¿Por qué se convirtió en un criminal Charles Manson?

¿Por qué se convirtió en un criminal Charles Manson?

Lea una parte del libro 'Manson, la historia real', de .

Charles Manson

Tras el juicio, Manson fue llevado a prisión el 22 de abril de 1971, culpado de siete cargos de asesinato.

Foto:

Getty Images

Por: Tom O’Neill
15 de agosto 2019 , 08:19 p.m.

Y ese tal Charles Manson, cuyo rostro estaba por todas partes, ¿no era la personificación del buscador de emociones dionisíacas? Un exconvicto de treinta y cinco años que había pasado aproximadamente la mitad de su existencia en instituciones federales, y había atrapado la vida y la mente de sus seguidores, en su mayoría mujeres jóvenes. Los miembros de la Familia, cuyo número oscilaba entre las dos y las tres docenas, habían estado bajo la influencia de Manson apenas dos años, algunos bastante menos tiempo. Sin embargo, todos hacían cualquier cosa que él les dijera, sin vacilar, incluyendo matar a verdaderos desconocidos. Manson había logrado una sumisión extrema.

Al principio, Charles Manson contaba con muy pocas probabilidades de ser un líder carismático. Nacido en Cincinnati, Ohio, de una madre de dieciséis años y un padre al que no llegó a conocer, había vivido sobre todo rodeado de privación y sufrimiento. Pocos iban a sentirse inclinados de manera natural a admirar su imponente presencia; y en un sentido literal pocos habrían podido hacerlo: medía solo metro cincuenta y cinco.

Manson pasó sus primeros años desatendido. Siendo todavía un niño pequeño, su madre le dejaba irse de juerga con ella y su hermano, y una vez la pareja decidió robar a un tipo que parecía rico. Los dos estuvieron varias horas detenidos y la madre fue condenada a varios años de prisión. Cuando salió en libertad, Charles tenía ocho años, y a partir de ahí ambos pasaron una buena temporada con una serie de hombres poco fiables en habitáculos sórdidos, hasta que ella sufrió otra detención por hurto mayor. Al final, la mujer pescó a un viajante de comercio de Indianápolis, se casó con él en 1943 y se esforzó por dejar de beber. Manson, que todavía no contaba diez años, ya por entonces hacía novillos y robaba en tiendas de las inmediaciones. La madre le buscó un hogar de acogida. Sin embargo, fue puesto bajo tutela estatal y enviado a la Escuela Gibault Masculina, un colegio católico para delincuentes ubicado en Terre Haute, Indiana. Charles se escapó, pero su madre lo llevó ahí de nuevo. La separación debió de afectarle mucho, al menos si nos fiamos de su compinche Watson, quien más adelante escribió que Manson “sentía un odio especial hacia las mujeres que eran madres. Esto seguramente tuvo algo que ver con sus sentimientos hacia su propia madre, aunque nunca hablaba de ella... Lo más cerca que estuvo de romper su silencio fue en la letra de alguna de sus canciones: ‘Soy un chico mecánico, soy el chico de mi madre’”.

El “chico mecánico” estuvo poco tiempo en la Escuela Gibault. Al cabo de diez meses huyó otra vez, tras lo cual se dedicó a robar para mantenerse. Debido a sus delitos, fue enviado a un centro penitenciario de Omaha, Nebraska, de donde también se escapó. Después empezó a allanar tiendas de comestibles. A los trece años, Manson fue enviado a la Escuela Masculina de Indiana, una institución más dura, donde, según contó, fue violado por los demás chicos. Para mantenerlos a raya, aprendió a fingir que estaba loco. Y siguió escapándose: dieciocho veces en tres años.

En febrero de 1951, ya con dieciséis años, Manson se fugó de nuevo, pero esta vez con otros dos muchachos. Cruzaron la frontera del estado con un coche robado: un delito federal. Cuando un control de carreteras puso punto final a su aventura, Manson fue trasladado a la Escuela Nacional de Capacitación para Chicos, en Washington D. C. De este modo comenzó un largo período en el sistema federal de reformatorios. Desde allí Manson pasó al Campamento de Honor del Puente Natural, donde lo pillaron violando a un chico a punta de navaja, al reformatorio federal de Virginia, donde acumuló delitos similares, y a un reformatorio de Ohio, de donde, gracias a una temporada de buen comportamiento, fue liberado anticipadamente en 1954, aunque los psiquiatras habían tomado numerosas notas acerca de su “conducta antisocial” y sus “traumas psíquicos”.

Antes de transcurrido un año, ya tenía una esposa y un bebé en camino. Tuvo también varios empleos en el sector de los servicios, pero no podía dejar de robar coches, varios de los cuales llevó al otro lado de la frontera estatal. Debido a esos delitos, y a su incomparecencia en una audiencia relacionada con uno de ellos, fue condenado a tres años de cárcel en Isla Terminal, una prisión federal de San Pedro, California. Cuando salió en libertad en 1958, su esposa ya había presentado la demanda de divorcio, por lo que, para ganarse la vida, Charles se dedicó a hacer de proxeneta. El mes de mayo siguiente lo volvieron a detener, esta vez por falsificar un cheque de 37,50 dólares. Esto le supuso una sentencia de cárcel de diez años, si bien el juez, conmovido por la súplica de una mujer que decía estar enamorada y querer casarse con él, suspendió la sentencia y lo dejó en libertad.

