Melba Escobar presenta 'Cuando éramos felices pero no lo sabíamos'

Melba Escobar presenta 'Cuando éramos felices pero no lo sabíamos'

La autora conversará este jueves con Roberto Pombo, por las plataformas de EL TIEMPO y de Planeta.

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Presentación del libro de Melba Escobar: Cuando éramos felices pero no lo sabíamosPresentación del libro de Melba Escobar: Cuando éramos felices pero no lo sabíamos.
Melba Escobar

Rodrigo Sepúlveda

Por: María José Castaño
19 de noviembre 2020 , 04:47 p. m.

Son repetitivos los prejuicios que se han apropiado de nuestras voces sobre los venezolanos en los últimos años. Parten de anécdotas, titulares de prensa, redes sociales, recién llegados que vemos en la calle. Bocados de información. Solo la espuma de olas. Por eso, el más reciente libro de Melba Escobar, Cuando éramos felices pero no lo sabíamos –su quinta obra, pero la primera de no ficción–, resulta imprescindible al mostrarnos una mirada inédita del país que es responsable del segundo éxodo migratorio más grande del mundo, después del de Siria.

(Lea también: El rastreador de virus que advirtió llegada de una peligrosa pandemia).

En este cruce de la frontera que hacemos los lectores de la mano de la autora, pasamos por La Guajira hasta Maracaibo, desde Cúcuta hasta llegar a San Cristóbal, aterrizamos en el aeropuerto de Maiquetía y volamos hasta Barquisimeto y sus alrededores. En cada uno de estos recorridos, los protagonistas son guardias, conductores, líderes sociales, estudiantes, artistas, terapeutas, gente dedicada al rebusque, también intrépidos periodistas. Las voces oficiales, que suelen monopolizar los medios y el discurso oficial, no tienen micrófono en este libro, que es también una reflexión existencial en tiempos apocalípticos. “Creo que Venezuela ha sido utilizada como un comodín político. Aquí se ha usado el término ‘castrochavismo’. Hasta el mismo Trump lo utiliza en su campaña contra Biden. Por eso quise lanzarme a hacer estos viajes, para entender el drama humano de quienes perdieron a su país tal como lo conocían, y en una inmensa cantidad de casos (por no decir que en todos), también perdieron sus derechos. Ese es el relato que quise contar y vivir de primera mano”, dice Escobar.

En su primer viaje a Caracas, la autora tiene un fixer (persona local que acompaña a los periodistas en zonas conflictivas) al que describe como “una máquina de supervivencia con un olfato animal para leer a las personas”. Daniel Torres –que fue asesinado en la capital venezolana hace poco más de un mes por rayarle involuntariamente el carro a un conductor, que vengó el daño disparándole en la cabeza– recoge a la autora en el aeropuerto de Maiquetía mientras le dice que se den prisa porque “ya casi sale la señora Bechamel”.

(De su interés: Las huellas que dejan las rocas).

La señora Bechamel resulta ser Michelle Bachelet, que llegó el mismo día y con solo unos minutos de diferencia. Daniel pasa a ser el personaje protagónico de ese primer viaje a un país caribeño donde, como bien lo muestra la autora, el sentido del humor es lo último que se pierde. En Caracas, Melba recorre el 23 de Enero, donde se dice que vive ‘Jesús Santrich’ con un escudo de civiles armados custodiándolo. A bordo de un Chevrolet destartalado con el aire acondicionado a tope y Willie Colón a todo volumen, recorren la comuna chavista mientras Melba le pregunta a Daniel qué piensa de la oposición.

–Cuando la Asamblea Nacional: “queremos la Asamblea Nacional, la Asamblea Nacional, la Asamblea Nacional”. Les dieron la Asamblea Nacional. Entonces: “liberen a los presos políticos, los presos políticos, los presos políticos”. ¡La gente lo que tiene es hambre! Los políticos solo piensan en el ‘quítate tú pa’ ponerme yo’, coño, móntense una con unas bolsas de comida, llévensela a la gente necesitada, denle de comer al pueblo. Que el pueblo sienta que van a luchar por él.

Pocas veces tenemos acceso a las palabras de quienes cimientan una nación desde sus creencias. En Cuando éramos felices pero no lo sabíamos, los lectores somos
testigos directos de las expresiones vivientes que constituyen una identidad nacional.

(Le recomendamos: Inventario de vidas).

Si bien el libro es una inmersión en el drama humano que vive
el país vecino, es también una reflexión sobre la identidad colombiana, un reflejo de nosotros mismos

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Aunque cuesta entender que la vida sigue, aun en un país con las cifras de inflación de Venezuela, el hambre, un gobierno represivo, abusivo y predador, lo cierto es que la gente continúa celebrando los cumpleaños, tomándose una cerveza si puede, haciendo filas de cuatro días para tanquear el carro con gasolina, o caminando durante horas bajo el sol más inclemente en busca de agua. Esto y más nos lo cuenta la autora, que se puso en situaciones de riesgo, que abandonó su zona de confort en Bogotá con su esposo y sus dos hijos, para ir más allá de las calles bogotanas atestadas de familias venezolanas pidiendo algo de comer, una moneda, una medicina. Si bien muchos colombianos nos hemos preguntado a qué le huyen millones de venezolanos, Melba ha sido, hasta ahora, la única que ha salido de su casa, de su barrio, para vivir la realidad al otro lado de la frontera y así podérnoslo contar a nosotros, los cobardes. Como dice Martín Caparrós en la contratapa del libro: “Hay personas que viajan para contarlo, y entonces producen ese género menor, la crónica de viajes. Hay personas que viajan para saber, y entonces nos escriben. Eso es, sin duda, lo que hizo Melba Escobar en esta indagación apasionada de uno de los grandes misterios contemporáneos: Venezuela”.

