'Buscando mi madredediós', la voz de Arnoldo Palacios

'Buscando mi madredediós', la voz de Arnoldo Palacios

Se reedita la historia de la vida del escritor chocoano, narrada en sus propias palabras. Fragmento.

Arnoldo Palacios

El escritor chocoano Arnoldo Palacios murió en Bogotá en noviembre del 2015.

Foto:

Pablo Salgado

Por: Arnoldo Palacios
12 de noviembre 2019 , 05:54 p.m.

La fiebre perniciosa
No sabría recordar el tiempo ni la impresión de haber caminado niño con mis propias piernas. En cambio no se borrarían de mi memoria las horas en que me desperté en mi camastro sin poderme levantar. Aún me parece ver a mi mama Nena, sentada a mi lado, la cabeza inclinada sobre mí. De pronto se arrodillaba, me miraba. Había momentos en que sus ojos traspasaban mi cuerpo para, luego, quedarse errantes, completamente desconcertados en ese cuarto sombrío, hirviendo de calor.

«Algo raro le ha pasado a mi muchachito» —susurró.
Pero aquello continuaba no más siendo algo raro. Mi mama Nena trataba de desentrañar el enigma quizá al observar tal o cual movimiento mío, según mi respiración o la fuerza de la fiebre. Al principio, pensó que yo me había acostado a causa de pasajero malestar propio de un muchacho que ha pasado toda la mañana corriendo por el pueblo y bañándose en el río.

«Levantáte m’hijo a comer» —me repetía.

El almuerzo estaba servido en la mesa colocada en el caidizo donde se hallaba el fogón, frente a un pequeño huerto de plantas aromáticas, hortalizas, una palma de coco, dos o tres de chontaduro y, sobre todo, un mango y un árbol-del-pan, míos, los dos últimos. A través de las rendijas de la pared de palma picada entraba la luz ardiente del sol. Yo hubiera querido salirme de ese cuarto, de semejante calor. Mi mamá seguía rompiéndose la cabeza, incapaz de comprender a cabalidad. Sin embargo, intuía el desenlace fatal.

«Levantáte m’hijo a comer» —me repetía.

Había momentos en que mi papá era como demasiado enérgico, impaciente en demasía. Con su caminado rápido, rascándose la cabeza, muestras de haber decidido algo, a unos cuatro pasos de mi mamá, se detuvo:

«Ya se lo dije a usted, Magdalena, que lo deje a él solo levantarse a almorzar.
¿No ve usted, Nena, que este muchachito se nos está volviendo caprichoso?» Y como mi mamá no se movió, él me ordenó a mí:

«¡Santos, levántese a comer o lo castigo!»

Me bautizaron Arnoldo de los Santos, homenaje a mi abuelo paterno, Miguel de los Santos. A mi papá le gustaba llamarme Santos, no más.

Mi mamá abrió tamaños ojazos. Quiso levantarse. Le fallaron las fuerzas. Se serenó. La calma no le duró, dice ella. Quiso echarse a llorar, pero ¿para qué? El golpe acabado de captar, tan brusco fue, que de una vez decidió acatar la voluntad divina. Mi papá había desaparecido. Seguro, sentado a la mesa nos aguardaba. Mi mamá lo sabía: a él ese furor le venía y le pasaba, como por encanto. Con voz pausada, mi mamá, lo llamó:

«Venancio... Venancio... Venga, Venancio... Lo que pasa es que parece que el muchachito no se puede mover...»

Mi papá debió de dar un solo brinco. En un dos por tres, con el primer bocado de plátano asado, caliente, atravesado entre los labios y los dientes, tratando de no dejar notar el temblor de que se sobrecogió su cuerpo, me metió las manos por debajo de los hombros, sonriéndome, ayudando a levantarme.

«Santos, Santos, paráte, pues» —suplicaba.

Mi mamá permanecía quieta, como pensando.

«Le cayó fiebre mala, Nena. Se nos quedó inútil, Nena» —confesó mi papá. «¡Obra sea de Dios!» —exclamó mi mamá.

«Ahí está San Roque... Con tal que me le salve la vida así como me la salvó a mí, no importa si nos toca lidiar al muchacho, de ahora en adelante», imploró mi papá, fijando sus ojos en un cuadro enmarcado, junto a San Antonio de Padua y a la Virgen del Carmen, encima de una esquinera a guisa de altar.

Yo también miré a San Roque, con su túnica corta, su perro lamiéndole la herida de la pierna desnuda.

Dice mi mamá que, a pesar de su confianza en el poder de Dios, casi pierde el sentido ante la idea, no ya de quedar yo inútil, sino de morir. Tampoco le iba a ser dado criar a un hijo varón. El precedente, Arnoldo Wílfrido, murió y, para perpetuar su memoria, al lado de la de mi abuelo Miguel de los Santos, me habían puesto el primer nombre. Quizá habían procedido mal al darme esos dos nombres de dos muertos.
Mi papá salió en busca de los connotados curanderos del pueblo. Mi mamá, imperturbable, se arrinconó aún más a pedir a sus santos: «¡Señor Ecehomo, Señor Ecehomo!».