Manson continuó haciendo de macarra, robando coches y maquinando para sacar dinero a la gente. El FBI lo vigilaba, esperando trincarle por haber infringido la Ley Mann, que prohibía transportar prostitutas a través de las fronteras estatales. No había manera de echarle el guante, pero en una ocasión Manson desapareció en México con una prostituta y entonces se demostró que había cometido violación de la libertad condicional, por lo que se hizo efectiva la anterior sentencia de diez años de cárcel. El mismo juez que antes le concediera la libertad provisional decretaba ahora lo siguiente: “Si ha existido algún hombre totalmente indigno de la libertad provisional, es él”.

Como iba a estar entre rejas una larga temporada, Manson tomó clases de guitarra e hizo sus pinitos en la cienciología. El personal advirtió sus dotes para contar historias cautivadoras y sus persistentes “problemas de personalidad”. No ocultó en ningún momento sus aspiraciones musicales. Desde detrás de los barrotes, observaba con gran envidia e interés el meteórico ascenso de los Beatles.
Cuando salió en libertad, a los treinta y dos años, había pasado más de la mitad de su existencia al cuidado del Estado. Pero prefería la vida en la prisión, decía, hasta el punto de que pidió que le dejaran quedarse. “No tiene planes para cuando salga de aquí –rezaba un informe–. Dice que no sabe adónde ir”.


‘Robots sanguinarios’
Cuando leí los primeros artículos periodísticos sobre Manson y la Familia, me resultó difícil separar la hipérbole de la veracidad. A Manson siempre se le consideró un buscador astuto, una especie de Flautista de Hamelín perverso, tal como lo expresó un periódico, con ciertos poderes ocultos. Aproximadamente una semana después de las detenciones de la Familia, en la portada de la revista Life apareció una foto de un Charles Manson con ojos desorbitados que lo miraban todo, una especie de Rasputín contemporáneo. En las páginas interiores, las “mujeres de Manson”, muchas de ellas apenas adolescentes, posaban con bebés colgados de sus delgados hombros. Y hablaban de su amor y su imperecedero apoyo a “Charlie”, de quien consideraban que encarnaba el segundo advenimiento de Cristo y Satán, todo a la vez.

Los medios ya habían empezado a calificar a la Familia como “una banda itinerante de hippies” y una “secta seudorreligiosa”. En una crónica un tanto aparatosa, The New York Times afirmaba que “llevaban una vida de indolencia, sexo libre, carreras de motos a medianoche y obediencia ciega a un misterioso gurú envanecido por su poder para controlar las mentes y los cuerpos ajenos”.

No obstante, la prensa menos convencional transmitía una cierta compasión por Manson. Para mucha gente, Manson era inocente, se había exagerado su condición de comunero izquierdista. Tuesday’s Child, un periódico contracultural de Los Ángeles orientado hacia el ocultismo, nombró a Manson Hombre del Año. A algunos les daba incluso igual si estaba detrás de los asesinatos. Bernardine Dohrn, del Weather Underground, lo expresó de forma ciertamente escandalosa: “Matar a esos cerdos ricos con sus propios cuchillos y tenedores, y luego comer en la misma habitación, ¡genial! Los hombres del tiempo entienden a Charles Manson”.

Vi las primeras imágenes de Manson en la televisión. Las cámaras lo seguían mientras los agentes judiciales lo conducían a la audiencia previa al juicio, esposado, encorvado, de mirada penetrante. Advertí pocas trazas de su famoso carisma, pero me di cuenta de que ese aire antisocial de seudomisticismo y agresividad carcelaria parecía auténtico. Cada vez que se sentaba en el banquillo, Manson hacía una divertida exhibición de locura controlada: solía pelearse con el juez arguyendo que debían permitirle representarse a sí mismo. Por su parte, las “chicas” imitaban el comportamiento de su líder, y a la menor oportunidad se ponían a discutir con el juez y los abogados de la defensa designados por el tribunal y se negaban a obedecer ni siquiera las normas más básicas del decoro en una sala de juicios.

El hecho de que Manson hubiera sido detenido en el Valle de la Muerte –lugar impenetrable por excelencia– lo volvía aún más fascinante. Los reporteros resaltaban el parecido con Rasputín, haciendo hincapié en su brujería de nómada del desierto. Un periodista escribió que era un Mahdi (figura mesiánica de la mitología musulmana) “barbudo, demoníaco”, que dirigía “una secta hippie mística, semirreligiosa, envuelta en drogas y asesinatos”. Otro lo describía como un “hombre bajito, de mucho pelo y barba descuidada, con unos penetrantes ojos castaños”, y se refería a la Familia como “una banda de hippies vagabundos”. La maldad de Manson parecía no tener explicación. Incluso en los garabatos que hacía en una libreta de la sala de juicios veían los psiquiatras “una mente desgarrada por fuertes impulsos de agresividad, hostilidad y culpa”.

Más allá de este espectáculo, vislumbré el interés más verdadero y profundo del público en el caso, el mismo rompecabezas que me obsesionaba a mí: ¿cómo y por qué esas personas se convirtieron en criminales? Es más, hablando sin rodeos, ¿podría pasarles eso mismo a nuestros propios hijos? ¿Cualquiera podía llegar “tan lejos”? 


Tom O’Neill

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.