El ‘Fin’ de Karl Ove Knausgård

El ‘Fin’ de Karl Ove Knausgård

El escritor noruego cierra su monumental saga autobiográfica 'Mi lucha'.

Karl Ove Knausgard

El noruego Karl Ove Knausgård se convirtió en un fenómeno de ventas mundial con sus novelas autobiográficas.

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Getty Images

Por: Pablo Maurette
10 de septiembre 2019 , 01:17 p.m.

De Noruega, ese vasto país pequeño, no nos llegan noticias muy a menudo. Sabemos que es rico en recursos caros y ecuánime en la distribución de su riqueza. Sabemos que es inimaginablemente oscuro en invierno y ridículamente luminoso en verano. Sabemos (y nos consuela un poco porque mal de muchos…) que no es perfecto, que su socialismo benéfico y opulento, tal vez a causa de esos seis meses de oscuridad, incluye tasas de suicidio y de alcoholismo desorbitantes. Hablando de oscuridades, en esta última década Noruega fue noticia mundial a causa de un gran horror: los atentados de Anders Behring Breivik, un militante de extrema derecha, que, el 22 de julio de 2011, asesinó a 77 personas en Oslo y en la isla de Utøya. La mayoría de sus víctimas eran adolescentes que participaban de un retiro organizado por el Partido Laborista. El plan de Breivik era eliminar a la nueva generación de la élite progresista noruega. Fue el mayor crimen en la historia reciente de un país que, desacostumbrado del todo a la violencia, con tasas de criminalidad insólitamente bajas y por cuestiones de mera estadística (77 muertos en una población de 5 millones es una proporción considerable), se vio sacudido como por un terremoto.

El día en que Breivik salió de la casa de su madre, luego de dos años recluido jugando videojuegos, e irrumpió en la historia noruega, Karl Ove Knausgård estaba escribiendo la última entrega de Mi lucha, una obra mastodóntica en seis volúmenes que apareció en su país entre 2009 y 2011 y que este año termina de publicarse en español. Para ser exactos, aquel día en particular, el autor le daba los últimos retoques a una digresión de más de 400 páginas sobre Adolf Hitler. Por supuesto, Breivik termina irrumpiendo también en Mi lucha, que es, antes que nada, un retrato minucioso y exasperante de la cotidianidad (o, en palabras del ministro de Cultura de Noruega, “el más grande relato sobre nuestra generación”). Es que, en este último tomo, el más voluminoso de la saga, hay lugar para todo y para todos: pan con manteca, Adorno y Horkheimer, un viaje a las Islas Canarias, Paul Celan, varios pozos depresivos, Knut Hamsun, salchichas asadas, el joven Hitler, un infierno conyugal, muchos cigarrillos, Ulises y el cíclope, los campos de exterminio nazis, el shakespeareano tío de Knausgård, hectolitros de café y una larga lista de etcéteras. Las consideraciones de Knausgård sobre la psicología de Hitler y de Breivik no son particularmente originales. Un bruto complejo de inferioridad y un abismo existencial poco común llevan a la construcción de un ego eufórico con los firmes ladrillos del resentimiento. Alienación, deshumanización, obsesión con la pureza, victimización, demonización de enemigos prefabricados y una buena dosis de anhelo completan la receta para producir un genocida, nos recuerda Knausgård. Más interesantes son algunos paralelos que traza el autor entre la monomanía de Hitler y la de Breivik, uno de los cuales involucra a la escritura. En ambos casos, el camino a la infamia incluye un período de aislamiento del mundo casi completo (la catábasis estéril del villano) durante el cual el sujeto vacío construye laboriosamente su yo abismal. Esta construcción, en el caso de Hitler, resultó en una autobiografía y en el de Breivik, en un manifiesto. Knausgård se identifica con este mecanismo. Desde la elección del título de su obra, copiado de la autobiografía de Hitler (“no hay nada más humillante para un escritor que ser pillado plagiando a otro escritor”, dice socarronamente en Fin), y a través de constantes manifestaciones de un sobreactuado desprecio hacia sí mismo, un coctel explosivo de narcisismo y complejo de inferioridad, el noruego se posiciona como el alter ego humanista, autoconsciente e inofensivo no solo del mayor monstruo del siglo XX, sino también del peor criminal de la historia de su país.

