Fredy Aguilar, el poeta en uniforme de guardián penitenciario

Fredy Aguilar, el poeta en uniforme de guardián penitenciario

Este funcionario del Inpec publicó el libro de poemas 'Luciérnagas en mi almohada'.

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El inspector de cárceles que encontró un escape en la poesía y logró publicar un libroFredy Aguilar es un escritor que rompe estereotipos. Fue uno de los ganadores del concurso realizado por la editorial ITA gracias a los poemas que escribió durante cinco años. Ha trabajado por 20 años con el Inpec, instituto a cargo de las cárceles en Colombia, donde ahora es inspector en la cárcel La Modelo, de Bogotá. El desamor y la libertad son algunas de sus inspiraciones a la hora de escribir.
Fredy Aguilar, guardián del Inpec

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO.

Por: Juan David López Morales
19 de marzo 2020 , 07:39 p.m.

Toma una bocanada de aire antes de responder: “La ruptura fue el punto de quiebre”, dice. Cita al psicoanalista Erik Erikson para decir que “los seres humanos somos producto de rupturas” y que estas, de alguna forma, nos determinan.

En su caso, el final de una relación de “5 años, 5 meses y 10 días” –lo repite como si los hubiera contado y memorizado en noches eternas, como un mantra– lo llevó a escribir el primer poema, titulado Dos metros. Tiene ojos color miel, una mirada entre nostálgica y tranquila y porta un uniforme de tonos azules oscuros que lo identifica como lo que ha sido los últimos 20 años: funcionario del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec).

“Cuando se acaba el amor, esos dos metros de colchón, tablas y cobijas, se convierten en un desierto tan extenso que carcome lentamente en la más profunda soledad”, dice ese poema primigenio que escribió hace unos cinco años y que abrió el camino para los 156 escritos que, el año pasado, tras ganar un concurso literario de le editorial ITA, se convirtió en el libro Luciérnagas en mi almohada.

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El autor, Fredy Aguilar, no es escritor de profesión. Trabaja como inspector del Inpec. Por estos días está encargado del régimen interno de seguridad en la cárcel La Modelo, de Bogotá. Pero sí tiene una profesión. El año pasado se graduó como abogado, una carrera que comenzó cerca de 10 años atrás, motivado también por la ruptura de esa relación de “5 años, 5 meses y 10 días”.

“Es que pasa el tiempo y está uno en un círculo autodestructivo. Queda todo represado. ¿Qué hago? ¿Cómo lo suelto? Fue un proceso largo. Uno se traga el cuento del amor eterno y eso no existe, pero uno tiene que empezar a liberarse”. Así explica cómo empezó a escribir, antes de dormir después de largos turnos en la cárcel, los poemas que ahora abraza con orgullo.

La escritura no fue un descubrimiento. La sensibilidad artística la traía desde su juventud. Cuando estaba en el colegio Inem de Kennedy, en Bogotá, fue cuentero y zanquero. Le jugó al teatro en varias facetas.

Pero terminó el colegio y llegó la vida con sus golpes de realidad. Se presentó a prestar servicio militar cuando tenía 17 años. “El Inpec se me abre como una posibilidad de vida interesante, a pesar de ese sentir artístico”, explica, sentado en una silla baja en la biblioteca del ala educativa sur de La Modelo. “Obviamente uno se da cuenta de que tiene que sobrevivir”, dice. Terminó el servicio obligatorio y se vinculó como funcionario.

Fredy Aguilar, guardián del Inpec

Fredy es lector y es estudioso, también le gusta escuchar música para inspirarse a la hora de escribir.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO.

El paso por los penales

Y comenzó su trasegar de “turismo penitenciario”, como llama al paso por cárceles de todo el país: desde la sede central del Inpec hasta penitenciarías en Montería, Tunja, Magangué,Barranquilla, Valledupar… En esta última, en la cárcel de máxima seguridad La Tramacúa, conoció a Gilberto Rodríguez Orejuela, antiguo capo del cartel de Cali, antes de que fuera extraditado a Estados Unidos. Un día, en medio del intenso calor de la capital del Cesar, Rodríguez Orejuela le ofreció un vaso de agua. Él se lo recibió. “¿Sabe qué? Es la primera vez que alguien, en esta cárcel, me acepta un vaso de agua. Eso que usted acaba de hacer es un gesto de humanidad”.

Habla de humanismo y se define como activista por los derechos humanos. ¿De la población carcelaria? No. “No se puede hablar solo de derechos de la población carcelaria. Yo creo que de todo. También de mujeres, del colectivo LGBTI. Todo está metido dentro del mismo saco, empezar a hacer categorías es discriminatorio”, dice. Ya no habla como escritor ni como guardián, sino como el abogado que, además, empezó este año una maestría en derechos humanos en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia y hace parte de la Oficina Interamericana para la Paz y el Desarrollo Sostenible, coalición de líderes y defensores de derechos humanos. Desde esa posición piensa y opina:

“Yo soy un convencido de que la solución al sistema penitenciario no está en el populismo punitivo, no está en incrementar penas, no está en hacer más cárceles. La solución está en la educación. El activismo no está en salir a hacer protestas, sino en ir a las comunidades a enseñarles, cambiarles la realidad a los niños”.

Y ese humanismo que ha construido desde el arte y el derecho también viene de sus lecturas, que van desde lo filosófico –Emile Cioran, Humberto Maturana, Albert Camus– hasta lo poético –Jairo Aníbal Niño, Walt Whitman, Gioconda Belli, Jaime Sabines–. No lee tanta literatura como quisiera. Calcula que termina cinco libros al año, y buena parte de sus días también se va en leer sentencias o artículos. Aun así, logra colar entre sus lecturas algo de cómics, como los del reportero de guerra Joe Sacco. Ahora está leyendo a Jürgen Habermas y releyendo tanto a Sabines como la novela 1984, de George Orwell.

