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La salud se volvió la primera preocupación, y el conflicto, la última
Vacunas

Una enfermera administra a un paciente la vacuna de Pfizer-BioNTech contra el coronavirus, este sábado en Cannes (Francia).

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La salud se volvió la primera preocupación, y el conflicto, la última

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Así lo reveló el Observatorio de la Democracia de Uniandes. Cae la confianza en las ramas del poder.

Mientras que entre 2005 y 2018 la salud no fue una prioridad para los colombianos, en 2020, un año en el que el mundo enfrentó la pandemia del covid-19, esa situación cambió. La salud pasó de ser la última preocupación, ubicada en un 4,4 por ciento en el 2018, a convertirse en el principal problema de Colombia en el 2020, con un 35,6 por ciento.

Así lo revela la Muestra Nacional 2020 del Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes, que, además, expone cómo la inquietud por la salud desplazó al conflicto armado.

Mientras en el 2016 el conflicto era para los encuestados la principal dificultad (33,5 por ciento), esa inquietud ha venido bajando desde la firma del acuerdo de paz, y en 2020 se ubicó como el problema de menor envergadura, cayendo al 8,6 por ciento.

Y la economía hoy es considerada el segundo principal problema del país. Sin embargo, a pesar de que las restricciones de movilidad y cuarentenas han afectado las finanzas, la intranquilidad por esta cuestión no varió sustancialmente, pues pasó de un 22,2 por ciento en 2018 a un 22,9 el año pasado. Y la corrupción es el tercer tema que más preocupó a los ciudadanos en el último año, con un 15,8 por ciento.

Al ser la salud y la pandemia temas tan coyunturales, el estudio profundizó en indagar qué piensan los colombianos sobre el virus. Encontró que el 47,5 por ciento está muy preocupado por la pandemia, y un 37,2, algo preocupado. Sin embargo, solo un 27 por ciento cree que está en riesgo grave de contagiarse.

De otro lado, la mayoría (67,2 por ciento) está de acuerdo con que el Gobierno restrinja la movilidad, pero más de la mitad cree que en su municipio se cumple poco o nada con las medidas.

Llama la atención que aunque ha existido la percepción de que el sistema de salud tiene serias debilidades, un 60 por ciento contestó que si tuviera el virus, probablemente la atención médica sería buena. Esa respuesta difiere en la Amazonia y Orinoquia, donde el 28 por ciento se siente positivo frente al servicio de salud ante un eventual contagio, mientras que en la región central es el del 71 por ciento.

La investigación también evaluó la confianza en la democracia y las instituciones, que cayó. Aunque un 57 por ciento cree que el sistema democrático es la mejor forma de gobierno, solo el 18,2 está satisfecho con su funcionamiento –la cifra más baja en 16 años–, cayendo casi 11 puntos desde 2018 y 38 puntos desde 2012.

Preocupaciones en Colombia

Cifras del informe del Observatorio de la Democracia de la U. de los Andes.

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Infografía / EL TIEMPO

A su vez, la confianza en las tres ramas del poder está en niveles bajos: en el Presidente está apenas en un 38 por ciento; en la rama judicial, en un 26, y en el Congreso, en 21. También viene en declive la confianza en la Policía, fuertemente cuestionada por la violencia policial en protestas, pasando de un 56 por ciento en 2004 a un 35 en 2020. En cambio, la confianza en las alcaldías creció, pasando de un 34 a un 53 por ciento.

Con respecto a la seguridad, el 48 por ciento se siente inseguro, y ese mismo porcentaje cree que su principal amenaza es la delincuencia común por los hurtos y robos. Frente al conflicto armado y la violencia política, más del 60 por ciento dijo que la seguridad de los líderes sociales empeoró en el último año y solo un 42 por ciento cree que el Gobierno está comprometido con su seguridad.

Así mismo, el apoyo al acuerdo de paz está en un 51 por ciento (el más alto desde su firma), principalmente en el apoyo a la implementación de los Pdet y sustitución de cultivos ilícitos, pero solo un 26 por ciento apoya la participación en política de las Farc. Esto, a pesar de que creció el porcentaje de colombianos que creen que es posible la reconciliación con excombatientes, pasando de un 51 a un 66 por ciento entre 2018 y 2020.

Desconfianza en las instituciones puede hacer florecer el populismo
Juan Carlos Rodríguez

Juan Carlos Rodríguez, codirector del Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes.

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Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes.

EL TIEMPO habló con Juan Carlos Rodríguez Raga, codirector del Observatorio de la Democracia y profesor de Ciencia Política, quien analizó algunos de los principales hallazgos del estudio de la Universidad de los Andes.

