En la tierra del roble

En la tierra del roble

Un relato de Jacqueline Urzola en el que recuerda su niñez en medio del intenso calor de Sincelejo.

En la tierra del roble

Un relato de la escritora Jacqueline Urzola en el que recuerda su niñez en medio del intenso calor de Sincelejo.

Foto:

Juan Sebastián Villegas

Por: Lecturas
09 de diciembre 2018 , 10:56 a.m.

El calor de Sincelejo se divisaba en las calles de tierra del centro y en los andenes cubiertos de barro y cáscaras de plátano. En el cielo azul que se extendía hasta donde la vista alcanzaba y en los rayos de sol que caían sobre el pavimento y lo encendían como a los cilindros de hierro. En las vitrinas de los almacenes opacas por el polvo y en la luz que brillaba desde las siete de la mañana y me obligaba a cerrar los ojos. En las cortinas de metal forradas de tierra de los depósitos de materiales de construcción y en las latas y los techos destartalados de los buses intermunicipales.

En la tierra que levantaban los carros y se pegaba a las fachadas de las casas como la costra de resequedad que le subía a mi aya desde los tobillos y le llegaba a las rodillas, y en las capas de polvo que se pegaba en las puertas y en las cornisas de yeso de la catedral como nieve vieja.

La inclemencia de las temperaturas diarias se dibujaba también en los avisos nublados de las farmacias y en los carteles amarillentos de las funerarias que tapizaban los portones y las tapias. En las farolas viejas de la plaza Olaya Herrera y las flores secas de los jarrones del cementerio que adornaban las tumbas de los muertos. En las calles vacías y las hojas quietas de los almendros a la hora del almuerzo, y en las bancas desiertas del parque Santander.

Desde la casa hacia el colegio donde estudiaba no había más de cinco cuadras, pero al mediodía regresaba con la cabeza achicharrada a pesar de que me las cruzaba, saltando entre las dos aceras para que el sol no me diera. En los pedazos en que no había ni una teja que me tapara, mi sombra aparecía en el piso de inmediato recortada y se deslizaba sin perderme la pisada con la maleta del colegio colgada y las medias enrolladas porque siempre se me bajaban, hasta que el remate de una ventana la ocultaba. Y apenas llegaba a la casa, dejaba los zapatos y las medias en la entrada para que el frío del piso me refrescara, como a mi hermana, quien las noches que no teníamos electricidad se tiraba en el suelo cerca de su cama, porque las sábanas la asfixiaban.

El calor de Sincelejo era a veces tan intenso que derretía hasta los limpiabrisas de los carros. Los Cheetos y las galletas Saltinas se ablandaban como cartón mojado y los confites se deshacían como melcocha. Los cubos de azúcar se llenaban de hormigas y las mentas que mi mamá ponía en las bomboneras de la casa los días de su mesa de cartas amanecían viejas a la mañana siguiente. Las tapas de los frascos de cocadas que vendían en las casas cerca de la plaza se avivaban como las de los calderos del arroz y el fogaje que salía de las panaderías comenzaba a sentirse varias puertas antes.

Al mediodía, el sol se apoderaba de las calles y hasta los perros callejeros desaparecían del hemisferio. Las camionetas y los camperos se convertían en cabinas de fuego. Los chorros de sudor nos corrían sin freno por el cuello, y las piernas se nos quedaban pegadas en los asientos.

El calor que golpeaba al salir a esa hora de la casa se volvía varias veces más intenso cuando llegábamos a la esquina de la cuadra donde se acababa la sombra que daban los cauchos. Los ojos se nublaban después de un rato y las piernas se aflojaban. La grama de los jardines se secaba por más agua que le regaran y la tierra se rajaba como las estrías que le dejaron a mi mamá los embarazos en la barriga. Los filos de los mostradores de la Papelería del Comercio, adonde iba cada vez que podía a comprar lápices y cuadernos, se encendían como las hornillas de los fogones y en las casas con techos de zinc el calor se volvía insoportable.

