Bolívar y los 'hombres de bien'

Bolívar y los 'hombres de bien'

El Libertador tuvo la idea de crear un 'Poder Moral' con el fin de disciplinar el pueblo americano.

Simón Bolívar

Para Bolívar, el poder público no era suficiente para gobernar a los ciudadanos. La propuesta de crear este cuarto poder la hizo durante su discurso en el Congreso de Angostura.

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Archivo EL TIEMPO

Por: Por MAURICIO RESTREPO
15 de marzo 2019 , 02:36 p.m.

MÁS O MENOS POR ESTOS DÍAS, pero hace doscientos años, Simón Bolívar pronunció un discurso muy importante en el Congreso de Angostura –ciudad en la Guayana donde nació la República de Colombia– en el que dijo que para garantizar la “excelencia de un gobierno” no eran suficientes “las teorías, ni las formas ni los mecanismos”.

Es decir que ni los principios más virtuosos, ni las mejores leyes e instituciones ni los más eficaces procedimientos podrían garantizar el buen funcionamiento del Estado, si estos no correspondían con “la naturaleza y el carácter de la nación para la cual se instituye”. ¿Qué hacer, entonces, con el desorden y la corrupción de la sociedad, si las leyes o las instituciones son insuficientes? Lo que había que hacer –según afirmó– era establecer un cuarto poder, además del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, que serviría para ajustar la “naturaleza y el carácter de la nación” al proyecto político republicano. Ese cuarto poder, llamado Poder Moral, estaría encargado de ejercer “una autoridad plena e independiente sobre las costumbres públicas y sobre la educación”.

El Poder Moral –decía el Libertador– debía inspirarse en instituciones de la Antigüedad, como el Areópago de Atenas y los tribunales familiares romanos, para que velaran sobre la educación de los niños y purificaran “lo que se haya corrompido en la República”. En este tribunal –porque eso era–, las costumbres debían corregirse a golpe de humillaciones y de reconocimientos públicos, tales como publicar listas y “pregonar con oprobio e ignominia” los nombres de los “ciudadanos viciosos”, y “proclamar con aplausos en las juntas” el nombre del “virtuoso, héroe o grande hombre”. Según Bolívar, con estos castigos y premios morales era como al ciudadano se le debía transformar en “justo, generoso, humano, dócil, moderado; en una palabra, hombre de bien”.

Si el objetivo del Poder Moral era crear “hombres de bien”, ¿quién podría dirigir semejante institución? Según las actas del Congreso de Angostura, los cuarenta miembros y el presidente del tribunal debían ser elegidos por el Congreso, dándoles preferencia “a los padres de familia que más se han distinguido en la educación de sus hijos, muy particularmente en el ejercicio de las virtudes públicas”. Y, cuando uno de estos guardianes de la moral pública cumpliera veinticinco años de servicio sin mancha, debía ser nombrado “padre benemérito de la patria”.

Armando Rojas, autor de un detallado análisis del Poder Moral (1983), lo consideró contradictorio por idealista y opresor; idealista por creer Bolívar que un tribunal podría cambiar la moral de la gente; opresor porque ¿cómo podría un hombre tan ilustrado como el Libertador salir con semejante policía de las buenas costumbres? John Lynch –que ha escrito una interesante biografía de Bolívar– se inclinó por una explicación moderada: aunque “mal concebida” –dice Lynch–, esta propuesta del Libertador demuestra su interés por la educación política del pueblo, como una manera efectiva de crear una sociedad ordenada que sirviera de balanza entre la libertad y el poder absolutos. Las explicaciones más juiciosas sobre el asunto han rastreado las influencias intelectuales de Bolívar (Montesquieu, Locke, Rousseau), además de explicar cómo esas ideas se relacionaron con su vida privada y pública.
Pero ¿por qué tiene tanto sentido pensar que no hay mejor manera de gobernar un país que corrigiendo a la población, de manera que la sociedad y las leyes se ajusten armoniosamente?

“Sí, pero no así”, dirían unos; otros, “que sí, que así es, pero que no se ha hecho bien”. Para los primeros, esta idea terrorífica del Poder Moral les parecerá una pesadilla orwelliana, un anticipo de la policía escolar y de los códigos de disciplina con que se “racializó” a la población, se sometió a las mujeres al hogar y se azotó a los niños en las escuelas. Y tienen razón. A los segundos, sobre todo a quienes suspiran en las redes sociales por el regreso del Manual de urbanidad de Carreño, les debe parecer un anticipo de lo que ya sabemos pero que no hemos aplicado bien: que con educación y disciplina se endereza a la gente. Pero por fuera de estos dos extremos hay algo, que no es precisamente una tibieza ni un punto medio.

