'No nos dejará incólumes esta transformación ecológica del mundo'

'No nos dejará incólumes esta transformación ecológica del mundo'

Brigitte Baptiste, rectora de la Ean, reflexiona sobre las posibles enseñanzas que deja la pandemia.

Brigitte Baptiste

Para Brigitte Baptiste, si algo debería quedar del manejo de esta perturbación viral  es la necesidad de construir más resiliencia.

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Cortesía Universidad Ean

Por: Brigitte Baptiste
09 de mayo 2020 , 10:24 p.m.

Experimentamos un disturbio ecológico en la trama molecular de la biota planetaria, predicho en cuanto era inevitable dadas las transformaciones acumuladas que la humanidad ha impuesto a la Tierra. Podría haber surgido en Nigeria o en Panamá, o justo en el punto de contacto de la deforestación con los cultivos ilícitos del Guaviare, donde seguramente muchas zoonosis hacen hoy su tránsito al humano sin que nadie lo note, inmunizando o matando colonos y mineros informales, también invisibles para el resto de la sociedad, que no posee unos mínimos de vigilancia epidemiológica para enfermedades emergentes, pues ya con las establecidas, como el dengue, a duras penas logra mantener actualizado el mapa.

Hace unos años algunos investigadores alcanzaron a evaluar la eventual presencia de gripe aviar en ecosistemas silvestres colombianos, afortunadamente descartándola, pero nada sabemos de los miles de virus que se acumulan y eventualmente recombinan en nuestras selvas a medida que se estrecha el cerco sobre ellas. En China, obvio, hay más humanos, por lo cual la probabilidad de que allí se inicie y expanda una cadena de invasión biológica es más alta, sin necesidad de apelar a ninguna conspiración. Volverá a suceder.

Como todo disturbio ecológico, se generan ondas que experimentamos como curvas de crecimiento de infectados en distintas partes del planeta, olas virales que tratamos de manejar modificando la geografía con barreras sanitarias, culturales y policiales que aíslan y cuidan (o no…) ciertas poblaciones, mientras pasa la tormenta. Se trata de un fenómeno que tensa todas las condiciones de las sociedades humanas y pone a prueba su capacidad de adaptación, mientras el resto de la biodiversidad aprovecha para hacer incursiones en el hábitat usual de las personas, aparentemente desocupado. Algunas poblaciones de invertebrados alcanzarán a experimentar una pequeña explosión demográfica dentro de la “estructura ecológica principal”, pues el trasegar cotidiano que las mantenía a raya despareció. Las ratas y las palomas sentirán los efectos, probablemente para mal, de ellas. El resto de la fauna no alcanzará a mayor cosa, el tiempo es demasiado corto para instalarse en los separadores de las avenidas, los balnearios vacíos, los humedales locales o los bosques urbanos: se irán al bosque, al océano profundo o a la cloaca. Tal vez, con ese mismo sentido del azar que guía la evolución, algunos animales o plantas logren cruzar espacios que se habían constituido en barreras y llevar sus preciados genes a otras poblaciones aisladas: pequeños mamíferos o aves de bosquetes o humedales aislados podrían haberse beneficiado de este aumento de la permeabilidad ecológica momentánea; tal vez alguien lo quiera evaluar en el futuro.

Estamos haciendo un gran simulacro para responder a los eventos del caos climático


Como toda perturbación, se desvanecerá dentro del tejido ecosistémico que la absorberá con el tiempo, tal vez neutralizándola dentro su complejidad, o menos probablemente, eliminándola. Y cuando digo ecosistema, queda incluida la economía, esa porción de las actividades humanas dedicada parcialmente a la gestión de los minerales, las especies y los territorios a los que llama recursos naturales, pues depende de consumirlos y transformarlos en productos de consumo para la supervivencia inmediata o el bienestar de largo plazo, así en el proceso genere las condiciones de una pandemia. En contraposición a los beneficios que nos proveen las transformaciones del territorio y de los modos de vida, aparecen efectos tóxicos en la atmósfera al punto de poner en riesgo nuestra misma existencia como especie, algo que se ve cotidianamente en otras escalas: en el afán de extraer oro sin control alguno, llenamos de mercurio las ciénagas y los ríos, y damos de comer a los niños los peces intoxicados, en el afán de divertirnos pisoteamos y nos revolcamos en las playas blancas de Barú hasta destruirlas y hacer inviable el disfrute de nuestros hijos, en el afán de ganarnos unos pesos arrendamos la tierra en el páramo o la sabana inundable para sembrar toxipapa o toxiarroz, en el afán de apropiarse los suelos públicos para acumular tierras mal cuidadas por ganaderías mortales, arrasamos culturas indígenas y ecosistemas silvestres de los cuales depende el agua, la fertilidad, los peces, la vida entera de las generaciones futuras.

