Emiliano Monge, el regreso de la huida

Emiliano Monge, el regreso de la huida

El mexicano revela detalles de su nueva novela 'No contar todo', uno de sus libros más personales.

Emiliano Monge

Monge fue elegido entre las plumas latinoamericanas de Bogotá 39, en 2017.

Foto:

Cortesía Oswaldo Ruíz/ Random House

Por: Zandra Quintero Ovalle
08 de junio 2019 , 10:30 a.m.

La historia (verídica) del abuelo que salió de su casa en la oscuridad, acomodó en su carro el cadáver que había conseguido, le puso su pistola en el bolsillo, quitó el freno para que se desbarrancara y fingió su muerte no dejó de darle vueltas en la cabeza a Emiliano Monge por largos años. No sabía cómo escribirla. Intuía, sin embargo, “que la historia no son los sucesos”, y esos silencios –aquello que se siente en las tripas, se adivina y no se dice, pero habita el territorio de la familia– serían el material para su más reciente novela: No contar todo.

Este lector empedernido –entre sus escritores de culto están Jesús Gardea, Emanuel Bove, Conan McCarthy y Julio Ramón Ribeyro– entendió que lo suyo era escribir cuando hizo su tesis y comenzó a explorar los temas que acompañarían su obra: la violencia, el miedo y la amenaza como plataformas de dominación. Fue editor y profesor universitario hasta que a los 28 años decidió apostarlo todo por la escritura, renunciar a sus trabajos y soltar la moneda al aire para “ver cómo me va”. Y le fue bien. Sus dos primeros libros, Arrastrar esa sombra (2008) y Morirse de memoria (2010), fueron finalistas del Premio Antonin Artaud. El cielo árido (2012) y Las tierras arrasadas (2015) cosecharon premios internacionales. En 2017 publicó La superficie más honda y, el año pasado, No contar todo, considerado el libro del año en su país.

Monge comparte con otros escritores mexicanos de su generación y de calidad extraordinaria –Fernanda Melchor, Antonio Ortuño, Valeria Luiselli o Luis Felipe Lomelí, entre otros– la necesidad de narrar ese México en el que la violencia se supera a sí misma y salta del territorio a las páginas de los periódicos y las imágenes de los noticieros. En una de sus charlas en la pasada Feria del Libro de Bogotá, dijo que la violencia que vemos en los medios nos hace tan tolerantes al horror que acabamos invisibilizándola. Por eso, “contar la violencia de otro modo, desde la estética y la belleza, quizá nos haga también verla de frente y despertar la empatía. La empatía es la única salida que las sociedades de la violencia tenemos; la literatura, el arte, la comida son puertas”. Y llama también a empatizar no solo con las víctimas, sino con el victimario: “Solo así, me parece, podremos entender el ecosistema de la violencia”.

Y es en ese ecosistema donde abreva la obra de Emiliano Monge. En Las tierras arrasadas trata el drama de la inmigración centroamericana en el infierno mexicano desde la mirada de sus victimarios, una pareja de secuestradores a quienes no les es dado consumar su amor; en los cuentos de La superficie más honda decidió construir la violencia como personaje que es paisaje, amenaza, murmullo y opresión; en No contar todo hace un viaje, desde la historia de su abuelo, su padre y la suya propia, al lugar que reconoce como el origen de todas las violencias: el machismo y su masculinidad tóxica.

Su papá es escultor y su mamá es psicoanalista, ¿qué tal esa combinación?

Es rara. La única salida era escribir, ¿no? Aunque le agradezco a mi madre que nunca hizo eso de psicoanalizar la vida cotidiana. De ella aprendí el amor por el psicoanálisis. Yo cumplí un proceso psicoanalítico de catorce años. Es una herramienta que a uno le sirve mucho en la vida. En mi casa, por el lado de ambos, la literatura, el arte y la política estuvieron siempre presentes.

Dejarlo todo para escribir es una decisión valiente...

Pues sí, y además tienes que tener mucha suerte. Yo tuve un colchón de amistades muy cercanas que me apoyaron: me ayudaron con la renta, comí a expensas de ellos. Fue una época en la que viví muy precariamente.

Ha dicho que, desde ese momento en que dejó todo para escribir, ya pensaba en la novela que resultó siendo No contar todo...

Sí. Lo que me hizo retrasar tanto su escritura –como 16 años– fue, primero, no saber cómo hacerlo. Escribir sobre mi abuelo haciéndose el muerto no alcanzaba para novela. La pensé mucho tiempo, hasta que se convirtió en la historia de mi abuelo haciéndose el muerto y mi padre yéndose; ahí supe que sería sobre la huida. Pero todavía no era una novela y yo quería que lo fuera, no una biografía nada más. Cobró sentido cuando entendí que yo tenía que ser parte de ella.

¿Estructurarla en tres registros fue la solución?

Cuando entendí que yo debía estar en ella. La cuestión era ver desde dónde podía contar la historia y que la vida de cada uno fuera tratada con la misma imparcialidad. Con mi abuelo, que era con quien tenía más distancia emocional, necesitaba encontrar una forma de acercarlo, y para esa voz lejana no hay nada más íntimo que un diario. Con mi padre debía ser una voz media. En mi caso, una tercera voz, un narrador que me permitiera tratar mi historia con la misma distancia de la de ellos, y abordarlas a todas en su plenitud.

Aunque el abuelo finge su muerte y cimbra a su familia, es muy humano y genera una suerte de empatía...

