En defensa de la memoria

En defensa de la memoria

La artista Beatriz González relata cómo nació su obra ‘Auras anónimas’.

Beatriz González

Ubicada en los columbarios vecinos al cementerio Central de Bogotá, la obra de González se encuentra en peligro de desaparecer.

Foto:

Cortesía de Beatriz González.

Por: Beatriz González
12 de agosto 2018 , 08:50 a.m.



“Esta es la historia que contóme un día el viejo enterrador de la comarca”. Este verso de Julio Flores que me recitaba mi mamá se me viene a la memoria ahora que escribo la historia de Auras Anónimas. En febrero de 2003 me enteré de que el alcalde saliente Enrique Peñalosa pretendía derrumbar los edificios del bloque B del Cementerio Central de Bogotá. Seis edificaciones neoclásicas construidas en la década de 1940 proyectadas por el gobierno de López Pumarejo durante la Revolución en Marcha.

Los columbarios fueron construidos por etapas, los primeros cuatros fueron concluidos en 1946 y su inauguración dos años después fue trágica cuando allí se ubicaron los muertos del 9 de abril de 1948, según dan testimonio los deudos que llegaron a reclamar a sus muertos allí y las fotografías de Lunga y del grupo de fotógrafos de Sady González. Los otros dos edificios fueron terminados en la década del 50, en vista de la creciente solicitud del pueblo para ubicar sus muertos. El sitio se convirtió en un lugar de duelo, de oración, de reflexión, un campo santo. En 1984 estas construcciones dentro del parque funerario del cementerio fueron declaradas Monumento Nacional, mediante el decreto 2390 del 26 de septiembre de ese año.

Cuando me enteré de que el alcalde iba a destruir las edificaciones para construir allí un campo de futbol y un patinódromo, llamé a Doris Salcedo para contarle esta noticia. Ella solicitó una cita en la Alcaldía con la directora de Cultura y Turismo Roció Londoño, quien nos recibió y dio mucho aliento con relación a que el alcalde entrante Antanas Mockus iba a impedir esa orden. Doris Salcedo procedió entonces a escribir un proyecto para salvaguardar los columbarios. El proyecto consistía en hacer una unión entre arte, arquitectura y memoria.

“El cementerio popular no debe ser visto simplemente como un conjunto de
edificios que configuran un lugar a punto de convertirse en una ruina, sino
como una manera de ver y comprender la historia, la cultura, economía, la
política de la ciudad en un periodo determinado. Son fragmentos de la historia
de Bogotá que comunican elementos del pasado esenciales para comprender
el presente
”, escribió Doris Salcedo en el proyecto que presentó a la Alcaldía, que comprendía además un seminario sobre memoria, arte y ciudad que se realizó en la Biblioteca Luis Ángel Arango dirigido por Eduardo Basualdo.

Los otros dos edificios fueron terminados en la década del 50, en vista de la creciente solicitud del pueblo para ubicar sus muertos.


El componente principal del proyecto consistía en comisionar artistas para realizar obras de carácter efímero sobre los columbarios siguiendo la línea del site specific art. En ese momento estaba en boga una teoría propuesta por el inglés James Young en contra de la permanencia indefinida de los monumentos –antimonumento–, es por esto que Salcedo propuso una duración de dos años para las intervenciones de artistas contemporáneos sobre las construcciones.

El proyecto tardó en ejecutarse porque Mockus se retiró de la Alcaldía para iniciar su campaña presidencial. Sin embargo, un tiempo después de aprobado se hicieron las primeras intervenciones sobre los columbarios ejecutadas por el artista Victor Laignelet, quien ubicó rosas sobre algunas de las columnas de los edificios; y Mockus, que escribió sobre las construcciones la frase “La vida es sagrada”.

Después de retirado Mockus y la directora de Cultura y Turismo, el proyecto quedó huérfano. Además ningún otro artista se inscribió para la intervención de los columbarios. Los edificios quedaron abandonados y las bóvedas fueron tomadas por habitantes de la calle que vivían allí y practicaban toda clase de actividades. En el 2005 los últimos restos humanos fueron retirados de las bóvedas. Ese mismo año se realizó allí un novenario por las víctimas del atentado del club El Nogal.

