Entre la dignidad y el dolor, alta moral para seguir luchando

Entre la dignidad y el dolor, alta moral para seguir luchando

De cómo es vivir con un bolso siempre empacado para huir, habla Andrés Chica, líder cordobés.

Andrés Chica, líder social

Andrés Chica Durango, director de la Fundación Cordobexia, tuvo que salir de Tierralta, Córdoba, en el 2019 por amenazas en su contra.

Foto:

Cortesía.

Por: Andrés Chica
25 de julio 2020 , 11:07 p.m.

Por allá en el 86, cuando se iniciaba la matanza contra los-as simpatizantes de la Unión Patriótica (UP), el país estaba sumergido en un mar de “corrientes de pensamientos libertadores” que eran “quemoniados” con bala y fusil, nací, en Tierralta, Córdoba. Era normal vivir la muerte sangrienta, era común respirar el control paramilitar, convivir con sus reglas y mantenerse en ese sistema autoritario.

Ser o convertirme en líder fue necesario en mi escuela primaria. Con arte, cultura y deporte intentaba alegrar la desesperanzada realidad en mi pequeño colegio. Sabía que algo estaba mal. Luego te haces grandecito y ese liderazgo se convierte en una acción de resistencia. A muchos amigos, conocidos y hasta familiares los vi irse por determinación de alguien que, obrando en nombre de las Auc, les segó la vida. Otros se fueron a ser parte de la misma guerra que les lastimó la existencia o les destelló con falacias ideológicas o económicas.

Cuando naces y creces en entornos así, tienes tres opciones: 1) reconoces que está mal e intentas cambiar la realidad; 2) haces como si nada pasara y vives adormecido; o 3) te haces parte de alguno de los lados de la guerra, de una forma u otra. Yo decidí la primera. Y allí tome una causa.

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La iglesia, los grupos juveniles, los escenarios colegiales eran un espacio para hablar de no participar en la guerra, de que no era bueno pensar en salir de once e irse a prestar el servicio, tampoco era un fin bueno tener un 38 en la pretina, una moto grande y ruidosa, botas altas y voz altanera imponiendo órdenes, desarraigando vidas y desplazando gente; para muchos compañeros, ser el paraquito de moda fue el plan de vida.

En 2010, sobre mis 20 años, la conciencia y algunos estudios me mostraron que hay unas luchas sociales y populares de fondo, que hay que participar de ellas. Me sumergí en las luchas campesinas y me hice luchador de esas causas y de los derechos humanos en el sur de Córdoba. Desde que asumí levantar esas banderas he recibido señalamientos: guerrillero, comunista, chavista, degenerado... hasta de paraco me han señalado la Fuerza Pública y los latifundistas.

No todo el mundo te abraza, no todo el mundo te dice ‘cuenta conmigo’


Desde 2010 he impuesto dieciséis denuncias en la Fiscalía a nivel personal. Como proceso social, llevamos más de cien. Ocho veces me ha tocado salir corriendo para salvaguardar la vida, con mi familia a cuestas, rabia, impotencia y dolor por el destierro apeñuscado en la garganta, sollozando entre lágrimas de berraquera.

No todo el mundo te abraza, no todo el mundo te dice ‘cuenta conmigo’. Mucha gente en su interior, detrás de las puertas de su casa, siente que “alguien debe hacerlo”; pero el miedo carcome el cerebro y es más cómodo vivir una vida “normal”. Con compañeros y compañeras que la vida me ha puesto en el camino nos hemos juntado para crear y sostener procesos sociales en favor de las luchas comuneras, populares, de la gente abrazada por la desesperanza frente a un “Estado social de derecho” que nunca llega y no garantiza la dignidad de vida.

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Así, mucha gente se va. Amigos, amigas y hasta familiares dan la espalda. Seguro entre sus pensamientos está: “A este cualquier día lo matan”. Te vas acostumbrando a no tener una vida social común y corriente, a tener siempre un bolso con unas mudas de ropa y los papeles importantes por si toca salir corriendo en cualquier momento.

A quienes hemos puesto nuestro corazón, nuestra vida misma por la defensa de los derechos humanos nos ha tocado acostumbrarnos a la soledad. Esa soledad te permite validar tus postulados y leer los contextos reales del país, que en este presente virulento nos muestra que además de la covid-19 sufrimos otros virus más voraces.

Cuando te mueve una lucha social es complicado tener familia, hijos o alguien que te acompañe. Lo intenté, pero la amenaza constante de muerte separa el deseo de una familia del de mantener las banderas. Es una decisión solitaria, pero justa. Hay días y noches en que me pregunto si ha valido y vale la pena. La respuesta es sí. Ha valido la pena cada fruto pequeño que se ha logrado, seguir soñando por un mejor país y una humanidad más humana, pero sobre todo con una sociedad equitativa.

Siempre será un deseo que los que tengan más posibilidades en este camino nos inspiren con sus cantos, sus palabras, que permitan que los ruidos de esa mordaz muerte no nos genere tanto miedo, sino y, por el contrario, nos aliente a no desfallecer y a seguir creyendo que esta patria la arreglamos juntos, en la unidad debida, con la lucha junta, y con la esperanza viva.

ANDRÉS CHICA
Líder social de Córdoba
Para EL TIEMPO

Lea aquí las columnas de los líderes y lideresas

-Un nuevo grito de independencia, por Leyner Palacios

-Proceso y palabra para la vida de nuestros pueblos, por Diana Jembuel Morales

-En la diversidad, nosotras también resistimos, por Vivian Cuello Santana

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