2018 , 09:00 a.m.

Las historias de Liliana Colanzi incomodan. Como nadar en el mar y que algo te roce una pierna. Algo que probablemente no pase de ser un alga o las aletas de un pez o un trozo de basura. Pero en la mente ese algo se transforma y le salen dientes y garras, ojos y espinas. Son como oír un ruido en casa a medianoche sabiendo que no hay nadie más. Pero, ¿y si alguien (o peor aún, algo) más estuviera contigo? Sus relatos no son historias de terror. Son más bien una encrucijada. Que el camino de la derecha, el de siempre, un día se vuelva aburrido y se tome el otro. Puede que este sea tan normal como el anterior. O puede que al final haya un abismo dispuesto a romperte las piernas en la caída. Y que antes de caer, antes del fatídico impacto, te despiertes.

Ese quiebre de la realidad, ese desdoblamiento onírico de lo cotidiano, se insinuaba desde su primer libro de relatos, Vacaciones permanentes, y se solidifica en el siguiente, Nuestro mundo muerto. “La realidad no es homogénea, no es un bloque que se comparta de la misma manera entre todos los seres vivos, ni siquiera entre los humanos”, dice Liliana Colanzi, que nació en Santa Cruz, Bolivia. Este podría ser un detalle gratuito, si no fuera porque, como ella misma explica, su país está conformado por una dupla de cosmovisiones que chocan en la manera de ver y percibir lo real: una mentalidad racional que le busca una explicación lógica a todo, y otra supersticiosa, que bebe de los mitos indígenas su modo de existir. Así, las maneras de practicar la medicina, de entender la religión o de asomarse al misterio de la muerte siempre están en constante debate. “La superstición es una forma de poner orden en un mundo que es pura incertidumbre y entropía”, dice y equipara a la razón a otra forma de organizar el caos, pero desde el desencantamiento positivista que persigue la credibilidad y la aceptación del mundo moderno. Sin embargo, ella tiene clara la orilla que más le interesa: “De la superstición me atrae su poesía, la poesía de las cosas irracionales”.

La superstición es una forma de poner orden en un mundo que es pura incertidumbre y entropía.

Nuestro mundo muerto juega con ese anhelo revestido de miedo por saber qué existe más allá de lo conocido. Puede ser más allá de la muerte, pero también más allá del territorio, más allá del tiempo, más allá del universo. El cuento que da título al libro sucede en Marte, y su protagonista, una mujer que decide ser parte del proyecto para colonizar el planeta rojo, cree haber visto un ciervo “dorado, como los de los Urales” correr por sus llanuras. Sabe que no es posible. Sin embargo, el corazón se le desboca y las ideas se le secan. ¿Y si hubiese sido real? Y sabe también que es peligrosa la mera idea de quedar embarazada en esa misión sin boleto de regreso, pero le pide a uno de sus compañeros, en un instante de desesperación, o quizá de lucidez extrema, que la preñe. “Haceme un hijo”, le susurra al oído, mientras imagina a ese hijo que no pasa de ser una posibilidad biológica “chapoteando en un océano precámbrico”. Sin importar que pueda nacer con malformaciones rocambolescas: dos cabezas o aletas en vez de extremidades o el corazón palpitándole por fuera del pecho. En ese momento quiere ser madre porque la maternidad representa el abismo de lo desconocido que tiene la doble función de lo posible y lo egoísta: su verdadera dicha estaría en conocer las consecuencias que traería su decisión, suya y de nadie más. “¿Existe el bien, existe el mal, cómo es la experiencia de enfrentarlos?”, se pregunta Liliana, que en algún momento de su vida se obsesionó con los testimonios de personas que han sido declaradas clínicamente muertas: quería saber qué pasaba en esa frontera porosa donde la vida no es vida, pero tampoco la muerte es muerte. Sino otra cosa, un himen que divide al mundo, pero que lo mantiene unido a través de un desconocimiento. Y así en todas las capas de la vida humana, en todas las existencias. Hasta en la suya, que describe fragmentada entre un lado capaz de hacer cosas positivas y otro costado negativo, que tiende a la depresión y la obsesión: “La idea de que me trague la oscuridad me angustia, pero también coqueteo con ella”.

