En busca de Nahui Olin

En busca de Nahui Olin

El español Juan Bonilla ganó el Premio Nacional de Narrativa con una obra sobre la artista mexicana.

Juan Bonilla

El escritor Juan Bonilla supo de Nahui Olin a comienzos de este siglo y desde entonces se interesó en su historia.

Foto:

Cortesía Librería Tipos Infames- Madrid

Por: María Paulina Ortiz
07 de noviembre 2020 , 11:58 p. m.

¿Nahui Olin? ¿Quién fue ella? Su nombre ha estado siempre rodeado de interrogación. Ha sido un enigma, un misterio. Cuando vivía y después de muerta. Se llamaba Carmen Mondragón. Cambió su nombre por esas dos palabras que en lengua náhuatl significan “el último sol”. Nació en Ciudad de México en 1894 y en ese mismo lugar murió ochenta y cuatro años después. Escribió poemas, pintó cuadros. Pero lo que imperaba alrededor suyo eran las leyendas que hablaban de su locura, de sus excentricidades, de su vida libertina, los rumores que se referían incluso a su casa llena de gatos a los que supuestamente les quitaba la piel cuando morían para hacerse mantas que usaba al dormir.

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Era una mujer de una belleza deslumbrante. Muchos se quedaron solo con eso. Pero en 1978, el año en que murió, un restaurador se impuso como misión recuperar la historia de esta mujer. Darle el lugar que se merece en el arte de su país. Durante la Feria del Libro de Guadalajara, en 2016, el escritor español Juan Bonilla conoció a este hombre, llamado Tomás Zurián. En ese momento supo que estaba en medio de una historia que merecía volverse novela. La vida de una artista olvidada, y la del restaurador que la quiso revivir. Esa novela, Totalidad sexual del cosmos, acaba de recibir en su país el Premio Nacional de Narrativa 2020.

¿Cuándo supo por primera vez de Nahui Olin?
A comienzos de este siglo, al ver un catálogo de fotografías de Edward Weston. Aparecían retratos suyos muy famosos, y ahí estaba uno de ella. No sabía quién era. Luego encontré un libro sobre su vida, publicado en Circe y escrito por Adriana Malvido, y una estampa suya hecha por Elena Poniatowska en Las siete cabritas. Un poco más tarde me hice con el catálogo de su primera retrospectiva, curada por Tomás Zurián, que es uno de los protagonistas de mi novela.

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¿Qué le llamó la atención de ella?
Me pareció una vida fascinante. Aunque, claro, yo leo muchas cosas que me fascinan pero no me empujan a escribir una novela. El momento en que me di cuenta de que había una historia por contar fue cuando conocí a Zurián y me habló del modo en que descubrió a Nahui Olin y todas sus pesquisas para buscar sus huellas. Ahí vi que había un relato que merecía ser contado: cómo un investigador descubre a alguien. A dónde lo lleva la pregunta inicial: ¿quién fuiste? No es lo mismo investigar a Miguel de Cervantes, donde estás indagando sobre la vida de alguien ya consagrado como un genio, que hacerlo con alguien de quien no sabes nada. Es como un viaje en el que el horizonte va cambiando con cada descubrimiento. Ese tipo de investigadores me parecen fascinantes per se; personas que se obsesionan con algo y dedican su vida a desentrañarlo. Eso era fundamentalmente lo que quería contar.

¿Qué opinión le quedó de Nahui Olin? Es increíble cómo, a los ocho o nueve años, escribía lo que escribía.
Es un enigma. Supongo que por eso me atrajo especialmente. Es evidente que era una superdotada. Alguien excepcional. Pero hay que considerar también el ambiente en el que creció –una familia de clase alta, de la sociedad mexicana en la época de Porfirio Díaz–, que la ayuda a madurar intelectualmente. Fue a los mejores colegios, hablaba y escribía en francés mejor que en español. Tuvo la oportunidad de empezar a cuestionarlo todo, de abrir un proceso de liberación que seguramente comenzó en esa sociedad en que se formó.

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Nahui Olin

Nahui Olin fue modelo de artistas como el fotógrafo Edward Weston y del pintor Diego Rivera.

Foto:

El Universal - México

Tenía una relación muy fuerte con su padre, un ingeniero militar que llegó a ser reconocido por los cañones que se inventó y que fueron usados en la Primera Guerra Mundial.
Bueno, en esto hay hasta psicoanalistas que han dicho que estaba enamorada de su padre y esas cosas. Creo, sencillamente, que era un amor filial intenso. Le fue siempre fiel. En los años 20 ella se involucró en el proceso revolucionario mexicano en el que, naturalmente, detestaban a su padre. Sin embargo, cuando él murió le hizo un retrato como soldado joven, rodeado de los cañones que inventó. Para ella no había contradicción entre seguir adorando a su padre y mezclarse con sus enemigos, aquellos que no lo dejaron volver a México.

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Esa lealtad que sentía por él la llevó a aceptar un matrimonio de conveniencia con Manuel Rodríguez Lozano, que terminó por ser un gran pintor...
Con esto hay que tener cierta prevención. En la novela yo sigo la investigación de Zurián, pero eso no quiere decir que datos posteriores hubieran añadido o cambiado lo que él averiguó. Las primeras pruebas que él encontró, en efecto, muestran que el matrimonio fue de conveniencia por las dos partes. Casándose, Lozano conseguía ocultar su condición homosexual, y ella le hacía el favor a su papá de tener una gran boda en el momento en que era expulsado de México. Investigaciones nuevas pueden hacernos deducir que quizá hay una exageración y que ella quiso casarse solo por irse de viaje cuanto antes y salir de ese entorno.