Una noche de luna llena de regreso del aeropuerto pasé frente a los columbarios y vi las bóvedas vacías, iluminadas. En ese momento se me ocurrió que se debían cerrar los receptáculos para que las auras de las personas enterradas allí no estuvieran al aire. Llamé nuevamente a Doris Salcedo y le comenté mi idea: realizar miles de lápidas que sellaran las cavidades abiertas de los columbarios. Doris se encargó de contactar a la nueva directora de Cultura y Turismo, la cantante Martha Senn, quien con Rodrigo Pardo, jefe de patrimonio, aceptaron el proyecto y organizaron su ejecución. De ahí en adelante lo que siguió fueron problemas técnicos. ¿Qué materiales se iban a utilizar? ¿Cómo se iban a instalar las lápidas?

Beatriz González

Sobre 8.957 fosas se posan ocho modelos diferentes de serigrafías de la obra ‘Cargueros’, de González.

Foto:

Cortesía de Beatriz González.

Yo había trabajado en lápidas previamente y pensé que se podrían hacer impresas en serigrafía manual, reproduciendo imágenes de un tema que abunda en la reportería gráfica nacional: hombres cargando cadáveres producto de la guerra. Con esas figuras me propuse construir un símbolo que representara lo que pasaba en el país.

Durante una administración distrital se tumbaron dos de las seis construcciones funerarias con el vago argumento de que las dos edificaciones de los extremos no eran de la misma época que las otras. En total, sumando las cavidades de las cuatro construcciones restantes, se debían sellar 8.957 fosas. Los problemas técnicos aumentaron al no conseguir un taller con la capacidad de imprimir ese número de lápidas, ni obreros que quisieran trabajar en el cementerio por la carga simbólica que implicaba. Finalmente, encontramos un taller con la capacidad de producción necesaria y se imprimieron en serigrafía manual ocho modelos con la figura de los “cargueros”, que había ejecutado ya con un contrato de la Alcaldía. Así mismo, un grupo de obreros que habían trabajado en el Museo Nacional aceptaron participar en el montaje de la instalación.

El taller produjo las lápidas y se trasladaron por paquetes a una casa en el barrio La Candelaria, mientras se llevaban al cementerio. Este proyecto se ejecutó entre 2007 y 2009. Durante su realización alguien me preguntó: ¿cómo se va a llamar la obra? Retomando la idea inicial del proyecto de hacer de los columbarios un lugar de memoria, aludiendo a las víctimas del conflicto armado del país y considerando que en Bogotá no había un lugar para realizar el duelo de las víctimas de la guerra, decidí llamar la obra Auras Anónimas, un monumento para las víctimas anónimas del conflicto armado en Colombia. Cuando se finalizó el proyecto se llevó a cabo una pequeña inauguración a la que asistió un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional. Después del acto inaugural, Doris Salcedo me dijo que Auras Anónimas no podía ser una obra efímera por la magnitud de la misma.

Con esas figuras me propuse construir un símbolo que representara lo que pasaba en el país.

Por cambios administrativos en las instituciones distritales de las que dependían los columbarios, las edificaciones fueron abandonadas y hasta la construcción del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, en diciembre de 2012, el lugar permaneció anodino. Años después de finalizada la intervención sobre los columbarios, la obra estaba amenazada por dos factores principales. El primero: durante la ejecución de la obra no se llevó a cabo una restauración integral de los edificios, simplemente se empañetaron y pintaron los muros y columnas dando la sensación de que fueron reparados. Por lo que los edificios estaban ampliamente deteriorados, además no contaban, ni cuentan, con la reglamentación de sismo resistencia. El segundo: varios años antes de ejecutada mi obra, el distrito había comisionado a Rogelio Salmona un plan integral para la adecuación del conjunto funerario del Cementerio Central. El proyecto de Salmona contemplaba demoler las estructuras centrales de los columbarios para ubicar canales de agua que desembocarían en un lago.

Durante la administración de Gustavo Petro, Patrimonio Distrital se interesó en el estado de los columbarios. Según un equipo de arqueólogos de la Universidad Nacional, el lago planteado en el proyecto de Salmona era inviable porque estaría ubicado sobre un terreno con ocho capas de restos humanos y esto podría reavivar enfermedades de los siglos XIX y XX. Es por esto que la arquitecta Marcela Cuéllar, quien trabajaba en el Distrito, organizó un documento para anular el proyecto de Salmona e iniciar la restauración de los columbarios y mi obra.

Beatriz González

A diferencia de los cargueros que transportaban gente por las trochas en el siglo XIX, los de González cargan muertos.

Foto:

Cortesía de Beatriz González.

Beatriz González

A diferencia de los cargueros que transportaban gente por las trochas en el siglo XIX, los de González cargan muertos.

