Secciones
Síguenos en:
El arte de la soledad, según Stephen Batchelor
Stephen Batchelor

El escritor vive en Burdeos, Francia, y desde hace treinta años es maestro de meditación.

Foto:

Constant Formé-Bècherat

El arte de la soledad, según Stephen Batchelor

El escritor vive en Burdeos, Francia, y desde hace treinta años es maestro de meditación.

Referente mundial del budismo secular, el británico habla de su nuevo libro Elogio de la soledad. 

Cuando cumplió 18 años, Stephen Batchelor dejó su casa y se lanzó a viajar por Asia y Europa. No tenía un objetivo específico. Quería explorar el mundo. Al final llegó a Dharamsala, en India, la ciudad donde se refugió el Dalai Lama.

Ahí se detuvo: le interesó conocer las tradiciones budistas. Desde la infancia Batchelor se había hecho preguntas que no solían tener respuestas. Preguntas relacionadas con el funcionamiento de la mente, la subjetividad, la vida interior. Se sorprendía que esos temas no se trataran en la escuela ni le interesaran a nadie a su alrededor.

“Solo cuando conocí a monjes budistas encontré por fin a personas que se sentían a gusto en ese ámbito y hablaban de ello abiertamente, sin azoramientos ni reservas”, dice Batchelor. A los 21 años se hizo monje budista. Se adentró en el Himalaya, “inspirado en los relatos de ermitaños indios y tibetanos”, en busca de aprender de su soledad. Siguió las reglas del monasterio y diez años después, cuando sintió que esa no era su vocación, abandonó la vida monástica. Pero no abandonó su interés por la exploración interior. Siguió formándose y terminó por dedicarse a promover lo que él llama un budismo laico, “despojado de mitos y creencias”.

Hoy  vive en Francia, en un pueblo cerca de Burdeos, y dirige un centro de meditación en el que también es profesor. Ha escrito libros fundamentales en esa materia, como Budismo sin creencias, Solo con los demás o Confesiones de un ateo budista. Y acaba de publicar Elogio de la soledad (The Art of Solitude, título en inglés), en el que, sin enmarcarse en lo religioso, habla de la importancia de cultivar la soledad en un mundo tan excesivamente conectado como el actual.

Elogio de la soledad se publica en plena pandemia, cuando las personas se han visto obligadas a cambiar sus hábitos sociales. ¿Qué debería enseñarnos este período a los seres humanos?

La pandemia ha obligado a la gente a detenerse y pensar. De repente, muchas de nuestras actividades habituales se han interrumpido y nos hemos visto exigidos a pasar mucho tiempo solos o con un número reducido de familiares y amigos. A muchos de nosotros esto nos ha hecho conscientes de cuánto dependemos de las interacciones constantes con los demás, como una forma de evitar el tener que enfrentarse a las preguntas más profundas sobre nuestras vidas. A pesar de las dificultades, angustias y presiones del encierro, este período ha permitido más tiempo para reflexionar sobre lo que significa un ser humano. Nos ha llevado a reflexionar respecto a nuestra propia mortalidad y lo vacilantes e inciertas que son nuestras vidas. Como yo, muchos habrán perdido amigos o conocidos por el covid. La pandemia ha sido una lección extendida sobre la imprevisibilidad y la tragedia de la existencia humana. Espero que, como resultado, hayamos aprendido a no dar por sentadas la salud y la vida, sino a apreciar la simple alegría de estar conscientes y vivos en esta tierra. Con suerte, esta experiencia nos habrá hecho más reflexivos y solidarios.

La vida moderna es a menudo superficial, una carrera frenética que va de una distracción a otra.

¿Por qué es importante pensar en la soledad en este momento?

Vivimos en sociedades que nos bombardean con información y estimulación casi incesantemente, dejándonos muy poco tiempo para estar verdaderamente solos con nosotros mismos. Como efecto, la vida moderna es a menudo superficial, una carrera frenética que va de una distracción a otra. No estoy sugiriendo que debamos abandonar todo contacto con los demás, apagar nuestros teléfonos y computadoras y retirarnos a un monasterio. La soledad por sí sola no resolverá nuestros problemas. Sin embargo, la mayoría de las tradiciones religiosas la valoran como una fuente de sabiduría, verdad y comprensión. Buda, Cristo y Mahoma pasaron períodos en soledad antes de embarcarse en la enseñanza. Para ser completamente humano, en mi opinión, se requiere un equilibrio saludable entre el tiempo que se pasa con los demás y el que se pasa a solas con uno mismo. Necesitamos valorar la soledad como un recurso, no como una amenaza. Es una oportunidad para entendernos mejor, estar más cómodos y a gusto en nuestra propia piel.