De la casa nuestra hasta el parque, el único oasis de frescura que había en las calles eran las neveras de la heladería Alaska, adonde nos llevaban a comprar helados a mis hermanos y a mí cada vez que nos sacaban a pasear en la camioneta por las tardes. Hacia arriba de la Alaska, las calles se convertían en un hervidero tan espeso de gente y de camiones que a los choferes de los buses les tocaba bajar la velocidad a veinte para no matar a alguien. Enjambres de vendedores de vinchas y mediecitas y calzoncillos para niños se apoderaban de los andenes y no podíamos ni respirar. Los tableros con camisas para señoras apuntadas con tachuelas o sandalias de tiras de colores y carátulas de discos que los propietarios de los comercios sacaban frente a sus locales para promocionar sus productos convertían en una lucha campal la simple acción de caminar.

Las espaldas desnudas de los carretilleros y de los cargadores de guineos brillaban bajo el sol, y los fogonazos que soltaban los exostos de los camiones nos quemaban las piernas y nos hacían brincar. La multitud que ocupaba los andenes nos obligaba a bajar el paso cada vez que en contra de mi voluntad mi aya me llevaba a hacer un mandado al mercado, pero ella no se amedrentaba. Me agarraba la muñeca con más fuerza y empujaba con potencia.

En el mercado, el calor se multiplicaba por diez. Los escasos aleros de las casas cercanas desaparecían por completo. El sol caía directo sobre los sacos de granos, las carretillas de plátanos y las telas con las vajillas de tinto y los platos de aluminio que los vendedores abrían en la calle. La bulla que tronaba por todos los huecos de la plaza me retumbaba en la cabeza como un tambor.

Más adentro, en el sector de las verduras y las carnicerías que quedaba después de los primeros puestos, el hedor a podrido me descomponía el cuerpo y me provocaba una fatiga tan grande que creía que iba a desmayarme. Las gallinas y los cerdos vivos que vendían en algunos de los tendidos agravaban el mal olor. Las cáscaras de plátano y el barro donde se acostaban los puercos se nos pegaban en los zapatos y teníamos que jalar para levantarlos. La suciedad y el malestar me producían unas ganas terribles de llorar y de gritar. Quería morder a mi aya por haberme traído obligada y someterme a ese suplicio. En castigo por su comportamiento, le iba a tocar dejarme caminar recostada sobre ella el camino entero de regreso a la casa.

El disgusto se me desaparecía cuando nos acercábamos a la salida donde quedaban los puestos de los juguetes. Los muñecos y las pelotas de plástico, que colgaban por ramos de los toldos, me borraban en el acto las ganas de llegar a la casa. El desaliento se me pasaba y me acercaba corriendo a mirarlos. El carnaval de colores de las volquetas, los pitos y las muñecas envueltas en bolsas de celofán me trastornaba de felicidad y no podía ni parpadear. Apenas comprendía lo que sucedía, Esther me jalaba para tratar de impedir que me detuviera porque sabía lo que ocurría una vez paraba frente a uno de esos puestos. Pero no alcanzaba a frenarme y yo me quedaba pegada como un chicle frente a las mesas. Si quería que me moviera, le iba a tocar comprarme algo. Si no, íbamos a quedarnos ahí paradas hasta que oscureciera o hasta que san Juan agachara el dedo.

Para embolatarme, Esther me juraba que no tenía plata, que la próxima vez que volviéramos al mercado seguro me lo compraba o que cuando llegáramos a la casa le pedía la plata a mi mamá y se devolvía por el muñeco, pero yo no me movía ni un centímetro. En vista de que esos argumentos no le funcionaban, me amenazaba y me decía que mi mamá iba a ponerse bravísima conmigo, pero a mí no me importaba porque sabía que no era cierto. Quería el muñeco y Esther iba a tener que dármelo como fuera. Al final, como siempre, le tocaba ceder, sacaba unos de los billetes que llevaba en la carterita que cargaba en el bolsillo del uniforme y me compraba el muñeco resignada.