Foto:

Cortesía de Beatriz González.

Beatriz González

A diferencia de los cargueros que transportaban gente por las trochas en el siglo XIX, los de González cargan muertos.

Foto:

Cortesía de Beatriz González.

Mientras la Alcaldía trabajaba en un proyecto para la restauración integral de las edificaciones, la Galería Casas Riegner fue contactada por un grupo de coleccionistas norteamericanos interesados en reunir recursos para financiar la restauración de Auras Anónimas, justificados en la importancia de la obra en la escena artística internacional. Ante la posibilidad de que Peñalosa fuera elegido alcalde en 2016, se decidió no iniciar la recaudación de fondos, porque la obra estaría nuevamente en riesgo de ser destruida. Marcela Cuéllar presentó el proyecto de restauración al IDU, pero desafortunadamente no se firmó el documento necesario para cancelar el proyecto de Salmona y restaurar los columbarios.

Uno de los proyectos insignes de la actual administración, en el que están involucrados la oficina de Patrimonio Distrital, la Secretaría de Cultura y Turismo e Idartes, consiste en ejecutar el proyecto de Salmona, con las modificaciones necesarias para “refuncionalizar” los columbarios. Por “refuncionalizar” la alcaldía se refiere a quitar el carácter funerario del lugar y remplazar las construcciones por cafeterías y áreas recreativas según muestra el render que la Alcaldía ha hecho circular. El primer paso para lograr esto ha sido retirarle en febrero de este año la categoría de conservación tipológica dentro de la declaratoria como bien de interés cultural del Distrito, hecha en 2007. Con esta acción se pueden iniciar tareas de construcción en el área de los columbarios.

Con esta acción se pueden iniciar tareas de construcción en el área de los columbarios.

El mayor argumento que utiliza la Alcaldía para justificar sus acciones de “refuncionalización” es el carácter efímero con que fue hecha la obra en primer lugar, con una duración de dos años. El contrato que yo firmé afirma que se debe ejecutar una obra en espacio público cada dos años, pero no especifica el lugar de la ciudad para hacerlo. Considerando esto y aludiendo a otros ejemplos de obras de arte “temporales” que permanecieron en el tiempo, el crítico Halim Badawi escribió en Arcadia, en julio pasado: “Siguiendo esa misma lógica, no deberían existir la Torre Eiffel, pensada para ser demolida un tiempo después de construida, ni los pabellones de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, que hoy embellecen la ciudad en los alrededores del Parque María Luisa; y tampoco deberían existir muchos de los edificios y parques que engalanan Barcelona, algunos de ellos construidos inicialmente con carácter efímero, pero que, en vista de su valor patrimonial y belleza, la ciudad decidió conservar para convertirse en puntos clave de la ciudad”.

El año pasado, funcionarios del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación me solicitaron una exposición en sus instalaciones sobre Auras Anónimas. Desafortunadamente, un mes antes de su ejecución la exposición fue cancelada porque, como afirmó un funcionario, no había “coordenadas claras” para realizar la exposición. Actualmente en la fachada del Palacio de Velázquez del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, se encuentra una ampliación fotográfica de un fragmento de los columbarios y la obra Auras Anónimas a escala. Esto se debe a que es una obra en riego de desaparecer y el museo quiere divulgar su importancia internacional.

Afortunadamente he encontrado apoyo en entidades como la Universidad de los Andes, que ha divulgado campañas para salvar los columbarios, y con mucha satisfacción la Procuraduría General de la Nación ha comprendido la importancia de las edificaciones y de Auras Anónimas como un monumento para las víctimas anónimas del conflicto armado en Colombia.

Beatriz González

Uno de los primeros obstáculos, al inicio de la obra, fue la falta de obreros que quisieran trabajar en el cementerio “por la carga simbólica que implicaba”, explica la artista.

Foto:

Cortesía de Beatriz González.

En palabras de Rodrigo Restrepo, en un texto publicado en Arcadia del 2009, “lo primero que sorprende de Auras anónimas es el silencio (…), pero lo que realmente impacta es la dimensión de la obra: González quiso hacer de estas imágenes desgarradoras –que hubieran desaparecido rápidamente en la avalancha de la información mediática– un icono. Luego de un rato de caminar entre la obra, la impresión que queda en lo profundo es la de estar asistiendo a un gran ritual: una marcha silenciosa en la que miles de hombres cargan el karma de un país en guerra y traen por fin la muerte a donde le corresponde.”


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