¿Cómo se lee 1984, la novela que popularizó el concepto del ‘Gran Hermano’, con un uniforme y desde la experiencia de la cárcel? “Lo que pasa en las cárceles es un reflejo de lo que es la sociedad. Estamos sometidos a ese control, pero hay que generar una resistencia positiva”, dice. La paradoja persiste. Reconoce que su uniforme es símbolo de autoridad vigilante, pero defiende que cada individuo debe ser autónomo. “Yo como ser humano no tengo que tener ni al policía, ni al soldado, ni al guardián al lado”.

Sus palabras son compasivas. Hace más de 10 años, en La Modelo, se encontró con los responsables del asesinato y desaparición de su padre en Arauca, en 2004. “Mi padre era un todero. Fue ornamentador, carpintero, sastre, albañil. Vivía en Bogotá y se fue para Arauca”. Sabe que algún día de ese año se lo llevaron, lo torturaron y lo asesinaron, pero no dónde lo enterraron.

Fredy Aguilar, guardián del Inpec

Aunque prefiere escribir en el celular, como no lo puede entrar a la cárcel lleva siempre una libreta para notar las ideas que le llegan a la mente.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO.

Cara a cara con victimarios

Los exguerrilleros de las Farc le reconocieron saber dónde está el cuerpo, pero le dijeron que no podían decirle porque era parte de su proceso judicial. Él tampoco está seguro de retomar la tarea de preguntar. “Para mí es como el paradigma de Sísifo: vuelvo y lo busco, después lo dejo y vuelvo a coger impulso. Es muy duro volverse a encontrar con esa realidad. Yo sé mucho más que lo que sabe la Fiscalía, pero para mí es muy revictimizante”.

Por esos años Fredy decidió estudiar derecho. En Valledupar conoció a un sargento, su maestro y mentor. El hombre, empírico, trabajaba en la oficina de tutelas de la cárcel de esa ciudad. “Nunca perdió una tutela”, asegura Fredy, quien fue su secretario. Ninguno de los dos había pasado por una facultad de derecho. El sargento Caro le decía: “Usted también sirve como abogado, ¡hágale!”. Volvió a Bogotá en 2008, después de estar tres años en Tunja.

Habiendo vuelto a su ciudad, decidió que tenía que “renacer” de su ruptura, y comenzar su carrera profesional fue la respuesta.

En sexto semestre, lo trasladaron a Magangué y su carrera quedó suspendida. “Usted vino a ser guardián, no a ser abogado”, le dijo su comandante. De regreso a la capital, cuatro años después, no le reconocieron los seis semestres , pero otra universidad, la Unicervantes, sí le homologó lo que había estudiado. Fueron más de 10 años, hasta que el año pasado recibió su título.

Cuenta con orgullo que es de Patio Bonito, en Kennedy, sur de Bogotá. “Me crie allí y una de las experiencias más duras de ser de ese barrio es encontrarme con mis compañeritos de colegio y de barrio acá en la cárcel, del otro lado de las rejas. ¿Cuál fue la diferencia? Las oportunidades. ¿Pero en qué? En educación”, explica Fredy.

También cree en el poder del arte. Asegura que lo salvó de que su destino fuera el de amigos de la infancia. Esa educación y sensibilidad tienen ahora la forma de un libro. En octubre, Fredy se enteró de la convocatoria de la editorial ITA y se animó a enviar el borrador de sus poemas. Un par de meses después, el 18 de diciembre, Luciérnagas en mi almohada fue lanzado junto a otros títulos ganadores. Fredy asistió con su uniforme de gala del Inpec. De los autores publicados, fue el último en ser presentado. Lo miraban con extrañeza.

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La libertad y las cárceles aparecen en su escritura por momentos y de forma indirecta. “Más allá de los barrotes y las paredes está la convivencia de los seres humanos que estamos acá”, dice. Recuerda la imagen de un hombre que quedó en libertad. Cuando salió, llevaba en su mano una hoja de la Biblia. “Él la mirada, miraba al cielo, la guardaba, la atesoraba”, describe Fredy, para quien esa escena fue un destello de esperanza. Y así mismo con los abrazos de las madres, las lágrimas de los hijos y, en general, los gestos de humanidad en un ambiente hostil como la cárcel.

Así como sus textos comienzan por el desamor y están atravesados por reflexiones sobre la libertad y otros valores, hablan también del desapego. “Hoy solo estaban incompletos pero los espacios vacíos fueron llenándose por el beso de una inesperada despedida que conserva la esperanza de probar nuevamente el cielo sin despegar los pies de la tierra”, termina el texto Despedida. Su libro es testimonio de un proceso emocional, del desamor más profundo hasta la liberación.

Fredy se emociona al contar que compartirá su libro y sus reflexiones en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, cuando esta sea reprogramada. No es su único plan con el libro, que ya está a la venta en la página de la editorial y en versión digital. Un proyecto entre manos es presentarse en la Feria del Libro de Lima y, junto a otros escritores que también son funcionario del Inpec –cinco personas que se hacen llamar ‘Colectivo de Escritores Penitenciarios’–, esperan presentarse en la Feria del Libro de México.

En tres años, Fredy gozará de su pensión. Su plan es ser docente. Le gustaría enseñar sobre derechos humanos o criminología. También quiere “criar gallinas” en la finca de sus abuelos, en Boyacá. Y, de paso, seguir escribiendo, en su celular o en la libreta que se acostumbró a cargar, una novela cuya trama ya está esbozando en su cabeza.

JUAN DAVID LÓPEZ MORALES
Twitter: @LopezJuanDa
Redactor de Justicia

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