Si los primeros cinco volúmenes de Mi lucha forman un mural en el que Knausgård representa, con un nivel de detalle que le ha valido tanta fama cuanta infamia, una serie de períodos particularmente importantes de su vida (la muerte de su padre, el comienzo de la relación con su mujer, su infancia en la isla de Tromøya, su experiencia como docente en el norte del país y sus años de estudiante en Bergen), en este último, el registro notarial del pasado se transforma en metaficción al tiempo que el autor reflexiona sobre la escritura de la obra y narra las vicisitudes de la publicación de los primeros tomos. El relato incluye escándalos, demandas judiciales, conversaciones ásperas con amigos y exparejas que aparecen mencionados con nombre y apellido, sesiones de fotos para promocionar los libros, entrevistas, reseñas en el periódico, y otras distracciones que hacen a la vida del escritor exitoso. Pero Fin: Mi lucha 6 también se diferencia de los tomos anteriores porque la crónica de la vida cotidiana del autor recubre un extenso ensayo meditativo y, al hacerlo, pone en evidencia su carácter de envoltorio esencial. Decir que la catarata de nimiedades, que expulsó de Mi lucha a más de un buen lector, es mero relleno sanitario sería un error, pero solo quien llega hasta el final entenderá la importancia de lo insignificante y apreciará el efecto total de la dinámica que entrelaza el relato con la digresión. Los lectores de Knausgård están acostumbrados a sus largos paréntesis sobre literatura, sobre historia del arte, sobre rock, pero también saben que, en la prosa del noruego, estos funcionan como oasis dispersos cuidadosamente en la inmensidad del campo narrativo, al que siempre se vuelve y que invariablemente prepondera. En el caso de Fin, la ‘digresión’ es un ensayo de 450 páginas, un largo capítulo dentro de un capítulo más largo aún. Se titula ‘El nombre y el número’ y es el centro nuclear no solo de Fin, sino de la obra entera.

Todo empieza con una carta de amenaza enviada al hermano mayor del narrador, Yngve, uno de los protagonistas de Mi lucha. El autor anónimo proclama que Yngve ya no es digno del nombre Knausgård por haber dejado que su hermano escribiese semejante “basura difamatoria” sobre el padre, Kai-Åge (recuérdese el volumen 1, La muerte del padre). Tal vez solo un anónimo pueda exiliar a alguien de su propio nombre, pero dejemos estas acrobacias para otro momento. El autor de la carta evita nombrar a Karl Ove y se refiere a él como “el cuentacuentos”. Esto dispara una larga reflexión sobre el peso del nombre, tema crucial para cualquier escritor. En literatura, un nombre es mucho más que una palabra: es un rostro, una imagen, dice Knausgård. Cabe agregar que el nombre es el primer chispazo que enciende la maquinaria mágica de la verosimilitud. No es casual que la más grande novela jamás escrita empiece con una proclama nominativa: Call me Ishmael. En la literatura, como en el mito judeocristiano de la creación, el nombre precede a la cosa. O, mejor dicho, del nombre se procede a la cosa. La sustancia, la textura y la evidencia que caracterizan al ser literario son epifenómenos de la enunciación de un nombre, una explosión originaria que engendra mundos. Esa extraña dimensión de la existencia que inaugura la literatura, menos nublada que el sueño y más sobria que la alucinación, es, precisamente, un universo de nombres. Y cada nombre es único e irrepetible, cada nombre revela una idiosincrasia. El número es precisamente lo opuesto, señala Knausgård. El número es amontonamiento igualador. En el número, el nombre se desdibuja, pierde su individualidad, se queda sin textura, se alisa y se pegotea con otros nombres, todos iguales, sincronizados y al unísono. El número es violencia contra el nombre y en la hegemonía del número no hay posibilidad de arte ni de pensamiento. Un arte poética del número produce Mein Kampf. La tiranía del número diseña Treblinka.

