Feria de escritoras

Feria de escritoras

La Feria del Libro de Bogotá tendrá a grandes autoras del continente. Estas son ocho de ellas.

LIONER SHRIVER

Lioner Shriver, escritora estadounidense, hablará el sábado de abril en la Feria del Libro, a las 8 de la noche.

Foto:

Eva Verman

Por:  
21 de abril 2019 , 08:00 a.m.

 

Lionel Shriver: la crisis del sueño americano

No fue hasta su séptima novela, Tenemos que hablar de Kevin (Anagrama 2017), que Lionel Shriver (Carolina del Norte, 1957) se graduó en las lides del ‘american dream’ (mezcla atractiva de trabajo duro, paciencia de estatua y ulterior recompensa): ganó el Premio Orange, se convirtió en un bestseller internacional y se rodó una película multipremiada basada en el libro. El corazón de esta novela podría resumirse así: Eva, antaño escritora exitosa de guías de viaje, reconstruye en varias cartas dirigidas a su esposo su vida en común y las implicaciones que el nacimiento de Kevin, hijo y tótem de la historia, supuso para ellos (Kevin, entre otras cosas, terminará asesinando a nueve personas). Eva entiende que, más que catarsis, estas cartas son un monumento a la ambigüedad de una pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué tuve un hijo? ¿Por qué Kevin hizo lo que hizo? ¿Por qué escribo esto?

El núcleo de estas dudas parece dialogar con una constante visible en otros personajes de sus libros: si están narrando algo que ya pasó, es en su reverso donde se advierte el quid de la historia. Este recurso es transparente en dos de sus novelas más reconocidas: El mundo después del cumpleaños  (Anagrama 2009) Los Mandible (Anagrama 2017), en las que hay una confianza excesiva en el envés, o mejor, en la veracidad de esa cara oculta.

Quizá por esto no es fortuito que las ‘heroínas’ de Shriver se empeñen en enamorarse de su propia equivocación: al estar condenadas a solo una porción de la historia, a la máscara más que al rostro, seguirán dando tumbos en los mismos interrogantes. Irina, Eva o Glynis son mujeres apocadas, elegantes en su indiscreción, atajadas por el cansancio, acordonadas por su inteligencia o por su necesidad de comprenderlo todo. El caso de Eva es paradigmático: ella no sabe si es víctima o verdugo, pero sí alcanza a intuir las consecuencias de esas indecisiones remotas que en algún momento confundió con el pavimento hacia un futuro más venturoso (ese hijo como cereza del pastel de una vida feliz).

Hija de esta época desalentada, Shriver trabaja su literatura como ajuste de cuentas contra sus propios miedos (el de ser mujer, escritora y ciudadana norteamericana). La gestación de esta conciencia intelectual –y de su real incidencia, a través del sobrepoblado panorama literario gringo, en las discusiones coyunturales de este siglo– se debe en gran medida al éxito de Tenemos que hablar de Kevin, que no solo supuso un cisma en su vida privada, sino que a la vez corrigió su postura literaria con la invención de una sólida epifanía (esa misma que el exceso de mimos producto del éxito editorial y cinematográfico inesperado origina en cualquier autor). Coherentes con este nuevo panorama estético, sus novelas posteriores empezaron a robustecerse con una escritura que encontró en los guiños a su época (reflexiones sobre la maternidad y la debacle financiera, críticas a la violencia o al sistema de salud de su país, entre otros) su filón creativo. Por Jaime Zapata
Periodista





SAMANTA SCHWEBLIN

Samanta Schweblin, escritora argentina, estará el 4 de mayo en la Feria del Libro, a las 3 de la tarde.

Foto:

Alejandra López

Samanta Schweblin: una lección de lectura

Ahora, con la publicación de su última novela Kentukis, con un argumento sobre las furias y las perversiones a las que puede conducir una tecnología universal, al alcance de cualquiera y, por lo tanto, falsamente inocua, y enmarcada en ese género que Ursula K. Le Guin ha llamado la ficción sobre las cosas aún inexistentes pero que en efecto pueden suceder, Samanta Schweblin consolida, con la destreza poética de sus anteriores publicaciones, el cometido de exhortar al lector que internarse en sus páginas supone recibir una verdadera lección de lectura.