Contenta, la dejaba agarrarme la mano y no volvía a quejarme de cansancio durante el resto del camino. La bulla disminuía tan pronto nos alejábamos del mercado. El sol bajaba en el momento mismo en que nos acercábamos al local donde sellaban los formularios de las carreras de caballos, una cuadra antes de llegar a la casa. Los palos de caucho de la casa de los Támara, al lado de la nuestra, aparecían apenas llegábamos a la esquina, y unos pasos más adelante surgían los nuestros. El resplandor más leve me permitía alzar la mirada que había traído clavada el trayecto completo en el muñeco. El horizonte se abría y un pedazo de cielo grande se asomaba. La brisa tenue que rozaba las hojas de los cauchos me tocaba la nuca. El verde de la grama de los jardines me invocaba el chorro de agua de la manguera y la vista de las baldosas de la terraza de la casa me impulsaba a zafarme de la mano de Esther y correr hacia la entrada.

–¿Quién llegó? –preguntaba mi mamá desde la salita de las mecedoras del segundo piso cuando oía el movimiento de la puerta.

–Jacque, niña Ceci –contestaban Elia o la Negra, que eran las encargadas de abrir la puerta.

–¿Y llegó sola?

–Sí, niña Ceci, pero ya salí a mirar y Esther viene atrás.

Congestionada, con las alas de la nariz abiertas por la carrera que le había tocado dar para alcanzarme, Esther atravesaba la puerta unos instantes después que yo.


–¿Esther? –llamaba mi mamá ya asomada sobre la baranda de la escalera para verla con más claridad.

–¿Sí, niña Ceci?

–¿Por qué entró Jacque sola?

–Se me soltó de la mano y no pude pararla. Venía quejándose de calor y apenas vio la casa se me soltó y salió corriendo.

–Que no te vuelva a pasar, ya sabes los peligros que hay.

–No se preocupe, niña Ceci –contestaba la pobre todavía entrecortada–. También me tocó comprarle un muñeco porque se arranchó en plena calle y no tuve más remedio.

–Después arreglamos. No dejes que abra la nevera sofocada –le decía y se retiraba de la baranda a sentarse de nuevo en la mecedora a seguir recibiendo las visitas. Pero cuando Esther entraba a la cocina, yo ya tenía mitad del cuerpo metido en la nevera y estaba empinada en la jarra de agua fría.

A la hora del almuerzo, cuando me tocaba bajar al comedor, el hambre se me había desaparecido y solo quería quedarme en el cuarto jugando con el muñeco de plástico tieso y sin pelo que Esther me había comprado. Un rato más tarde, cuando mi mamá entraba al comedor y se daba cuenta de que no había tocado la comida, se disgustaba con ella y le llamaba la atención.

–No vuelvas a sacar a Jacque antes del almuerzo, ya sabes que el calor le quita el hambre.

–Sí, niña Ceci, pero no tuve con quién dejarla. Usted estaba atendiendo visitas, Celina estaba bañando a Julio y las demás muchachas estaban ocupadas en su oficio –le decía mientras se volteaba hacia donde yo estaba para esquivarle la mirada. Mi mamá se retiraba a la cocina a inspeccionar el almuerzo de ellos y Esther se sentaba al lado mío en la mesita pequeña que teníamos en el comedor.

–Come rápido para mostrarle el plato limpio a tu mamá –me decía–. Si no, me devuelves el muñeco y no vuelvo a comprarte nada. Yo no abría la boca ni por equivocación y tampoco hacía el menor intento por levantar la cuchara.

Veinte minutos más tarde, el plato seguía intacto y Esther se rendía y dejaba de insistir. Lo guardaba en el horno a ver si más adelante podía volver a dármelo y subía conmigo a mi cuarto. La ida al mercado también la había cansado y apenas recostaba la cabeza en el petate que abría al lado de mi cama empezaba a roncar.

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