Decir que la catarata de nimiedades es mero relleno sanitario sería un error, pero solo quien llega hasta el final
entenderá la importancia de lo insignificante


Dice Sir Thomas Browne, en La religión de un médico (1643), que la multitud es la versión monstruosa del individuo. Una hidra de múltiples cabezas que solo entiende de odio y cuyo único modo es el furor. Browne, según muchos uno de los mayores prosistas de la lengua inglesa, fue testigo de la guerra civil que partió a Inglaterra por la mitad y que dejó a su paso un tendal de muerte y destrucción. En sus escritos, que son escasos, misceláneos e inclasificables, insiste una y otra vez en la importancia de la civility, que podríamos traducir como “urbanidad”, o “cortesía”, pero que es, hablando mal y pronto, la cualidad de ser civilizado. La cultivación del estilo literario, la artesanía de la escritura, el oficio del humanismo son anticuerpos culturales que nos protegen de la barbarie. Knausgård, que conoce bien a Browne y lo menciona varias veces a lo largo de Mi lucha, dice (ya no recuerdo en qué volumen) que una obra de arte no es más que una mirada, la mirada de un otro. El encuentro entre un texto y un lector es, en consecuencia, la colisión de dos miradas; dos rostros desnudos que hallan un momento de intimidad, a solas, en el espacio comunal del lenguaje y de la tradición. Ese cruce puede ser el inicio de un gran amor, puede generar simpatía, desagrado, indiferencia, tedio, desazón, pero se funda siempre sobre una instancia de reciprocidad y se sostiene gracias al mutuo reconocimiento que se conceden dos individualidades con sus respectivas idiosincrasias. Cuenta Knausgård en Fin que, en medio de su raid asesino en la isla de Utøya, Breivik se topó con un joven que lo encaró y lo miró a los ojos. El asesino, obnubilado como ciervo frente a las luces de un coche, le dijo: “No te puedo matar”. Aquella fue la única excepción que hizo ese día.

Durante la explosión del boom Knausgård fuera de Noruega, allá por 2012-2013, los titulares del mundo anunciaron el nacimiento de un nuevo Proust. Parangones de este tipo son muy comunes en el marketing literario que, en una actitud de gran condescendencia respecto del lector, sigue recurriendo a las analogías de filiación (o de resurrección) para vender nuevos autores. Knausgård, como Proust, escribió una obra monumental en primera persona; una obra, a la vez, narrativa y meditativa, que pone la exploración del yo literario en el centro orbital de la cuestión estética. La gran diferencia entre ambos, sin embargo, radica en la consistencia y en la presencia que tiene ese yo literario. Mientras que en las 3.800 páginas de Mi lucha, las palabras ‘Karl Ove’ se repiten una y otra vez (en boca del narrador, en boca de otros, en noticias del periódico, en reseñas y entrevistas, en demandas judiciales, etcétera), el nombre ‘Marcel’ aparece una sola vez a lo largo de los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido; y, en esa ocasión, el narrador lo envuelve en un torbellino retórico de ambigüedad que termina oscureciendo el referente, en vez de funcionar para el lector como momento de anagnórisis. Proust está más cerca de la ficción en sentido decimonónico, y su yo fantasma, que participa, pero no del todo, decoroso y aristocrático, con un pie adentro del texto y el otro afuera como si en cualquier momento fuese a evaporarse, es un personaje liminal que está en constante proceso de materializarse y cuya intermitencia revela esa oscilación perenne entre el mundo vivido y el mundo imaginado que, para el autor, hace a la esencia de la creación literaria. El yo knausgaardiano, en cambio, es una desbordada enumeración de atributos, una profusión incontenible de minucia concreta cuyo principal objetivo es reproducir todo de la manera más vívida posible. El narrador de Knausgård es un hiperrealista, su tarea consiste en corregir, reparar y reconstruir un yo ‘real’ averiado y en ruinas. El narrador de Proust, parafraseando la apreciación de Porfirio sobre su maestro Plotino, parece alguien avergonzado de contener una interioridad tan avasallante. Por ello no sorprende que, en su obra, ‘Marcel’ sea un hápax legómenon, mientras que ‘Karl Ove’, en la de Knausgård, es un mantra maníaco de autoafirmación.

Durante la explosión del boom Knausgård fuera de Noruega, allá por 2012-2013, los titulares del mundo anunciaron el nacimiento de un nuevo Proust.