Todos sabemos que una de las maravillas ocultas de la experiencia de la lectura está en saber que las historias escritas, con sus espacios y tiempos particulares, con sus protagonistas, felices o extraviados, no suceden cuando el escritor las va pasando a un papel sino cuando un lector abre ese libro y lee las primeras frases. Cuando eso pasa con los libros de Schweblin el mundo se dispara hacia un espejismo que enceguece y no hay marcha atrás. Ya se trate de un lector recién llegado o de un seguidor fiel, o del relector de libros como Pájaros en la boca y, sobre todo, Distancia de rescate, el aprendizaje tiene que ver con la certeza de experimentar una inmersión anímica que trastoca los límites y las condiciones no solo de la realidad más inmediata mientras se lee (como el paso del tiempo, el roce de las páginas, la necesidad de levantarse a tomar agua), sino del sentido mismo de ser un lector que se transforma; en algún momento siente que le está sucediendo algo tan fuera de lo común como los accidentes, las fatalidades, las revelaciones o los enigmas que desafían a los protagonistas que transitan por el papel, en universos donde es posible preguntarse, por ejemplo, “qué se sentiría tragar algo caliente y en movimiento, algo lleno de plumas y patas en la boca...”.

Es una lección interior, anímica y, por supuesto, también física. Sin embargo, esta lección de lectura no sería el resultado de una deconstrucción que obliga al lector a recurrir a un andamiaje crítico para desenterrar los símbolos o los signos ocultos en sus relatos y novelas. Pienso, por el contrario, que tiene que ver con algo aún más terrenal y, al mismo tiempo, más desconcertante; un misterio que se relaciona con la sensación real de haber estado bajo el dominio y haber participado, conscientemente o no, de la potencia de una imaginación privilegiada. Quizás lo más enriquecedor de esta lección de lectura es que la persuasión de la escritura de Samanta Schweblin se sostiene sobre la transparencia, sin los aspavientos de moda, sin efectos especiales, con una atención consistente y, sobre todo, sin alejarse de la verdad, es decir, sin engañar al lector, por más fantásticas o insólitas que sean sus historias. Un talento que la hermana a otras escritoras de lo perturbador entrelazado a la belleza y lo inesperado del lenguaje, como Shirley Jackson, Margaret Atwood, Can Xue,
Ottessa Moshfegh o Simona Vinci. Por Julio Paredes
Escritor

MARÍA MORENO

La escritora argentina María Moreno hablará en la Feria Libro el domingo 28 de abril, a las 4 de la tarde.

Foto:

Sebastián Freire

María Moreno: la escritura autobiográfica

“Escribía animada por lo que iba aprendiendo, relacionando o imaginando que inventaba, sola y exaltada”, escribe María Moreno en la introducción a Panfleto: erótica y feminismo, una recopilación de artículos que publicó a lo largo de cuarenta años. Esa línea podría introducir no solo Panfleto, sino el resto de su obra: el ánimo es manifiesto –se lee en la precisión y en la abundancia de sus referentes–, la soledad es apasionada –se ve en lo original de sus preguntas y en su desapego a la recepción (“no recuerdo que supiera quiénes me leían”)–, y la exaltación es absoluta –en la libertad, la curiosidad y el cuidado con que hace sus asociaciones.

María Moreno es escritora, periodista y crítica cultural. Nació en Argentina y ha publicado una novela, El affair Skeffington (1994), y varios libros que recopilan su trabajo como ensayista y periodista;  A tontas y a locas  (2001), Banco a la sombra (2011) y el más reciente Panfleto son algunos de ellos. En 2016 publicó Black out, un libro que se lee como una colección de crónicas y retratos. Entre ambos, está el relato autobiográfico –en forma de ensayo–, a la vez crónica y retrato de quien escribe, y entre todos, la presencia del alcohol. A lo largo del libro Moreno se muestra como hija y nieta, como amiga y amante, como lectora y escritora, como bebedora. El libro incluye ensayos sobre literatura argentina, un diario que desarrolla el discurso de la angustia en la abstinencia y una antología de estados del cuerpo: el cuerpo adolorido, el cuerpo excitado, el cuerpo sucio, el cuerpo anestesiado.