Precisamente en el libro habla de la confusión sobre lo que significa soledad. ¿Por qué cree que tiene tan mala fama y es temida por tantas personas?

La razón principal es que no estamos educados ni capacitados para estar solos. Se nos dice que la peor forma de castigo, que no sea la muerte, es el confinamiento solitario. Las escuelas y universidades no ofrecen cursos de meditación que enseñen a estar solos. Incluso nuestras tradiciones religiosas hoy no brindan mucha instrucción en habilidades contemplativas. Sin embargo, la condición humana es aquella en la que siempre estamos solos con nosotros mismos en la privacidad de nuestros pensamientos y sentimientos. Hay una parte de la experiencia que no se puede compartir con otros de la forma en que uno mismo la siente. Podríamos estar rodeados de otras personas que se preocupan por nosotros, pero aun así sufrir una sensación de aislamiento o alienación.

El nuevo libro de Stephen Batchelor es publicado en español por la editorial Urano.

Foto:

Archivo particular

Hoy vivimos más conectados que nunca. Muchas de estas supuestas relaciones –las que ofrecen las redes sociales, por ejemplo– no son reales. ¿Cómo concentrarse en sí mismo si de forma constante se reciben mensajes para vivir precisamente ‘afuera’?

Una forma sería pasar más tiempo solo en la naturaleza sin el celular. Estar solos en el mundo natural nos permite reconectarnos con la riqueza de nuestra propia experiencia sensorial, sin la mediación de la tecnología. Nos damos cuenta de que nosotros también somos parte de ese tejido vivo y palpitante de la vida. No podemos existir sin el aire que respiramos y los árboles que generan el oxígeno. No somos los observadores distantes que a veces creemos. Como parte del proceso de iniciación a la edad adulta, los pueblos indígenas a veces exigen que los hombres y mujeres jóvenes pasen dos o tres días solos en la naturaleza. En las sociedades asiáticas tradicionales, los jóvenes pueden pasar un tiempo en un monasterio antes de asumir sus deberes en el mundo. Hoy podríamos optar por practicar la meditación. Cada vez más personas descubren que una práctica diaria de atención plena, incluso durante unos minutos, les ayuda a sintonizarse con la naturaleza al adaptarse al ritmo de su respiración. También descubren formas de relacionarse de manera más hábil, silenciosa y menos reactiva con el mundo interior turbulento, lleno de pensamientos, sentimientos y emociones.

Después de los libros que ha escrito, ¿qué lo motivó a hacer uno sobre la soledad?

Desde niño me ha fascinado el funcionamiento de la mente. Sin embargo, en la escuela me sorprendió y me confundió que ningún maestro mencionara, y mucho menos discutiera, estas cosas. Era como si la subjetividad, cómo nos sentimos acerca de nosotros mismos, fuera un tema tabú. Cuando conocí a los monjes budistas, me sentí aliviado al descubrir que no tenían la misma reserva ni vergüenza acerca de la vida interior. Además, habían desarrollado filosofías y herramientas contemplativas que les permitían trabajar con sus pensamientos y sentimientos. Cuando escribí por primera vez sobre mi experiencia con el budismo, naturalmente me concentré en estos temas. El título de mi primer libro fue Alone With Others (Solo con los demás, 1983), en el que presenté el budismo como una filosofía de vida pragmática que buscaba integrar nuestro mundo interior con el mundo social que nos rodea. De hecho, una de las definiciones budistas clásicas de una persona ‘iluminada’ es alguien cuyas relaciones consigo misma y con los demás se han optimizado y realizado.

¿Qué lo llevó a viajar a la India a los 18 años y poco después convertirse en monje budista?