¿Cree que la salud, que por tantos años solo para el 5 por ciento de colombianos fue la primera preocupación, siga en los próximos años -después de la pandemia-, como un tema de interés?

En realidad es difícil prever qué otros problemas podrían surgir que puedan opacar el problema de la salud. Pero creo que hay un fenómeno que llegó para quedarse y es la conciencia que tienen los ciudadanos de la fragilidad de la salud y la posibilidad de una pandemia. A nadie se le había pasado por la cabeza que esto ocurriría, y ahora se abre una ventana de conciencia y de preocupación latente que puede que se vea reflejada en las encuestas de los próximos años.

Al ser ahora la salud un tema prioritario, ¿cree que se acomodará la agenda del Gobierno en el largo plazo y mantendrá un mayor presupuesto para este sector?

A corto plazo diría que el Gobierno reaccionó –aunque no necesariamente de la manera más eficaz–, readaptando sus prioridades a esta situación inesperada. A largo plazo uno esperaría que los gobiernos en general se den cuenta que esto puede pasar, y que no dejen en el olvido el sector salud como estaba antes. No me hago muchas expectativas, entre otras razones porque los gobiernos son muy cortoplacistas. Pero uno esperaría que con un remezón como este, el Estado reaccione con el cimbronazo de que a la salud hay que mantenerla como prioridad y hay que prepararse por si algo así vuelve a ocurrir.

¿Qué se puede decir del conflicto armado, que pese a que se ha recrudecido la violencia en los últimos años hoy ocupa una porción mucho más pequeña en las preocupaciones principales de los colombianos?

Esto tiene varias explicaciones. Una es la forma en como se pregunta al encuestado, ya que tiene que elegir un tema, un problema en la cabeza que para él sea el principal. Muchos están preocupados por la violencia, el conflicto en el campos, el asesinato de líderes y desmovilizados, pero puede que un poquito más arriba en sus preocupaciones esté el covid, que se lleva casi todo.

Pero por otro lado, también creo que a partir de la firma del acuerdo de paz de alguna manera se instaló un poco la narrativa de que el conflicto tal y como lo conocíamos terminó, y que lo que hay ahora es otra cosa distinta a la que no le hemos podido poner un nombre. Sobre esa noción del conflicto con las Farc, de 50 años, hubo un cierre y ahora arranca otra cosa.


El estudio plantea como llamativo que un 56 % crea que si se contagia, recibirá una atención adecuada. En la percepción ciudadana siempre ha estado la idea de que el sistema de salud colombiano es malo. ¿Por qué cree que hay ese positivismo en esa respuesta?

Yo creo que tiene que ver, por un lado, con que estas preguntas se hicieron hace algunos meses. Con la demora para tener vacunas, la saturación de camas UCI, esa percepción hoy podría ser distinta. De todas maneras, hay fuertes diferencias regionales. En la Amazonia y Orinoquia apenas el 28 por ciento creer que recibiría un tratamiento adecuado, mientras en la región central es del 71 por ciento, lo que muestra la desigualdad en los sistemas de salud en las diferentes regiones.

¿El hecho de que solo 2 de cada 10 colombianos crea que el sistema democrático está funcionando bien, pero 6 de cada 10 crea que es la mejor forma de gobierno muestra una especie de conformismo en el sentido en que sabemos que no funciona bien pero es lo que hay?

La baja confianza en el buen funcionamiento del sistema democrático está permeada por el funcionamiento del Gobierno de turno. Ese ítem tuvo una caída muy importante en el 2013 y no se pudo recuperar. En el 2012 veníamos en un 60 por ciento y pasó como a un 30 por ciento en 2013, cayendo a la mitad y de allí ha bajado más levemente.

Eso responde a una evaluación muy crítica del Gobierno, un fenómeno más general de la región y del mundo donde hay un desencanto con el funcionamiento de la democracia en varios países. La pandemia tampoco ayuda a que la gente esté medianamente optimista frente a la democracia. Y lo que identificamos en 2013 fue la ruptura entre el uribismo y el gobierno de Santos. Esa ruptura y polarización, que no es entre ciudadanos del común sino en las élites, esa disputa, mina la satisfacción y confianza en las instituciones. En parte porque ven a unas élites enfrascadas en disputas y no preocupadas por los problemas de los ciudadanos de a pie. Esas peleas de allá arriba no atienden a las necesidades de los ciudadanos, necesidades que para muchos no están satisfechas.

Esa ruptura y polarización, que no es entre ciudadanos del común sino en las élites, esa disputa, mina la satisfacción y confianza en las instituciones

¿Qué implicaciones tiene para una democracia que tan poca gente confíe en las tres ramas de poder público?