A diferencia de la paterna, la relación con su madre sí se muestra distante...
Eso sí está probado. Una fuente evidente de información sobre Nahui Olin son precisamente los libros de Nahui Olin. Y el que más habla de toda su infancia es uno de poemas en francés en el que aparece su hermana mayor como su madre. Le escribe un poema y la llama “mi verdadera mamá”. Eso ya te indica que la relación con su madre era muy distante. Es a la única de los suyos a la que no le dedica una línea. 

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Aunque México era un país revolucionario en ese momento, no dejaba de ser machista. A Nahui se le consideraba siempre 'mujer de', 'novia de', 'modelo de'...

Otro episodio que marcó su vida fue la muerte de su hijo, casi recién nacido, sobre lo que también hay varias versiones. Su esposo, incluso, la acusó de haberlo matado.¿Cómo cree que ella afrontó eso?
Debió ser una experiencia aterradora. Y una cosa curiosa en Nahui Olin es que, siendo una vivencia tan capital, nunca escribió nada sobre ella. Por lo menos que sepamos. Los registros documentales dejan claro que fue una muerte súbita, lo que pasa es que los documentos a veces mienten. Por muchos años corrió la leyenda que la perseguía de que no había sido una muerte natural, debido a una carta que su marido le envió a su amiga Antonieta Rivas en la que culpaba a su mujer de la muerte de su hijo. Un episodio oscuro.

Nahui Olin desarrolló una vida artística que, sin embargo, era ignorada por el mundo cultural que la rodeaba. ¿Qué pudo causar esta situación?
Por una parte, creo que jugó muy en su contra el hecho de que en los años 30 ella se escondiera, se encerrara y no estuviera de actualidad justo cuando su generación llegó a la madurez, al momento de convertirse en clásicos. En segundo lugar, me parece que a pesar de que México era un país revolucionario en ese momento, no por eso dejaba de ser machista. A Nahui Olin se le consideraba siempre “mujer de”, “novia de”, “modelo de”, pero no se la tenía en cuenta por lo que hacía. De sus libros, por ejemplo, solo hubo una pequeña reseña diciendo que era una voz muy libre y pura, pero nada más. Hay antologías en la que salen cientos de poetas mexicanos de la época –y no exagero cuando digo cientos– y ella no está. Con la pintura, igual. Se hicieron libros sobre la pintura mexicana de esos años y ella no aparece. Se la consideraba ajena a todos los mundos en que se involucraba. Los pintores no la veían como pintora, ni los poetas como poeta. Eso hizo que fuera una figura desubicada, como pasa con los artistas a los que no es fácil etiquetar.

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¿Pero en esas antologías no aparecía ninguna mujer, o no aparecía Nahui Olin?
Es buena pregunta porque, por ejemplo, en México se publicó una antología de mujeres poetas en el año 29, y no está Nahui Olin. Es verdad que la poesía mexicana de esa época estaba copada de hombres, pero en otros ambos sí son reconocibles figuras de la talla de Frida Kahlo, en pintura, de Tina Modotti, en fotografía, o Antonieta Rivas como empresaria cultural. En Nahui se unían dos cosas: por una parte, que era mujer, pero además que fuera una especie de verso suelto. Su propio carácter, su condición de mujer difícil a la que acompañaba el escándalo, que no hacía distinción entre alta y baja cultura, que salía desnuda en la cubierta de una revista popular... Todas esas cosas que el mundo intelectual perdona mal.

¿Usted qué opina de su obra, en las letras y en la pintura?
Su pintura es fresca, es alegre. Tiene un punto de infantilismo extraño. Ella retrató plazas de toros, pueblos, aldeas, la vida cotidiana, pero también hizo cuadros con temas eróticos, desnudos, autorretratos con sus amantes, que evidentemente no son temas infantiles, pero su mirada sí lo es. Eso produce una especie de electricidad rara que tiene mucho encanto. Y en cuanto a sus poemas, confieso que me gustan más los escritos en francés, de su segundo libro, porque me parecen como más potentes. Tienen una energía y una carga autobiográfica más fuerte que los otros.

Su obra pictórica es más conocida hoy. Zurián concentró en ella su labor de recuperación, ¿no es así?
Sí, al ser él un gran especialista –fue restaurador de algunos de los principales murales de México– se centró en la labor pictórica. Lo fundamental de su investigación, además de los datos biográficos que iba cosechando, fue encontrar toda su producción, que no es muy extensa, apenas llega a los cien o ciento veinte cuadros. Pero tienen una personalidad indudable.

Y ahora se están vendiendo a precios elevadísimos…
Es lo malo de estas cosas. Hace veinticinco años todavía no alcanzaban precios astronómicos, pero ahora son solo piezas para millonarios o para museos.

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¿Usted terminó por entender una obsesión como la de Zurián por la figura de Nahui Olin?
Me fascina precisamente porque no la entiendo. Yo puedo tener fascinaciones puntuales por tal cosa o por otra. Me puede encantar Nabokov, pero eso no impide que pueda dedicarme un mes a leer sólo a Borges. Esa fijación, el que tu asunto, tu tema, tu vida, sea solo uno, me resulta incompresible. Entenderlo del todo no lo puedo entender, porque me supera. Es una de esas cosas admirables, como correr cien metros en nueve segundos y medio. Me parece inverosímil, pero alguien consigue hacerlo.

La forma como usted escribió la novela deja ver la importancia que usted le da a la poesía.
Es lo que más me interesa cuando leo y también trato de que se refleje cuando escribo. Quería darle a la novela un ritmo y un vértigo poético. En cierta manera lo que quería escribir era un largo poema en prosa compuesto de las sucesivas Nahui Olin: primero Carmen Mondragón, luego la propia Nahui, y después alguien que se esconde y que ya no tiene nombre.

MARÍA PAULINA ORTÍZ

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