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El nuevo Premio Nobel y el poder de las letras africanas
Abdulrazak Gurnah

Gurnah nació en Tanzania, pero desde los años sesenta vive en el Reino Unido.

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AFP

El nuevo Premio Nobel y el poder de las letras africanas

Gurnah nació en Tanzania, pero desde los años sesenta vive en el Reino Unido.

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El galardón a Abdulrazak Gurnah hace visible más voces africanas que merecen ser leídas.

Con todas las polémicas que ha suscitado la entrega de algunos de los últimos premios Nobel de Literatura, haberlo concedido esta vez al autor africano Abdulrazak Gurnah puede ser la oportunidad para mostrar que hay una literatura que ha estado eclipsada por la cultura occidental. Si bien es cierto que este galardón ya lo habían recibido algunos escritores negros –el poeta nigeriano Wole Soyinka en 1986; la afroamericana Toni Morrison, autora de la infaltable Beloved; el santalucense Derek Walcott, autor de esa odisea antillana titulada Omeros–, es verdad que ya había en el panorama otros grandes autores también merecedores del gran premio: Maryse Condé (Guadalupe), autora de dos obras poderosas: Yo, Tituba, la bruja de Salem y Segu (que sin exagerar es una de las mejores novelas de finales de siglo XX); Jamaica Kincaid (de Antigua), con su novela Autobiografía de mi madre, o el haitiano Patrick Chamoiseau, autor de Texaco.

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Y también lo merecieron de lejos dos escritores negros de una estatura literaria considerable: James Baldwin y Ralph Ellison, este último por su portentosa novela El hombre invisible y su valioso libro de cuentos Vuelo a casa, en el que se palpa la discriminación y la exclusión. Sin hablar de Chinua Achebe, Ben Okri, Ngugi Wa Thiong’o… y uno de mis favoritos, el somalí Nuruddin Farah.

Por tanto, este Nobel para Gurnah (Tanzania, 1948) es de suma importancia porque puede ampliar la mirada a una literatura latente que tiene mucho que contar pero que, por su condición de marginalidad, por pertenecer a un mundo que sigue siendo maniqueo, prejuicioso, lombrosiano, de “inclusión abstracta y exclusión concreta”, no es tan apreciada y leída como debería ser. Así, el galardón para un escritor africano es más que bienvenido. A ver si nos desmarcamos del vargasllosismo que ha hecho de la literatura una gran feria de las vanidades, un espectáculo más.

El escritor Ngugi wa Thiong’o, nacido en Kenia en 1938.

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Diego Santacruz. EL TIEMPO

Si siguiéramos la conmovedora expresión de Elaine Scarry que dice que “el dolor no tiene voz, pero cuando encuentra una, comienza a contar una historia”, podríamos resumir lo que es la literatura africana. Pero no. La literatura de este continente no admite un resumen, porque tiene muchas voces que no solamente sirven para expresar el dolor y el sufrimiento –que no es poco–, sino que hace mucho rato empezó a contar al ritmo de una literatura que nada tiene que envidiarle a la occidental, por su calidad estética, su lirismo, su ternura, por la manera como enfrenta su realidad, que solo el pulso del escritor es capaz de calibrar.

La literatura de este continente –acaso el más vilipendiado y marginado, con conflictos prolongados, con dictaduras tan largas como salvajes, con masacres como la de Ruanda, con poblaciones huyendo de la tiranía del clima o de la tiranía de la guerra– tiene una tradición y una riqueza que parecieran inagotables. Es claro que se trata de un territorio que siempre ha tenido una vocación para contar, con la oralidad y la escritura. La primera la vemos todavía hoy en algunas plazas de los pueblos y ciudades de Egipto, Marruecos, Túnez o Argelia.

(Le recomendamos: Colonialismo y esclavitud, las claves de Gurnah, el nuevo premio Nobel).

Es evidente que la tradición de Sherezada se resiste a morir. África está viva porque hay escritores que la quieren narrar. Y desde nuestro continente americano tenemos que seguir reconociendo lo que heredamos de ella. Lo mostraron muy bien los cubanos Fernando Ortiz, quien acuñó el término transculturación en lugar de aculturación, y Lino Novás Calvo en El negrero. Lo escribió también Manuel Zapata Olivella en nuestro país. Un continente que quiere expresar y por eso es increíble que flote aún sobre el océano de la indiferencia.