Liliana Colanzi

Las historias de Liliana Colanzi se mueven entre la vida y la muerte, el sueño y la vigilia, la luz y la oscuridad.

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El protagonista del cuento Chaco, que mata a un indígena con una roca sin ningún motivo, es esa oscuridad que se extiende a través de un cuerpo hasta asfixiarlo. “Por primera vez supe cómo se sentía que alguien me tuviera miedo. Me gustó”, dice el protagonista al ver que su madre lo mira con terror al no saber qué clase de bicho ha engendrado que es capaz de matar sin remordimientos. Sin embargo, la muerte no es un estado definitivo en esta historia ni en las otras de Nuestro mundo muerto. Es un modo de relacionarse con lo real que atraviesa cada relato. En Chaco, el indígena asesinado se convierte en una voz en la cabeza de su asesino. El cuento Alfredito se mete en los ojos de la niñez que experimenta la muerte como un juego momentáneo. Meteorito raspa la superficie de la razón y sustrae las supersticiones y los miedos que hay al enfrentarnos a lo que no se logra entender. Caníbal narra cómo la cotidiana obsesión del amor sigue su curso aun en una ciudad sitiada por el miedo y el morbo que produce un asesino. “Me intriga la muerte como un barranco al que nos asomamos a diario, buscando maneras de pactar con él para hacer más llevadera la idea de que en algún momento nos caeremos adentro”, dice Liliana, para quien es terrible, misteriosa y brutal la manera como ese abismo condena a cada uno a la no existencia. Quizá por eso en sus historias los espectros hacen cameos entre los vivos: el fantasma como una posibilidad irresuelta que regresa para vagar e incomodar hasta que se le trate con el respeto que cree merecer. O puede que esa transversalidad temática se deba a que Colanzi estuvo años curándose de una adicción a las pastillas para dormir que la llevó a pensar mucho en la muerte y a entenderla como “una liberación del yo, que puede ser una prisión infernal, y también como transición hacia lo desconocido, lo no humano”.

Y el yo no es un concepto global sobre el que se asienta plácidamente la vida. Parafraseando al biólogo Jakob Johann von Uexküll, Liliana Colanzi recuerda que hay un mundo para la garrapata, un mundo para la ballena, un mundo para el perro, así hasta el infinito, y que “cada uno de estos mundos puede ser modesto y acotado o suntuoso y complejo”. En sus relatos, estos mundos se tocan e intersectan. En sus historias, las realidades únicas se abrazan, se retuercen, se confunden hasta desconcertar. Como en el cuento de Julio Cortázar, La noche boca arriba, que zurce su tensión narrativa alrededor de esta idea: ¿el hombre en la moto sueña al indio moteco, o el indio moteco sueña al hombre en la moto? “Ese cuento pone en entredicho el principio mismo de realidad y plantea la duda sobre cuál es el espacio de la vigilia y cuál el del sueño”, dice Colanzi.

Hay un mundo para la garrapata, un mundo para la ballena, un mundo para el perro.

Hay varios mundos para Liliana Colanzi, que además de escritora es periodista y dirige Dum Dum Editora. Cada faceta suya le propone una mirada diferente. Como periodista, su obligación es enquistarse al segundero para seguir lo que sucede, lo que avanza, lo que evoluciona y se considera actual. Mientras que la literatura le permite “hurgar en lo anacrónico, donde está lo que ya no tiene utilidad, que es obsoleto, y que por eso mismo me interesa”. Su trabajo de edición le permite proponer una hoja de ruta narrativa y abrir a su país a una literatura que se desconoce o que se conoce a medias y que ella quiere ayudar a difundir. Y hay más mundos en el mundo de Liliana Colanzi: la ganadora de premios (Premio Internacional de Literatura Aura Estrada), la profesora de literatura en la Universidad Cornell, la elogiada por Rodrigo Fresán (“Cada vez es más complicado develar el enigma de qué es un buen cuento [...]. Una de las más posibles y acertadas respuestas a semejante misterio son los cuentos de Liliana Colanzi”), la antologada en Bogotá 39 como uno de los mejores narradores de Latinoamérica de su generación. Y, finalmente, la que ve todo esto no como una meta, sino como casualidades que no interfieren con su literatura: “Lo único que tiene ‘efecto real’ sobre la escritura es leer y escribir”.


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