En busca del tiempo perdido se publicó entre 1913 y 1927. El mundo de Proust es algo entero, un todo contenido en horizontes que todavía puede ser retratado, con más o menos fidelidad, a través del lenguaje. Pero es también un mundo que ya no existe. En 1925 (año de la publicación de La fugitiva, el sexto volumen de la obra proustiana), Hitler se despacha con Mein Kampf y sienta las bases de una ideología que apenas una década más tarde carcomerá las bases de Europa y cambiará la cara del mundo para siempre. Mein Kampf es el libro más nefasto jamás escrito, dice Knausgård, porque sus contenidos fueron efectivamente traducidos en acciones, las peores acciones llevadas a cabo en la historia del género humano. La aplicación literal del lenguaje a las cosas acaso sea el germen del fenómeno que catapulta a Knausgård hacia sus reflexiones sobre el nazismo: la devastación sufrida por el idioma alemán. El noruego parte de la lectura de dos poemas de Paul Celan (uno de ellos es el estremecedor Fuga de muerte), que dan cuenta de esta debacle. De aquí, pasa a la obra de Victor Klemperer sobre la transformación de la lengua durante el Tercer Reich y, de allí, al mismísimo Mein Kampf, del que proporciona una detallada lectura comentada. Esta malversación del lenguaje, tan violenta que resulta en un divorcio irreversible entre las palabras y las cosas, solo es posible en una cultura que transforma al otro en número, un número a favor que es preciso alistar, o un número en contra, que es necesario eliminar. Pero, hay que agregar, la destrucción del nombre ajeno conlleva siempre la destrucción del nombre propio. Y “autoexterminio” (Selbstvernichtung), esa palabrita obscena que usa Martin Heidegger en los Cuadernos negros para resumir el destino del pueblo judío, describe, en realidad, el sino alemán.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se abocó a tareas de reconstrucción. Y en esos menesteres estaba cuando, sin darse cuenta, distraído por el brillo del progreso, construyó en tiempo récord una nueva realidad, homogénea, omniabarcante y plastificada, en la que el nombre volvió a convertirse en número. Pero ahora el número ya no es masa, para usar el término de Elias Canetti, y la aglomeración no es un fenómeno presencial. Hoy el número es algoritmo e imagen. La revolución digital y la interconexión obligatoria, o inevitable, de todos con todos, reposa, dice Knausgård, sobre valores que, nos guste o no, son los mismos valores que inspiraban a los nazis: cuerpos bellos y saludables, héroes y heroínas, rostros perfectos y pureza moral. Es cierto que belleza, perfección y pureza hoy no significan lo mismo que en la Alemania de 1939, pero la fe que profesamos por estos principios es peligrosamente similar. Pues en un mundo que solo existe en tanto produce imágenes de sí mismo, un mundo que solo admite vínculos remotos, un mundo herméticamente cerrado en la burbuja higiénica y virtual del espacio infinito, puede suceder que el anhelo de realidad se manifieste como un exabrupto homicida. Breivik, según Knausgård, es un ejemplo del individuo empachado de virtualidad que sale al mundo en busca de experiencias verdaderas. “¿Sintió un anhelo de realidad, de acabar con la relatividad, de experimentar consecuencias absolutas? Tenemos que suponer que sí. ¿Siento yo ese mismo anhelo? Sí, lo siento”, escribe en Fin. Su salida de emergencia es la escritura.

Entre los muchos textos cortos que dejó Sir Thomas Browne hay un catálogo de las reliquias que se conservaban en la catedral de Norwich antes de que esta fuese saqueada por los Roundheads (los soldados de Cromwell) durante la Guerra Civil. El empeño minucioso de Browne pretende salvar del olvido objetos preciosos perdidos para siempre. La tarea que se propone Knausgård en Mi lucha no es del todo diferente. Pienso en él como un anticuario de vivencias, o como el restaurador de un yo destruido. Ocupaciones infructuosas, sin duda, pero en ellas se cultiva la humanidad que, a fin de cuentas, no es otra cosa más que compasión. Uno de los poemas de Celan que analiza Knausgård en Fin, Engführung, incluye los siguientes versos: “Ya no leas más – mira! Ya no mires más – anda!”. Bien podría ser el epígrafe de Mi lucha, que, por alguna razón, tiene lugar para todo, salvo para un epígrafe.

**Pablo Maurette es ensayista y profesor de literatura en Florida State University. Autor de 'El sentido olvidado: ensayos sobre el tacto' (2015) y 'La carne viva' (2018).

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