‘La corrupción compite con el narcotráfico en el lavado de dinero’

‘La corrupción compite con el narcotráfico en el lavado de dinero’

'Los jóvenes están aprendiendo a respirar el virus de la corrupción'. Reportaje de Juan Gossaín.

Contrabando en Buenaventura

El contrabando es el recurso preferido de los narcotraficantes para lavar dinero.

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Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

15 de diciembre 2017 , 06:21 p.m.

¿Me pueden decir ustedes cuánto dinero se ha gastado en financiar el terrorismo colombiano, después de tantos años?

La verdad es que no hay una manera segura de saberlo porque durante el último medio siglo esa plata fue ocultada en cuentas bancarias, consignada en el exterior o disimulada con el disfraz de negocios lícitos. En pocas palabras, es la astucia de hacer que el dinero sucio parezca limpio. Por eso lo llaman “lavado de activos”. Porque lo dejan limpiecito. También le dicen “blanqueo de dinero”.

En Colombia, hasta ahora, se han detectado 64 delitos que son la fuente del lavado de dinero. Entre los más conocidos están el narcotráfico y el contrabando, seguidos por el secuestro, la extorsión, el tráfico de armas, los niños obligados a mendigar, la prostitución forzosa, la minería ilegal, el trabajo sin remuneración.

Pero resulta que les tengo una noticia terrible, y hasta le duele a uno decirlo. La revelación más reciente, aunque ustedes se queden perplejos, es esta: hemos llegado a tales extremos de podredumbre que de esos 64 delitos que lavan dinero en nuestro país, 42 se originan en lo que el Código Penal define como “delitos contra la administración pública”.

Dicho en dos palabras: los delitos que tienen como fuente la corrupción constituyen el 66 por ciento del total de los delitos que lavan dinero en Colombia. En plata blanca, la corrupción les ganó al narcotráfico y al contrabando.

Cuando se trata de enriquecerse, la picardía no tiene límites. Por eso, en medio de semejante laberinto de marrullas, para buscar información fidedigna acudo directamente a la Unidad de Información y Análisis Financiero (Uiaf), el organismo estatal encargado de la lucha contra el lavado de activos y de defender los intereses y la seguridad económica del país.

Me reúno para hablar de estos asuntos con su propio director, Juan Francisco Espinosa Palacios, un abogado que nació en la ciudad de Corozal, en medio de la espléndida sabana de Sucre. No obstante su juventud, ya fue jefe jurídico del Ministerio de Hacienda y secretario técnico del Consejo de Ministros.

En el lavado de activos –me dice Espinosa– hay más delitos vinculados a la corrupción que al narcotráfico. De todas las fuentes donde se origina el lavado, la primera ya no es el tráfico de drogas, como ocurrió durante tantos años, sino la corrupción.

Eso en lo que se relaciona con el número de delitos. En cuanto a la cantidad de dinero que lavan, “la corrupción ya está compitiendo con el narcotráfico”. Se queda pensativo. Luego remata: “Sin embargo, el público en general sigue asociando lavado de activos con narcotráfico”.

Los jóvenes y la corrupción

Le pregunto al señor Espinosa qué es lo más grave que han descubierto los expertos de su oficina. Me responde que esta avalancha de corrupción que estamos padeciendo “merece capítulo aparte porque no solo es el origen más grande del lavado de activos, sino que, peor todavía, es un ambiente, un virus que respiramos todos, derivado de esta sociedad en descomposición. Y lo peor es que este mismo aire lo están aprendiendo a respirar las nuevas generaciones”.

Las preocupaciones de Espinosa están plenamente justificadas, porque su equipo ya ha investigado la reacción de los jóvenes frente a la creciente ola de corrupción, a la cadena de escándalos sucesivos, encabezada por Odebrecht, magistrados, congresistas, funcionarios oficiales, y la financiación de campañas electorales.

–El problema real de la corrupción –prosigue– es que les hace la vida cómoda a los bandidos, les produce lujos y bienestar. La conducta de buscar bienestar personal a toda costa se está imponiendo en Colombia y ha llevado a que nuestros muchachos estén dispuestos a hacer lo que sea con tal de obtener dinero. En nuestro trabajo hemos encontrado muchos ejemplos lamentables.

La extorsión de la arepa

Espinosa me deja otra vez con la boca abierta cuando dice que acaban de confirmar la existencia de un fenómeno nuevo, al que han denominado “microextorsión”. De eso no se salvan ni los vendedores callejeros.