Black out se divide en tres partes, “Del otro lado de la puerta vaivén”, “Ronda” y “La pasarela del alcohol”. Las tres van repitiéndose, como se repiten las noches de borracheras –como sabrá quien lea el libro y como ya sabe quien ha bebido–, y entonces el libro es un círculo, que termina con la autora que deja de beber (y que empieza en la infancia, esa otra abstinencia). (Tal vez Panfleto pueda leerse en el sentido opuesto: el de la escritura a lo largo del tiempo).

Se diría que la escritura de Moreno es autobiográfica en el sentido más auténtico y radical, a saber, que da cuenta de una mirada y de cierta sensibilidad. Sea en sus memorias, en las crónicas, en los artículos o en Oración, libro que escribió a partir de una carta de Rodolfo Walsh, en su obra hay una lectora y su amplio universo literario, un ingenio y ciertas inquietudes: la preocupación por los cuerpos, la exploración del género y las sexualidades, la pregunta por cómo se narra la historia de una vida y por cómo se vive un duelo –cómo se vive la muerte– y el interés en la revolución –en una revolución– y en la lucha social. La experimentación en sus libros deslumbra por lo novedosa y lo poética, y resulta elocuente que se narre la realidad (“lo que ocurrió”) a la vez que se le pone en duda o se le inventa. Algunos pasajes de sus libros, por su dependencia de ciertos referentes o porque están especialmente anclados en un escenario argentino, suscitarían poco interés si no fuera porque para entonces el lector ya ha decidido que leería cualquier cosa escrita por Moreno. Por Pedro Carlos Lemus
Editor

Chris Kraus,

Chris Kraus, novelista y crítica de arte estadounidense, estará el 3 de mayo en la Feria del Libro, a las 7 de la noche.

Foto:

Cortesía Prensa Feria del Libro

Chris Kraus: performance y deseo

Chris, la protagonista de la novela, está enamorada. Ha visto un par de veces a Dick y le escribe cartas apasionadas donde confiesa, sin miramientos, todas las maneras en las que él enciende su deseo. Las cartas son un ejercicio de escritura, una forma de explorar las fronteras de su erotismo y de avivar la llama en su matrimonio. El Dick que ella ama es una fantasía, por supuesto, pero eso no impide que en esas cartas le haga reclamos o invente escenarios de posibles encuentros. En una, Chris escribe: “De alguna manera el amor es como la escritura: se trata de vivir en un estado tan intensificado que la precisión y la conciencia se vuelven vitales”.

Esa frase podría resumir la poética de la novelista, videoartista y crítica de arte estadounidense Chris Kraus (1955). A lo largo de sus obras, Kraus ha explorado la manera en la que las relaciones humanas y las pulsiones que las circundan no pueden escapar el contexto histórico, político y económico. Desde sus inicios en el video experimental, a finales de los 70, Kraus se concentró en hablar desde los estudios de género y el activismo, pero siempre usando la sátira como lugar de enunciación. Y luego vino la literatura. En su ópera prima, Amo a Dick (1997), se escribe a sí misma como la protagonista de una historia de amor en la que los roles se subvierten: la mujer es agente de deseo y el hombre es visto solamente como objeto. A esta novela le siguieron Aliens & Anorexia (2000) y Sopor (2005), protagonizadas también por esa doble que en la ficción se permite la licencia de desear y, sobre todo, de escribirse deseando.

En Verano de odio (recientemente publicada en español) Kraus le da una vuelta a ese tópico que también ha rondado su trabajo como crítica de arte. La historia está protagonizada por Catt Dunlop, una académica de mediana edad que decide comenzar a comprar bienes raíces en Albuquerque para amasar una pequeña fortuna. Es ahí donde conoce a Paul García, un inmigrante, exconvicto y alcohólico que trabaja para ella. Se enamoran, pero en el caso de esta novela no es ni el deseo ni el romance lo que Kraus pone en el centro de la narración. A medida que pasan tiempo juntos, la relación de Catt y Paul se llena de relatos sobre una felicidad futura que se ve truncada por la desigualdad social y racial que los atraviesa. En esta novela, Kraus usa el paisaje desértico norteamericano como telón de fondo para narrar las múltiples maneras en las que el sistema carcelario castiga a los pobres y es permisivo con aquellos que tienen el dinero suficiente para comprar su libertad.