'Volver a casa' es una historia que narra la vida de varias generaciones de afrodescendientes y reflexiona sobre la importancia que tiene el lugar de donde venimos.

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Michael Lionstar.

Aquí es donde la literatura, y en especial el arte de la novela, se convierten en la expresión más adecuada para mostrar y recrear un universo tan complejo.
Con el galardón a Gurnah se premia la narrativa africana. Pero ¿de qué literatura estamos hablando? La de la novela africana, con todos sus matices y todas sus complejidades. Vale la pena mostrar aquí la riqueza y la variedad de algunos de sus escritores, hacer una cartografía mínima de la literatura africana de hoy.

Algo la caracteriza, para empezar: la mayoría de los escritores destacados de este continente no viven en África (muchos van y vienen; a otros les es imposible regresar). El nuevo Nobel, por ejemplo, llegó como refugiado al Reino Unido en la década de los sesenta y en ese país ha escrito su obra. Otro aspecto es que no escriben en un idioma de origen estrictamente africano. La mayoría de los autores lo hace en inglés o en francés, incluso existe también literatura africana escrita en español, como el caso de la de Guinea Ecuatorial.

África es más compleja de lo que imaginamos. Este continente, como ninguno, está compuesto de muchas geografías, culturas y circunstancias particulares. Dicho de otro modo, hablar de África es también hablar de muchas Áfricas. Y sobre estas Áfricas hay muchas novelas.

(También puede leer: Cinco grandes mujeres poetas colombianas).

Para hacer un atajo geográfico, recurriré a un clásico mapa plano que pareciera esquemático pero que puede ser útil a la hora de hablar de los actuales escritores africanos. Me refiero a la literatura del norte de África, la desértica, arábica; y la otra, la África subsahariana. Ambas, como es obvio, con estilos y paisajes diferentes. Ambas con escritores de raza.

Tahar Ben Jelloun, novelista y poeta nacido en Fez (Marruecos) en 1944.

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Instagram: @tahar.benjelloun

Para el primer caso, destaco al escritor marroquí Tahar Ben Jelloun, que ocupa los primeros lugares en la literatura de su país. Sufrían por la luz (2001) se constituye en su novela fundamental, por ser política, filosófica, cruda, amarga, dolorosa y lírica. Es la historia de una verdadera resistencia, o de cómo aprender a resistir. De la dignidad humana heredada de la figura materna. Y una denuncia profunda de la crueldad sin límites de nuestra especie: dieciocho años confinado en una inhumana cárcel subterránea. Pero hay que resistir. Con un ejercicio de memoria profunda (la que sirve para mantenerse vivo y soportar), con un olvido necesario, pues hay cosas que es necesario olvidar para sobrevivir. Con un verdadero sentido religioso del Corán. Con la liviandad ontológica que produce contar y escuchar historias tradicionales y modernas, heredadas de su padre; con el ejercicio nada místico de minimizar el cuerpo y todas las emociones adversas como el rencor, el odio y los recuerdos innecesarios. Y, lo más difícil, con la necesidad de encontrar la lucidez necesaria y efectiva en situaciones de extrema limitación. Es la épica del subterráneo humano. Y este personaje héroe se llama Salim.

En Argelia nos encontramos con Yasmina Khadra, probablemente el escritor con más fuerza y más profundidad que tiene en este momento el norte de África. Su novela El atentado es la demostración de que, teniendo como fondo el tema del terrorismo fundamentalista, es posible hacer un thriller con la profundidad que muestra el misterio y la clarividencia literaria. Demuestra que la literatura existe antes de Netflix. Con escritores como Khadra es posible hacer la resistencia desde la literatura al thriller barato e intrascendental. Vale decir que El atentado tiene uno de los comienzos más angustiantes de una novela contemporánea.