(Además: 'Me dedicaría a cuidar un rebaño de ovejas').

Pero este recorrido nos deja ver también la realidad de la autora. Y esto se debe a que Melba nos cuenta del propio duelo que está viviendo mientras se interna en el duelo colectivo de un país. Durante el año largo que dura la realización de esta crónica, la madre de la escritora estuvo enferma con un cáncer terminal que, justo este mes, cuando el libro llega a librerías, cumple un año de fallecida. El dolor de la hija está presente en su mirada compasiva, en la atención introspectiva con la que observa y escucha a sus interlocutores, con quienes tiende puentes desde la empatía y la comprensión.

Si bien el libro es una inmersión en el drama humano que vive el país vecino, es también una reflexión sobre la identidad colombiana, un reflejo de nosotros mismos visto en quienes no en vano han sido llamados hermanos. Olvidamos que, hasta la Gran Colombia, fuimos un mismo país. Pero eso no lo olvida la música, la gastronomía, los dichos, los héroes populares, en fin, la cultura. Ni mucho menos la historia. Si bien, como dice la analista internacional Sandra Borda, “el libro nos permite conocer la dimensión humana de una crisis que solemos observar de lejos y en abstracto”, también nos permite observarnos a través del modo en que nos relacionamos con el fenómeno migratorio más grande de nuestra historia. Pensar que hasta hace apenas diez años Venezuela fue refugio y esperanza para los nacionales, un hecho que se prolongó por más de treinta años. Cientos de miles de colombianos se fueron masivamente durante décadas al otro lado de la frontera en busca de un mejor futuro. Una verdad que no sobra recuperar en tiempos pandémicos y, algunas veces, xenofóbicos.

(Siga leyendo: En busca de Nahui Olin).

En estos viajes, el lector se reirá muchas veces, llorará, quizá, se sentirá estremecido, confuso, pondrá en perspectiva mucho de lo que cree sobre el país vecino, pero también sobre el propio. Porque estos recorridos nos van llenando de preguntas sobre Colombia. Como en un juego de espejos, nos vemos reflejados en el hermano, el vecino, ese que también escucha vallenato, come arepas y cree que José Gregorio Hernández es el médico que vendrá del más allá para sacarnos un tumor mientras dormimos.

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Hoteles de talla internacional cuyo precio se regula diariamente como con un bulto de papa; unos días reciben dólares, otros, solo aceptan pesos colombianos. Tarjetas de crédito, quizás sí y quizás no. Es como la Reina de Alicia, mermelada mañana y ayer, pero nunca hoy. Y si no calculaste bien y no se te ocurrió sacar dinero del único cajero en la frontera, habrá que sentarse a rezar o llorar, como hizo Melba. Barrios de gobiernistas que, echando discursos y repartiendo mercados, defienden el legado chavista, gasolineras con colas más largas que las de un crucero, hospitales sin médicos ni medicina, vecinas que educan barrios enteros, familias atrincheradas en cuatro paredes para evitar que el gobierno les quite su propiedad para “dársela al pueblo”.

Melba se asoma desde afuera al club de golf donde ve gente jugando y escucha historias sobre almuerzos con langostas y vinos importados traídos en aviones privados. Al mismo tiempo habla por teléfono con una periodista que le informa sobre las decenas de niños muertos en el hospital J. M. de los Ríos, donde ya no tienen drogas, tampoco personal ni condiciones de salubridad para atender a la población infantil. En una sociedad cada vez más desigual, este libro nos presenta una serie de escenarios que parecen salidos de una película de ciencia ficción. Pero no. Son la realidad real. Lo que está sucediendo frente a nuestras narices. En el último de sus viajes a Venezuela, en febrero de este año, Melba se enteró de que el covid-19 iba a ser declarado pandemia.

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En el sofá en el que suelo aferrarme a la literatura, me impresionó la valentía de Melba para entrar a relatar en carne propia. Se trata de poner el cuerpo y la vida porque quiere y no porque le toca. Cómo se le ocurre ir a un país lleno de incertidumbre, distópico y sin garantías de regreso. Y lo que más me impresiona es que cada vez que regresó, tenía la convicción de volver, una y otra vez, para escribirlo y poderlo contar, como dice ella: “Con el deseo de plasmar lo vivido con las manos aún untadas de la tierra donde recogí estas postales”.

Siempre nos hemos comparado con Venezuela. En riquezas y desgracias, diferencias y similitudes. El texto refleja lo extraño que es pensar en una línea arbitraria en el mapa para definir un discurso entre un ‘nosotros’ y un ‘los otros’. Más aún cuando compartimos historia, creencias, paisajes y geografía. “Entendí que luchar contra lo que no podemos cambiar puede ser una batalla perdida contra nosotros mismos”, dice uno de los testimonios del libro. Si bien hay algo de resignación en esta consigna, también hay una inclinación a luchar por lo que importa, lo que tiene sentido, por todo cuanto sí podemos transformar en nuestras vidas y en las de los demás.

(Le sugerimos: Un recorrido por la melancolía).

La lección más valiosa, de las muchas que nos deja esta odisea, es que nos muestra hasta dónde podemos elegir nuestro propio relato. Como en toda buena película, al final, la protagonista se transforma. Dicen que es difícil no amar –u odiar– a alguien cuando conoces su historia. Pues bueno, este libro es la mejor forma de conocer el relato vivo y cercano de ese hermano que es Venezuela y, así, empezar a quererlo. Un poco más listos para mirar nuestro espejo, esta vez con más cariño, nostalgia y cuidado, porque como reza el poema Bolero, de Julio Cortázar: “Siempre fuiste mi espejo. Quiero decir que, para verme, tenía que mirarte”.

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