La escritura de Chris Kraus bordea la frontera. No solo por su interés por hablar de los sujetos migrantes y la manera en la cual son tratados como ciudadanos de segunda categoría por el gobierno estadounidense, sino porque bebe del arte contemporáneo para pensar la forma que tomarán sus novelas. Es así como en su obra el deseo se vuelve también un performance y desde ese performance enamorado se permite hablar de las estructuras sociales que nos moldean. Por Gloria Susana Esquivel
Escritora

Carolina Sanín

La escritora Carolina Sanín estará el jueves 2 de mayo en la Feria del Libro a las 7 de la noche.

Foto:

Claudia Rubio

Carolina Sanín: la religión del lenguaje

Desde la publicación de la novela Todo en otra parte (2005), Carolina Sanín se ha labrado un camino solitario en la literatura contemporánea colombiana. Su narrativa no es de tramas cargadas de suspenso o de grandes personajes. Acá poco importa el qué-pasó, ni quién-le-hizo-qué-a-quién. “No soy amiga del realismo narrativo”, afirma en una entrevista reciente, “esa corriente últimamente revitalizada, más o menos retrógrada, que enfatiza lo anecdótico como centro de la vida y la condición humanas, con una fuerte dependencia de referentes concretos, materiales, reconocibles”. Todo en otra parte, por ejemplo, es una novela onírica, donde la geografía no obedece ninguna regla reconocible, los nombres de los personajes se truecan y, como en los sueños, las explicaciones de las acciones se basan en juegos de palabras o juegos simbólicos.

En Los niños (2014), su segunda novela, el lenguaje onírico toma tintes góticos. A la protagonista, Laura, le llega un misterioso niño a la puerta. Como un espanto o una visitación, el niño existe porque se enuncia y se anuncia, y con su fantasmagórica presencia convierte a Laura en una suerte de madre. Esta maternidad incorpórea, que también evoca la Anunciación del arcángel san Gabriel o al Moisés en la cuna rescatado de las aguas, también carga una connotación bíblica, y junta a esta novela con Somos luces abismales, el más reciente libro de la autora.

Publicado en septiembre de 2018 y reimpreso ese mismo mes, Somos luces abismales comprende una serie de ensayos personales, que transitan entre la filosofía del lenguaje y la espiritualidad. Esto suena pesadísimo. ¡Un yunque! Pero no es el caso. En Twitter una lectora del libro comparte la foto de una página subrayada en un 80 por ciento, mientras que otro seguidor muestra su copia del libro rebosante de banderitas azules y verdes autoadhesivas que indican los muchísimos sitios donde encontró algo digno de remarcar.

En estos ensayos, o meditaciones, Carolina se arma de un lenguaje que oscila entre la poesía y la narrativa para así reflexionar sobre el misterio de la vida y el misterio del lenguaje, que es, a fin de cuentas, un misterio profundamente religioso. Dice el versículo 3 del primer capítulo del libro de Génesis: “Y dijo Dios: Haya luz, y hubo luz”. Lo que se enuncia, se anuncia y es. Y eso que hace Dios, lo hacen también los escritores y las escritoras. Algunos dan ese poder de creación por sentado, porque sus libros quieren contarnos un cuento con unos personajes que hacen cosas. Otros, como Carolina, quieren contarnos cuentos hechos con palabras, palabras que hacen cosas. Por Catalina Holguín
Editora

Margo Glantz

La escritora mexicana Margo Glantz hablará en la Feria del Libro el miércoles primero de mayo, a las tres de la tarde.

Foto:

Lisbeth Salas

Margo Glantz: el salto del tigre

Hace unos meses Margo Glantz se definía a sí misma en sus redes sociales como una “paleomillennial”, chiste agudísimo que no solo alude con sabia ironía a su condición de tuitera de 88 años, sino, por encima de todo, a la mirada peculiar de quien escribe desde la simultaneidad de muchos tiempos, como el Ángel de la Historia de su adorado Walter Benjamin, siempre vuelto hacia las ruinas del pasado, empujado por el viento huracanado que viene del paraíso. Sin embargo, la contemplación de aquella catástrofe que es el mundo, que son todas las cosas humanas cuando se las mira a contrapelo, no cede jamás a una nota de fanfarria solemne. Por el contrario, la mirada omnívora, antropofágica de Glantz se resuelve en la elección de un tono donde la inteligencia y la melancolía son instancias de una rara forma de ternura cruel. De ahí que su escritura se incline hacia la colección de detalles, de indicios, de ready-mades que Glantz va zurciendo en sus libros como quien confecciona un tapiz. La metáfora textil describe bien el procedimiento, pues lo que va apareciendo con el avance de la lectura de sus libros es una trama, no una simple antología de fragmentos eruditos y observaciones más o menos caprichosas. Y cuando digo trama, me refiero al doble sentido de tejido y de intriga. Los libros de Glantz parecieran inscribirse –quizá de manera involuntaria– en una tradición cabalística donde el sentido brota a partir de la combinación mágica de los fragmentos, ya no a través de los rudimentarios métodos deductivos o inductivos de los detectives clásicos. Su tratamiento de los indicios apunta más a la postulación y a la conjetura sobre la naturaleza del crimen que a su resolución mecánica. Es como si Glantz estuviera todo el tiempo diciéndonos: hay un misterio, se ha cometido un crimen, un crimen cuya forma no alcanzamos a atisbar, un crimen que es la fuente de nuestro mayor gozo y nuestra más horrible tragedia, vivimos cotidianamente sobre las huellas de ese crimen y, por alguna extraña razón, no las percibimos como tales, así que es nuestra labor detectar y leer esas huellas en una determinada clave de sospecha, de dulce y serena paranoia, si tal cosa es posible. Glantz demuestra así una sutil vocación forense en su obsesivo retorno a determinados lugares del crimen: la conquista de América, los campos de exterminio nazi, la misoginia en todas sus variantes, los zapatos, el pelo, la poesía de Sor Juana, los perros, las revistas de moda, los dientes, los museos, los viajes, las prótesis. En pocas figuras intelectuales se cumple con tanta sencillez y elegancia el mandato de Rimbaud de ser absolutamente modernos, pero algo así solo es posible gracias a la íntima relación de Glantz con el ya mencionado Walter Benjamin, para quien la moda es “un salto del tigre hacia el pasado”. Margo Glantz es, digámoslo de una vez, nuestra maestra, nuestra aliada y amiga que vino del futuro. Por Juan Cárdenas
Escritor

Piedad Bonnett

La escritora Piedad Bonnett estará en la Feria del Libro de Bogotá el 28 de abril a las 3 de la tarde

Foto:

Claudia Rubio

Piedad Bonnett: indagar el duelo

Hay escritores a los que un acontecimiento de su vida les absorbe toda su literatura. Hechos que los marcan tan profundamente que la única forma que encuentran para entenderlos es a través de la escritura y vuelcan toda su creatividad en tratar de explicarse qué fue lo que ocurrió. Para la escritora colombiana Piedad Bonnett la fecha que cambió su vida fue el 14 de mayo del 2011, el día en que su hijo Daniel se suicidó. Sin embargo, su obra tiene un antes y un después de esta fecha.

“La literatura no se nutre de las alegrías sino de las tristezas”, dijo Bonnett en una entrevista reciente y esto es algo que acompaña tanto su poesía como sus novelas y sus obras de teatro. Desde esos poemas que publicó por primera vez en Del círculo y ceniza (1989), que tardó más de diez años en escribir y que le sirvieron como refugio a una vida en apariencia cómoda, pero que la molestaba profundamente, sus textos han sido una búsqueda para entender los sentimientos humanos. Sus ocho libros de poesía, género en el que Bonnett se siente más a gusto, son una muestra de esto.

El mejor camino para conocer su obra poética es acercarse a su Poesía reunida, publicada por Lumen. Allí el lector podrá leer versos como los de Orfetorio que dicen: “Porque todo / lo que un hombre quiere soñar cabe en el puño / cerrado del silencio”. O los de Ya no el dolor sino la certidumbre: “Ahora, / apenas el recuerdo, / no del amor, / sino de aquella forma en que te amaba”. El único poemario que no se encuentra en esa edición es Los habitados, publicado por Visor –tal vez la mejor editorial de poesía en español–.