Nadie es bueno o malo. Todos tenemos facetas. Yo quería presentar a ese personaje del abuelo que se hace el muerto en su vida interior. En nuestro interior somos personas distintas de quienes somos afuera, aunque siempre está condicionada por la otra. Esa tensión es la que quería presentar en cada uno de los personajes. Por eso el abuelo genera empatía, al igual que el padre. Creo que el que genera menos empatía soy yo… Es que me daba mucho miedo, me costaba trabajo decir cosas buenas de mí porque no quería ser injusto con ellos.

A su padre lo pone en escena por medio de largas entrevistas en las que solo lo escuchamos a él. Uno infiere una conversación que no leemos...

Mi padre fue más una voz que una presencia. Decidí que ahí no estuviera Emiliano (o yo) porque quería que cada quien tuviera su propia historia. Y si Emiliano hubiera estado en la parte del padre, la novela hubiera acabado siendo sobre él.

Las mujeres, su mamá, su abuela, sus parejas, son importantes en la novela, pero son como sombras...

Son como espejos. Nunca alcanzan a ser personajes, y eso es lo que yo quería. La novela no es sobre mi padre, mi abuelo, o sobre mí. Es sobre el machismo, las masculinidades que mueren a consecuencia de él, las violencias, la necesidad de la huida que genera. Entonces las mujeres son presencias. Las tres historias suceden como en un cuarto donde las paredes son de espejos, presencias femeninas. Y mi mamá, mi abuela, mi bisabuela, mis exparejas, mis amigas tienen esa condición.

Muchas veces las mujeres nos sentimos así en la vida de los hombres: sin saber qué lugar ocupar, sin poder entrar en los terrenos de la intimidad...

El machismo las obliga a estar así, y por eso están así en la novela. El machismo afecta tanto a las mujeres como a los hombres.

Usted escribió una potente columna en el diario El País sobre el tema del machismo, propiciada por #Metoo México, y en ella invitaba a hacernos nuevas preguntas al respecto...

Fue consecuencia de haber escrito esta novela. Yo quería hacer la novela sobre la necesidad de la fuga, y en el proceso descubrí que eso era una consecuencia del machismo y que la novela era sobre el machismo. Que la novela es esto que dices, que nos coloca ante lo que no podemos entrar. A las mujeres las pone a una distancia física y a los hombres a una distancia emocional. Es decir, los hombres puestos en el centro, que tampoco alcanzan a tocar esa intimidad, y las mujeres en esa distancia física que impone el machismo. Los hombres rompemos los cables de la comunicación emocional y obligamos a las mujeres a romper el cable físico. Eso acabó por llevarme a hacerme preguntas sobre mi propio machismo, sobre mi lugar, la voz desde la que narro, con la que hablo, con la que pienso.

Así termina ese artículo: “Son muchas las cosas que debemos repensar entre todos. Por eso, no estaría mal comenzar con aquellas que nos dañan por igual a hombres y mujeres: el amor romántico, la monogamia, la idea de que otro cuerpo puede pertenecernos. Cuando encumbremos como modelo a la lealtad, nadie echará en falta a la fidelidad”. Ahí está el tema: la lealtad...

Es que la lealtad es vernos como iguales y respetarnos y protegernos. Es mucho más importante la manera como tratas a tu pareja y cómo la colocas en tu universo emocional y cotidiano que si te acuestas con alguien más. Y esta idea de que no te puedas acostar con otro es absolutamente capitalista, es una cosa de propiedad que destruye la posibilidad de la verdad.

Volviendo a la novela: ha sido todo un éxito...

Le ha ido sorprendentemente bien. Mientras la escribía, pensaba ¿y esto a quién coño le va a importar? Nunca había escrito nada autobiográfico. No sabía si era capaz de hacerlo. Uno como escritor siempre encuentra la manera de dudar de lo que hace. Cuando la gente me dice “Ay, qué rico ser escritor”, yo digo que es lo contrario. Por lo menos yo, del cien por ciento de los días de la escritura de una novela, el noventa lo paso mal, convencido de que es una mierda. El cinco por ciento digo: “Bueno, ahí voy”, y el otro cinco digo: “Qué maravilla, qué chingón está”. Y los procesos valen por ese momento.

La violencia, ese ecosistema desde donde escribe, la intensidad con que lo hace, ¿no lo deja exhausto?

Escribir me deja exhausto, pero no por los temas.

¿De verdad?

Me pasa una cosa curiosa. Con No contar todo me asustaba el remolino emocional que podría provocar, pero no sucedió. Cuando me senté a escribir hice una desconexión absoluta. Por eso te digo que el psicoanálisis fue muy importante en mi vida. Sin él no hubiera podido desconectar. Yo escribí este libro como si mi abuelo fuera el abuelo de alguien más, como si mi padre fuera el padre de alguien más y como si Emiliano fuera alguien más. Podía recochinear algo porque estaba a una distancia tal que no era mi vida. Solo cuando acabé, dije: “Mierda, ¡esta es mi vida!”. Ahora me doy cuenta de que en cada libro me sucede. Yo puedo ir a estos asuntos, a situaciones de violencia, porque me distancio de ellas como hecho doloroso. Desconecto durante la escritura... Es extraño, como psicopático, ¿no? El problema es que luego, cuando acabo, siempre viene el patadón, la sensación física de haber escrito lo que he escrito. L

Emiliano Monge

El libro es editado por Literatura Random House

Foto:

Archivo particular

'No contar todo'
Emiliano Monge
Random House
400 páginas
$ 52.000

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