La voz de García Lorca

La voz de García Lorca

El libro 'Palabra de Lorca' reúne entrevistas concedidas por el poeta español. Esta es una de ellas 

Federico García Lorca

Este año es el natalicio del poeta español Federico García Lorca, asesinado y su cuerpo desaparecido durante la Guerra civil española.

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AFP

09 de septiembre 2018 , 12:38 a.m.



Los hombres, en su mayoría –dice García Lorca–, tienen una vida especial que usan como tarjeta de visita. Es la vida que se les conoce públicamente y que ellos mismos presentan diciendo: “Yo soy este”, y que se les recibe pensando: “Si usted lo dice…”. Pero esa mayoría tiene también la otra vida, una vida gris, agazapada, torturante, diabólica, que trata de ocultar como un feo pecado. Mucha gente ha hecho su fortuna diciendo al oído de algunos ricos las siete palabras milagrosas: “Me das tanto, o lo digo todo”… Ese todo es el eje de la vida gris…

Mientras habla, el poeta fija sus ojos en los nuestros. Su mirada adquiere tonalidades a ritmo con las palabras; brillantes, apagadas, violentas, persuasivas…

Una vida de niño

Cuando alguien pregunta a García Lorca por su vida, el poeta se asombra.

–¿Mi vida? ¿Es que yo tengo vida? Estos mis años, todavía me parecen niños. Las emociones de la infancia están en mí. Yo no he salido de ellas. Contar mi vida sería hablar de lo que soy, y la vida de uno es el relato de lo que se fue. Los recuerdos, hasta los de mi más alejada infancia, son en mí un apasionado tiempo presente…
–…
–Y se lo contaré. Es la primera vez que hablo de esto, que siempre ha sido mío solo, íntimo, tan privado que ni yo mismo quise nunca analizarlo. Siendo niño, viví en pleno ambiente de naturaleza. Como todos los niños, adjudicaba a cada cosa, mueble, objeto, árbol, piedra, su personalidad. Conversaba con ellos y los amaba. En el patio de mi casa había unos chopos. Una tarde se me ocurrió que los chopos cantaban. El viento, al pasar por entre sus ramas, producía un ruido variado en tonos, que a mí se me antojó musical. Y yo solía pasarme las horas acompañando con mi voz la canción de los chopos… Otro día me detuve asombrado. Alguien pronunciaba mi nombre, separando las sílabas como si lo deletreara: “Fe… de… ri… co…”. Miré a todos lados y no vi a nadie. Sin embargo, en mis oídos seguía chicharreando mi nombre. Después de escuchar largo rato, encontré la razón. Eran las ramas de un chopo viejo, que al rozarse entre ellas producían un ruido monótono, quejumbroso, que a mí me pareció mi nombre.

Los recuerdos, hasta los de mi más alejada infancia, son en mí un apasionado tiempo presente…

Y los años corren

Los años pasaron. García Lorca, bajo la inteligente dirección de su madre, se inició en estudios musicales. Luego en estudios escolares. Después, ya librado a su propia dirección, fue a la universidad. Encontró en el camino gentes malas y buenas. Pasó por ellas, tranquilamente. Se rodeó de amigos, pocos pero auténticos. Y desde entonces su vida está dividida en dos: la que vive para sus amigos y la que vive solo.

Ambas vidas tienen su bien. La de Lorca para los amigos es la que todos conocemos, alegre, bulliciosa, gentil, dinámica. La que no todos conocen, la que él mismo teme, es la antítesis. Flota sobre ella un espíritu trágico. El silencio de las ideas obsesionantes, como la idea de la muerte, trata de envolverlo. Y el poeta vibra bajo el terror como un apasionado.

Un poeta recién hallado

Hubo algunos años en la vida de Lorca durante los cuales fue un espíritu en elaboración. Y otra tarde –los cambios en su vida ocurrieron así, repentinamente siempre– se descubrió poeta. Un amigo suyo estaba en Suiza curándose de una hemoptisis. Mantenían una frecuente correspondencia. Lorca, que nunca había salido de España, describía en sus cartas los paisajes suizos, tal como se los representaba su imaginación. Sus cartas tenían sabor, color y tonalidades de poemas. El amigo, entonces, le escribió, gritándole a grandes letras:

“¡Federico, eres un poeta! ¡Debes escribir versos! ¡Envíame los primeros que hagas!…”

A García Lorca le sorprendió ese descubrimiento de su amigo. Se ignoraba poeta. En verdad que sentía intensamente las cosas y los paisajes, pero suponía que era cosa natural en todo el mundo. Ahora, en lo que se refiere a los versos, era cosa más difícil. Un verso significaba exponerse como poeta, como un hombre que siente en forma diferente a los demás. Por complacer a su amigo, escribió sus primeros versos. Los hizo después de un viaje a Castilla, durante el cual le llamaron la atención las cigüeñas, sentadas en lo alto de todos los campanarios. Estos pájaros le parecieron poetas melancólicos, que al carecer de música en la voz se acercaban a vivir junto a la fuente musical de las campanas. Los primeros versos de García Lorca son:Cigüeñas musicales,
amantes de campanas.
¡Oh, qué pena tan grande
que no podéis cantar!…
¡Oh, pájaros derviches
llenos de soñolencia…!