Crecí en la década del 60, cerca de Londres, muy influenciado por la contracultura de esa época. Fue un tiempo en el que se abrían oportunidades, todo parecía posible. Los jóvenes no se sentían obligados a repetir la vida que habían llevado sus padres. Los estándares y valores de la sociedad británica de clase media estaban siendo cuestionados. En ese entorno, me pareció natural salir y explorar el mundo en lugar de embarcarme en una carrera convencional. Después de seis meses de vagar por Europa, Oriente Medio y Asia, terminé en Dharamsala, India, la ciudad del exilio del Dalai Lama. No salí de casa con un objetivo claro en mente. Inicialmente, no tenía intención de ir a la India, y mucho menos convertirme en un monje budista tibetano. Me dejé llevar.

Batchelor siguió la tradición tibetana y fue monje durante diez años.

Foto:

Cortesía del escritor

El interés por conocer la vida interior, en soledad, nació en su adolescencia. ¿Tuvo alguna influencia familiar? ¿De dónde cree que vino?

Mi abuelo rechazó el cristianismo a principios del siglo XX y educó a mi madre y a mi tía de una manera estrictamente no religiosa. Si bien mi madre siguió siendo una humanista secular por el resto de su vida, mi tía se sintió atraída por el hinduismo y se unió a una organización en Londres que promovía una forma de vida basada en las enseñanzas del Vedanta. Ambas mujeres fueron importantes modelos para mí. Mi madre se horrorizó cuando decidí ser un monje budista, pero mi tía me apoyó con todo su corazón. En retrospectiva, mi viaje por el budismo ha sido una lucha constante entre mi compromiso con la secularidad y mi anhelo de trascendencia. Ahora enseño lo que llamo ‘Dharma secular’, que busca integrar las ideas liberadoras y la ética de Gautama, el Buda, con la comprensión humanista y científica del mundo actual.

Seguramente este tema es difícil de resumir, pero ¿cuál fue la razón principal por la que dejó su vida de monje budista? ¿Sintió alguna decepción?

Hubo varias razones por las que dejé de ser monje después de diez años. En el fondo, creo, fue el hecho de que nunca sentí realmente una vocación monástica genuina. Me hice monje por razones prácticas, principalmente para poder dedicarme con determinación al estudio y la práctica del budismo. Estoy contento de haber hecho eso, pero una vez que completé mi entrenamiento formal, vi pocas razones para seguir viviendo como monje. Quería volver a mi país y a la sociedad para aplicar lo que había aprendido de mis maestros budistas. También quería casarme y vivir como una persona común en el mundo en lugar de destacar con mis exóticas túnicas y mi cabeza rapada. No me decepcionó mi vida como monje. Pero había cumplido su propósito y necesitaba seguir adelante.

¿Cuál es la mejor manera, en el siglo XXI, de comprender la vida y las enseñanzas de Buda?

No se puede generalizar. Todavía estamos en una etapa muy temprana en la transmisión del budismo a Occidente. Para algunos, un enfoque tradicional asiático podría funcionar mejor, mientras que otros encontrarán que un estilo de práctica más secular y menos religioso se adapta más a sus necesidades. Quien desee seguir el budismo hoy en día encontrará que hay muchas opciones disponibles.

En sus libros plantea la no necesidad de creer en la reencarnación y el karma, dos pilares del budismo. ¿Por qué?

La creencia en la reencarnación y en el karma es común a todas las formas principales de religión india: el jainismo, el hinduismo y el budismo por igual. Forman parte de la cosmología y la soteriología clásicas de la India, no son ideas exclusivas del budismo. Ciertos pasajes de los primeros textos budistas presentan a Gautama como alguien que tiene una visión agnóstica sobre estos asuntos, otros pasajes sugieren que los aceptó sin crítica, y algunos textos afirman que había obtenido una visión mística de su verdad. Sin embargo, Gautama fue famoso por desconfiar de la especulación metafísica. Creo que es muy poco probable que, si estuviera vivo hoy, insistiera en que sus seguidores aceptaran las antiguas doctrinas indias del renacimiento y el karma para poder practicar sus enseñanzas. Nuestra comprensión científica de la evolución humana y el funcionamiento del cerebro también hace que sea muy difícil incorporar esas creencias en nuestra cosmovisión contemporánea. Sin embargo, al final, siento que estas ideas son una distracción, a menudo alimentada por nuestro profundo deseo de seguir viviendo después de nuestra muerte física. Son una forma de negar la muerte reemplazándola por creencias consoladoras en el más allá.