La cuestión que quiero abordar aquí no es si las ideas de Bolívar son una mezcla de liberalismo y conservatismo; ni que tengamos que aprender una lección histórica de doscientos años para encontrar un punto entre la zanahoria y el garrote. El problema central –al menos para mí– es este: ¿Quién debe ejercer ese poder, sea este más o menos liberador o disciplinante? O, mejor, ¿cómo debería organizarse el poder de manera que la libertad y el orden se equilibren en un sociedad democrática? De cualquier manera, queda la sensación de que pese al fracaso del proyecto del Poder Moral –que no se aprobó para que hiciera parte de la Constitución de Cúcuta de 1824–, mucho de esto se sigue debatiendo hoy, mientras que los “honorables padres de la Patria” se condecoran a ellos mismos, así como no pocos insisten en que hay que entregarle el país a la “gente de bien”. ¿Será que el Poder Moral fue absorbido por las tres ramas del poder? ¿Será que la idea de “aplaudir a los virtuosos” al tiempo que se piensa que tenemos una naturaleza corrupta, fue asumido por la cultura política colombiana? ¿Por qué será que ideas como la censura de “los papeles y los periódicos, y cualesquiera otros escritos, y de lo que se habla, se declama o se canta en público”, siguen teniendo eco? ¿Será culpa de Bolívar o de sus ideas? No, no es por culpa de Bolívar, aunque gran responsabilidad le va en ello. Y no es que yo vaya a encontrar aquí a los verdaderos culpables, porque la historia no es otro tribunal de la moral. Como dice Richard Evans en su Defensa de la historia (1997), el historiador no debe juzgar el pasado sino explicarlo, aunque no debe tampoco justificar todo con explicaciones, porque “el contexto de un crimen no excusa al crimen en sí”.

Si el objetivo del ‘Poder Moral’ era crear ‘hombres de bien’, ¿quién podría dirigir semejante institución?

Este proyecto fallido y poco estudiado es muy interesante, precisamente por extraño y contradictorio, ya que –siguiendo a Carlo Ginzburg– son las anomalías y las rarezas las que nos permiten conocer mejor los parámetros de lo “normal”, además de que nos pueden ayudar a salir de dos grandes trampas que tiene la historia tradicional: el gran acontecimiento y el héroe. Precisamente, en la construcción de los mitos patrióticos y nacionalistas, eventos como la Independencia y “grandes hombres” como Bolívar han funcionado como puntos focales hacia los cuales se dirige todo el pasado, como un torrente, y del que también emanan todas las consecuencias hacia el futuro. Los mitos históricos y nacionalistas tienen una función que explica muy bien Eric Hobsbawm en La invención de la tradición (1983). Según él, tradiciones como las celebraciones patrióticas son inventadas en un momento histórico que dista del que suelen evocar. Por ejemplo, la celebración del 20 de julio de 1810 fue establecida en 1867 para celebrar el nacimiento de la República de Colombia, que realmente había ocurrido en 1819. Además, ese 20 de julio solo se había independizado la provincia de Santafé, y en nombre del rey de España. Según Hobsbawm, estas ficciones temporales hacen que no podamos saber realmente sobre el pasado, porque la celebración o el mito lo impiden a fuerza de repetir una evocación. Así, durante todo el siglo XIX, y buena parte del XX, la historia se escribió para encontrar los origines mitológicos de la patria, y dar lecciones de moral a las nuevas sociedades e instituciones.

Es cierto que no es posible organizar una comunidad sin transformar el comportamiento de sus habitantes, y en eso tenían razón los ilustrados y Bolívar. Pero ¿de dónde viene entonces todo este asunto? Aunque en esto Bolívar parece muy ingenioso, las ideas y los medios que propuso no eran ni tan novedosos ni tan contradictorios con respecto a la Ilustración. No eran novedosos porque la idea de que la virtud de los gobernantes se convierte en la felicidad del pueblo es un asunto que ronda desde la Antigüedad; y tampoco contradicen la Ilustración porque, pese a su insistencia en la libertad y la razón, “Las Luces” terminaron imponiendo una férrea disciplina sobre las masas: la libertad y el orden.