No nos dejará incólumes esta transformación ecológica del mundo, pues nuestra respuesta adaptativa de emergencia desnudó nuestras debilidades y propulsó nuestras fortalezas: la globalidad del covid- 19 nos obligó a responder con la globalidad de la tecnología digital y la aceleración en la construcción de ese nuevo sistema nervioso del planeta llamado internet, que como cualquier sistema ya trae sus propios virus, esos si generados por los humanos que parasitan la sociedad en diversos niveles de complejidad. La globalidad del covid-19 también nos permitió poner a prueba la capacidad de cooperación de la comunidad científica, maravillosa, y evidenciar la mezquindad de los sistemas de innovación propulsados por el ánimo de lucro: la carrera por un tratamiento eficaz o la vacuna tiene su vertiente cínica en el mercado de los derechos de propiedad o altruista en las instancias de la multilateralidad. Y nos permitió evaluar, una vez más, la totalidad de la capacidad de respuesta de los diversos sistemas de gobernanza de la salud, de los sistemas agroalimentarios y su capacidad de mantener el flujo de comida hacia las ciudades, así como de los sistemas financieros que mueven los subsistemas anteriores. Vimos empresarios poniéndolo todo en juego, vimos comunidades y organizaciones campesinas movilizar y regalar toneladas de comida con generosidad, a ver si por fin entendemos los urbanitas de dónde viene la yuca, el plátano, la carne de pollo, el pescado, que más que un regalo de la naturaleza, son el producto del duro trabajo de la gente y el resultado de los aportes, nunca valorados, de los microorganismos del suelo (gran parte de ese tejido molecular del mundo), la biodiversidad polinizadora, el control de plagas, la capacidad reguladora del ecosistema que permite extraerle energía sin que colapse todo el andamiaje vital de los territorios.

Tuvimos suerte en Colombia: la pandemia no coincidió con inundaciones de La Niña o sequías extremas, nos llegó en mes de cosechas, no había elecciones de por medio, la paz firmada aún respira


Finalmente, el oleaje de la pandemia nos permitirá medir la proporción en que las actividades humanas, a escala planetaria, disminuyeron los tensores ambientales más críticos: las emisiones de CO2, el uso de agrotóxicos, el ruido, otras invasiones biológicas (porque la ausencia humana controlando retamo espinoso, caracol africano o hipopótamos puede que se note). Sabremos, si es que no está calculado ya, que por cada día de confinamiento de los humanos de la Tierra existe una tasa de cambio para los indicadores elegidos y con ella tendremos la capacidad de simular como nunca escenarios de cambio de política. Sabremos, aún mejor, que respirar aire limpio en las ciudades no es imposible si hacemos a un lado la movilidad privada (el  covid -19 lo reiteró), demostrando que la mayor revolución a la sostenibilidad radica en sistemas de transporte masivo limpio. Por supuesto, el consumo de electricidad para ello atraerá otras consecuencias, un incremento en hidroenergía, el uso de eólicas o solares, y con ello un aumento en la demanda de minerales, líneas de transmisión, baterías. No hay comida gratis en ningún ecosistema.

Aprendimos también, por cada día de confinamiento general o inteligente, cuánta comida hay que adquirir y movilizar rápidamente hacia toda la población, no sólo una parte de ella, qué requerimientos de infraestructura o gestión no teníamos previstos (llevar mercado a las poblaciones anfibias del Magdalena no es lo mismo que a las costas del Pacífico), qué condiciones de la cultura facilitan o dificultan la implementación de una solución más o menos mágica diseñada en la distancia. Volverá a mostrarnos también la miseria de la condición humana, capaz de implementar con agilidad de mono un mecanismo para robar parte de la ayuda vital que otros necesitan, distraer la atención con propaganda y brindar con whisky en la oscuridad de su conciencia creyendo que existe algo así como el darwinismo social que le reconocerá su “viveza adaptativa”, evidentemente tan suicida como delictiva.

Estamos haciendo un gran simulacro para responder a los eventos del caos climático, sin duda alguna. Ya habíamos superado pruebas localizadas como la avalancha del Ruiz o del Páez, los maremotos de Tumaco, los terremotos de Popayán o Armenia, incluso el derrumbe de Doña Juana, que se repitió hace unos días. Habíamos visto a otros superar las pruebas de los huracanes, los tsunami, y sufrimos mirando la expansión de la plaga de langostas en el cuerno de África, que matará de hambre millones de personas mientras tratamos de vacunarnos contra el coronavirus, ojalá para llevarles aliento, no más guerra. Tuvimos suerte en Colombia: la pandemia no coincidió con inundaciones de La Niña o sequías extremas, nos llegó en mes de cosechas, no había elecciones de por medio, la paz firmada aún respira, aunque en medio de las masacres de líderes sociales y la retoma del control territorial por ejércitos privados. No tendremos tanta suerte la próxima vez…

Si algo debería quedar del manejo de esta perturbación viral concentrada en lo humano, es la necesidad de construir más y más resiliencia. Sólo el ahorro concentrado en nuestras capacidades de respuesta a lo incierto, a las sorpresas, puede garantizar un mínimo de posibilidades de supervivencia de una sociedad global organizada, sin caer en la tiranía de un sistema que prometa patriarcalmente “hacerse cargo”. Resiliencia que se construye con justicia social, infraestructura sostenible, entidades y políticas financieras responsables, educación crítica, inversiones sustanciales en ciencia e innovación. La ola del cambio climático apenas empina la curva y no hay indicios de que tengamos capacidad de aplanarla ya: agradezcamos al covid- 19, si en algo le queremos dar agencia, por su gentil ataque. ¡Nada ni nadie lo hubiera podido hacer mejor!

BRIGITTE BAPTISTE

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