Cuanto más consciente eres de cómo cada respiración puede ser la última, más intensamente consciente te vuelves
de lo maravilloso que es estar vivo.

¿Qué es la muerte para usted?

Es el mayor misterio de la vida. Un misterio negado tanto por las creencias espirituales en la otra vida como por la convicción materialista de que después de la muerte no hay nada en absoluto. Es mucho más fácil tener una opinión sobre lo que sucede después de la muerte que honrarla como un misterio. Espero ser lo suficientemente consciente a medida que me acerco a la muerte para poder respetar su misterio y mantener una mente totalmente abierta respecto a lo que podría o no venir después. La muerte no es solo un hecho que nos espera en el futuro, sino una posibilidad inmanente en cada momento de la vida. Paradójicamente, cuanto más consciente eres de cómo cada respiración puede ser la última, más intensamente consciente te vuelves de lo maravilloso que es estar vivo.

Al separar el budismo de algunas de sus creencias tradicionales, ¿no se corre el riesgo de reducir sus enseñanzas a algo demasiado utilitario que podría no conducir a un cambio personal profundo?

Sí, debemos tener cuidado de no reducir el budismo a un tipo exótico de psicoterapia o régimen de autoayuda. Pero si imagina lo que habría sido vivir en la época de Gautama, se dará cuenta de que no había nada abiertamente religioso en su enseñanza, como tampoco lo había en las enseñanzas de su contemporáneo Sócrates. Siento que es hora de volver a las fuentes de la tradición. Necesitamos desmantelar todos los dogmas religiosos y las jerarquías sacerdotales que se han ido gestando durante los últimos dos milenios y medio para recuperar la humanidad esencial de Gautama y la filosofía pragmática, escéptica y ética que enseñó. Sobre esta base, podemos volver a imaginar el dharma de una manera que sea adecuada para nuestra era secular. Esto no solo podría proporcionarnos las herramientas para lograr un cambio personal profundo, sino también la sabiduría y compasión necesarias para enfrentar las diversas crisis existenciales que afronta la humanidad y el futuro de la vida en la tierra.

Su libro no ofrece únicamente una visión budista de la soledad. Cita otras opiniones y experiencias con el tema, como las de Montaigne. ¿Cómo fue su conexión con la vida y obra de este filósofo francés?

Desde hace mucho me fascinan los escritos y la vida de Michel de Montaigne. Es un maravilloso ejemplo de alguien que trató de poner en práctica las enseñanzas de la filosofía griega, redescubiertas durante su vida como parte del Renacimiento. La exploración inquisitiva de Montaigne en el funcionamiento de su propia mente mientras vivía solo en su torre, en el valle de Dordoña, muestra claramente cómo desarrolló una práctica que tiene muchos paralelismos con el pensamiento y la meditación budistas. Aunque no sabía nada sobre el budismo, que no se introdujo en Europa hasta doscientos años después de su muerte, captó intuitivamente muchas de sus ideas esenciales. Para mí, esto apunta a la universalidad del dharma. La tradición budista también reconoce que la ‘iluminación’ no es una propiedad exclusiva del budismo, sino que se encuentra en todas las sociedades y en todos los tiempos de la historia. Montaigne también nos mostró cómo las filosofías griegas antiguas, como las de Sócrates, los escépticos, estoicos y epicúreos, no eran disciplinas académicas sino formas de práctica que buscaban curar el alma. Cuanto más volvemos a las fuentes de la filosofía occidental, encontramos paralelos sorprendentes con las tradiciones budistas que se desarrollaron de forma bastante independiente en Asia.

El arte también es importante en su libro. De hecho, el título original en inglés es El arte de la soledad. Usted habla de Vermeer, de Agnes Martin... ¿Qué aspecto une el arte con la soledad?

En mis conversaciones con artistas a lo largo de los años me ha sorprendido cómo sus relatos sobre la creación artística describen una práctica de profunda soledad. La comunión silenciosa y la lucha en el estudio con una pintura o una escultura es, en muchos aspectos, similar a la lucha contemplativa apasionada con la propia mente en una ermita remota. La soledad es un crisol no solo para la sabiduría contemplativa, sino para la imaginación artística. Gran parte del arte que actualmente es admirado por millones de personas en museos y galerías de todo el mundo se forjó a partir de años de silencio, soledad, pobreza y oscuridad. El artista es quizás el místico secular de nuestro tiempo.