La idea según la cual el país es próspero cuando el gobierno es bueno viene, sin ir más lejos, desde el Renacimiento. En las ciudades italianas de los siglos XIV, XV y XVI se dijo que la política era –más o menos– la búsqueda de la fama y de la gloria por medio de la virtud. Releyendo a Cicerón y Séneca, los pensadores del Renacimiento –incluido Maquiavelo, pero en los Discursos (1531)– llegaron a la conclusión de que el gobernante debía ser bueno, moralmente hablando, para que la justicia fuera clemencia y la república brillara en su gloria. Pero ¿cómo? Después de mucho debate y no pocas guerras, llegaron a la idea de que la república, compuesta por ciudadanos libres, debía transferirle el poder a un Signore –el más honorable– de manera que los ciudadanos pudieran cultivar sus propias virtudes sin contaminarse en las intrigas de la vida política. Lo cual es, aunque suene raro, la más platónica de las ideas: entregar el poder a un “gran hombre” para que nos arregle el problema; es un gran idealismo creer que lo más pragmático es otorgarle el poder al poderoso para que su bondad, guiada por una asamblea de “gente bien”, se derrame desde arriba sobre todos en la república.

En la España del siglo XVI y XVII, la cosa era un poco más complicada. La intelectualidad española había llegado a la conclusión de que las comunidades debían estar gobernadas por un soberano piadoso y justo, al cual se le delegaba el poder por medio de una serie de controles legales y consultivos que venían de tradiciones ibéricas medievales: “Nos, que somos más que vos...”. Autores como Pedro de Rivadeneyra recomendaban que, si bien el poder lo debía tener uno, el monarca, este debía moderar su poder respetando la ley divina (o religiosa), la ley humana (o escrita) y la ley natural (o el sentido común que se supone debería tener la humanidad sin importar sus creencias o sus leyes). Como consecuencia de esto, y siguiendo más a Aristóteles que a Platón, pensaban en España que el gobierno era principalmente la administración de justicia; una justicia reactiva que resolvía conflictos de manera que las partes en discordia volvieran al lugar donde se encontraban inicialmente. El restablecimiento del orden y la conservación de la paz eran los dos principios básicos que debía perseguir todo gobierno. Finalmente, esta teoría política, que estuvo dominada por la Escuela de Salamanca, aseguraba que la autoridad, que solo venía de Dios, fue primero transmitida por él a la comunidad, y después la comunidad se la delegó al gobernante, quien debía seguir las leyes y oír el consejo de sus súbditos. Lo que me hace pensar que por muy laicos que seamos ahora, seguimos creyendo en una voltereta muy similar a aquella: “La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público. El pueblo la ejerce en forma directa o por medio de sus representantes, en los términos que la Constitución establece”. ¿De forma directa?... Y digo que no es muy lejana porque lo que emana de la comunidad se entrega a otro para que este la ejerza en nuestro beneficio.

Volviendo a la Ilustración, no hay que olvidar que esta primero recomendaba a la monarquía concentrar todos los poderes, sin restricción de ley ni pueblo, para que esta pudiera transformar a sus súbditos y engrandecer sus reinos. Cuando se volvió más revolucionaria en lo político, la Ilustración aseguraba que la naturaleza humana estaba dividida en razas cuyo comportamiento estaba explicado por la geografía, los climas y la alimentación, correspondientes con una especie de catálogo en el que en los lugares más calientes o tropicales la gente era más oscura y, por lo tanto, más salvaje, mientras que la gente de las zonas septentrionales, más blancas, eran más propicias a la civilización. Estas ideas, que no solo las compartían personas tan diferentes como Emmanuel Kant y Francisco José de Caldas, ayudan a explicar también por qué la obsesión de Bolívar por disciplinar y moralizar la naturaleza de los pueblos americanos con una mezcolanza de castigos disciplinantes y moralistas.

Por si fuera poco, hay que decir que Bolívar tiene otro problema que se ha estudiado mucho, y que es el problema de la ideología política. Jorge Orlando Melo, en un excelente artículo titulado Bolívar en Colombia (2010), ha explicado cómo el mito de Bolívar no solo sirvió para fundar la patria sino para definir buena parte de los argumentos en el combate ideológico de los partidos políticos tradicionales del país. Para los conservadores –dice Melo–, el modelo por seguir era: “Bolívar, el libertador, el genio, el ejemplo de generosidad y virtudes heroicas, (...), el promotor del orden, el defensor de la integración hispanoamericana”; y para los liberales: “Santander, el neogranadino, el administrador público, el defensor de las instituciones, el hombre de las leyes”. Así pues, –concluye Melo–, a Bolívar es muy difícil estudiarlo, precisamente porque fue víctima de la ideologización: “La interpretación del pensamiento de Bolívar, más que un ejercicio académico, ha sido ante todo una herramienta del debate político, en el que los mismos hechos, muchas veces tergiversados y sacados de contexto, vuelven a ser contados como parte de narrativas siempre cambiantes”. Maureen Shanahan y Ana María Reyes editaron un libro en 2016 en el que afirman que los “bolivarianismos culturales” han hecho de Simón Bolívar un símbolo que sirve indistintamente para la revolución, el nacionalismo, el patriotismo, el liberalismo, el conservatismo y –como bien sabemos ahora– el socialismo.