Toda esta poesía la ha acompañado en su exploración de otros géneros. Lo que no tiene nombre, el libro sobre el suicidio de su hijo, tiene la estructura de una novela, es un relato real que tiene mucho de ensayo, investigación y crítica frente a una sociedad que no se atreve a hablar sobre las enfermedades mentales. Este libro, que gravita entre la autobiografía y las memorias, géneros que Bonnett ya había explorado en novelas como El prestigio de la belleza, no solo fue un reto emocional, sino que se convirtió en un problema literario. Encontrar el tono adecuado, la forma en que se iba a hilar el relato hasta escoger lo que se ocultó, le dio una fuerza inaudita al texto. El heredero de este proceso es su libro más reciente, Donde nadie me espere, en el que desde la ficción recorre las ruinas del personaje principal, que en la angustia por encajar en el mundo llega a situaciones como la indigencia y el aislamiento. Los problemas mentales, la realidad de Colombia y la indagación sobre el dolor y la pérdida son el telón de fondo que, con la maestría de una poeta, obliga al lector a detenerse ante la fuerza de las palabras. Por Felipe Gónzalez Gómez
Periodista

Elvira Hernández

La poeta chilena Elvira Hernández hablará el 5 de mayo a las cinco de la tarde en la Feria del Libro.

Foto:

Cortesía Prensa Feria del Libro

Elvira Hernández: memoria y poesía

La poeta Elvira Hernández (seudónimo de María Teresa Adriasola; Lebu, Chile, 1951) cada día encuentra su lugar seguro entre los lectores de poesía y las nuevas generaciones por las variaciones que ha podido hacer de sus propios registros y formas de enfrentar el desafío de apropiarse de una memoria para traducirla en palabra poética. Y es que la memoria, la historia, la ciudad, el habla popular y los símbolos arquetípicos de toda una nación hacen parte de una obra que con discreción y sencillez se ha venido construyendo con gran rigor. “Creo que mi poesía todavía exhibe marcas de lo que fue el tiempo de la dictadura. Una de esas marcas fue la economía de lenguaje”.

La década de los 70 fue una época particular en la cultura chilena, climática y llena de miedo y silencio. Los sucesos ocurridos el 11 de septiembre de 1973 llevaron al país a ese periodo oscuro que se conoció como el Apagón cultural. Toda difusión de la cultura era patrocinada por el estado en tiempos de la Unidad Popular. Fue una larga pausa en la que muchos autores salieron al exilio y otros debieron circular sus textos en ediciones clandestinas. A fines de esta década Elvira fue detenida por cinco días. Los perseguidores buscaban a la ‘Mujer Metralleta’, una líder opositora, y algo los llevó a pensar que era la poeta. Pensaron, como en la Rusia estalinista, que un poema era una comunicación en clave.

Esos días que pasó en el Cuartel Borgoño de la Central Nacional de Informaciones la llevaron a escribir su libro emblemático La bandera de Chile, que salió de manera secreta y circuló en fotocopias y hojas de mimeógrafo. La imprenta donde iba a aparecer fue allanada por la policía. Esta obra se convirtió en un estandarte de resistencia y protesta contra la dictadura. La incorporación de ciertos signos lingüísticos y símbolos culturales permitieron que trascendiera la censura y se transformara en un portavoz de muchos perseguidos o silenciados. Además de este libro emblemático, aparecieron Arre! Halley ¡Arre! (1986), Meditaciones físicas por un hombre que se fue (1987), Carta de viaje (1989), La bandera de Chile (1991), El orden de los días (1991), Santiago Waria (1992) y Álbum de Valparaíso (2003), reunidos en las antologías Actas urbe y Los trabajos y los días y que dan cuenta de una trayectoria y de un estilo que se redescubre a sí mismo para experimentar con las formas y desmitificar ciertas estructuras y formas literarias.

En 2018, a propósito de que le fue otorgado el Premio Internacional de Poesía Pablo Neruda, Elvira Hernández ratificó su credo poético: “Yo creo que la poesía debe tener un lenguaje que se diferencie del lenguaje periodístico. La poesía debe crear una realidad que haga patente determinadas cosas con una forma de hablar lejos de lo simplista. Se trata de poder preñar la palabra y llenarla al máximo de significados. Pero atención, eso no significa que pase a ser una poesía hermética; sí que le pida al lector que haga una lectura reflexiva del texto”. Palabra y comunión con lo colectivo en la obra de esta poeta. Por Federico Díaz-Granados
Escritor

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.