Es una situación riesgosa. No quiere decir que el sistema democrático se vaya a quebrar, pero lo que sí puede pasar es que florezcan líderes y discursos que recojan esa insatisfacción, y lleven al país por una senda más demagógica, populista y antipolítica.

El discurso populista que ha pelechado tanto tiene que ver con aprovechar que la gente no confía en las instituciones, entonces los candidatos tratan de venderse como no políticos, alejados de partidos, y esa una receta para debilitar más la democracia. Si uno piensa en lo que pasó en EE. UU, Trump se vendió como el candidato fuera del establecimiento, en contra de Washington, y ese desprecio por la política terminó allá como terminó.

A mí me asusta cuando aquí en Colombia hay líderes que alimentan ese discurso antipolítico, un discurso antipartidos, que es fácil de pelechar. La gente no confía las instituciones y los políticos aprovechan eso para minar aún más el sistema y hacen que la desconfianza crezca.

¿La baja confianza en la Policía muestra que sigue siendo necesaria una reforma en esa institución?

La baja en la confianza de la Policía está relacionada con lo que pasó con el 21 de noviembre de 2019 en el paro nacional, y todo lo que sucedió más adelante. No soy especialista en el tema de la fuerza pública, pero diría que una reforma a la Policía es una condición necesaria para retomar la confianza. No sé si sea suficiente, pero es necesaria una reforma que le muestre a la gente que hay una preocupación por la crisis de legitimidad de la Policía, una preocupación porque la Policía dejó de ser la entidad que protege a los ciudadanos y empezó a ser más una entidad que los amenaza.

¿Por qué cree que en este momento se ve este mayor apoyo al acuerdo de paz, incluso más grande que cuando se firmó?

En parte tiene que ver con el hecho de que el acuerdo se firmó y ya está allí, y parece cada vez más que no se puede echar para atrás, y por lo tanto la gente ahora piensa cómo aprovechar de alguna forma. Hay mucha gente que apoya los PDET, el desarrollo rural, la sustitución de cultivos ilícitos. El estudio también muestra que ahora ven mucho más posible el perdón y reconciliación con desmovilizados y eso está acompañado de actitudes más favorables a la convivencia con excombatientes. Hay una incorporación, si se quiere mental, del acuerdo de paz a la vida cotidiana de la gente.

Pero el estudio muestra muy pocos están de acuerdo con la participación política de las Farc. ¿Cree que esa situación podría cambiar en la medida en que la JEP siga produciendo grandes decisiones, como la de esta semana sobre el secuestro?

Yo diría que sí, las decisiones de la JEP son una condición necesaria para que eso cambie, pero también depende de la narrativa que se instale en los medios y en las élites políticas sobre esas decisiones. Si los medios cubren el pronunciamiento de la JEP con el secuestro de las Farc, con esa mirada de justicia transicional, es posible que la gente entienda este sistema de justicia.

El estudio muestra que hay una percepción muy grande entre la gente de que los venezolanos afectaron la seguridad del país. Esto aunque los delitos que algunos de ellos cometen en Colombia no son proporcionalmente mayores que los de los colombianos. ¿A qué se debe esto?

En todas las sociedades existe un acto reflejo de echarle la culpa a alguien. Existiendo ese reflejo, que creo que se da en varias sociedades del mundo, también pienso que una gran responsabilidad cae en dos actores claves que son de nuevo las élites políticas y medios de comunicación. En la medida en que los medios reproduzcan narrativas y discursos xenófobos, señalando la nacionalidad de autores de un echo criminal como lo central de la noticia, se termina instalando esa noción de que los venezolanos son peligrosos. Pero también las élites políticas, como la alcaldesa de Bogotá, lo hacen hablando de la inseguridad provocada por los venezolanos, algo que va en contra de la evidencia empírica que usted mencionaba.

En la encuesta, las preguntas sobre género y masculinidades siguen demostrando respuestas machistas. ¿Cómo mejorar esa situación?

Lo que constatamos es que hay unas actitudes machistas muy arraigadas en la población colombiana con diferencias importantes. Hay diferencias en rangos de edad, pues los mayores tienden a ser más machistas y tradicionalistas en roles de género y en la concepción de la masculinidad. Las personas más educadas tienden a ser menos machistas que las menos educadas. Si yo fuera a poner mis fichas en un grupo poblacional con la esperanza de que ese grupo lidere el cambio en la mentalidad en género, le apuntaría a las mujeres jóvenes, que son las que en realidad muestran las actitudes más en contra de esos estereotipos.

JUSTICIA
justicia@eltiempo.com

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