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Con respecto a la literatura subsahariana, destaco al keniano Ngugi Wa Thiong’o, que además de escribir ficción, como el caso de su bello libro No llores, pequeño o El brujo del cuervo, es autor también de una sólida obra ensayística, en la que se destaca Reforzar los cimientos, donde denuncia las nuevas formas del neocolonialismo. Ya en el prefacio nos dice que lo que se propone es mostrar “el lugar de África en el mundo actual. Cualquier debate sobre el continente debe tener en cuenta las profundidades de las que África ha emergido y las fuerzas mundiales contra las que ha tenido que luchar, desde el tráfico de esclavos, la esclavitud y el colonialismo hasta el esclavismo de la deuda. Al contrario de lo que cabría esperar, han ocurrido muchas cosas buenas, lo cual constituye un motivo para la esperanza. Pero semejante debate también ha de tener en cuenta aquello en lo que África ha fallado y los crímenes que ha cometido contra sí misma. Lo central en esta cuestión es la postura de las clases medias dominantes en relación con el pueblo y las fuerzas externas”. Demuestra que África ha tenido y tiene grandes pensadores que reflexionan con profundidad su situación actual.

Ben Okri, poeta y novelista nacido en Nigeria hace 62 años.

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Así mismo, no podemos dejar pasar al nigeriano Ben Okri, que ha creado una trilogía infaltable en cualquier biblioteca, la trilogía de Azaro, el niño-espíritu que literariamente nos atrae como si de un embrujo se tratara. Esta mágica trilogía está compuesta por los personajes más atractivos de la literatura africana. La componen El camino hambriento, Canciones del encantamiento y La riqueza infinita. El comienzo de la primera novela no puede ser más atractivo: “En el principio había un río. Luego el río se convirtió en camino y se ramificó esparciéndose por el mundo entero; y como antes había sido río, siempre tenía hambre. En aquella tierra primigenia, los que aún no habíamos nacido nos confundíamos con los espíritus. Asumíamos numerosas formas. Muchos éramos pájaros. No conocíamos límites. Teníamos fiestas, juegos y tristezas sin cuento. Celebrábamos muchas fiestas a causa de los bellos terrores de la eternidad. Jugábamos mucho porque éramos libres. Y nos entristecíamos mucho porque, entre nosotros, siempre había alguien que acababa de regresar del mundo de los vivos. Volvía inconsolable por todo el amor que había dejado, todo el sufrimiento que no había redimido, todo lo que no había comprendido, y por lo que apenas había empezado a aprender antes de ser atraído de nuevo a la tierra de los orígenes”

(Lea también: Libros prohibidos por razones ridículas).

Y en este panorama de las letras africanas hay tres mujeres jóvenes que prometen ser las grandes escritoras del futuro sobre temas de este continente: Yaa Gyasi, Taiye Selasi y Chimamanda Ngozi Adichie. Las dos primeras de origen ghanés. Gyasi, con una novela fascinante como es Volver a casa, y Selasi con Lejos de Ghana, las dos publicadas en español por la editorial Salamandra. Las dos diseñadas desde el comienzo con un árbol genealógico. Lejos de Ghana, mi favorita, por su frescura, nostalgia y plasticidad, como se siente en este párrafo:

Taiye Selasi, 41 años, de origen nigeriano y ghanés.

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Instagram: @taiye.entirely

“Más tarde, a media mañana, cuando la nieve haya empezado a caer y el hombre haya acabado de morir y un perro haya olfateado la muerte, Olu saldrá del hospital sin especial apresuramiento, colgará la BlackBerry, dejará el café y romperá a llorar. No tendrá manera de saber cómo había amanecido el día en Ghana; estará a kilómetros, océanos y husos horarios de distancia (por no hablar de otras distancias más difíciles de salvar, como el desengaño, la ira, el dolor calcificado, esas preguntas que nadie formula o contesta a lo largo del tiempo, generaciones de silencio y vergüenza entre padre e hijo), removiendo su café con leche de soja, con los ojos empañados, necesitado de sueño, presente y ausente a la vez…”.