Con 27 años, Batchelor se formó en el budismo zen coreano y también llegó a ser monje.

Foto:

Cortesía del escritor

Habla de sus experiencias con plantas sagradas, como la ayahuasca o el peyote. ¿Qué opina del uso actual de este tipo de plantas, que conlleva riesgos si no se hace de forma cuidadosa y guiada?

Los esfuerzos humanos más valiosos conllevan un elemento de riesgo. Ya sea que se busque escalar el monte Everest o ahondar en las profundidades de la propia conciencia, se aceptan los peligros de embarcarse en un viaje hacia lo desconocido cuyo resultado no se puede saber de antemano. Las sociedades modernas mantienen actitudes profundamente contradictorias e hipócritas sobre el uso de sustancias que alteran la conciencia. Se toleran drogas altamente adictivas y dañinas como el tabaco y el alcohol, mientras que las sustancias no adictivas como la ayahuasca y el peyote, que se han utilizado durante siglos en ceremonias religiosas y han causado poco daño a la salud de las personas, están prohibidas y penalizadas. Es absurdo. En esta coyuntura crucial de nuestra historia, creo que, con una guía experta, esas experiencias podrían ayudar a que nos diéramos cuenta de las responsabilidades que enfrentamos al abordar cuestiones como el cambio climático. Las ventajas, en este caso, superarían con creces los peligros que pudieran estar involucrados.

Al final del libro agradece a algunos autores que fueron importantes para usted durante la escritura: Burroughs, Hemingway, Knausgård, Perec. ¿Qué recibió de cada uno de ellos?

Admiro mucho el trabajo de todos estos escritores, tanto estilísticamente como por los temas que abordan en sus libros. Burroughs nos dejó notables informes de su propia experiencia sobre los efectos de las drogas que alteran la mente. Fue uno de los primeros escritores occidentales en explorar el uso de la ayahuasca. Y su técnica de escritura de cut-up inspiró mi propio uso de ejercicios al azar para organizar la secuencia de capítulos de Elogio de la soledad. Admiro a Hemingway por su estilo de escritura vívido y la gran claridad y compasión que trae a sus historias. Knausgård me impresiona con su aguda atención a los detalles de la experiencia cotidiana y banal, que revela cuán extraordinaria puede ser la vida ordinaria una vez que empiezas a mirarla más de cerca. Y Perec es, para mí, un mago cuyos textos divertidos pero regidos por reglas me ayudaron a encontrar la forma de mi libro. En la edición original, en inglés, los treinta y dos capítulos están compuestos por un total, exactamente, de treinta y dos mil palabras. Esto puede parecer una restricción algo arbitraria y sin sentido, pero impuso una disciplina que me ayudó –a mí, al escritor– a tomar un poco de distancia para que el texto pudiera tener vida propia. Mis traductores deberían estar agradecidos de que no insistiera en someterlos a la misma restricción.

Con seguridad lo están... Finalmente, dice que la soledad no tiene por qué llevar al aislamiento. El objetivo es crear un equilibrio. ¿Cuál sería la mejor manera de encontrar ese equilibrio?

Al compartir mi propio viaje hacia la soledad en las páginas del libro, ofrezco tácitamente un ejemplo de alguien que busca un equilibrio entre estar solo y estar con los demás. Porque aunque me centro en el tema de la soledad, lo hago en forma de libro, destinado a que otros lo lean. Escribir es una práctica tanto solitaria como social. No hice el libro simplemente para mi propia satisfacción, sino para compartir con los demás lo que he encontrado valioso. Cuando alguien lea el libro, se completará el trabajo. Todo lo que puedo hacer es mostrar cómo, a través de mi práctica como escritor, he buscado encontrar un equilibrio entre aislamiento y participación. No sugiero que el lector haga lo mismo. Depende de cada uno encontrar su propio camino.

MARÍA PAULINA ORTIZ
@mpaulinaortiz

ACCEDE A CONTENIDO EXCLUSIVO PARA SUSCRIPTORES

No te quedes solo con esta información.
Lee, explora y profundiza más.
¡Suscríbete ya!

COP $ 900 / MES *
Ya soy suscriptor digital

Si ya eres suscriptor del impreso, actívate

Sigue bajando para encontrar más contenido

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.