‘Edelweiss’

La carta del amigo le trajo entre los pliegues una edelweiss, la flor maravillosa de los Alpes. El amigo le decía:

“Conserva esta flor, que dará mucha suerte”.

Esos primeros versos de Lorca fueron conocidos por sus amigos de España, que celebraron regocijadísimos la aparición de un gran poeta. Lorca no podía creerlo, pero siguió haciendo versos. Al hacerlos, se operaba en él un cambio sensible de temperamento, una especie de retorno a viejas emociones. Los recuerdos de niño volvían. Las cosas que antes lo asombraban, lo alegraban o lo entristecían, regresaban a él con la misma fuerza emotiva de sus primeros años.

El amor a la tierra

–Amo la tierra –dice Lorca–. Me siento ligado a ella en todas mis emociones. Mis más lejanos recuerdos de niño tienen sabor de tierra. La tierra, el campo, han hecho grandes cosas en mi vida. Los bichos de la tierra, los animales, las gentes campesinas, tienen sugestiones que llegan a muy pocos. Yo las capto ahora, con el mismo espíritu de mis años infantiles. De lo contrario, no hubiera podido escribir Bodas de sangre. Este amor a la tierra me hizo conocer la primera manifestación artística. Es una breve historia digna de contarse.

Los bichos de la tierra, los animales, las gentes campesinas, tienen sugestiones que llegan a muy pocos.

Los arados Brabant y el primer asombro artístico

–Fue por el año 1906. Mi tierra, tierra de agricultores, había sido siempre arada por los viejos arados de madera, que apenas arañaban la superficie. Y en aquel año, algunos labradores adquirieron los nuevos arados Brabant –el nombre me ha quedado para siempre en el recuerdo–, que habían sido premiados por su eficacia en la exposición de París del año 1900. Yo, niño curioso, seguía por todo el campo al vigoroso arado de mi casa. Me gustaba ver cómo la enorme púa de acero abría un tajo en la tierra, tajo del que brotaban raíces en lugar de sangre. Una vez el arado se detuvo. Había tropezado en algo consistente. Un segundo más tarde la hoja brillante de acero sacaba de la tierra un mosaico romano. Tenía una inscripción que ahora no recuerdo, aunque no sé por qué acude a mi memoria el nombre de los pastores de Dafnis y Cloe.

Complejo agrario

–Ese mi primer asombro artístico está unido a la tierra. Los nombres de Dafnis y Cloe tienen también sabor a tierra y amor. Mis primeras emociones están ligadas a la tierra y a los trabajos del campo. Por eso hay en mi vida un complejo agrario, que llamarían los psicoanalistas.

Sin este mi amor a la tierra, no hubiera podido escribir Bodas de sangre. Y no hubiera tampoco empezado mi obra próxima: Yerma. En la tierra encuentro una profunda sugestión de pobreza. Y amo la pobreza por sobre todas las cosas. No la pobreza sórdida y hambrienta, sino la pobreza bienaventurada, simple, humilde, como el pan moreno.

No puedo tolerar a los viejos. No es que los odie. Ni que los tema. Es que me inquietan. No puedo hablar con ellos. No sé qué decirles. Sobre todo aquellos viejos que piensan que, por solo serlo, están en todos los secretos de la vida. Eso que llaman experiencia y que tanto nombran los viejos, no la concibo. En una reunión de ancianos, yo no sabría decir una palabra. Me aterrorizan esos ojillos grises, lacrimosos, esos labios en continuo rictus, esas sonrisas paternales, ese afecto tan indeseado como puede serlo una cuerda que tire de nosotros hacia un abismo… Porque eso son los viejos. La cuerda, la ligazón que hay entre la vida joven y el abismo de la muerte.

Mis primeras emociones están ligadas a la tierra y a los trabajos del campo. Por eso hay en mi vida un complejo agrario, que llamarían los psicoanalistas

Y la ha nombrado. García Lorca es un muchacho alegre, despreocupado hasta de sí mismo. Pero acaba de nombrar a la muerte y su rostro se ha transfigurado.