Mi hermana Ernestina, la mayor, me trajo una sopita de huevos con fideos, para enfermo, casi sin sal ni grasa. Me sentó en su regazo, se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, me iba metiendo las cucharaditas de caldo en la boca. Yo era su adoración.

«No te vas a morí, no, helmanito. Si vó te morís no quera nadie vivo en éta casa, de tristeza».

Ernestina se secaba el llanto, me hablaba: «Vó no tenés cara de sé angelito...
Pero ¡yo no resisto!, ¡yo no resisto!»

Colocó en el suelo el plato con la cucharita. Me apartó los párpados, me escrutó detenidamente los ojos: «Dios me perdone; pero yo me tiro a la tumba con él» —murmuró.

Volvió a meterme en la boca otra cucharadita. De pronto, la cuchara se le zafó de la mano, rodó el plato y Ernestina pegó el grito:

«¡Madrasta! ¡Madrasta!»

(Ella, se entiende, no era hija de mi mamá. Mi papá la tuvo con otra señora llamada Sixta. Cuando mi papá se casó, Ernestina tendría unos dos años, le cogió un gran cariño a mi mamá y no fue cuento, sino que se vino a vivir a nuestra casa para siempre).

Al resonarle en el oído la voz de Ernestina, igual a un lamento, mi mamá contestó, resignada:

«Está bien... ya sé lo que me quiere decir... Entonces, mi corazón de madre me engañó y el corazón de madre no engaña nunca. Me engañó: me decía que m’hijo no moriría».
«... Que no muere eso es que le quería decir, madrastica de mi arma... Yo vi que no tiene cara de angelito» —aseguró mi hermana Ernestina.

Regresa mi papá en compañía de Liborio Cossio M., a quien se acostumbraba distinguir por Licosiome según se apellidaba él mismo, después de escogida tal abreviatura como dirección telegráfica.

Desde el umbral de la puerta se oyen el pisado y la voz de Licosiome saludando y preguntando dónde está el enfermo. Alto de estatura, negro, pero no muy, muy negro, bien vestido, de camisa almidonada, los puños abotonados, calzado, entra al cuarto, se dirige hacia mí, riendo: «¡Aquí no hay enfermo!», exclama, en tono jocoso, para significar que no ocurre cosa grave y sembrar con ello una nota optimista en el ambiente. Me removió las piernas, me observó cuidadosamente los ojos apartándome los párpados con sus pulgar e índice; me hizo abrir la boca, me miró la lengua.

Mi mamá, mi papá, mi hermana Ernestina, parados alderredor de Licosiome, ahora dependían por completo de él. Antes de que él se pronunciara, mi papá, como buscando un pretexto para respirar, le ofreció asiento y mi mamá pidió a Ernestina servirle una taza de café.

Licosiome sacó un pañuelo blanco; se quitó los anteojos; limpió los lentes; se los puso de nuevo; se sentó.

«Es tinta y parada la misma enfermedad del hijo del presiden- te de los Estados Unidos, eso que los médicos fuera de aquí están llamando parálisis infantil. De todas maneras el muchacho no muere; pero se quedará inútil... Mientras tanto lo pueden sobar con bálsamo, de la cintura para abajo...».

El doctor Pampana
No había tiempo que perder. Me llevaron adonde el doctor Emilio Pampana, médico del hospital de la empresa norteamericana Compañía Minera Chocó-Pacífico, en Andagoya. Al paciente que pasaba por sus manos sin alentarse le alistaban el ataúd.
Recuerdo el viaje a Andagoya, como en medio de árboles tupidos bajo una neblina lejana, un trayecto larguísimo, bordeando ríos, atravesando trochas cargándome alguien, pasando noches en la selva. Sé que estuvimos en Istmina, pues, conservo la imagen de un pueblo grande.

Guardo del hospital la impresión de mucha gasa, montones de algodón, frascos, jeringas, de cierto olor permanente e inconfundible, envolvente, casi agradable y, al fin y al cabo, desesperante.

En adelante, durante todo el santo día, navegaba yo en los ungüentos recetados, que mitigaban mi cansancio con su aroma. Mi papá, mi mamá, mi hermana Ernestina, mis primos, se dedicaban, sin cesar, incluso durante las primeras horas de la noche, a hacerme ese sobijo en las piernas, desde los pies hasta la cintura. De trecho en trecho, ensayaban a ver si me podían siquiera parar. Imposible.

Fuera de las recomendaciones prácticas, oí siempre a mis padres repetir que el doctor Emilio Pampana les había dicho lo siguiente: «A causa de esto ya no morirá el niño. Caminará a la edad de veinticinco o treinta años».

Mis padres no dudaron de las palabras del doctor Pampana. Pero ¡treinta años!
Quedaba, mientras tanto, por encima de todo la realización de un milagro. Tan pronto como fuera posible, iríamos al Plan de Raspadura a cumplir la manda ofrecida por mi mamá al Ecce Homo, el cual, así como me había concedido la vida, me devolvería la facultad de caminar.  

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