Me pone un ejemplo elocuente: resulta que en las comunas y mercados de Medellín, en los niveles más populares de la ciudad, descubrieron que los delincuentes hacen contacto con un vendedor de arepas y le informan que, a partir de ese momento, él es el único autorizado para venderlas en la zona.

–A cambio, debe pagar un porcentaje de sus ingresos a una organización criminal –me explica Espinosa–. Y, al mismo tiempo, le dicen a la gente que, si no quieren correr peligro, solo deben comprarle a él sus arepas.

Esta situación se ha detectado en varios sectores de Medellín, y no solo se trata de manipular a vendedores y compradores de la deliciosa arepa antioqueña, sino que también incluye otras actividades, como la venta callejera de huevos o el cobro de parqueaderos públicos.

–El resultado –prosigue el funcionario– es el monopolio de producto alimenticio, su encarecimiento al comprador y métodos violentos para mantener cautiva a la clientela. Después lavan sus ingresos, legalizándolos.

El nuevo criminal

Por causa de la imagen de los narcotraficantes, los colombianos de las últimas generaciones crecimos con un estereotipo grabado en la mente: el mafioso es gordo, lleno de obsesiones, con cicatrices en la cara, ropa de colores chillones, ceño fruncido, temperamento violento, aspecto temible, carente de educación y con comportamiento primitivo.

–Eso ya no existe –comenta el director de la Uiaf–. El criminal de ahora fue a la universidad, estudió juiciosamente, se especializó, aprendió lecciones de la vida empresarial.

Los investigadores que trabajan para Espinosa han detectado que los nuevos mafiosos son tan cautelosos que contratan especialistas para que los ayuden a tener mejor presencia. Se volvieron discretos y ahora andan en carro sencillo.

–Naturalmente –concluye–, eso hace que hoy sea más difícil combatirlos que antes. El delincuente aprendió que es más importante tener apariencia de ciudadano respetable que cargar un fusil.

La conexión venezolana

Ya se sabe que buena parte del dinero obtenido ilegalmente se queda en el exterior o es enviado desde aquí a bancos extranjeros. Lo que hace la diferencia es la combinación entre las dos cosas. Permítanme a ver si me explico.

El señor Espinosa Palacios empieza por contármelo de la siguiente manera: el dinero que sale del país está representado de modo fundamental en narcóticos que se envían por vía marítima (en lanchas rápidas muy modernas), por vía aérea (“las mismas avionetas de siempre”) o por vía terrestre.

–Hoy en día –agrega–, la mayor parte de los cargamentos terrestres sale por Venezuela, con increíbles historias sobre la complicidad de la Guardia Nacional venezolana.

Una vez vendida la droga en el extranjero, el dinero ingresa a Colombia con los mismos procedimientos: en lancha, por avioneta o por tierra.

–El contrabando es el recurso preferido de los narcotraficantes para lavar dinero. Traen al país mercancías de contrabando adquiridas a bajo precio, las declaran al Estado mucho más caras y las venden en remates, que es donde se surten los llamados sanandresitos. Así justifican legalmente el dinero que han lavado.

Un método más complejo y refinado, que se ha puesto de moda últimamente, consiste en la creación, con todos los requisitos legales, de empresas de fachada “para que ellas reciban en Colombia dinero del exterior por concepto de exportaciones que nunca ocurrieron”.

Epílogo

Al final de nuestro diálogo, Juan Francisco Espinosa se dispone a tomar su avión de regreso a Bogotá. Se detiene un momento, pone de nuevo el maletín sobre la butaca y exclama:

–Dígales usted a los colombianos, por favor, que cada vez que consumen narcóticos, o que compran algo de contrabando, están financiando a quienes matan a los hombres de nuestras Fuerzas Armadas. Y, además, están corrompiendo el futuro de sus propios hijos.

Por mi parte, concluyo diciendo que, hace unos meses, los organismos financieros internacionales informaron que la banca colombiana tiene el mejor sistema que existe en América Latina para controlar el movimiento de dinero de mala procedencia. Ello se debe a la dolorosa experiencia adquirida tras largos años de lucha contra esa plaga, a tantas medidas, leyes, decretos, tanto luto y sufrimiento.

Algunos directivos bancarios, que me pidieron no publicar sus nombres, me explicaron que los bancos tienen preparadas unas alarmas especiales y unos sistemas que les permiten detectar con frecuencia cuando una operación es sospechosa. Por ejemplo, una consignación de volumen desacostumbrado o una transferencia descomunal. Entonces ponen en marcha su trabajo conjunto con las autoridades.

Si así es, y nos pasa lo que nos está pasando, imagínese usted cómo sería sin eso.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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