Cristina Morales, la disidente de las letras españolas

Cristina Morales, la disidente de las letras españolas

Con su novela 'Lectura fácil', recibió el más reciente Premio Nacional de Literatura de su país.

Cristina Morales

La escritora española Cristina Morales también recibió el Premio Herralde por 'Lectura fácil', el año pasado.

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Sebastián Jaramillo

Por: Diego Felipe González
12 de noviembre 2019 , 05:03 p.m.

Leer a Cristina Morales es mirarse al espejo y sentir rabia. Una rabia que sale al ver reflejados nuestros prejuicios, nuestra pasividad ante la opresión y nuestra indiferencia ante las injusticias. Pero también es una rabia emancipadora, una rabia que puede hacernos gritar: Ni amo ni dios ni marido ni partido ni de fútbol, tal y como lo dice el subtítulo de Lectura fácil (Anagrama), la novela de Morales con la que ganó el Premio Herralde en el 2018 y el Premio Nacional de Literatura de España de este año.

Morales (Granada, España, 1985) ha publicado cinco libros, entre ellos La merienda de los niñas (2008), Los combatientes (2013), Malas palabras (2015) y Terroristas modernos (2017). Sus novelas han sido un constante juego y una afrenta a la autoridad y a los cánones literarios. En Los combatientes, por ejemplo, utilizó textos de Ramiro Ledesma Ramos –cofundador de la Falange– que muchos críticos y lectores pensaron que eran discursos o parte del pensamiento del movimiento 15M que se tomó las calles de España en protesta por los recortes sociales. Sin embargo, ha sido con Lectura fácil que la autora entró en el panorama de la literatura en español. A raíz de los premios que recibió se desataron las reacciones más inesperadas: políticos de izquierda y de derecha, críticos literarios y uno que otro escritor pusieron el grito en el cielo: ¿cómo era posible que una autora ‘antisistema’ recibiera un reconocimiento por parte del Estado? Opiniones que a Morales la traen sin cuidado.

Pero ¿qué fue lo que incomodó, e incomoda, de Lectura fácil? La novela cuenta la historia de Patri, Àngels, Nati y Marga –diagnosticadas por las autoridades con diferentes grados de “discapacidad intelectual”– a través de las voces de tres de ellas, de una asamblea de anarquistas y de los registros de un juicio. Sin embargo, la máquina literaria es más grande. En la mitad del libro hay un fanzine titulado ‘Yo, también quiero ser un macho’, que es el núcleo y el espíritu de la novela. Además, está la fuerte presencia de un humor subversivo que en cada página les escupe a los poderosos una carcajada en la cara. Tal vez eso sea lo que moleste de Lectura fácil, su capacidad de hacernos reír mientras nos damos cuenta de cómo el sistema está hecho para vender humo, como dice Morales. Un libro que pone todo patas arriba.

Uno de los temas centrales de la novela es el intento o el afán del Estado por normalizar los cuerpos y los comportamientos considerados como “no convencionales”. ¿A qué se debe esta necesidad de institucionalizar y normalizar a los ciudadanos?
La normalización es un instrumento de supervivencia del Estado y un instrumento de control de la población. Este requiere, para poder seguir reproduciéndose, que sus propias leyes puedan ser aplicables con un afán universalizable. La noción de lo universal implica que la mayoría pueda encajar en el paradigma legal. Por ejemplo, la ley se predica para todos por igual, aquello que la Revolución francesa llamaba: igualdad, libertad y fraternidad. Sin embargo, el concepto de la igualdad ahí está muy romatizado, porque esa igualdad no es la igualdad entre todos, sino la normalización de todos en función de un paradigma de lo que se considera bueno. La normalización es imprescindible para mantener el orden.

¿Cree que la literatura puede ser una forma de contrapoder a la normalización?
¡Hombre, por supuesto que tiene esa capacidad! Lo cual no significa que no tenga también la otra, la de ser perpetuadora de ese orden. La literatura puede ser orgánica, en el sentido que pertenezca a los órganos del poder, no en el sentido de que esté adscrita administrativamente, sino que reproduzca discursos conocidos. Que reproduzca algo de género como suele ser que los protagonistas vengan siendo siempre masculinos, con sus personajes alternos femeninos. Sin duda la literatura puede remachar nociones de opresión, pero al mismo tiempo, y de esto hay ejemplos a lo largo de toda la historia, sirve para abrir grietas en ese sistema de opresión. En la mano del escritor y su posición en el mundo está tomar un camino u otro.