La ya reconocida Chimamanda Ngozi Adichie, con dos sólidas novelas: Medio sol amarillo y Americanah. Sorprende para su edad la construcción de estas novelas, sobre todo Americanah, por su composición clásica. A pesar de tocar temas contemporáneos, Chimamanda narra a la manera de un escritor decimonónico.

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Pero no se puede dejar por fuera a Nuruddin Farah, tal vez el escritor más importante que tiene el continente africano. Autor de varias trilogías, pero la más redonda, la más perfecta, su Trilogía del regreso a Somalia, compuesta por novelas inigualables: Eslabones, Nudos y Huesos cruzados. No es fácil en literatura escribir novelas que describan de forma tan precisa un conflicto que, si bien lleva muchos años, tiene las características de la emergencia. Me refiero a la condición de guerra civil permanente desde hace muchos años en Mogadiscio, capital de Somalia. Pero Farah lo ha logrado a la perfección. Este escritor ha descrito con precisión, con inteligencia, con mucha sensibilidad y profundidad todos los conflictos de uno de los países más críticos de los últimos tiempos. En el primer título de la trilogía, Eslabones, el comienzo no puede ser más elocuente: Farah nos dice que “las armas no tienen el cuerpo de las verdades de los hombres”.

Chimamanda Ngozi Adichie es una de las voces más poderosas de las letras africanas actuales, con obras como 'Americanah'.

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EL TIEMPO

Y finalmente llegamos al nombre que hoy está en las primeras planas: el nuevo premio Nobel de Literatura: Abdulrazak Gurnah. Un escritor que siempre me llamó la atención por su riqueza estilística, porque de todos es el que mejor muestra la plastifonía, la crueldad y la variedad infinita del continente africano. Cuando elaboré una guía de los cinco continentes titulada El recomendador ilustrado, hace trece años, tuve la certeza de que Gurnah se constituiría en uno de los escritores africanos más importantes. Lo curioso era que casi nunca se nombraba por ningún lado.

Su obra Paraíso condensa, no resume, todas sus preocupaciones. En esa obra vemos la barbarie natural (del salvajismo; la de África sobre sí misma, el tema de la esclavitud, de la política propia –en muchos casos dominada por las dictaduras– como la colonial y la poscolonial). Paraíso nos muestra de algún modo todas estas Áfricas. Es la novela de los propios africanos, de los que colonizaron o viven en este continente, la de los viajeros. Gurnah nos da una visión amplia de África con la técnica clásica del viaje forzado de Yusuf, un niño que es utilizado para pagar una deuda.

Gurnah usa los ojos de esta criatura especial como lentes para ir delatando lo que más puede en los viajes que hace el mercader Asiz, que deja de ser su tío para convertirse en su dueño. Lo curioso también es que Yusuf es como una especie de niño elegido con el fin de recorrer un continente en muchos tramos desangelado. Paraíso es una gran ironía, pues efectivamente el niño vive en una especia de jardín paradisíaco, pero es la superficie de secretos, donde se trafica con los objetos, con los cuerpos, los sueños y los sentimientos. De las grandes novelas africanas de los últimos tiempos, esta es una de las más atractivas. Por su perfección, su escritura limpia y musical.

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Quien comienza a leerla no quiere perderse el viaje de Yusuf. A pesar de haber sido escrita en inglés, se siente el sabor, el olor y el ritmo de un continente africano tan rico en visiones, rituales y supersticiones, en su naturaleza exuberantes como también tan pobre en algunas prácticas todavía propias de la barbarie, como el caso del tráfico humano o el hecho de tener que pagar una deuda con un ser humano inocente como si se tratara de un inmueble. Esta novela es rica en las historias que cuenta de un continente variado, pero también tiene una mirada del blanco sobre Europa. Una novela agridulce, por tanto, en la mayoría de los casos, un plato exquisito.

Dicho todo esto, esperemos que este nuevo Premio Nobel de Literatura le vuelva abrir a África todas las puertas a su tradición, que ha hundido sus raíces en las diferentes formas de expresión. Sin esta apertura, los mapas de nuestra cultura seguirán siendo incompletos. Leyendo su literatura contribuiremos a completar ese mapa que nos configura como pueblos solidarios. La literatura es, finalmente, geografía humana compartida. 

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