En ese tribunal –porque eso era–, las costumbres debían corregirse a golpe de humillaciones.


El problema de todo esto (Bolívar, la moral pública y la historia patria) ha sido la concepción del poder político; un poder que se ha entendido como fuente centralizada que emana de una persona, o de la representación que hace un cuerpo consultivo, a la que se le delega, supuestamente, el poder de la comunidad; una forma de poder centralizada, que la comunidad debe mirar hacia arriba y hacia el centro, como esperando que la clemencia y la generosidad vayan bajando, de escalón en escalón, a ver si nos dicen qué tenemos que hacer, a ver qué nos alcanza y qué nos toca de la champaña que va fluyendo sobre la pirámide de copas. Por eso la sociedad no parece nunca bien organizada políticamente, porque siempre se espera que desde arriba se organice, o bien con el garrote, o bien con la zanahoria, pero ya se sabe que, por más autoritario, el poder centralizado nunca alcanza a cubrir a la sociedad ni al territorio. Y no quiero decir que la solución sea el federalismo o aumentar la descentralización político-administrativa, que ya se han hecho y se ha probado. No me refiero a reformas de la Constitución escrita –y con mayúscula–, sino a las nociones que están en la cultura política y se expresan en las prácticas cotidianas; en la constitución –con minúscula– o en el régimen no escrito del poder político colombiano.

Las formas que ha tenido ese poder centralizado, y que se han usado históricamente para tratar de organizar a la comunidad, tanto en la monarquía como en la república, no han sido exactamente las mismas, pero han trasmutado de época en época y de conflicto en conflicto. Por otra parte, la historia, sobre todo la historia patria, ha contribuido en seguir reproduciendo la idea de que el poder es una estructura piramidal, concéntrica y personal, que va de gobierno en gobierno y de constitución en constitución, sin dejarnos ver más allá de su propia autocelebración. Así, he tratado de mostrar cómo ese proyecto moralista de Simón Bolívar, tan raro y que parece tan extremo, no era idea solo suya, ni una contradicción ni un proyecto que murió en la Constitución de Cúcuta, sino algo que venía de muy atrás y se fortaleció con la idea de que la humanidad tenía (o tiene) una naturaleza que hay que dominar con la ayuda de la razón o de la tecnología.

Hoy, después de doscientos años, y después de tantas constituciones y de que la historia patria ya no se enseña en los colegios, vivimos en un mundo contemporáneo en el que la idea de naturaleza ha recaído más sobre las fuerzas económicas que sobre la población. Todos sabemos que hace unas cuantas décadas era la economía la que debía ser regulada para que su naturaleza volátil mantuviera a la sociedad bajo control; un modelo económico que ahora muchos añoran y consideran más justo y más ético, y que están clamando algunos líderes que esperan volver a establecer principios nacionalistas y patrióticos en sus países, por no mencionar lo escandalosas que se han vuelto las reivindicaciones morales en estos días de redes sociales. Pero también sabemos que después vinieron las medidas neoliberales que, según sus patrocinadores, estaban inspiradas en el pensamiento ilustrado de Adam Smith, y de otros campeones de las libertades civiles y económicas de los siglos XVIII y XIX. Leyendo todo aquello con los ojos acostumbrados a la cultura política de la modernidad temprana, parece que el neoliberalismo y su idea de reducir el Estado para que los mercados nos eduquen y organicen libremente como a seres humanos eficientes y globales no solo no han vencido la noción de que el poder emana de unos encumbrados centros de poder, sino que parecen haber disuelto las fronteras entre lo público y lo privado, de manera que ciertas personas –en nombre de algunos cuerpos de consulta– gobiernan los destinos de las sociedades como si les fueran propias... pero eso no es un modelo político de patriciado, ni de monarquía ni de república, sino de señorío medieval, y para eso tendríamos que hablar del siglo XI. L

* Mauricio Restrepo es historiador. Actualmente está terminando estudios de doctorado en la Universidad de Maryland, en Estados Unidos.

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