Cada una de las narradoras de la novela tiene un registro distinto. María del Àngels cuenta su vida a partir de la lectura fácil –un método de escritura creado por el Estado–; a Patri la conocemos a través del juicio que se recrea; a Nati, por sus discursos incendiarios y a Marga, desde el silencio y la mirada de otros. ¿Cómo construyó estas tres voces? ¿Estaban planeadas así desde antes de escribir la novela?
Esa estructura de la novela no sale de un modo natural, las voces son una decisión deliberada que suponen un antes y un después en la concepción del libro. Al principio me planteé hacer la novela solo con Nati, pero luego me pregunté si yo como autora tendría la pericia de tener tres voces más, si sería capaz de sostenerlas, de mantenerlas y de diferenciarlas, cosa que me pareció necesaria para enriquecer la historia. Por otro lado, al decidir que no la contara solo Nati, también fue una forma de amortiguar su radicalidad. Esto no denota, por mi parte, una pericia como escritora, sino más bien todo lo contrario, una impericia por no ser capaz de mantener la radicalidad del discurso de Nati durante las páginas necesarias. Siempre pongo el ejemplo de la obra de Céline, De un castillo a otro, en la que Céline está en un puro grito y es una pura queja contra los aliados después de ganar la Segunda Guerra Mundial. Ese libro yo no lo pude terminar de leer, porque la radicalidad del discurso de la primera persona del protagonista se me hacía intragable. Esto no es problema de Céline, esto es problema mío como lectora, una lectora que sigue siendo acomodada a esa literatura en la que tiene que prevalecer cierta ecuanimidad. ¿Por qué no podemos bancarnos un personaje radical que grita no sé cuántas páginas que es un filo nazi como lo era Céline? El problema no está en el autor, sino en nosotros como lectores acomodados.

La literatura puede remachar nociones de opresión, pero al mismo tiempo sirve para
abrir grietas en ese sistema de opresión.


El control o la potestad del Estado sobre el cuerpo es otro de los hilos argumentales de 'Lectura fácil'. A Marga, por ejemplo, la quieren esterilizar para controlar su hipersexualización, Nati lucha contra la vigilancia que se da sobre el cuerpo en sus clases de danza y Àngels escribió sobre cómo la obligan a bajar de peso. ¿Por qué es tan importante esta reflexión sobre el cuerpo para usted?
Con respecto a la presencia del cuerpo, la voz de cada personaje, incluso de Patri –que es la superdelgada y reflexiona sobre su delgadez diciendo: “Yo estoy muy buena porque de adolescente padecí un trastorno alimenticio, pero qué buena estoy gracias a eso”–, deja de lado lo patológico y se queda con el cuerpo con el que se siente cómoda, que ya no es desde el lugar del dolor ni de la enfermedad. Imagino que estas reflexiones del cuerpo aparecen todo el rato porque creo que no sabría escribir de otro modo sobre lo personal ni sobre lo político. Una corriente literaria que podríamos imaginar tan diferente a lo que yo hago podrían ser los místicos, que asociamos con algo que podría estar en las nubes o elevado. Sin ir más lejos, la propia Teresa de Jesús en sus textos y sobre todo en sus poemas más sensuales. Son sensuales porque vincula lo divino con los procesos fisiológicos. Ella habla de ese rayo que la penetra, ¡una flecha de amor que la penetra!, que para nada es una religiosidad alejada de lo terrenal. Creo que en ese sentido para mí lo literario no puede estar en absoluto desligado de lo fisiológico, como tampoco el pensamiento lo puede estar. Igual que con el dolor de regla uno piensa, con la diarrea uno piensa, con un dolor muscular uno piensa y con la exaltación de la salud uno también piensa. Tanto que uno pensaría diferente si su cuerpo fuera otro.

Por eso la sexualidad en el libro también es un acto político. ¿Cómo fue ese proceso de articular la política del sexo con la misma narración literaria?
Para mí la literatura funciona como un juego y como un campo de experimentación de la realidad. La literatura ya es real desde que se crea, hace parte de la realidad. Y cuando digo que es un juego, también me refiero a que es un juego de la imaginación, una puesta de los deseos sobre el papel: ¿cómo me gustaría a mí ser?, ¿cómo me gustaría a mí experimentar una sexualidad no normativa? Esa situación que bebe de la experiencia, pero también bebe de la imaginación, se traslada al papel como una avanzadilla del deseo haciéndose realidad.

Toda esta búsqueda por lo no normativo o lo no aceptado le ha valido que le cuelguen la etiqueta de antisistema. ¿Qué piensa de esa calificación?
Bueno, antisistema es una etiqueta que pone la derecha contra aquel que sea crítico. Y cuando digo la derecha también me refiero a la política institucional, ya se llamen a sí mismos de izquierda o la derecha fascista o la progresía institucional. Entonces, antisistema es una etiqueta puesta por ellos hacia los que son críticos, y pretenden que esa denominación sea una palabra holística que enmienda a la totalidad o que quiere decir que “usted está en contra de todo”, pero de una manera muy ramplona. Nosotros decimos con pelos y señales, nombres y apellidos contra lo que estamos en contra. Antisistema funciona como un cajón de sastre para evitar sentirse aludidos por cualquier crítica que se les haga, así pueden responder: “A estos no les gusta nada, que se vayan a vivir al monte y que no convivan con nadie”. Es algo muy poco preciso. Lo mismo pasa con la noción de radical que ellos tienen, que también volvieron de cajón de sastre.

Yo me aferro a los pensadores radicales. Y los que nos hacemos llamar así, lo hacemos con honra y con orgullo.