–La muerte… ¡Ah!… En cada cosa hay una insinuación de muerte. La quietud, el silencio, la serenidad, son aprendizajes. La muerte está en todas partes. Es la dominadora… Hay un comienzo de muerte en los ratos que estamos quietos. Cuando estamos en una reunión, hablando serenamente, mirad a los botines de los presentes. Los veréis quietos, horriblemente quietos. Son piezas sin gestos, mudas y sombrías, que en esos momentos no sirven para nada. Están comenzando a morir… Los botines, los pies, cuando están quietos, tienen un obsesionante aspecto de muerte. Al ver unos pies quietos, con esa quietud trágica que solamente los pies saben adquirir, uno piensa: diez, veinte, cuarenta años más, y su quietud será absoluta. Tal vez unos minutos. Quizás una hora. La muerte está en ellos…

No puedo estar con los zapatos puestos, en la cama, como suelen hacer los tofos cuando se echan a descansar. En cuanto me miro los pies, me ahoga la sensación de la muerte. Los pies así, apoyados sobre sus talones, con las plantillas hacia el frente, me hacen recordar a los pies de los muertos que vi cuando niño. Todos estaban en esa posición. Con los pies quietos, juntos, con zapatos sin estrenar… Y eso es la muerte.

Federico García Lorca ama el triunfo. Lo busca, lo provoca y lo consigue, pero no lo ama para sí. Lucha siempre para dar a sus amigos la satisfacción de saberlo triunfador.

–Si de repente mis amigos dejaran de serlo, si estuviera rodeado de odios o de envidias, no podría triunfar. No lucharía siquiera. Poco o nada me importa que a la gente le guste o no le guste mi obra. No me importa por mí, pero me importa por mis amigos, por esa barra de muchachos que dejé en Madrid y por los que tengo en Buenos Aires. Sé que ellos se disgustarían si una de mis obras fuera silbada. Yo sufriría por su disgusto, y no por mi obra. Son mis amigos los que me han creado la obligación de triunfar. Y yo triunfo porque quiero que mis amigos no me pierdan el cariño ni la fe que depositaron en mí. De los otros, de quienes no me quieren o que yo no conozco, no me preocupo artísticamente.

Son mis amigos los que me han creado la obligación de triunfar. Y yo triunfo porque quiero que mis amigos no me pierdan el cariño ni la fe que depositaron en mí.

–¿Mi más grande emoción? La tuve ayer, acá, en Buenos Aires. Vino al teatro una señora preguntando por mí. La atendí. Era una mujer humilde. Vive en las afueras de la ciudad. Se enteró por Crítica de mi llegada a Buenos Aires. En realidad, yo no me imaginaba el objeto de su visita. Y dejé que hablara. La mujer, cuidadosamente, desenvolvió algo, de entre unos papeles. Me miraba a los ojos y sonriendo, como si sonriera a un recuerdo, decía mi nombre: “Federico… Quién iba a decirlo… Federico…”. Y cuando desenvolvió su paquetito, sacó de él un retrato amarillento. Era el retrato de un nene. Y fue ese retrato, mi mayor emoción.

–¿Lo conoces, Federico? –me preguntó.

–No –le contesté.

–Pues, eres tú mismo. Cuando tenías un año. Yo te vi nacer. Era vecina de tus padres. Aquel día, el día que naciste, iba a ir con mi marido a una fiesta. Me quedé sin fiesta, porque tu mamita estaba mala. Ayudé en la casa. Y naciste tú. Este retrato era de cuando tenías un año. ¿Ves esta quebradura del cartón? Las hicieron tus manitos cuando el retrato era nuevo. Lo quebraste y esta quebradura del cartón es un lindo recuerdo para mí…

Federico García Lorca

'Palabra de Lorca', Federico García Lorca. Malpaso. $89.000.

Foto:


Así habló aquella buena mujer. Yo no supe qué hacer. Tuve ganas de llorar, de abrazarla, de besar el retrato, y solo atiné a fijar mis ojos en la quebradura del cartón… Ya hice eso yo, cuando tenía solamente un año. Y esa, mi primera obra, no sé si mala o buena, estaba delante mío… Después de esto, ¿qué más puedo decir?…

Habíamos salido con García Lorca del teatro Avenida. Cuando pasamos en auto por frente al teatro, el poeta me señaló la cartelera, donde figuraba su nombre al lado de un adjetivo tropical.

–¿Ve usted eso? No puede imaginarse la vergüenza que me da el ver mi nombre así, en grande, expuesto al público. Tengo la sensación de estar desnudo ante la curiosidad de las gentes. No puedo soportar la exhibición de mi nombre. Pero debo tolerarla porque así lo exigen las necesidades del teatro. La primera vez que vi mi nombre así, en las calles, fue en Madrid. Mis amigos me llamaban alegremente, anunciándome que ya estaba en vías de fama. Pero a mí no me hizo gracia. Mi nombre estaba en las esquinas, ante la curiosidad de unos y la indiferencia de otros. ¡Y era mi nombre!… ¡Eso, tan mío, puesto así, para que todos se sirvan de él! Y esto, que a otros daría tanta alegría, a mí me dio una pena profundísima. Era como si dejara de ser yo. Como si dentro mío se desdoblara una segunda persona, enemiga mía, para burlarse de mi timidez desde todos estos cartelones. ¡Es una cosa que no puedo evitar, amigo mío!… 


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