¿Usted se considera radical?
Yo me aferro a los pensadores radicales. Y los que nos hacemos llamar así, lo hacemos con honra y con orgullo. ¿Cómo no querer cambiar radicalmente la basura y la opresión en la que vivimos? ¿Cómo no querer cambiar radicalmente eso? ¿Qué camino intermedio puede librarnos de esa opresión? Creo que ninguno.

El bastardismo es otro de los conceptos claves de 'Lectura fácil'. A partir de los textos de la escritora boliviana María Galindo, Nati hace una reflexión sobre el conocimiento y las relaciones entre Europa y el resto del mundo. ¿Qué le han dejado a usted todos estos movimientos y estos meses en Latinoamérica?

Mi encuentro con feministas radicales y feministas que no se hacen llamar así, como pueden ser las luchas comunitarias indigenistas en México, me han recordado que los discursos europeos emancipadores pueden no servir para todo el mundo. Términos como lucha de mujeres, que se han desarrollado en América Latina, me han mostrado que hay otras formas de lucha. Pero este encuentro también me ha ayudado a desaprender cosas que por la educación teníamos muy arraigadas, como la celebración del 12 de octubre, el día ese de la hispanidad, en la que de verdad no hay nada que celebrar. Descubrir que lo que los españoles hicieron aquí no fue favorecer un mestizaje de Benetton de blanquitos con chinitos con negritos con morenitos con mulatitos, sino todo lo contrario. Esos festejos lo que ocultan es una gran violencia. También, gracias a todas estas mujeres latinoamericanas que he leído y conocido, pude poner el tema de la violación como centro de la construcción del Estado, de lo político, de lo colonial. Las feministas latinoamericanas me han enseñado más que ningún otro pensador o corriente de pensamiento de qué hablamos cuando hablamos de la formación de una organización política acribillando el cuerpo de las mujeres.

Hace poco le otorgaron el Premio Nacional de Literatura de España. Eso desató toda una serie de protestas de políticos y escritores que criticaron que se le diera este reconocimiento. Un político hasta llegó a decir que esperaba que usted quemara el cheque con el que viene acompañado el premio. ¿Imaginó que se pudieran dar estas reacciones?
Nunca me pude imaginar que yo pudiera despertar semejante relevancia mediática. Sobre todo porque no tengo ni redes sociales ni nada. Y también porque yo no he respondido a nada de lo que han dicho. En primer lugar, porque no los considero interlocutores válidos, es que ni compartimos el medio de comunicarnos. Su trabajo depende de vender humo en Twitter, el mío no. Mi trabajo consiste en escribir libros, y a veces se quedan en un cajón y nadie los quiere y a veces reciben un premio. Pero no me parece para nada sorprendente cómo han reaccionado ni lo que han dicho. Tampoco soy la primera a la que han despellejado ni seré la última. No me siento atacada. Creo que los que se sienten atacados son ellos, los que están intranquilos son ellos.

¿Qué cree que pudo ponerlos tan intranquilos?
No creo que haya sido el libro, muchos ni lo habrán leído o lo han leído de una manera muy oportuna para sus intereses, sin hacer una lectura literaria. Lo que he visto es que los confronta y en algunos casos no solo sale su lado macho-facha, sino su lado profundamente elitista. Recuerdo que un crítico literario del ABC (periódico español) hizo una crítica, sin demasiada profundidad, que se llamaba ‘Desmontando Lectura fácil’ o algo así. Y ¡oye!, que si no le gusta el libro perfecto, pero donde él piensa que está lanzando algún insulto o algo malo contra el libro, yo debo decir que no es un golpe, sino una unción al decir que estoy atacando el buen gusto literario. ¡Nada mejor! Gracias, gracias. De hecho, ahora recuerdo un libro de Juan Cárdenas en el que habla del buen y del mal gusto referido a la ropa y él achaca esos gustos, por supuesto, a una cuestión de clase. ¿Qué entendemos por mal y buen gusto? ¡Que un crítico me diga que con mi novela estoy destrozando el buen gusto literario es ponerme una corona de laurel! Además, denota bastante ignorancia, porque hay escritores que han sido ungidos como destructores del buen gusto literario que seguro ese crítico jamás diría que son malos escritores, por ejemplo, Vladimir Mayakovski, poeta futurista ruso, o el mismísimo Peter Handke, que si no me equivoco ha sido Nobel, ¿no? Basta mirar el libro Una bofetada al gusto del público, de Mayakovski, para ver a lo que me refiero. Efectivamente, ellos son dos autores de los cuales no podemos perder de vista que son varones y que ocupan un lugar prestigioso en la tradición literaria. Dos características que yo desde luego... Desde luego ser varón no está en cuestión, pero el ocupar un lugar prestigioso dentro de la tradición literaria sí está en absoluta cuestión. Estaría bien que estos críticos revisaran… bueno, no tienen que revisar nada, ya lo revisamos los demás.

¿Cree que su literatura es subversiva?
Primero habrá que decir subversiva contra qué. Pero si es subversiva lo es porque quizás a mí en la propia escritura me subvierte, no porque yo tenga la idea de ir a subvertir a nadie. Yo solo tengo la idea de ir a cumplir un deseo. Y creo que el cumplimiento de los deseos puede ser algo muy subversivo. L

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